MI NOMBRE ES SALOMÉ, y aquí estoy, sola en mi habitación de mi casa en un pueblo del Valle de Arán, Lérida, con las montañas nevadas desde mi ventana y las luces tenues de la ciudad filtrándose a través de las cortinas. El aire huele a jazmín de mi difusor, y mi cuerpo arde de anticipación mientras pienso en ti. En este mundo del siglo XXI, donde la libertad sexual es un derecho que celebro, no hay vergüenza en desear ser tomada, en anhelar que me hagas tuya sin reservas. Mi mente te invoca, y en esta fantasía que tejo para nosotros, te invito a entrar. Ven, toma mi cuerpo, folla mi coño y córrete conmigo. Vamos a sumergirnos en un placer crudo, sin límites.
Estoy recostada en mi cama tamaño de reyes, con sábanas de seda que se pegan a mi piel sudorosa. Llevo solo una camiseta amplia, de gran tamaño que apenas cubre mis muslos, sin bragas, porque sé que vendrás. Mis dedos rozan mi cuello, bajan por mis pechos, endureciendo mis pezones bajo la tela. Pienso en tus manos, fuertes y decididas, reemplazando las mías. "Ven a mí", susurro al vacío, imaginando tu silueta en la puerta. Eres tú, mi amante imaginario, el hombre que sabe leer mis deseos más profundos en esta era de empoderamiento sexual, donde el consentimiento es el fuego que enciende todo.
Te acercas, y yo me incorporo, abriendo las piernas en una invitación muda. Tus ojos recorren mi cuerpo, deteniéndose en la curva de mis caderas, en el triángulo húmedo entre mis muslos. "Hazme tuya", te digo, mi voz ronca de excitación. Tus labios se curvan en una sonrisa traviesa, y te quitas la camisa, revelando un torso esculpido por el gimnasio y la vida activa que ambos llevamos. En este siglo de apps de citas y exploración libre, no hay tabúes; solo placer mutuo.
Me besas con urgencia, tu lengua invadiendo mi boca mientras tus manos suben por mis piernas. Siento el calor de tu piel contra la mía, y un gemido escapa de mis labios. "Toma mi cuerpo", te suplico, guiando tu mano hacia mi sexo. Tus dedos encuentran mi coño ya mojado, resbaladizo por el deseo acumulado. Rozas mi clítoris con el pulgar, y un escalofrío me recorre. "Lame mi clítoris", te ordeno, excitándome con mis propias palabras guarradas, porque sé que eso intensifica todo. Te arrodillas entre mis piernas, y obedeces, tu lengua cálida y experta pasando por mi coño, lamiendo mis labios hinchados, succionando mi botón sensible.
"Oh, sí, pasa tu lengua por mi coño así", gimo, arqueando la espalda. Mis manos se enredan en tu cabello, tirando para guiarte más profundo. El placer es eléctrico, un torrente que me hace temblar. En esta sociedad abierta, donde el sexo oral es un arte celebrado, me entrego sin inhibiciones. Tu lengua dibuja círculos, penetra mi entrada, y yo me retuerzo, sintiendo el orgasmo construir como una ola. "Más rápido, lame mi clítoris hasta que me corra", exijo, y tú aceleras, añadiendo dedos que se curvan dentro de mí, tocando ese punto que me hace explotar.
El clímax me golpea como un rayo, mi coño contrayéndose alrededor de tus dedos, chorros de placer mojando las sábanas. "¡Sí, joder, me estoy corriendo!", grito, mi voz quebrada por el éxtasis intenso. Pero no es suficiente; quiero más. Te incorporas, y yo te bajo los pantalones, liberando tu polla dura, venosa y lista para mí. La acaricio, sintiendo su calor palpitante. "Folla mi coño ahora", te digo, tumbándome de espaldas y abriendo las piernas ampliamente.
Te posicionas sobre mí, la punta de tu verga rozando mi entrada empapada. Empujas lento al principio, estirándome, llenándome centímetro a centímetro. "Oh, dios, qué grande eres", murmuro, excitándome con lo guarro. "Fóllame duro, rompe mi coño". Empiezas a moverte, embistiendo con fuerza, cada empuje enviando ondas de placer a través de mi cuerpo. Mis pechos rebotan con el ritmo, y yo clavo mis uñas en tu espalda, marcándote como mía en este baile primal.
En el siglo XXI, donde el poliamor y el BDSM son conversaciones cotidianas, este sexo salvaje es empoderador. "Más profundo, lléname con tu polla", gimo, mis caderas encontrando las tuyas en un frenesí. Cambiamos posiciones; me pongo a cuatro patas, ofreciéndote mi culo redondo. Me penetras desde atrás, tus manos agarrando mis caderas, follándome con un ritmo implacable. "Sí, así, fóllame el coño como una puta", digo, las palabras guarradas avivando mi fuego interior, llevando mi excitación a nuevos picos.
Siento otro orgasmo aproximándose, mis paredes internas apretándote. "Córrete conmigo", te suplico, girando la cabeza para mirarte. Tus embestidas se vuelven erráticas, tu aliento caliente en mi nuca. "Lléname con tu leche, inunda mi coño", exijo, y eso te empuja al borde. Con un gruñido, te vacías dentro de mí, chorros calientes de semen llenándome, mezclándose con mis jugos. El sentimiento me desborda; "¡Me estoy corriendo otra vez, joder!", grito, mi cuerpo convulsionando en un orgasmo intenso, múltiples olas de placer que me dejan temblando.
Nos colapsamos juntos, sudorosos y saciados, mi coño aún palpitando alrededor de tu polla suavizándose. Te beso suavemente, reconociendo la conexión profunda en este acto de libertad sexual. En mi habitación, pensando en ti, he tejido esta fantasía erótica, explícita y ardiente, donde nos entregamos sin miedos. Porque en el siglo XXI, el placer es nuestro derecho, y yo, Salomé, lo reclamo todo.

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