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El fuego que no se apaga #Mary #Love


EL ATARDECER SE DESLIZABA lento sobre la costa, tiñendo el cielo de un naranja abrasador que se fundía con el azul profundo del mar. La casa de verano, con sus paredes blancas y ventanales abiertos, parecía respirar la brisa salada que entraba desde la playa. Carmen y Luis, con más de 30 años de matrimonio a cuestas, estaban en su refugio favorito, un lugar donde el tiempo parecía detenerse y donde, a sus 56 y 58 años, seguían devorándose con la misma hambre que el primer día.

Carmen, con su media melena castaña salpicada de hilos plateados, estaba recostada en el sillón de la terraza, con un vestido ligero de lino que apenas cubría sus muslos. Sus piernas, bronceadas por el sol del verano, se cruzaban con una elegancia despreocupada, pero sus ojos, oscuros y brillantes, tenían ese brillo travieso que Luis conocía tan bien. Él, con el pelo canoso y un cuerpo que aún conservaba la firmeza de años de caminatas y trabajo físico, estaba en la cocina, descorchando una botella de vino tinto. Sus manos, fuertes y curtidas, manejaban el sacacorchos con la misma precisión con la que más tarde recorrerían el cuerpo de su mujer. —¿Ya estás tramando algo, verdad? —dijo Carmen desde la terraza, su voz cargada de un tono juguetón mientras lo miraba por encima del hombro. Luis levantó la vista, con una sonrisa pícara curvando sus labios. —Siempre, mi amor. ¿O crees que te traje hasta aquí solo para ver el mar? Carmen soltó una carcajada suave, pero sus mejillas se sonrojaron ligeramente. Después de tantos años, aún sentía ese cosquilleo en el estómago cuando Luis la miraba como si fuera la única mujer en el mundo. Y lo era, al menos para él. Terminaron de cenar en la terraza, con el murmullo de las olas como banda sonora. La conversación fluía entre risas, recuerdos y miradas que decían más que las palabras. Cuando el sol se hundió por completo y la noche envolvió la casa en un manto de estrellas, Luis se levantó y le tendió la mano a Carmen. —Ven, que esta noche quiero comerte entera —dijo con esa voz grave que aún la hacía estremecer. Ella se levantó, dejando que el vestido se deslizara un poco más arriba de sus muslos, y lo siguió al interior de la casa. La sala de estar, con sus muebles de madera rústica y el sofá amplio cubierto de cojines, parecía esperarlos. La luz tenue de una lámpara en la esquina proyectaba sombras suaves, creando un ambiente íntimo, casi conspirador. Carmen se dejó caer en el sofá, con las piernas ligeramente separadas, y miró a Luis con una mezcla de desafío y deseo. —Ven aquí, grandote. Quiero sentirte ya. Luis no se hizo de rogar. Se arrodilló frente a ella, sus manos grandes y cálidas subiendo lentamente por sus pantorrillas, deteniéndose en la parte interior de sus muslos. La piel de Carmen se erizó bajo su toque, y un suspiro suave escapó de sus labios. Él se inclinó, besando la piel sensible justo por encima de su rodilla, mientras sus manos seguían ascendiendo, levantando el vestido hasta dejar al descubierto la ropa interior de encaje negro que Carmen había elegido con premeditación. —Joder, Carmen, ¿esto es para mí? —dijo Luis, su voz ronca mientras sus dedos rozaban el borde de las bragas, sintiendo la humedad que ya comenzaba a empaparlas. —Todo para ti, amor —respondió ella, mordiéndose el labio inferior mientras lo miraba con ojos entrecerrados—. Pero primero quiero que me hagas arder. Luis sonrió, esa sonrisa de lobo que siempre la volvía loca. Sin apartar la mirada, deslizó las bragas hacia abajo, dejando que el aire fresco de la noche acariciara la piel desnuda de Carmen. Ella abrió las piernas un poco más, invitándolo, ofreciéndose sin reservas. Él se acercó, su aliento cálido rozando el interior de sus muslos antes de que su lengua encontrara el punto exacto donde ella lo necesitaba. —Lame mi clítoris, Luis —susurró Carmen, su voz temblando de anticipación—. Hazme gemir. Y él obedeció. Su lengua trazó círculos lentos, precisos, alrededor de su clítoris, mientras sus manos sujetaban sus caderas para mantenerla en su lugar. Carmen arqueó la espalda, sus manos aferrándose al borde del sofá mientras un gemido profundo escapaba de su garganta. La lengua de Luis era experta, conocía cada rincón de su cuerpo, cada ritmo que la llevaba al borde del abismo. Chupaba, lamía, succionaba con una mezcla de ternura y ferocidad que la volvía loca. —Joder, sí, así… no pares —jadeó ella, sus dedos enredándose en el pelo de Luis, tirando ligeramente para acercarlo más. Él levantó la vista un momento, sus labios brillando con la humedad de ella. —Estás tan mojada, amor. Me encanta cómo sabes. Carmen sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Las palabras de Luis, su voz cargada de deseo, eran casi tan excitantes como su lengua. Ella se recostó aún más, abriendo las piernas por completo, entregándose al placer que él le daba. Luis intensificó el ritmo, alternando entre lamidas rápidas y succiones profundas, mientras uno de sus dedos se deslizaba dentro de ella, curvándose justo en el lugar que la hacía estremecer. —Más, Luis… méteme otro dedo —suplicó Carmen, su voz entrecortada por los gemidos. Él obedeció, introduciendo un segundo dedo, moviéndolos con un ritmo que imitaba lo que vendría después. Carmen sentía cómo su cuerpo se tensaba, cómo el calor crecía en su bajo vientre, acercándola cada vez más al clímax. Luis no se detuvo, su lengua y sus dedos trabajando en perfecta sincronía, hasta que ella no pudo más. —Voy a correrme… ¡Joder, Luis, me corro! —gritó, su cuerpo temblando mientras el orgasmo la atravesaba como una ola, dejándola jadeante y con los muslos temblorosos. Luis levantó la cabeza, sonriendo satisfecho mientras lamía sus labios. —Eso es, mi amor. Quiero verte así toda la noche. Carmen, aún recuperándose, lo miró con ojos vidriosos de placer. —Ahora te toca a ti, cabrón. Quiero esa polla dura dentro de mí. Luis se puso de pie, desabrochándose los pantalones con una urgencia que delataba cuánto lo había excitado verla llegar al clímax. Su erección, firme y gruesa, quedó al descubierto, y Carmen no pudo evitar lamerse los labios al verla. A sus 58 años, Luis seguía siendo un hombre que la ponía a mil, y esa polla, que conocía tan bien, aún la hacía perder la cabeza. —Ven aquí, grandote —dijo ella, recostándose en el sofá y abriendo las piernas de nuevo, su coño aún húmedo y palpitante por el orgasmo—. Juega conmigo primero. Luis se acercó, arrodillándose entre sus piernas. Tomó su polla en la mano, acariciándola lentamente mientras la miraba con ojos oscuros de deseo. Luego, con una lentitud que era casi una tortura, comenzó a frotar la punta contra el clítoris de Carmen, deslizándola arriba y abajo, empapándose con su humedad. —Joder, cómo me gusta cuando haces eso —gimió ella, sus caderas moviéndose instintivamente para aumentar el contacto—. Sigue, amor, mastúrbame con esa polla. Luis obedeció, usando la cabeza de su erección para trazar círculos alrededor de su clítoris, presionando justo lo suficiente para hacerla jadear. Cada roce era una descarga eléctrica, y Carmen sentía cómo su cuerpo se preparaba para otro orgasmo. Él alternaba entre movimientos rápidos y lentos, a veces deslizando su polla hacia abajo, rozando la entrada de su coño sin penetrarla, haciéndola suplicar. —Métemela, Luis, por favor —dijo ella, su voz cargada de desesperación—. Quiero sentirte dentro. Pero él, juguetón como siempre, negó con la cabeza. —Todavía no, mi amor. Quiero que te corras otra vez así. Carmen gruñó de frustración, pero el placer era demasiado intenso para quejarse de verdad. Luis siguió masturbándola con su polla, alternando entre roces suaves y presiones más firmes, hasta que ella sintió que el orgasmo volvía a construir. Sus manos se aferraron a los cojines, sus caderas se alzaron, y cuando él presionó la punta de su polla justo contra su clítoris, ella explotó de nuevo. —¡Sí, sí, sí! —gritó, su cuerpo convulsionando mientras el segundo orgasmo la atravesaba, dejándola sin aliento. Luis, con la respiración agitada, no esperó más. Se inclinó sobre ella, guiando su polla hacia la entrada de su coño, aún palpitante por el clímax. La penetró con un movimiento lento pero firme, sintiendo cómo ella lo envolvía, cálida y apretada. Carmen gimió, sus piernas envolviéndose alrededor de sus caderas para acercarlo más. —Fóllame duro, amor —susurró, sus uñas clavándose en la espalda de Luis—. Lléname con tu leche. Esas palabras fueron como gasolina para él. Luis comenzó a moverse, sus embestidas profundas y rítmicas, cada una acompañada por un gruñido grave que escapaba de su garganta. Carmen lo miraba a los ojos, sus cuerpos moviéndose en perfecta sincronía, como si estuvieran hechos el uno para el otro. El sofá crujía bajo su peso, el sonido mezclándose con los gemidos de ambos. —Joder, Carmen, qué coño tan perfecto tienes —dijo él, su voz entrecortada mientras aceleraba el ritmo—. Me vuelves loco. —Y tú a mí, cabrón —respondió ella, apretándolo con sus piernas—. Dámelo todo, quiero sentirte correrte dentro. Luis gruñó, sus manos sujetando las caderas de Carmen mientras la embestía con más fuerza. El placer era abrumador, una mezcla de deseo puro y la conexión profunda que solo 30 años de amor y pasión podían construir. Carmen sentía cómo su cuerpo respondía a cada embestida, cómo el calor volvía a crecer en su interior. Cuando Luis deslizó una mano entre sus cuerpos, rozando su clítoris con el pulgar mientras la follaba, ella supo que no podría contenerse mucho más. —Voy a correrme otra vez, amor —jadeó, sus uñas marcando la piel de Luis—. ¡No pares, joder, no pares! Y él no paró. Sus embestidas se volvieron más rápidas, más profundas, mientras su pulgar seguía trabajando en su clítoris. Carmen alcanzó el clímax por tercera vez, su cuerpo temblando bajo él, su coño apretándose alrededor de su polla. Ese fue el empujón final para Luis. Con un gruñido profundo, se dejó ir, llenándola con su semen caliente mientras su cuerpo se tensaba y luego se relajaba, cayendo sobre ella con la respiración agitada. —Joder, Carmen… te amo —susurró, besándola con una mezcla de ternura y agotamiento. Ella sonrió, acariciando su rostro mientras aún sentía los ecos del placer en su cuerpo. —Y yo a ti, amor. Pero no creas que hemos terminado.


Carmen y Luis permanecían abrazados en el sofá, sus cuerpos aún calientes y sudorosos, con el eco de sus orgasmos resonando en el aire salado de la noche. La lámpara de la sala proyectaba una luz dorada sobre sus pieles, y el sonido de las olas al fondo parecía acompasar sus respiraciones entrecortadas. Carmen, con una sonrisa perezosa, acariciaba el pecho de Luis, sus dedos trazando círculos lentos alrededor de sus pezones.

—¿Diez minutos, dijiste? —susurró ella, su voz cargada de picardía mientras deslizaba una mano hacia abajo, rozando la polla de Luis, que aún palpitaba ligeramente—. Creo que no necesitas tanto tiempo, ¿verdad, grandote? Luis soltó una risita profunda, atrapando su mano y llevándola a sus labios para besarla. —Eres insaciable, amor. Pero no te preocupes, que esta noche no te vas a librar de mí tan fácil. Se levantaron del sofá, sus cuerpos desnudos rozándose mientras caminaban de la mano hacia el dormitorio. La habitación principal de la casa de verano era un santuario de calma y sensualidad: una cama king-size cubierta con sábanas de lino blanco, un gran ventanal abierto al mar, y una brisa fresca que movía las cortinas de gasa. Carmen se dejó caer en la cama, apoyándose en los codos, con las piernas ligeramente abiertas y una mirada que invitaba a Luis a perder el control. —Ven aquí, mi amor —dijo, su voz baja y seductora—. Quiero que me folles hasta que no pueda más. Luis, ya completamente excitado de nuevo, se acercó a ella, su erección endureciéndose ante la visión de su mujer, con su piel bronceada brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Se arrodilló al borde de la cama, sus manos recorriendo los muslos de Carmen, abriéndolos con suavidad pero con firmeza. —Joder, Carmen, eres un maldito espectáculo —gruñó, inclinándose para besar la piel suave de su vientre, descendiendo lentamente hacia su coño, aún húmedo y cálido por el encuentro anterior. —Lame mi coño, Luis —susurró ella, sus caderas alzándose ligeramente hacia él—. Hazme gritar otra vez. Luis no se hizo esperar. Su lengua encontró de nuevo su clítoris, lamiendo con una lentitud deliberada que la hacía gemir de inmediato. Sus manos sujetaban sus caderas, manteniéndola en su lugar mientras alternaba entre lamidas suaves y succiones intensas. Carmen se retorcía bajo él, sus manos aferrándose a las sábanas, sus gemidos llenando la habitación. —Joder, sí, así… chupa más fuerte —jadeó ella, sus piernas temblando mientras el placer crecía en oleadas. Luis deslizó dos dedos dentro de ella, moviéndolos en un ritmo que sabía que la volvía loca, mientras su lengua seguía trabajando en su clítoris. Carmen arqueó la espalda, su respiración entrecortada, y cuando él curvó los dedos hacia ese punto sensible dentro de ella, ella explotó en un orgasmo que la hizo gritar su nombre. —¡Luis, me corro! —gritó, su cuerpo convulsionando mientras él seguía lamiendo, prolongando el clímax hasta que ella lo apartó, jadeando y riendo al mismo tiempo—. Eres un cabrón… casi me matas. Luis levantó la cabeza, sus labios húmedos y una sonrisa traviesa en el rostro. —Eso es solo el calentamiento, mi amor. Ahora quiero follarte como te gusta. Carmen se incorporó, aún temblorosa, y lo empujó suavemente hacia atrás hasta que él quedó sentado contra el cabecero de la cama. Ella se subió a horcajadas sobre él, sus rodillas a ambos lados de sus caderas, y tomó su polla en la mano, guiándola lentamente hacia su entrada. La sensación de su calor y su humedad lo hizo gruñir, y cuando ella comenzó a descender, tomándolo por completo, ambos dejaron escapar un gemido al unísono. —Joder, qué bien se siente esto —dijo Luis, sus manos apretando las caderas de Carmen mientras ella comenzaba a moverse, subiendo y bajando con un ritmo lento pero profundo. —Fóllame duro, amor —susurró ella, inclinándose para besarlo, sus lenguas enredándose mientras sus caderas aceleraban el ritmo—. Quiero sentirte todo dentro de mí. Luis no necesitó más. Sus manos subieron a sus pechos, pellizcando sus pezones con la presión justa mientras sus caderas se alzaban para encontrarse con las de ella en cada embestida. Carmen gemía, sus uñas clavándose en los hombros de Luis, su cuerpo moviéndose con una urgencia que reflejaba años de conocer cada rincón del otro. El sonido de sus cuerpos chocando, mezclado con el crujir de la cama y el murmullo del mar, creaba una sinfonía erótica que los envolvía. —Lléname, Luis… quiero tu leche dentro de mí —jadeó ella, sus movimientos volviéndose más rápidos, más desesperados. Luis gruñó, sus manos bajando a su culo, apretándolo con fuerza mientras aceleraba sus embestidas. —Joder, Carmen, me vas a matar… aquí tienes, amor, tómala toda. Con un último empujón profundo, Luis se corrió dentro de ella, su cuerpo temblando mientras la llenaba, y Carmen, sintiendo el calor de su clímax, alcanzó otro orgasmo, sus gritos mezclándose con los de él. Se derrumbaron juntos en la cama, sudorosos y jadeantes, riendo suavemente mientras se abrazaban. —Eres increíble —susurró Luis, besando su frente. —Tú no te quedas atrás, viejo —respondió ella, dándole un pellizco juguetón en el pecho. Después de unos minutos de caricias y susurros, Carmen se levantó de la cama, estirándose como una gata satisfecha. —Vamos a la ducha —dijo, mirándolo por encima del hombro con una sonrisa pícara—. Quiero verte enjabonarme entera. Luis no necesitó más invitación. La siguió al baño, donde una amplia ducha de cristal los esperaba. El agua comenzó a caer, cálida y envolvente, mientras Carmen se colocaba bajo el chorro, dejando que el agua resbalara por su cuerpo, empapando su piel y resaltando sus curvas. Luis se acercó por detrás, sus manos deslizándose por su cintura, presionando su erección renovada contra su culo. —Joder, Carmen, no sé cómo lo haces, pero me pones duro otra vez —murmuró contra su oído, sus manos subiendo para enjabonar sus pechos, sus dedos resbalando sobre sus pezones endurecidos. Ella giró la cabeza, besándolo profundamente mientras el agua caía sobre ellos. —Chúpame los pezones, amor —susurró, empujando su pecho hacia él. Luis obedeció, inclinándose para tomar un pezón en su boca, succionando con fuerza mientras su otra mano seguía enjabonando su cuerpo, deslizándose hacia abajo hasta encontrar su clítoris. Carmen gimió, apoyándose contra la pared de la ducha para mantener el equilibrio, sus piernas abriéndose instintivamente para darle mejor acceso. —Sigue así… tócame ahí —jadeó, sus caderas moviéndose contra su mano mientras el agua amplificaba cada sensación. Luis alternaba entre sus pechos, lamiendo y mordiendo suavemente, mientras sus dedos trabajaban en su clítoris con movimientos rápidos y precisos. Carmen sentía el calor creciendo de nuevo, su cuerpo respondiendo a cada caricia como si fuera la primera vez. Cuando él deslizó dos dedos dentro de ella, curvándolos justo en el lugar que la hacía perder el control, ella no pudo contenerse. —¡Me corro, joder, me corro! —gritó, su cuerpo temblando bajo el agua mientras el orgasmo la atravesaba, dejándola débil contra la pared. Luis la sostuvo, sonriendo mientras besaba su cuello. —Eres una maldita diosa, amor. Ella se giró, aún jadeando, y lo empujó contra la pared opuesta. —Ahora me toca a mí —dijo, arrodillándose bajo el chorro de agua. Tomó su polla en la mano, acariciándola lentamente antes de acercar sus labios, lamiendo la punta con una lentitud que lo hizo gruñir. —Chúpame la polla, Carmen, joder, hazlo —dijo él, su voz ronca de deseo. Carmen lo miró desde abajo, sus ojos brillando con malicia mientras lo tomaba en su boca, succionando con una mezcla de suavidad y firmeza que lo volvía loco. Su lengua jugaba con la punta, trazando círculos, mientras su mano acariciaba la base. Luis apoyó una mano en la pared, la otra enredada en el pelo mojado de Carmen, guiándola suavemente mientras ella lo llevaba al borde. —Joder, Carmen, me vas a hacer correrme ya —gruñó, sus caderas moviéndose instintivamente. Ella se apartó un momento, lamiendo sus labios. —Córrete en mi boca, amor. Quiero probarte. Volvió a tomarlo, succionando con más intensidad, hasta que Luis no pudo más. Con un gemido profundo, se corrió, y Carmen lo recibió todo, mirándolo con una sonrisa satisfecha mientras el agua seguía cayendo sobre ellos. A la mañana siguiente, el sol apenas despuntaba en el horizonte cuando Carmen y Luis decidieron bajar a la playa privada que bordeaba su casa. La arena estaba fresca bajo sus pies, y el mar estaba tranquilo, con pequeñas olas lamiendo la orilla. Llevaban una sábana grande y una cesta con algo de fruta y vino, pero ambos sabían que el verdadero plan no tenía nada que ver con un picnic. Extendieron la sábana bajo una palmera, en un rincón apartado donde nadie podía verlos. Carmen se quitó el pareo, quedándose en un bikini negro que apenas contenía sus curvas. Luis, con un bañador ajustado, no podía apartar los ojos de ella. —Ven aquí, mi reina —dijo, tirando de ella hacia la sábana. Carmen se rio, cayendo sobre él, sus cuerpos enredándose en la arena. —Aquí, al aire libre… eres un pervertido —bromeó, pero sus manos ya estaban desatando el bañador de Luis. —Tú me haces pervertido —respondió él, quitándole el bikini con un movimiento rápido. La brisa del mar acariciaba sus pieles desnudas mientras Carmen se colocaba a horcajadas sobre él, guiando su polla hacia su entrada. El sonido de las olas y el calor del sol naciente añadían una capa de intensidad al momento. Ella comenzó a moverse, sus caderas ondulando mientras lo miraba a los ojos. —Fóllame, Luis, aquí en la playa —susurró, sus manos apoyadas en su pecho mientras aceleraba el ritmo. Luis gruñó, sus manos en sus caderas, guiándola mientras sus embestidas se volvían más profundas. —Joder, amor, este coño es mío… solo mío —dijo, su voz cargada de posesión y deseo. Carmen se inclinó hacia él, sus pechos rozando su pecho mientras lo besaba con fiereza. —Dámelo todo, amor… lléname otra vez.
 
El ritmo se intensificó, sus cuerpos moviéndose al compás del mar, hasta que ambos alcanzaron el clímax juntos, sus gritos ahogados por el sonido de las olas. Se quedaron allí, abrazados bajo la palmera, con el sol calentando sus pieles y la promesa de más momentos como este en el horizonte.

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