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La viuda, mujer del senador (capitulo 6) © #Mary #Love


MI MATRIMONIO SECRETO CON ALEJANDRO había transformado nuestra novela erótica en un capítulo de compromiso eterno, pero el amor prohibido que nos unía seguía latiendo con la misma pasión ardiente que nos había consumido desde aquel primer encuentro en la gasolinera. A mis 48 años, como viuda seductora que había navegado las aguas turbulentas del círculo político madrileño, encontré en mi joven atractivo esposo de 28 años el ancla que me mantenía a flote en un mar de intrigas y deseos. Después de nuestra boda en Capri, en enero de 2019, regresamos a España con un secreto bien guardado, pero el misterio de posibles filtraciones –rivales políticos que olfateaban nuestra unión– añadía un picante constante a nuestras vivencias. En la primavera de 2019, con el país inmerso en elecciones europeas y tensiones por reformas migratorias, nuestra relación se convirtió en un juego de sombras, donde cada encuentro era una situación excitante en lugares misteriosos. Esta continuación relata más aventuras sensuales, desde escapadas apasionadas hasta momentos de peligro que avivaban el fuego, culminando en un final inesperado que pondría punto y aparte a nuestra historia de erotismo desbordante.

Era abril de 2019, y el aire de Madrid se perfumaba con el azahar de los naranjos, un aroma que evocaba la dulzura de nuestros besos robados. Alejandro, ahora mi socio en una firma de consultoría política que disfrazaba nuestra cercanía, me acompañaba a una serie de galas benéficas en el Palacio Real. Durante una de ellas, dedicada a causas ambientales, nos escabullimos a los jardines reales, un laberinto misterioso de setos recortados y fuentes ocultas que susurraban secretos centenarios. Bajo la luna menguante, Alejandro me atrajo a un rincón sombreado por cipreses altos. "No puedo mirarte en ese vestido sin tocarte, Elena", murmuró, su voz ronca cortando la noche fresca.

Sus manos subieron por mis caderas, levantando la falda de mi vestido de seda rojo que acentuaba mis curvas maduras. Rozó el encaje de mis medias, subiendo hasta mi intimidad ya húmeda por la anticipación. "Eres mi reina prohibida", susurró, besando mi cuello mientras desabrochaba el corpiño. Mis senos se liberaron al aire nocturno, y él los devoró con hambre picante, succionando un pezón endurecido hasta hacerme arquear. El riesgo era palpable: guardias y invitados merodeaban cerca, sus voces lejanas como un recordatorio de nuestro amor misterio. Lo besé con urgencia, mis dedos desabrochando su esmoquin para acariciar su pecho musculoso, bajando hasta liberar su miembro erecto, pulsante en mi mano. Lo masturbé con lentitud sensual, sintiendo su calor, antes de guiarlo dentro de mí contra el tronco de un árbol antiguo. Sus embestidas fueron profundas, rítmicas, chocando contra mis glúteos mientras sus dedos jugaban con mi clítoris. Gemí ahogadamente, mi clímax llegando en ondas que me hicieron temblar, seguido por su liberación caliente que me llenó por completo.

Esa noche, en nuestra villa secreta en las colinas de La Moraleja –un refugio misterioso con piscinas termales y vistas panorámicas–, prolongamos la vivencia con ternura erótica. Alejandro me llevó a la piscina interior, iluminada por luces subacuáticas que danzaban como estrellas sumergidas. Me desnudó lentamente, besando cada centímetro de mi piel, alabando mis estrías como mapas de mi vida apasionada. "Eres perfecta, mi viuda seductora", dijo, tendiéndome en el borde del agua. Su lengua exploró mi vientre, bajando hasta mi sexo, lamiendo con devoción mientras el vapor cálido nos envolvía. Introdujo dedos en mí, curvándolos para tocar ese punto sensible, llevándome al borde del éxtasis. Lo atraje al agua, montándolo con pasión, mis caderas ondulando en un baile acuático, el chapoteo sincronizado con nuestros gemidos hasta que explotamos juntos en un orgasmo acuoso.

Mayo nos llevó a una cumbre en Bruselas, reviviendo recuerdos de nuestros primeros viajes. En el hotel histórico cerca del Grand Place, un lugar misterioso con pasillos góticos y habitaciones con tapices antiguos, transformamos las noches en sesiones de placer intenso. Una tarde, después de negociaciones sobre tratados comerciales, regresamos temprano. Alejandro me sorprendió con un juego de roles: él como un espía infiltrado, yo como la diplomática cautiva. Me ató las muñecas al cabecero con una bufanda de seda, besando mi cuerpo expuesto con fiereza. "Confiesa tus secretos, Elena", gruñó, lamiendo mis senos hasta bajar a mi intimidad, succionando mi clítoris con maestría picante. Su lengua danzaba en círculos ardientes, introduciendo un dedo para estimularme internamente hasta hacerme suplicar. Me liberó y me volteó, penetrándome por detrás en un ritmo frenético que nos llevó a un clímax explosivo, mis gritos ahogados por la almohada.

El misterio político escaló cuando recibí amenazas anónimas: alguien sabía de nuestra boda y amenazaba con exponerlo, vinculándolo a viejos escándalos de mi esposo. En junio, durante un retiro en las Islas Canarias, usamos el estrés para avivar el fuego. Nuestra villa en Lanzarote, un paraíso misterioso de playas volcánicas y cuevas ocultas, fue nuestro santuario. Una noche, exploramos una cueva marina al atardecer, el eco del océano amplificando nuestros deseos. Alejandro me presionó contra la roca húmeda, levantando mi sarong para rozar mi sexo con urgencia. "Aquí, donde el mar nos observa", murmuró, penetrándome con pasión mientras las olas lamían nuestros pies. Sus embestidas sincronizadas con el vaivén del agua, mis gemidos resonando en la caverna hasta un orgasmo que nos dejó exhaustos en la arena negra.

Julio trajo calor asfixiante y una invitación a un yate en las costas de Marbella, propiedad de un aliado político. El barco, un lujo flotante con cabinas misteriosas y cubiertas privadas, nos permitió anonimato. Durante una fiesta náutica, nos escabullimos a la proa, bajo estrellas mediterráneas. Alejandro me desnudó en la brisa salada, besando mis curvas con devoción. Me tendió en una hamaca colgante, lamiendo mi intimidad con hambre mientras el yate se mecía. "Sabes a sal y deseo", susurró, introduciendo su lengua profundamente hasta hacerme convulsionar. Lo cabalgué con salvajismo, el movimiento del mar intensificando cada embestida, culminando en éxtasis mutuo.

Agosto de 2019 nos encontró en un festival cultural en Edimburgo, Escocia. El castillo medieval, un lugar misterioso de torres y mazmorras, fue escenario de un encuentro apasionado durante un tour nocturno. En una cámara oculta, Alejandro me tomó contra la piedra fría, sus manos explorando mientras yo gemía en la oscuridad histórica. Septiembre, en una conferencia en Tokio, revivimos baños onsen con exploración anal lenta, placer nuevo bajo vapor.

Octubre, otoño en Nueva York para la ONU. Suite con vistas a Manhattan, noches de bondage suave y role-play. Noviembre, en París para moda, sexo en el Sena en barca privada. Diciembre, Navidades en los Alpes, amor en nieve, posiciones acrobáticas.

Enero 2020, aniversario en Bali. Templos misteriosos, sexo en jungla. Febrero, Carnaval en Venecia, máscaras ocultando orgasmos en palacios.

Pero en marzo de 2020, el misterio culminó. Un rival político filtró nuestra historia: fotos, documentos de la boda. El escándalo estalló, amenazando mi carrera. Alejandro y yo huimos a una isla remota en el Pacífico, un paraíso misterioso donde planeamos nuestra defensa. Allí, en una cabaña sobre el agua, hicimos el amor por última vez con intensidad desesperada. Sus embestidas eran un adiós, mis gemidos un lamento.

El final llegó inesperado: en una tormenta tropical, el yate que nos llevaba a salvo se hundió. Sobreviví milagrosamente, pero Alejandro desapareció en las olas. Meses después, en Madrid, reconstruí mi vida, pero su ausencia era un vacío eterno. Descubrí que había sacrificado su vida por mí, distrayendo a perseguidores. Nuestra novela erótica terminó en tragedia, un amor prohibido inmortalizado en mis recuerdos, pasión ardiente que arde en mi alma para siempre.



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