MI AVENTURA CON ALEJANDRO CONTINUABA desplegándose como una novela erótica sin fin, donde cada capítulo traía más pasión ardiente y amor prohibido que nos consumía en un fuego inextinguible. A mis 47 años, como viuda seductora navegando los intrincados círculos políticos de Madrid, había encontrado en este joven atractivo de 27 años no solo un amante que despertaba mis sentidos más profundos, sino un socio en crimen que compartía mis secretos y deseos. Después de resolver el enigma de nuestro pasado entrelazado –el escándalo político que unía a mi difunto esposo con la familia de Alejandro–, entramos en una era de exploración audaz, donde cada encuentro era una vivencia sensual que nos llevaba a situaciones excitantes en lugares misteriosos. En la primavera del segundo año que nos conocimos, con España inmersa en reformas económicas y tensiones internacionales, nuestra relación se había fortalecido, pero el misterio de posibles vigilantes –rivales políticos o paparazzi– añadía un picante constante. Esta continuación relata más aventuras eróticas, desde escapadas apasionadas en destinos exóticos hasta momentos robados en el corazón del poder, siempre con un toque de intriga que hacía nuestro erotismo aún más ardiente.
Era abril de ese año, y el aire de Madrid se llenaba del aroma de las jacarandas en flor, un recordatorio poético de cómo nuestra pasión florecía en secreto. Alejandro, ahora mi confidente indispensable en campañas de lobby para energías renovables, me acompañaba a una serie de reuniones en el Senado. Una mañana, después de un debate acalorado sobre políticas climáticas, nos refugiamos en un archivo subterráneo del edificio, un lugar misterioso con estanterías interminables de documentos clasificados y un olor a historia polvorienta que excitaba mi imaginación. "Este sitio es perfecto para nosotros", susurró Alejandro, cerrando la puerta con llave prestada. Sus ojos oscuros brillaban en la penumbra, y yo sentí un calor ascender por mis muslos al verlo acercarse.
Me empujó suavemente contra una pared de legajos antiguos, sus manos subiendo por mi falda plisada, rozando la seda de mis medias. "Eres tan irresistible, Elena, en medio de todo este poder", murmuró, besando mi cuello mientras desabotonaba mi blusa. Mis senos, maduros y sensibles, se endurecieron al contacto de sus labios, que succionaron un pezón con devoción picante. Gemí, mis dedos enredándose en su cabello negro, mientras sus dedos se colaban bajo mi ropa interior, explorando mi intimidad húmeda con maestría. El riesgo era embriagador: el eco de voces lejanas de senadores en los pasillos superiores. Lo besé con urgencia, bajando mis manos para liberar su miembro erecto de los pantalones. Lo masturbé con lentitud sensual, sintiendo su pulso acelerado, antes de arrodillarme y tomarlo en mi boca, lamiendo con pasión ardiente. Sus gemidos llenaron el espacio confinado, y pronto me levantó, penetrándome contra la pared en embestidas profundas que me hicieron gritar su nombre en susurros. Alcanzamos el clímax simultáneamente, mi cuerpo convulsionando en ondas de placer que me dejaron apoyada en él, exhausta y satisfecha.
Esa noche, en mi villa en las afueras de Madrid –un refugio misterioso con jardines laberínticos que había heredado de mi esposo–, prolongamos la vivencia. Alejandro preparó una cena íntima en la terraza, pero el apetito real era por nuestros cuerpos. Me desnudó bajo las estrellas, sus manos untándome con aceite perfumado, masajeando mis curvas con ternura erótica. "Quiero saborearte entera", dijo, tendiéndome en una hamaca colgante. Su lengua bajó por mi vientre, deteniéndose en mi sexo para lamer con devoción, sus dedos introduciéndose en mí en un ritmo que me llevó al borde. Cabalgué su rostro, mis caderas ondulando en un baile sensual, hasta explotar en un orgasmo intenso. Luego, lo monté yo, guiando su miembro dentro de mí, rebotando con pasión mientras el viento nocturno acariciaba nuestra piel sudorosa.
Mayo nos llevó a una conferencia en Berlín sobre inteligencia artificial en la política, un tema que encajaba con el pasado hacker de Alejandro. Nos hospedamos en un hotel art déco en el centro, un lugar misterioso con pasillos adornados de espejos que multiplicaban nuestras siluetas. Durante el día, debatía con expertos, pero mis pensamientos vagaban a él. Una tarde, escapamos a los jardines del 'Tiergarten park', un vasto parque con rincones ocultos entre árboles centenarios. En un claro solitario, rodeado de follaje denso, Alejandro extendió una manta y me atrajo hacia él. "Aquí, en el corazón de Europa, seremos libres", susurró, quitándome el vestido con lentitud.
Sus besos fueron fuego en mi piel, bajando por mi cuello hasta mis senos, mordisqueando suavemente hasta hacerme arquear. Sus manos exploraron mis glúteos, separándolos para rozar mi intimidad desde atrás. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, y me penetró con un movimiento fluido, sus embestidas rítmicas sincronizadas con el canto de los pájaros. El lugar era excitante: caminantes pasaban cerca, pero las sombras nos ocultaban. Grité ahogadamente, mi clímax llegando en olas mientras él se derramaba dentro de mí. De regreso en el hotel, en una suite con bañera jacuzzi, nos sumergimos en burbujas calientes. Alejandro me enjabonó, sus dedos juguetearon con mi clítoris bajo el agua, llevándome a otro orgasmo antes de tomarme en la cama, en posición misionera con piernas entrelazadas, un encuentro apasionado que duró horas.
El misterio resurgió cuando recibí un email anónimo con fotos nuestras en el parque. ¿Un dron? ¿Un espía? En junio, durante un retiro en las montañas de Sierra Nevada, usamos el incidente para avivar el fuego. La cabaña rústica, un lugar misterioso con vistas a picos nevados y un jacuzzi exterior, fue nuestro santuario. Una noche, bajo la luna llena, nos bañamos desnudos en el jacuzzi, el vapor elevándose como nuestros deseos. Alejandro me sentó en el borde, su cabeza entre mis muslos, lamiendo con maestría picante mientras el agua burbujeaba. "Sabe a néctar", murmuró, introduciendo dedos para estimularme internamente. Lo tiré al agua, montándolo con salvajismo, el chapoteo amplificando nuestros gemidos. Luego, en la cama frente al fuego, exploramos juguetes: un vibrador que usó en mí mientras me penetraba por detrás, un doble placer que me hizo explotar en éxtasis múltiples.
Julio trajo un viaje a Grecia para una cumbre mediterránea. En Atenas, nos hospedamos en una villa en las colinas, con vistas al Partenón iluminado. Exploramos ruinas antiguas de noche, un tour privado en un templo olvidado, un lugar misterioso con columnas derruidas y ecos históricos. Allí, Alejandro me presionó contra una columna, levantando mi falda para rozar mi sexo con urgencia. "Como dioses en Olimpo", gruñó, penetrándome con pasión mientras la brisa marina nos envolvía. Mis gemidos se perdieron en la noche, el orgasmo llegando como un trueno.
En las islas, en Mykonos, una playa nudista oculta fue escenario de vivencias sensuales. Nadamos desnudos, nuestros cuerpos rozándose en el Egeo turquesa. En la arena, me untó con crema solar, masajeando hasta convertirse en caricias eróticas. Lo cabalgué bajo un parasol, mis senos rebotando, el sol calentando nuestra unión ardiente.
Agosto, en un festival en Ibiza, el caos de la música electrónica nos permitió anonimato. En una villa privada con piscina infinita, fiestas privadas se convirtieron en orgías de dos: bailes desnudos, sexo en la piscina, exploración con aceites y plumas.
Septiembre, de vuelta en Madrid, un evento en el Palacio de Cibeles. En los jardines misteriosos, nos escabullimos a una fuente oculta, donde me tomó de pie, el agua salpicando nuestros cuerpos en clímax.
Octubre, un congreso en Nueva York. En un rascacielos, suite con vistas a Central Park, noches de pasión: bondage suave, role-play político, orgasmos en la ventana.
Noviembre, en Tokio para alianzas asiáticas. Onsen privado, baños calientes donde flotamos entrelazados, sexo lento y sensual.
Diciembre, Navidades en los Alpes suizos. Cabaña nevada, frente al fuego, exploración anal por primera vez, placer nuevo y ardiente.
Enero de 2018, carnaval en Río Janeiro . Máscaras, samba, sexo en playas ocultas.
Febrero, San Valentín en París. Torre Eiffel, cena romántica seguida de hotel con vistas, maratón erótico.
Marzo, safari en África. Tienda de campaña, sonidos de la selva, amor salvaje bajo las estrellas.
Abril, vuelta a casa, pero con planes de boda secreta. Nuestro amor prohibido evolucionaba, pero la pasión permanecía.
Hoy, sigo escribiendo esta novela erótica, cada vivencia un capítulo de deseo eterno.
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