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El encuentro en la ciudad #Mary #Love

EL SOL DE LA TARDE SE COLABA por las enormes ventanas del rascacielos en el corazón de Madrid. La oficina de Javier Salazar, un empresario de 38 años con una reputación impecable en el mundo de las finanzas, estaba en el piso 42 de una torre de cristal y acero. El lugar olía a cuero nuevo, madera pulida y un toque sutil de su colonia, una mezcla de sándalo y cítricos que flotaba en el aire. Yo, Lucía, de 29 años, había llegado a la entrevista con un nudo en el estómago, pero también con una confianza que me había costado años construir. Mi currículum era impecable: experiencia en gestión administrativa, dominio de tres idiomas y una habilidad innata para leer a las personas. Pero, más allá de eso, había algo en mí que siempre había sabido usar a mi favor: mi presencia.

Me había preparado a conciencia. Llevaba un vestido negro ajustado, elegante pero no excesivo, que marcaba las curvas de mi cuerpo sin gritar desesperación. Mi cabello castaño caía en ondas suaves sobre los hombros, y mis labios, pintados de un rojo discreto, completaban el conjunto. Cuando entré en la oficina, Javier levantó la vista de su portátil. Sus ojos, de un marrón profundo, se detuvieron en mí un segundo más de lo necesario. No era solo un hombre de negocios; era atractivo, con un porte que destilaba poder y una sonrisa que prometía problemas. —Lucía, ¿verdad? —dijo, levantándose de su silla y extendiendo una mano. Su voz era grave, con un matiz cálido que me recorrió la piel como una caricia. —Encantada, señor Salazar —respondí, estrechando su mano. Su agarre era firme, pero no agresivo, y por un instante nuestras miradas se cruzaron con una intensidad que hizo que el aire se cargara de electricidad. La entrevista comenzó de manera profesional. Me preguntó sobre mi experiencia, mis habilidades organizativas, mi capacidad para manejar situaciones de alta presión. Respondí con precisión, dejando caer pequeños detalles que demostraban no solo competencia, sino también carisma. Hablé de cómo había reorganizado el sistema de archivo de mi última empresa, cómo había gestionado agendas imposibles y cómo siempre encontraba la manera de hacer que las cosas funcionaran. Javier escuchaba con atención, pero notaba cómo su mirada se deslizaba de vez en cuando hacia mis labios, mis manos, el escote sutil de mi vestido. —¿Y cómo manejas el estrés, Lucía? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante, con una ceja arqueada. Sonreí, sabiendo que estaba entrando en terreno peligroso, pero también excitante. —Me gusta canalizarlo de manera... creativa. Yoga, paseos nocturnos, una buena copa de vino. O, a veces, algo más... intenso. El ambiente cambió. Sus ojos brillaron con un destello de curiosidad, y supe que había captado el subtexto. La entrevista continuó, pero la tensión entre nosotros crecía con cada palabra. Cuando terminó, me levanté para despedirme, pero Javier me detuvo con un gesto. —¿Te apetece tomar algo? Hay un bar en la azotea del edificio. Creo que mereces un descanso después de esta entrevista. Acepté, sabiendo que esto ya no era solo una entrevista. Era el comienzo de algo más. El bar en la azotea era un oasis de lujo. Mesas de mármol negro, luces tenues que parpadeaban como estrellas, y una vista panorámica de Madrid que quitaba el aliento. Pedimos dos copas de vino tinto, y la conversación fluyó con una facilidad que me sorprendió. Javier era encantador, con un sentido del humor afilado y una manera de mirarme que me hacía sentir como si fuera la única persona en el mundo. —¿Sabes? —dijo, dando un sorbo a su copa—. No suelo invitar a las candidatas a tomar algo después de una entrevista. Pero contigo... hay algo diferente. —¿Diferente cómo? —pregunté, inclinándome hacia él, dejando que mi rodilla rozara la suya bajo la mesa. Se rió, un sonido bajo y sensual. —Eres... magnética. No sé si es tu confianza, tu forma de hablar o cómo llenas una habitación sin siquiera intentarlo. El calor subió por mi cuello, pero no aparté la mirada. —Tú tampoco estás mal, Javier. Aunque me pregunto si este encanto es solo parte del paquete de empresario exitoso. Se acercó un poco más, su voz bajando a un susurro. —¿Quieres descubrirlo? El resto de la noche fue un juego de seducción. Hablamos, reímos, y cada roce accidental —su mano en mi brazo, mis dedos rozando los suyos al pasar la copa— era como una chispa que amenazaba con encender un incendio. Cuando el bar comenzó a vaciarse, Javier me miró con una intensidad que me hizo estremecer. —¿Te apetece continuar esta conversación en un lugar más privado? —preguntó. Mi corazón latía con fuerza, pero mi respuesta fue clara. —Sí. Javier tenía un ático a pocos minutos de la oficina, un espacio que era la definición de sofisticación: suelos de madera oscura, muebles minimalistas, y un ventanal que ofrecía una vista aún más impresionante que la del bar. Pero lo que más me llamó la atención fue la energía entre nosotros, esa corriente eléctrica que no había dejado de crecer. Apenas cerramos la puerta, Javier se acercó, pero no me tocó de inmediato. En cambio, se quedó a unos centímetros, mirándome con una mezcla de deseo y control. —Dime que quieres esto tanto como yo —susurró. —Más —respondí, y eso fue todo lo que necesitó. Me atrajo hacia él, sus labios encontrando los míos en un beso que era puro fuego. Sus manos recorrieron mi espalda, bajando hasta mis caderas, mientras yo enredaba los dedos en su cabello. El beso se profundizó, nuestras lenguas explorándose con una urgencia que me hizo gemir contra su boca. —Joder, Lucía —murmuró, rompiendo el beso para mirarme—. Eres puro veneno. —Tú no te quedas atrás —respondí, mordiéndome el labio mientras deslizaba una mano por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo su camisa. Me llevó hacia el sofá, pero no nos sentamos. En cambio, me giró y me apoyó contra el respaldo, sus manos subiendo por mis muslos, levantando mi vestido lentamente. —Quiero saborearte —dijo, su voz cargada de deseo—. Quiero que me digas exactamente lo que quieres. —Lame mi clítoris —susurré, mi voz temblando de anticipación—. Quiero sentir tu lengua en mí. Javier dejó escapar un gruñido bajo, y en un movimiento fluido, se arrodilló frente a mí. Sus manos separaron mis piernas, y sentí el calor de su aliento contra mi piel mientras deslizaba mi ropa interior hacia abajo. La primera caricia de su lengua fue como una descarga eléctrica, lenta y deliberada, explorando cada rincón de mi sexo con una precisión que me hizo arquear la espalda. —Joder, sí... justo ahí —gemí, mis manos aferrándose al respaldo del sofá. —¿Te gusta así? —preguntó, su voz vibrando contra mí mientras su lengua trazaba círculos alrededor de mi clítoris. —Más rápido —jadeé—. No pares. Cumplió, intensificando el ritmo, alternando entre lamidas suaves y succiones que me hacían temblar. Mis piernas comenzaron a temblar, y cuando sentí sus dedos deslizarse dentro de mí, curvándose justo en el lugar perfecto, supe que no duraría mucho. —Voy a correrme —susurré, mi voz rota por el placer. —Hazlo —gruñó—. Quiero sentirte. El orgasmo me golpeó como una ola, haciendo que mi cuerpo se convulsionara mientras gemía su nombre. Javier no se detuvo, prolongando cada sensación hasta que estuve jadeando, casi suplicando clemencia. Pero no había terminado. Se levantó, sus labios brillando con mi esencia, y me besó con una intensidad que me dejó sin aliento. —Ahora te toca a ti —dijo, desabrochando su cinturón con una lentitud deliberada. Me arrodillé frente a él, mis manos temblando de excitación mientras liberaba su erección. Era dura, caliente, y cuando pasé la lengua por la punta, Javier dejó escapar un gemido profundo. —Chúpame la polla, Lucía —dijo, su voz áspera—. Hazlo despacio. Obedecí, tomándolo en mi boca, saboreando cada centímetro mientras mis manos acariciaban sus muslos. Sus dedos se enredaron en mi cabello, guiándome pero sin forzar, dejando que yo marcara el ritmo. —Joder, qué buena eres —murmuró, su voz cargada de deseo. Lo llevé al borde, alternando entre succiones profundas y caricias con la lengua, hasta que me detuvo, jadeando. —Si sigues así, no voy a durar —dijo, levantándome y llevándome hacia la ventana. Me apoyó contra el cristal frío, el contraste con el calor de mi piel haciéndome estremecer. Levantó una de mis piernas, colocándola sobre su cadera, y se deslizó dentro de mí con una lentitud que era casi tortuosa. —Mírame —ordenó, y obedecí, perdiéndome en sus ojos mientras me llenaba por completo. —Fóllame duro —susurré, mis uñas clavándose en sus hombros—. Lléname con tu leche. Javier gruñó, sus embestidas volviéndose más rápidas, más profundas. El cristal vibraba detrás de mí, y la ciudad de Madrid se extendía a nuestros pies, indiferente a la pasión que nos consumía. —Eres tan jodidamente perfecta —dijo entre dientes, sus manos apretando mis caderas. —Córrete conmigo —jadeé, sintiendo cómo el placer crecía de nuevo, imparable. Lo hicimos, juntos, nuestros gemidos mezclándose mientras el mundo se desvanecía. Cuando terminamos, nos quedamos allí, jadeando, con la ciudad brillando bajo nosotros como un testigo silencioso. Nos desplomamos en el sofá, aún temblando, con las risas escapándose entre respiraciones entrecortadas. Javier me atrajo hacia él, sus labios rozando mi frente. —Esto no estaba en la descripción del puesto —bromeó. Sonreí, apoyando la cabeza en su pecho. —Creo que acabo de aprobar la entrevista, ¿no? —Con matrícula de honor —respondió, y su risa llenó el silencio del ático. La noche no terminó ahí. Hablamos, reímos, y volvimos a perdernos el uno en el otro hasta que el amanecer tiñó el cielo de rosa. Lo que comenzó como una entrevista se convirtió en algo más, algo que ninguno de los dos esperaba, pero que ambos deseábamos con cada fibra de nuestro ser.

por: © Mary Love

Mary Love (@tequierodori) / X

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