Ir al contenido principal

A solas con la prima de mi amigo © #Mary #Love


EL CALOR DE SEPTIEMBRE EN LA CIUDAD era sofocante, de esos que te hacen sudar hasta en la sombra. Era viernes por la tarde, y mi amigo Luis me había invitado a su casa para tomar unas cervezas y ver un partido. Nada fuera de lo común, solo dos amigos relajándose después de una semana de mierda. Pero cuando llegué a su apartamento, todo cambió en un instante. No estaba Luis. En su lugar, me abrió la puerta Sofía, su prima de 22 años, una mujer que parecía sacada de un sueño húmedo.

Sofía era alta, fácilmente sobrepasaba el metro ochenta, con un cuerpo corpulento pero bien proporcionado, curvas que desafiaban la gravedad y una presencia que llenaba la habitación. Sus tetas, grandes y firmes, se marcaban bajo una camiseta ajustada que dejaba poco a la imaginación. Su cabello largo y oscuro caía en ondas sobre sus hombros, y esos ojos verdes tenían un brillo travieso que me puso nervioso desde el primer segundo. Me miró de arriba abajo, con una sonrisa que era mitad inocente, mitad provocadora, y dijo: —Luis no está, se fue a comprar unas cosas. Pero pasa, no muerdo... todavía. Su voz era grave, con un tono que hacía que cada palabra sonara como una invitación. Entré, intentando no mirarla demasiado, pero era imposible. El apartamento estaba impregnado de su aroma, una mezcla de perfume dulce y algo más primitivo, como si su cuerpo exudara deseo puro. Me senté en el sofá, y ella se acercó con dos cervezas frías, sentándose a mi lado, tan cerca que podía sentir el calor de su muslo contra el mío. —¿Y qué tal, cómo te trata la vida? —preguntó, mientras sus dedos jugaban con el borde de la botella, deslizándolos de una manera que no podía ser casual. Hablamos un rato, pero la conversación era solo una excusa. Cada roce de su brazo, cada mirada que me lanzaba, era como gasolina en un incendio que ya estaba empezando a arder dentro de mí. No sé en qué momento la charla pasó de trivialidades a algo más subido de tono, pero de repente ella dijo: —Sabes, siempre he pensado que eres de los que saben cómo tratar a una mujer. ¿Me equivoco? El aire se cargó de electricidad. Mi polla ya estaba medio dura solo de imaginar lo que podía pasar. Respondí con una sonrisa, tratando de mantener la calma: —No te equivocas, pero tendría que demostrártelo para que lo confirmes. Sofía soltó una risa suave, se mordió el labio inferior y se acercó más. Su mano descansó en mi rodilla, subiendo lentamente por mi muslo. Mi corazón latía como tambor, y mi erección ya era imposible de disimular bajo los jeans. —Entonces, demuéstramelo —susurró, su aliento cálido contra mi oreja. No hizo falta más. Me lancé hacia ella, mis manos encontraron su cintura, y nuestros labios se estrellaron en un beso hambriento. Su boca era suave, cálida, y su lengua danzaba contra la mía con una urgencia que me volvía loco. Mientras nos besábamos, mis manos exploraron su cuerpo, subiendo por su espalda hasta llegar a esas tetas impresionantes. Las apreté con fuerza, sintiendo su peso, y ella gimió en mi boca, un sonido que me puso aún más duro. —Joder, qué ganas tenía de esto —dijo entre besos, mientras sus manos se colaban bajo mi camiseta, arañando ligeramente mi pecho. Nos levantamos del sofá, todavía enredados, y ella me guio hacia la habitación de invitados. La ropa empezó a volar. Le quité la camiseta, dejando al descubierto un sujetador negro de encaje que apenas contenía sus pechos. Los liberé con un movimiento rápido, y ahí estaban, perfectos, con pezones rosados que pedían ser tocados. Me incliné y lamí uno, succionándolo con fuerza mientras mi mano masajeaba el otro. Sofía arqueó la espalda, gimiendo. —Sigue, joder, no pares —jadeó, agarrándome del pelo. Me arrodillé frente a ella, bajándole los leggings ajustados que marcaban cada curva de sus caderas y muslos. Su tanga negra era una provocación, empapada ya en el centro. Deslicé mis dedos por encima de la tela, sintiendo su calor, su humedad. Ella tembló y abrió las piernas, invitándome. —Quiero tu lengua ahí, ahora —ordenó, su voz cargada de deseo. No me hice de rogar. Le quité la tanga y enterré mi cara entre sus muslos. Su coño estaba depilado, rosado y brillante, oliendo a sexo puro. Lamí despacio al principio, saboreándola, recorriendo sus labios con mi lengua antes de centrarme en su clítoris. Ella se retorcía, sus manos en mi cabeza, empujándome más contra ella. —Así, cabrón, lámeme bien, joder —gemía, su voz cada vez más rota. Chupé su clítoris con más fuerza, metiendo dos dedos dentro de ella, sintiendo cómo se contraía a mi alrededor. Estaba tan mojada que mis dedos entraban y salían con facilidad, y cada movimiento la hacía gritar más fuerte. No pasó mucho tiempo antes de que su cuerpo se tensara, sus muslos apretándome la cabeza mientras se corría con un gemido largo y gutural. —Dios, me corro, me corro —gritó, su cuerpo temblando mientras su orgasmo la atravesaba. Me levanté, limpiándome la boca con el dorso de la mano, y ella me miró con ojos vidriosos de placer. Pero no estaba satisfecha, ni de lejos. Me empujó hacia la cama, quitándome los jeans y los bóxers en un solo movimiento. Mi polla estaba dura como piedra, y ella la miró con una sonrisa hambrienta antes de arrodillarse. —Qué rica polla tienes —dijo, lamiéndose los labios antes de envolverla con su boca. Joder, qué boca. Su lengua jugaba con la punta, chupando con una presión perfecta, mientras sus manos acariciaban mis huevos. Me miraba a los ojos mientras lo hacía, y esa imagen—su cara hermosa, sus tetas bamboleándose, mi polla entrando y saliendo de su boca—estuvo a punto de hacerme acabar ahí mismo. Pero Sofía sabía lo que hacía. Se detuvo justo antes, dejándome al borde, y se subió a la cama. —Quiero que me folles, pero yo te guío —dijo, con esa voz autoritaria que me ponía aún más cachondo. Se puso a cuatro patas, su culo redondo y perfecto frente a mí. Me indicó que me acercara, y me guio para que la penetrara desde atrás. Deslicé mi polla lentamente dentro de ella, sintiendo cómo su coño caliente y apretado me envolvía. Ella gimió fuerte, empujando sus caderas hacia mí. —Más fuerte, joder, rómpeme —gritó, y yo obedecí. Empecé a embestirla con fuerza, mis manos en sus caderas, el sonido de nuestros cuerpos chocando llenando la habitación. Sus tetas se balanceaban con cada empujón, y ella no paraba de hablar sucio. —Así, cabrón, métemela toda, haz que me corra otra vez. No tardó mucho. Su coño se contrajo alrededor de mi polla, y ella gritó mientras otro orgasmo la golpeaba. Pero no me dejó parar. Me hizo tumbarme de espaldas y se montó encima de mí, guiando mi polla dentro de ella de nuevo. Cabalgó con una intensidad brutal, sus tetas rebotando, sus manos apoyadas en mi pecho. —Mírame, mírame mientras me corro en tu polla —jadeó, sus ojos clavados en los míos. Verla así, tan desinhibida, tan ardiente, era demasiado. Pero ella quería más. Cambiamos a la postura del misionero, con sus piernas abiertas de par en par, y me pidió que la follara despacio, profundo. Cada embestida era una tortura deliciosa, sus gemidos llenando mis oídos. —Dame duro, quiero sentirte hasta el fondo —susurró, y yo aceleré, sintiendo cómo mi propio orgasmo se acercaba. Pero Sofía tenía otros planes para el final. Cuando le dije que estaba a punto, se arrodilló frente a mí, mirándome con esa sonrisa traviesa. —Quiero tu leche en mi cara —dijo, y esas palabras fueron mi perdición. Me masturbé frente a ella, su lengua jugando con la punta de mi polla, hasta que exploté. Chorros calientes cayeron sobre su rostro, sus labios, sus mejillas, y ella lo recibió con una expresión de puro placer, lamiendo lo que podía alcanzar. —Joder, qué rico —murmuró, mientras se limpiaba con los dedos y los chupaba. Nos quedamos allí, jadeando, exhaustos, en una habitación que olía a sexo y sudor. Sofía se acercó y me dio un último beso, lento, profundo. —No le digas a Luis —susurró, guiñándome un ojo. Y así, con el corazón todavía acelerado, supe que ese encuentro con la prima de mi amigo sería algo que nunca olvidaría.

----------

El aire en la habitación de invitados estaba cargado, una mezcla embriagadora de sudor, perfume y el aroma crudo del sexo que acabábamos de tener. Mi corazón seguía latiendo con fuerza, y aunque mi cuerpo aún temblaba por el orgasmo que había descargado sobre el rostro de Sofía, algo en su mirada me decía que esto estaba lejos de terminar.

Ella se recostó en la cama, su cuerpo desnudo brillando bajo la tenue luz que se colaba por la ventana. Sus tetas, grandes y firmes, subían y bajaban con cada respiración profunda, y su piel bronceada parecía una invitación a seguir explorándola. Me miró, con esos ojos verdes que parecían atravesarme, y se lamió lentamente los labios, todavía brillantes por los restos de mi corrida. —¿Qué? ¿Ya te cansaste? —dijo con una voz ronca, provocadora, mientras una de sus manos se deslizaba por su vientre, deteniéndose justo en la línea de su pubis—. Porque yo apenas estoy empezando. Joder, esa mujer era puro fuego. Mi polla, que aún no se había recuperado del todo, dio un respingo ante la idea de más. Me acerqué a ella, sintiendo cómo el deseo volvía a encenderse como una chispa en gasolina. Me arrodillé en la cama, entre sus piernas, y ella las abrió lentamente, mostrándome su coño rosado, todavía húmedo y palpitante por los orgasmos anteriores. —Ven aquí, quiero sentirte otra vez —susurró, mientras sus dedos jugaban con sus propios labios, abriéndolos ligeramente para mí. Me incliné sobre ella, besándola con una intensidad que era casi desesperada. Su boca sabía a mí, a ella, a sexo puro. Mis manos encontraron sus tetas, masajeándolas con fuerza, pellizcando sus pezones hasta que ella gimió en mi boca. Sus uñas se clavaron en mi espalda, arañándome con esa mezcla perfecta de dolor y placer que me hacía perder la cabeza. —Fóllame otra vez, pero ahora quiero que me hagas gritar —dijo, mordiéndome el labio inferior. No necesitaba más instrucciones. Me posicioné entre sus piernas, levantándolas hasta que sus tobillos descansaron en mis hombros. Su coño estaba expuesto, vulnerable, y cuando deslicé mi polla dentro de ella, ambos gemimos al unísono. Estaba tan mojada que entré sin resistencia, pero su calor y su estrechez eran una tortura deliciosa. Empecé a moverme lentamente, dejando que sintiera cada centímetro de mí, pero Sofía no estaba para juegos suaves. —Más fuerte, cabrón, rómpeme el coño —gruñó, sus manos apretando las sábanas. Aceleré el ritmo, embistiéndola con fuerza, mis caderas chocando contra las suyas con un sonido rítmico y obsceno. Sus tetas rebotaban con cada empujón, y ella no paraba de hablar, cada palabra más sucia que la anterior. —Joder, qué rico me follas, no pares, dame más, métemela hasta el fondo. La cama crujía bajo nosotros, y el calor de nuestros cuerpos hacía que el aire se sintiera aún más pesado. Sentí cómo su coño se contraía alrededor de mi polla, y supe que estaba cerca. Incliné mi cuerpo hacia adelante, profundizando aún más, y ella gritó, su voz resonando en la habitación. —¡Me corro, me corro, joder! —gritó, mientras su cuerpo se convulsionaba bajo el mío. Su orgasmo fue intenso, sus muslos temblando, sus uñas clavándose en mis brazos. Pero Sofía no estaba satisfecha. Antes de que pudiera recuperarme, me empujó hacia un lado y se puso encima de mí, su cuerpo sudoroso pegándose al mío. Me miró con una sonrisa traviesa, sus manos apoyadas en mi pecho. —Ahora me toca a mí —dijo, mientras guiaba mi polla de nuevo dentro de ella. Se movió con una precisión que me dejó sin aliento, sus caderas girando en círculos lentos, luego rápidos, subiendo y bajando con una cadencia que era puro arte erótico. Sus tetas se balanceaban frente a mi cara, y no pude resistirme: me incorporé lo suficiente para chupar uno de sus pezones, mordiéndolo ligeramente mientras ella gemía. —Chúpamelas, sí, así, joder, qué rico —jadeó, acelerando el ritmo. Sus movimientos eran hipnóticos, su coño apretándome como si quisiera ordeñarme. Me agarró las manos y las puso en su culo, animándome a apretarlo, a azotarlo. Le di un par de palmadas, y ella soltó un grito de placer, sus caderas moviéndose aún más rápido. —Azótame otra vez, cabrón, haz que me corra —ordenó, y obedecí, dándole un azote más fuerte que hizo que su piel se enrojeciera ligeramente. No tardó en correrse otra vez, su cuerpo temblando mientras gritaba mi nombre. Pero aún no había terminado conmigo. Se bajó de mí, jadeando, y se puso a cuatro patas de nuevo, mirándome por encima del hombro. —Ahora por detrás, pero despacio primero. Quiero sentir cada puto centímetro. Me posicioné detrás de ella, admirando la curva de su culo, redondo y perfecto. Escupí en mi mano, lubricando mi polla antes de deslizarla lentamente dentro de ella. Su gemido fue profundo, casi animal, mientras yo la penetraba hasta el fondo. Empecé a moverme despacio, como ella había pedido, pero pronto sus caderas comenzaron a empujar contra mí, pidiendo más. —Fóllame duro, joder, quiero que me destroces —gritó, y yo perdí cualquier rastro de control. La embestí con toda la fuerza que tenía, mis manos agarrando sus caderas, su culo chocando contra mí con cada empujón. Sus gemidos se convirtieron en gritos, y sus palabras eran puro fuego. —Así, cabrón, rómpeme, haz que me corra otra vez, dame tu polla. Su coño se contrajo de nuevo, y supe que estaba al borde de otro orgasmo. Pero esta vez, yo también estaba cerca. Sentí esa presión familiar en la base de mi polla, el calor subiendo por mi cuerpo. —Sofía, voy a correrme —jadeé, intentando mantener el ritmo. Ella se giró rápidamente, arrodillándose frente a mí, su cara a centímetros de mi polla. —Dámelo todo, quiero tu leche otra vez —dijo, su voz cargada de lujuria. Me masturbé frente a ella, su lengua jugando con la punta de mi polla, sus ojos clavados en los míos. Cuando exploté, fue como un volcán. Chorros calientes cayeron sobre su cara, su boca abierta, sus tetas. Ella lo recibió con una sonrisa, lamiendo lo que podía, sus dedos recogiendo el resto y llevándoselo a los labios. —Joder, qué rico sabes —murmuró, mientras se limpiaba con una lentitud que era puro espectáculo erótico. Nos desplomamos en la cama, agotados, sudorosos, nuestros cuerpos todavía temblando por la intensidad de lo que acababa de pasar. El silencio que siguió fue roto solo por nuestras respiraciones pesadas. Sofía se acercó, apoyando su cabeza en mi pecho, su mano acariciando perezosamente mi abdomen.
—No le digas nada a Luis, ¿eh? —dijo con una risita, sus dedos trazando círculos en mi piel. —Ni una palabra —respondí, todavía intentando procesar lo que había pasado. Nos quedamos allí un rato, disfrutando del silencio, del calor de nuestros cuerpos. Pero entonces, el sonido de la puerta principal nos hizo saltar. Luis estaba de vuelta. Nos vestimos a toda prisa, riendo como adolescentes que acaban de hacer una travesura. Cuando salimos de la habitación, él no sospechó nada, solo nos ofreció unas cervezas y puso el partido en la tele. Pero cada vez que miraba a Sofía, veía esa chispa en sus ojos, esa promesa silenciosa de que esto no sería la última vez. Y mientras ella me guiñaba un ojo desde el otro lado del sofá, supe que este encuentro ardiente, sensual y desinhibido se quedaría grabado en mi memoria para siempre.

----------

El partido en la tele era solo un murmullo de fondo, una cortina de ruido que apenas alcanzaba a cubrir el torbellino de pensamientos que giraban en mi cabeza. Sentado en el sofá, con una cerveza fría en la mano, intentaba actuar normal mientras Luis hablaba de algo que no me importaba en absoluto. Mis ojos, sin embargo, no podían evitar desviarse hacia Sofía. Ella estaba al otro lado del salón, apoyada en la encimera de la cocina, con una sonrisa apenas perceptible que parecía destinada solo a mí. Su camiseta ajustada seguía marcando esas curvas imposibles, y cada movimiento suyo—la forma en que se inclinaba ligeramente para tomar un sorbo de su bebida, cómo su cabello caía sobre un hombro—era una provocación silenciosa. Mi polla, que aún no se había recuperado del todo de nuestro encuentro en la habitación de invitados, empezaba a reaccionar otra vez. Luis, ajeno a todo, se levantó para ir al baño, dejándonos solos de nuevo. El aire se volvió denso en un instante. Sofía me miró directamente, sus ojos verdes brillando con esa mezcla de desafío y deseo que me volvía loco. Se acercó lentamente, balanceando las caderas con una intención que no dejaba lugar a dudas. —¿Qué tal el partido? —preguntó, su voz baja, casi un susurro, mientras se sentaba a mi lado, tan cerca que su muslo rozaba el mío. —No tengo ni puta idea —admití, sonriendo, mi mano ya buscando la suya bajo la mesa. Ella soltó una risita suave, pero sus dedos se entrelazaron con los míos, apretándolos con fuerza. Luego, inclinándose hacia mí, murmuró al oído: —Quiero más. Pero no aquí. Sígueme. Mi corazón dio un vuelco. Me levanté, intentando no parecer demasiado ansioso, y la seguí hacia el pasillo. Luis seguía en el baño, y el sonido del agua corriendo nos daba unos minutos de ventaja. Sofía me llevó hasta la puerta que daba al pequeño balcón del apartamento, un espacio estrecho con vistas a la ciudad, apenas iluminado por las luces de la calle. El aire fresco de la noche contrastaba con el calor que emanaba de nuestros cuerpos. Cerró la puerta detrás de nosotros, y antes de que pudiera decir nada, sus labios estaban sobre los míos, hambrientos, urgentes. El beso era puro fuego, sus manos tirando de mi camiseta mientras las mías se colaban bajo la suya, buscando esas tetas perfectas que no podía sacarme de la cabeza. Las apreté con fuerza, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo mis dedos. —Joder, cómo me pones —gimió contra mi boca, mientras sus manos bajaban hasta mi cinturón, desabrochándolo con una rapidez que hablaba de su urgencia. El balcón era pequeño, apenas había espacio para una mesa y un par de sillas, pero eso no la detuvo. Me empujó contra la barandilla, el metal frío contra mi espalda, y se arrodilló frente a mí. La ciudad seguía su ritmo allá abajo, luces parpadeando, autos pasando, pero en ese momento solo existíamos nosotros. Sacó mi polla, ya dura, y la miró con una sonrisa traviesa. —Te voy a chupar hasta que me supliques que pare —dijo, antes de envolverme con su boca. Joder, qué boca. Su lengua jugaba con la punta, lamiendo en círculos lentos, torturantes, antes de tragarme entero. La sensación de su calor húmedo, combinada con la brisa fresca de la noche, era una locura. Mis manos se enredaron en su cabello, guiándola, aunque ella no necesitaba ninguna guía. Chupaba con una intensidad que me hacía temblar, sus manos acariciando mis huevos, apretándolos ligeramente. —Joder, Sofía, vas a matarme —jadeé, intentando mantener la voz baja para que Luis no nos oyera. Ella levantó la mirada, mis polla aún en su boca, y sonrió. Luego se apartó un momento, solo para susurrar: —Quiero que te corras en mi boca, pero no todavía. Primero quiero que me folles aquí, en el balcón. El riesgo de ser descubiertos solo hacía que todo fuera más intenso. La levanté, girándola para que se apoyara en la barandilla. Le bajé los leggings hasta los tobillos, dejando su culo al aire, redondo y perfecto bajo la luz de la luna. Su tanga negra estaba empapada, y cuando se la quité, el olor de su excitación me golpeó como una droga. Escupí en mi mano, lubricando mi polla, y la penetré desde atrás, despacio al principio, dejando que su coño caliente me envolviera. —Dios, qué rico la tienes —gemí, mientras empezaba a moverme, mis manos en sus caderas. —Fóllame duro, cabrón, quiero sentirte hasta el fondo —respondió ella, empujando su culo contra mí. La embestí con fuerza, el sonido de nuestros cuerpos chocando amortiguado por el ruido de la ciudad. Sus gemidos eran bajos, contenidos, pero cargados de urgencia. Cada empujón la hacía arquearse más, sus tetas balanceándose bajo la camiseta. Me incliné hacia adelante, levantándole la ropa para chuparle el cuello, mordiéndolo ligeramente mientras seguía follándola. —Así, joder, rómpeme, haz que me corra —susurró, su voz temblando de placer. Metí una mano entre sus piernas, encontrando su clítoris y frotándolo en círculos rápidos. Su cuerpo se tensó casi de inmediato, y un gemido ahogado escapó de su garganta mientras se corría, su coño apretándome con tanta fuerza que casi me lleva con ella. Pero me contuve, quería más. La giré para que me mirara, sus ojos vidriosos de placer. La levanté, apoyándola en la pequeña mesa del balcón, y ella abrió las piernas de par en par, invitándome. Me arrodillé un momento, lamiendo su coño todavía palpitante, saboreando su orgasmo. Ella temblaba, sus manos en mi cabeza, empujándome contra ella. —Chúpame, joder, no pares —gimió, sus caderas moviéndose contra mi boca. La lamí con hambre, mi lengua explorando cada rincón, mientras ella se retorcía de placer. Cuando sentí que estaba al borde de otro orgasmo, me levanté y la penetré de nuevo, esta vez en la postura del misionero, con sus piernas envueltas alrededor de mi cintura. La mesa crujía bajo nuestro peso, pero no nos importaba. La follé con un ritmo frenético, sus tetas rebotando, sus uñas clavándose en mi espalda. —Dame más, cabrón, quiero correrme otra vez —gritó, su voz ya sin control. Su coño se contrajo de nuevo, y esta vez su orgasmo fue tan intenso que casi me caigo encima de ella. Sus gritos se mezclaban con el ruido de la ciudad, y por un momento temí que alguien nos oyera. Pero el placer era demasiado grande para preocuparme. Sentí mi propio orgasmo acercándose, una presión insoportable que me hacía jadear. —Sofía, voy a correrme —advertí, mi voz rota. Ella se bajó de la mesa rápidamente, arrodillándose frente a mí. Su cara estaba sonrojada, sus labios hinchados, y me miró con esa expresión de puro deseo que me volvía loco. —Dámelo en la cara otra vez, quiero tu leche —dijo, abriendo la boca. Me masturbé frente a ella, su lengua jugando con la punta de mi polla, y exploté. Chorros calientes cayeron sobre su rostro, sus mejillas, su boca abierta. Ella lo recibió con una sonrisa, lamiendo lo que podía, sus dedos recogiendo el resto y llevándoselo a los labios. —Joder, qué rico —murmuró, mientras se limpiaba con una lentitud que era puro espectáculo erótico. Nos quedamos allí un momento, jadeando, el aire fresco de la noche enfriando nuestros cuerpos sudorosos. Pero el tiempo apremiaba. Escuchamos a Luis moverse dentro del apartamento, y nos vestimos a toda prisa, riendo como si hubiéramos robado algo prohibido. Volvimos al salón justo a tiempo, actuando como si nada hubiera pasado, aunque la complicidad en nuestras miradas era imposible de disimular. El resto de la noche fue una tortura deliciosa. Cada vez que Sofía se movía, cada vez que me miraba, sentía el eco de su cuerpo contra el mío, el sabor de su piel, el calor de su coño. Cuando por fin me despedí, ella me acompañó hasta la puerta, aprovechando que Luis estaba distraído. —Esto no termina aquí —susurró, dándome un último beso rápido antes de cerrar la puerta. Caminé hacia mi auto con una sonrisa que no podía borrar, mi cuerpo todavía vibrando por el recuerdo de Sofía. Sabía que este encuentro, ardiente, sensual y desinhibido, era solo el comienzo de algo mucho más grande.

----------

El resto de la noche en el apartamento de Luis fue un ejercicio de autocontrol. Cada mirada de Sofía, cada roce casual de su mano al pasarme una cerveza, era como un cable eléctrico conectado directamente a mi entrepierna. Mi cuerpo aún vibraba con el recuerdo de su piel, su calor, la forma en que su coño me había apretado en el balcón mientras se corría. Cuando por fin me despedí, su promesa susurrada en la puerta—“Esto no termina aquí”—se quedó resonando en mi cabeza como una canción que no puedes dejar de tararear. Dos días después, recibí un mensaje suyo. Era domingo por la tarde, y el texto era breve pero directo: *“Luis sale esta noche. Ven a las 8. Trae condones y algo de imaginación.”* Mi polla se endureció al instante, y mi mente empezó a dar vueltas, imaginando qué demonios tenía planeado esa mujer que parecía no tener límites. Me duché, me puse unos jeans ajustados y una camiseta, y me aseguré de meter un par de condones en la cartera. La “imaginación” que pedía Sofía me tenía intrigado, pero con ella, cualquier cosa era posible. Llegué al apartamento a las 8 en punto. La ciudad estaba tranquila, el sol ya se había puesto, y el aire fresco de septiembre me golpeó al salir del auto. Sofía abrió la puerta antes de que tocara el timbre, como si hubiera estado esperándome. Llevaba un vestido negro ceñido, corto, que abrazaba cada curva de su cuerpo corpulento. Sus tetas, grandes y firmes, parecían a punto de desbordar el escote, y sus piernas largas y bronceadas brillaban bajo la luz del pasillo. Me miró con esa sonrisa traviesa que ya conocía demasiado bien. —Pasa, rápido, antes de que algún vecino cotilla nos vea —dijo, tirando de mi brazo. El apartamento estaba en penumbra, con solo un par de lámparas encendidas que daban un ambiente cálido, íntimo. Olía a su perfume, ese aroma dulce y provocador que me había vuelto loco la primera vez. Cerró la puerta detrás de mí y, sin darme tiempo a decir nada, se lanzó a mis labios, besándome con una urgencia que me dejó sin aire. Sus manos ya estaban bajo mi camiseta, arañando mi pecho, mientras las mías se colaban bajo su vestido, encontrando la piel suave de su culo. —Joder, cómo te he echado de menos —murmuró entre besos, mientras su mano bajaba hasta mi entrepierna, apretando mi polla por encima de los jeans. —No tanto como yo a ti —respondí, mi voz ya ronca de deseo. Me llevó de la mano hacia su habitación, no la de invitados esta vez, sino la suya, un espacio que gritaba su personalidad: una cama grande con sábanas de satén negro, un espejo de cuerpo entero en una esquina, y un par de velas aromáticas encendidas que llenaban el aire con un toque de vainilla. Pero lo que me llamó la atención fue lo que había sobre la mesita de noche: un dildo negro, grueso, de unos 20 centímetros, brillante bajo la luz tenue. Sofía siguió mi mirada y sonrió, mordiéndose el labio inferior. —¿Te gusta mi juguetito? —preguntó, acercándose a la mesita y tomándolo en la mano, acariciándolo como si fuera una extensión de su propio cuerpo—. Quiero que me folles con esto, pero no como la última vez. Quiero algo más… sucio. Mi polla dio un respingo bajo los jeans. La idea de usar un juguete con ella, de verla perderse en el placer, era más de lo que podía procesar sin volverme loco. Asentí, incapaz de articular una respuesta coherente, y ella se acercó, empujándome hacia la cama. —Desnúdate —ordenó, mientras se quitaba el vestido en un solo movimiento. Debajo no llevaba nada, ni sujetador, ni tanga, solo su cuerpo desnudo, alto, corpulento, con esas tetas perfectas y un coño que ya brillaba de humedad. Me quité la ropa a toda prisa, mi polla dura como piedra, y ella se acercó, arrodillándose frente a mí para darme un lametón lento, torturante, desde la base hasta la punta. —Primero, vamos a jugar un poco —dijo, levantándose y guiándome hacia la cama. Se tumbó boca arriba, con las piernas abiertas, y me indicó que me pusiera encima de ella, pero al revés. La postura 69. Mi corazón latía como un tambor mientras me posicionaba, mi polla colgando sobre su cara, su coño rosado y húmedo justo frente a mí. Tomé el dildo de la mesita, sintiendo su peso, su textura suave pero firme, y lo acerqué a sus labios vaginales, frotándolo lentamente contra su clítoris. —Joder, sí, métemelo despacio —gimió, mientras su lengua empezaba a jugar con mi polla, lamiendo la punta con una lentitud que me hacía temblar. Deslicé el dildo dentro de ella, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño lo acogía, cómo se contraía a su alrededor. Ella gemía contra mi polla, el sonido vibrando en mi piel, y empezó a chuparme con más intensidad, sus labios envolviéndome, su lengua girando alrededor de la cabeza. Era una locura, una sobrecarga de sensaciones: el calor de su boca, el sabor de su coño cuando me incliné para lamerla, el dildo entrando y saliendo de ella con un ritmo que yo controlaba. —Fóllame con eso, joder, más rápido —jadeó, apartándose un momento de mi polla para mirarme por encima de su cuerpo. Aceleré el ritmo, moviendo el dildo con más fuerza, mientras mi lengua se concentraba en su clítoris, chupándolo, lamiéndolo, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba bajo el mío. Sus gemidos se volvían más altos, más desesperados, y sus manos agarraron mi culo, empujándome más hacia su boca. —Chúpame más, cabrón, quiero correrme con tu lengua y ese juguete —gritó, antes de volver a tragarse mi polla entera. La sensación de su garganta apretándome, combinada con la vista de su coño empapado siendo penetrado por el dildo, era demasiado. Pero me contuve, quería hacerla acabar primero. Moví el dildo más rápido, más profundo, mientras chupaba su clítoris con una intensidad que la hacía temblar. Su cuerpo se arqueó, sus muslos apretándome la cabeza, y de repente explotó en un orgasmo brutal, gritando contra mi polla. —Joder, me corro, me corro, no pares —gritó, su voz ahogada por mi carne. Su coño se contrajo alrededor del dildo, empapándolo, y yo seguí moviéndolo, prolongando su placer mientras ella chupaba mi polla con una urgencia casi salvaje. Estaba al borde, pero Sofía no había terminado. Se apartó un momento, jadeando, y me miró con esos ojos verdes que parecían arder. —Ahora fóllame tú, pero usa el dildo también —dijo, girándose para ponerse a cuatro patas. Me posicioné detrás de ella, el dildo aún en la mano. Escupí en mi polla, lubricándola, y la penetré lentamente, sintiendo cómo su coño, todavía sensible por el orgasmo, me apretaba con fuerza. Luego, tomé el dildo y lo deslicé dentro de ella, justo al lado de mi polla, estirándola aún más. Ella gritó, un sonido de puro placer mezclado con sorpresa. —Joder, qué lleno, sí, fóllame así —gimió, empujando su culo contra mí. El ritmo era frenético, mi polla y el dildo moviéndose juntos, llenándola, mientras mis manos agarraban sus caderas. Sus tetas se balanceaban con cada embestida, y ella no paraba de hablar, cada palabra más sucia que la anterior. —Rómpeme, cabrón, quiero sentirte todo, dame tu polla y ese juguete hasta que me corra otra vez. No tardó mucho. Su coño se contrajo de nuevo, y otro orgasmo la atravesó, sus gritos resonando en la habitación. Yo estaba al límite, la presión en mi polla insoportable. Le dije que iba a correrme, y ella se giró rápidamente, arrodillándose frente a mí, su cara a centímetros de mi polla. —Dámelo en la cara, quiero tu leche otra vez —ordenó, abriendo la boca. Me masturbé frente a ella, el dildo aún en su mano, frotándolo contra su coño mientras me miraba. Exploté con un gruñido, chorros calientes cayendo sobre su rostro, sus labios, sus tetas. Ella lo recibió con una sonrisa, lamiendo lo que podía, sus dedos jugando con el resto. —Joder, eres una maldita diosa —jadeé, mientras ella se limpiaba con una lentitud que era puro espectáculo. Nos desplomamos en la cama, exhaustos, el aire cargado del olor a sexo y sudor. Sofía se acercó, besándome suavemente, su cuerpo pegado al mío. —Esto se pone mejor cada vez —susurró, riendo. Y mientras la ciudad seguía su ritmo fuera, supe que este encuentro, ardiente, sucio y sin límites, era solo otro capítulo de algo que no podía parar.

por: © Mary Love

Mary Love (@tequierodori) / X

Comentarios

Entradas populares de este blog

Esperanza mujer de setenta y cinco años se siente aun viva

  "Yon era un hombre de 40 años, soltero, vivía en una habitación alquilada en casa de Esperanza, una señora de 75 años, viuda, hacia ya 10 años. Un tarde vio que la habitación de esperanza estaba abierta y ella se estaba acariciando su cuerpo, parado en la puerta contemplando esa escena entro en la habitación y...." Yon, vivía en casa de esperanza, una viuda de 75 años. le había alquilado una habitación hasta que le entregaran su apartamento. Una tarde Yon vio la puerta del dormitorio de Esperanza entre abierta y lo que veía le sorprendió, Esperanza estaba tocando desnuda en la cama y se masturbaba. Después de estar observando un rato entró en la habitación de Esperanza, sintió una mezcla de curiosidad y morbo. Esperanza, a sus 75 años, no solo era una mujer con una rica historia de vida, sino que también poseía una chispa de vitalidad que desafiaba su edad. Yon se tumbó en la cama al lado de ella y poniendo su brazo alrededor de su cabeza comenzó a lamerle sus tetas, comerl...

Marisa, una chica curvi y sus fantasías cumplidas

"Marisa, una chica curvi, con el pelo largo castaño y unos senos voluminosos, cuenta sus fantasías que cumple a medida que se le presenta la ocasión, es una chica muy ardiente y fácil de llegar al orgasmo." Marisa es una chica de espíritu libre y personalidad vibrante. Su cabello de color castaño y largo cae en suaves ondas sobre sus hombros, lo que resalta su figura curvilínea. A menudo se siente segura de sí misma y disfruta de la atención que recibe. Tiene una sonrisa contagiosa que ilumina cualquier habitación y una risa que hace que todos a su alrededor se sientan cómodos. En cuanto a sus pensamientos, Marisa es bastante abierta sobre sus deseos y fantasías. Le encanta explorar su sensualidad y no teme compartir lo que le excita. Sueña con encuentros apasionados, donde la conexión emocional es tan intensa como la atracción física. A menudo imagina situaciones en las que puede dejarse llevar, como una escapada romántica a la playa bajo la luna o una noche de baile en un c...

Clara y Teresa van al Club Swinger el paraiso

"Nos trasladamos ahora al fin de semana. Las dos mujeres quedan con los dos hombres del cumpleaños en el club Swinger el paraíso Se sentían vivas a pesar de sus 75 y 78 años. Tenían el morbo de que otros dos hombres jóvenes con esposas jóvenes las llevarán al orgasmo en presencia de sus mujeres" Las luces del club Swinger "El Paraíso" brillaban con un resplandor suave y seductor, creando un ambiente cargado de expectativa y deseo. Clara y Teresa, a pesar de sus 75 y 78 años, se sentían más vivas que nunca. La emoción de la noche las envolvía, y la idea de experimentar algo nuevo las llenaba de adrenalina. Al entrar en el club, sus miradas se encontraron con una multitud de parejas disfrutando de la libertad y la sensualidad que ofrecía el lugar. Las risas, susurros y los sonidos de la música envolvían el ambiente, creando una atmósfera electrizante. Clara se sentía rejuvenecida; el morbo de estar rodeada de cuerpos jóvenes y deseosos despertaba algo en su interior q...