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La viuda, mujer del senador (capitulo 5) © #Mary #Love


MI ROMANCE CON ALEJANDRO SE HABÍA convertido en una novela erótica viviente, un tapiz interminable de pasión ardiente y amor prohibido que nos envolvía en un mundo de secretos y deseos inconfesables. A mis 48 años ya –el tiempo volaba en este torbellino de emociones–, como viuda seductora inmersa en los enredos del círculo político español, había hallado en este joven atractivo de 28 años el elixir que rejuvenecía mi alma y mi cuerpo. Después de resolver los misterios del pasado que nos unían, y con planes de una boda secreta en el horizonte, entramos en una fase de consolidación, donde cada encuentro era una vivencia sensual que nos llevaba a situaciones excitantes en lugares misteriosos. En el verano de 2018, con España enfrentando una ola de calor político por escándalos de corrupción que rozaban mi red de contactos, nuestra relación se volvió aún más clandestina, pero eso solo avivaba el fuego erótico. Esta continuación relata más aventuras apasionadas, desde escapadas a destinos remotos hasta momentos robados en el epicentro del poder, siempre teñidos de intriga que hacía nuestro placer aún más picante y ardiente.

Era mayo de 2018, y Madrid bullía bajo un sol implacable, reflejando el calor que ardía entre Alejandro y yo. Como coordinador senior en mi equipo de lobby para reformas energéticas, él estaba a mi lado en una cumbre nacional sobre sostenibilidad en el Palacio de Congresos. Durante una pausa en las ponencias, nos escabullimos a los pasillos traseros, un laberinto misterioso de salas de mantenimiento con tuberías expuestas y luces de emergencia que parpadeaban como latidos acelerados. "No podemos resistirnos, ¿verdad?", susurró Alejandro, su voz ronca cortando el silencio industrial. Me atrajo a un rincón oscuro, sus manos fuertes subiendo por mis muslos bajo el vestido ceñido que acentuaba mis curvas maduras.

Sus dedos, aún con un leve rastro de la rudeza de su pasado en la gasolinera, rozaron el encaje de mis bragas, enviando ondas de anticipación a mi centro. "Eres mi adicción, Elena, mi viuda seductora", murmuró, besando mi cuello mientras desabrochaba el escote de mi blusa. Mis pezones se endurecieron al instante, y él los succionó con devoción picante, mordisqueando suavemente hasta hacerme gemir. El riesgo era embriagador: delegados y prensa merodeaban cerca. Lo besé con fiereza, mis manos desabrochando su camisa para acariciar su torso musculoso, bajando hasta liberar su miembro erecto, grueso y venoso. Lo masturbé con lentitud sensual, sintiendo su pulso en mi palma, antes de guiarlo dentro de mí contra la pared fría. Sus embestidas fueron rítmicas, profundas, chocando contra mis glúteos mientras sus dedos estimulaban mi clítoris. Alcanzamos el clímax en silencio jadeante, mi cuerpo convulsionando en placer que me dejó temblando en sus brazos.

Esa noche, en mi ático con vistas a la Puerta de Alcalá, transformamos la adrenalina en una velada erótica prolongada. Alejandro me sorprendió con velas aromáticas y aceites esenciales, tendiéndome en la cama king size. "Déjame adorarte", dijo, desnudándome con lentitud. Sus manos untaron mi piel con aceite cálido, masajeando mis senos maduros hasta que gotas de sudor perlaron mi escote. Bajó por mi vientre, separando mis muslos para lamer mi intimidad con maestría, su lengua girando alrededor de mi clítoris en círculos ardientes. Grité su nombre, arqueándome mientras introducía dedos en mí, curvándolos para tocar ese punto sensible que me hacía explotar. Lo volteé, cabalgándolo con pasión, mis caderas ondulando en un baile sensual, mis senos rebotando al ritmo hasta que su liberación caliente me llenó por completo.

Junio trajo una invitación a una conferencia en Dubai sobre inversiones en Oriente Medio, un destino exótico que encajaba con nuestro amor misterio. Volamos en primera clase, pero el verdadero lujo fue en el hotel de siete estrellas, una torre imponente con suites que daban al desierto infinito. Durante el día, negociaba con jeques y magnates, mi mente distraída por visiones de Alejandro. Una tarde, escapamos a las dunas en un jeep privado, un lugar misterioso de arenas ondulantes y silencio absoluto bajo el sol poniente. En una tienda beduina montada para nosotros, con alfombras gruesas y cojines de seda, nos entregamos al erotismo puro.

Alejandro me desnudó bajo la tela translúcida, besando cada centímetro de mi piel bronceada. "Eres una reina del desierto, Elena", murmuró, sus labios bajando por mi cuello hasta mis senos, succionando con hambre. Me tendió en los cojines, separando mis piernas para explorar mi sexo con su lengua, lamiendo con devoción mientras el viento del desierto aullaba fuera. Introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos en ritmo con su boca hasta hacerme convulsionar en un orgasmo intenso. Lo atraje sobre mí, guiando su miembro dentro, envolviéndolo con mis piernas en una unión ardiente. Sus embestidas fueron como olas del desierto, acelerando hasta que ambos gritamos en éxtasis, el sudor mezclándose con la arena fina.

De regreso en la suite, con vistas al Burj Khalifa iluminado, prolongamos la noche. En la bañera infinita con pétalos de rosa, Alejandro me enjabonó, sus manos resbaladizas explorando mis curvas. "Quiero probar algo nuevo", susurró, introduciendo un dedo en mi entrada trasera mientras estimulaba mi clítoris. El placer fue nuevo y picante, un taboo que me excitaba. Me penetró lentamente por detrás en la cama, con ternura al principio, acelerando hasta un ritmo frenético que nos llevó a un clímax compartido, mi cuerpo temblando en ondas de placer desconocido.

Julio de 2018 nos encontró en una crisis política: un hackeo a mi red de contactos expuso correos que rozaban el misterio de nuestro pasado. Sospechábamos de un rival, añadiendo intriga a nuestra relación. Para desconectar, escapamos a las Maldivas, un paraíso misterioso de atolones y bungalows sobre el agua. Nuestra villa flotante, con piso de vidrio que mostraba el océano debajo, fue escenario de vivencias sensuales. Una mañana, nadamos desnudos en la laguna privada, nuestros cuerpos rozándose en el agua turquesa. Alejandro me levantó contra el borde del bungalow, penetrándome con pasión mientras peces multicolores nadaban bajo nosotros. Sus embestidas sincronizadas con las olas, mis gemidos perdidos en el viento tropical.

Por la noche, en la cama con mosquitero, exploramos con juguetes traídos en secreto: un vibrador que usó en mí mientras me lamía, duplicando el placer hasta hacerme suplicar. Lo cabalgué invertida, mis glúteos rebotando contra él, el espejo del techo reflejando nuestra unión erótica. El misterio del hackeo nos perseguía vía emails, pero transformamos el estrés en deseo, haciendo el amor en la playa al amanecer, la arena pegándose a nuestra piel sudorosa.

Agosto trajo un retiro en los Hamptons, Nueva York, para alianzas transatlánticas. La mansión alquilada, un lugar misterioso con jardines laberínticos y playa privada, nos permitió anonimato. Durante fiestas élite, fingíamos distancia, pero nos reuníamos en el sótano vino, un cellar con botellas centenarias y luces tenues. Allí, Alejandro me ató las manos con una corbata, besando mi cuerpo expuesto. "Eres mía en la oscuridad", gruñó, lamiendo mis senos hasta bajar a mi intimidad, succionando con maestría. Me penetró de rodillas, el eco de nuestros cuerpos en las bóvedas amplificando el placer.

En la playa nocturna, bajo estrellas, nos amamos en la arena, sus manos explorando mientras yo lo montaba con salvajismo. Septiembre, de vuelta en España, un evento en Barcelona. En la Sagrada Familia de noche, un tour privado en las torres misteriosas, me tomó contra una barandilla, el viento elevando mis gemidos.

Octubre, conferencia en Sydney. Ópera House vistas, suite con balcón, sexo matutino con sol australiano. Playa Bondi, surf desnudo en cala oculta, pasión en olas.

Noviembre, Tokio de nuevo, pero con geishas privadas en ryokan. Baños onsen, exploración sensual con aceites, anal lento bajo vapor.

Diciembre, Navidades en Laponia. Aurora boreal, cabaña ártica, amor frente fuego, posiciones acrobáticas en pieles.

Enero 2019, boda secreta en Capri. Cueva azul, votos susurrados, noche de bodas en yate, maratón erótico.

Febrero, luna de miel en Bora Bora. Bungalow agua, sexo submarino con máscaras, placer infinito.

Marzo, escándalo resuelto, vida nueva. Nuestro amor prohibido ahora eterno, novela erótica continua.

Hoy, a los 48, sigo enredada en pasión con mi joven esposo, cada día una vivencia ardiente.

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