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Erótico lésbico pasión desenfrenada #Mary #Love

SOY ELENA, UNA MUJER EJECUTIVA de alto nivel en una multinacional de tecnología. A mis 35 años, he escalado puestos con determinación, viajando constantemente por España y Europa para cerrar acuerdos millonarios. Mi vida es un torbellino de reuniones, aviones y hoteles de lujo, pero debajo de esa fachada profesional late un deseo ardiente por experiencias que me hagan sentir viva, sin ataduras morales ni juicios. En una sociedad como la de este siglo XXI, donde la libertad sexual es celebrada y las apps de citas inclusivas están en todas partes, no hay barreras para explorar el placer entre mujeres. Este relato erótico lésbico es mi confesión vivida de un encuentro que me dejó temblando de éxtasis, un sexo apasionado entre mujeres que rompió todos mis límites.

Todo comenzó en Madrid, en una tarde soleada de septiembre. Había terminado una reunión extenuante en el centro de la ciudad, y necesitaba llegar a Zaragoza para una conferencia al día siguiente. El tren de alta velocidad estaba cancelado por una huelga sorpresa –cosas de la vida moderna–, así que opté por un taxi. No uno cualquiera; pedí un servicio premium a través de una app, de esos que prometen vehículos cómodos y conductores profesionales. Cuando el coche se detuvo frente a mí, un elegante sedán eléctrico negro, no esperaba que mi conductora fuera una visión de sensualidad pura.

Se llamaba Marta, o al menos eso decía su perfil en la app. Bajó la ventanilla con una sonrisa confiada, su cabello castaño cayendo en ondas sueltas sobre hombros esbeltos. Era delgada, atlética, con curvas sutiles que se adivinaban bajo su uniforme casual: una camisa blanca ajustada que marcaba sus pechos firmes y unos jeans negros que abrazaban sus caderas como una segunda piel. Sus ojos verdes brillaban con una picardía que me hizo pausar. "Buenas tardes, Elena. ¿A Zaragoza? Sube, el viaje será de unas tres horas si el tráfico coopera", dijo con una voz ronca, casi susurrante, que me erizó la piel. Me subí al asiento trasero, cruzando las piernas en mi falda lápiz negra, sintiendo ya un cosquilleo inexplicable en mi entrepierna.

El coche olía a vainilla y a algo más primitivo, como el aroma de una mujer después de un entrenamiento. Mientras arrancábamos, activó el modo autónomo parcial –tecnología de 2025 que permite al conductor relajarse en autopistas–, y giró el asiento para charlar conmigo. "Es un trayecto largo, ¿quieres música o prefieres conversación?", preguntó, mirándome por el retrovisor con esos ojos que parecían devorarme. Elegí conversación, por supuesto. Hablamos de todo: del estrés de los trabajos, de la vida en las grandes ciudades, de cómo la pandemia de años atrás había liberado a la gente para vivir sin máscaras. Ella era taxista freelance, con un cuerpo esculpido por el yoga y el gimnasio, y una actitud liberal que coincidía con la mía. "No hay nada como sentir el placer sin culpas", me dijo en un momento, riendo, y yo asentí, notando cómo mis pezones se endurecían bajo mi blusa de seda.

A medida que avanzábamos por la A-2, el sol se ponía, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados. El tráfico era fluido, pero el viaje se sentía eterno, cargado de una tensión sexual que crecía con cada kilómetro. Marta ajustó el aire acondicionado, y un soplo fresco rozó mis muslos expuestos. La vi lamerse los labios distraídamente, y mi mente divagó hacia fantasías eróticas: imaginaba sus manos delgadas explorando mi cuerpo, sus dedos hábiles encontrando mis puntos más sensibles. "Cuéntame, Elena, ¿qué te excita en la vida?", me preguntó de repente, con una audacia que me dejó sin aliento. Respondí con honestidad, hablando de mi atracción por mujeres fuertes, independientes, que saben tomar el control en la cama. Ella sonrió, confesando que le gustaba dominar, usar técnicas que volvían locas a sus amantes. "He aprendido trucos en talleres de tantra y BDSM ligero, nada extremo, solo placer puro", dijo, y sentí un calor húmedo entre mis piernas.

Paramos en una área de servicio a mitad de camino, cerca de Guadalajara. El sol ya se había ocultado, y las luces fluorescentes iluminaban el parking. Bajamos a estirar las piernas, y allí, junto al coche, nuestras miradas se cruzaron con un deseo palpable. Ella se acercó, rozando mi brazo accidentalmente, y el contacto fue eléctrico. "Eres hermosa, Elena. Tu confianza es sexy", murmuró, y yo respondí tocando su cintura esbelta. "Tú me estás volviendo loca con esa forma de mirarme". Regresamos al coche, pero ahora la atmósfera era ardiente. En el asiento trasero, extendí mis piernas un poco más, dejando que mi falda subiera, y noté cómo sus ojos se desviaban al retrovisor. Hablamos de sexo abiertamente: de orgasmos múltiples, de juguetes eróticos, de posturas que maximizan el placer lésbico. "Imagina una tijera perfecta, cuerpos frotándose hasta explotar", dijo ella, y yo gemí suavemente, sintiendo mi clítoris palpitar.

Llegamos a Zaragoza alrededor de las nueve de la noche. La ciudad bullía con vida: las calles iluminadas del casco antiguo, el Ebro reflejando las luces, y mi destino, el Hotel Palacio de Zaragoza, un cinco estrellas con suites lujosas y vistas panorámicas. Pagué el viaje, pero no podía dejarla ir. "Marta, ¿te apetece una copa en el bar del hotel? Para agradecerte el viaje tan... entretenido". Ella aceptó con una sonrisa traviesa, aparcando el taxi en el valet. Entramos juntas al lobby, elegante con mármol y cristal, y nos sentamos en el bar, pidiendo dos gin-tonics. La conversación fluyó con toques cada vez más íntimos. Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa, y sus dedos jugaban con el borde de su copa, imitando caricias que imaginaba en mi piel. "Me muero por besarte", susurré, y ella respondió: "Yo por hacerte gritar de placer".

No tardamos en subir a mi suite. La habitación era un paraíso de lujo: cama king size con sábanas de algodón egipcio, baño con jacuzzi, y un balcón con vistas a la Basílica del Pilar. Cerré la puerta, y el mundo exterior desapareció. Nos miramos con deseo animal, y ella tomó la iniciativa, empujándome suavemente contra la pared. Sus labios se estrellaron contra los míos en un beso profundo, enguas entrelazadas, saboreando el gin y la pasión. "Dios, Elena, eres tan caliente", murmuró mientras sus manos subían por mis muslos, levantando mi falda. Yo respondí desabotonando su camisa, revelando sus pechos perfectos, pezones rosados endurecidos. "Fóllame, Marta, hazme tuya", le supliqué, sintiendo mi coño mojado y ansioso.

Nos desnudamos con urgencia, ropa volando por la habitación. Su cuerpo esbelto era una obra de arte: piel suave, abdomen tonificado, un tatuaje sutil en la cadera que decía "Libre". La tiré sobre la cama, besando su cuello, bajando a sus pechos. Chupé un pezón con fuerza, mordisqueando suavemente, y ella arqueó la espalda. "Sí, así, muerde más fuerte, puta mía", gimió, y sus palabras guarras me encendieron. Bajé por su vientre, lamiendo su ombligo, hasta llegar a su coño depilado, labios hinchados y brillantes de humedad. "Abre las piernas para mí", ordené, y ella obedeció, exponiéndose. Hundí mi lengua en su clítoris, chupando con ritmo, insertando dos dedos en su interior húmedo. "¡Joder, Elena, me estás follando con la boca! ¡No pares, hazme correrme!", gritó, agarrando mi cabello.

Pero Marta era la experta. Me volteó con facilidad, colocándome a cuatro patas en la cama. "Ahora te toca a ti, zorra. Voy a usar mis técnicas para volverte loca". Besó mi espalda, bajando a mis nalgas, separándolas para lamer mi ano con la punta de la lengua –una sensación taboo y exquisita–. "Te gusta que te coma el culo, ¿verdad? Dime lo guarra que eres". "Sí, soy tu guarra, cómeme todo", respondí jadeando. Luego, introdujo un dedo en mi coño mientras chupaba mi clítoris desde atrás, curvando el dedo para golpear mi punto G. El placer fue inmediato, ondas de calor subiendo por mi espina. "¡Fóllame más profundo, Marta! ¡Quiero correrme en tu boca!".

Cambiamos a una postura erótica clásica: la tijera. Nos sentamos enfrentadas, piernas entrelazadas, coños frotándose en un ritmo frenético. Sus caderas se movían con maestría, clítoris contra clítoris, lubricadas por nuestros jugos. "Mira cómo nos follamos, Elena. Tus tetas rebotando me ponen cachonda", dijo ella, pellizcando mis pezones. El roce era intenso, cada embestida enviando chispas de placer. "¡Sí, fóllame así, hazme explotar!", grité, sintiendo el orgasmo construir. Ella aceleró, gritando: "¡Córrete conmigo, puta! ¡Siente mi coño contra el tuyo!". Llegamos juntas, cuerpos temblando, un orgasmo explosivo que me dejó gritando, fluidos mezclándose en la cama.

No paramos ahí. Marta sacó un pequeño vibrador de su bolso –siempre preparada, la muy lista–. Me tumbó boca arriba, piernas abiertas en V, y lo insertó en mi coño mientras lamía mi clítoris. "Esto es una técnica tantra: vibración interna con estimulación externa. Te va a hacer tener orgasmos múltiples". El zumbido me llenó, vibrando contra mis paredes internas, y su lengua experta circuló mi botón hinchado. "¡Joder, Marta, me estás destrozando de placer! ¡Fóllame con eso, hazme tu esclava sexual!". Aumentó la velocidad, insertando otro dedo en mi ano para una doble penetración. El placer fue abrumador, oleadas tras oleadas, hasta que exploté en un squirting inesperado, mojando las sábanas. "¡Sí, córrete así, moja todo, guarra mía!", animó ella.

Nos movimos al baño, para una escena erótica en el jacuzzi. El agua caliente burbujeaba alrededor de nosotras, y nos sentamos enfrentadas, masturbándonos mutuamente. Sus dedos hábiles frotaban mi clítoris en círculos perfectos, mientras yo hacía lo mismo con el suyo. "Imagina que somos amantes prohibidas en un hotel de lujo, follando sin parar", susurró. "Quiero que me folles con la mano hasta que grite". Aceleramos, agua salpicando, y llegamos a otro orgasmo, cuerpos convulsionando en el agua.

De vuelta a la cama, probamos el 69: yo encima, mi coño en su boca, el suyo en la mía. Lamíamos con voracidad, lenguas explorando cada pliegue, dedos penetrando. "¡Come mi coño, Elena! ¡Hazme tu puta lésbica!", gemía ella. "Tú chupa el mío, fóllame con la lengua", respondía yo. El placer simultáneo nos llevó al borde, y explotamos en un clímax compartido, jugos fluyendo en nuestras bocas.

Agotadas pero insaciables, terminamos con una postura dominante: ella sentada en mi cara, cabalgándome. "Siéntate en mi boca, fóllame la cara", le pedí. Sus caderas se movían, asfixiándome deliciosamente con su coño, mientras yo lamía con desesperación. "¡Sí, así, lame todo, hazme correrme en tu boca!". Su orgasmo fue explosivo, temblando sobre mí, y yo seguí con el mío propio, masturbándome furiosamente.

Esa noche, en el hotel de Zaragoza, descubrimos un mundo de placer lésbico sin límites. Palabras guarras, posturas eróticas como la tijera, el 69, la doble penetración, y técnicas que me llevaron a orgasmos explosivos. Al amanecer, nos despedimos con promesas de más encuentros. Este relato erótico de sexo apasionado entre mujeres es mi testamento de libertad sexual en 2025, donde el deseo no conoce barreras.



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