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Vencí la timidez y el miedo escénico


EN DOS DIAS CUMPLIRÉ dieciocho años, y cada día que pasa en este edificio de "Villa Viciosa de Odon", en Madrid, siento que mi cuerpo se rebela contra la timidez que me atenaza. Soy alto para mi edad, con un físico bien desarrollado gracias a las horas en el gimnasio del barrio, y mi pelo castaño, largo y ondulado, me cae sobre los hombros como una cascada rebelde. Pero lo que más me define, en secreto, son mis atributos sexuales: una polla de tamaño considerable, bien esculpida, con venas que se marcan bajo la piel tersa y un glande carnoso que resalta como una corona, siempre lista para despertar ante el menor estímulo. Vivo en un piso modesto con mis padres, y mi dormitorio da directamente a un patio interior, enfrente del de ella. Mi vecina, una mujer de unos cuarenta años, exuberante y curvilínea, con pechos generosos que desafían la gravedad y caderas que se mecen como una invitación constante. Me vuelve loco desde el primer día que la vi.

Al principio, eran solo miradas fugaces. Yo, oculto tras las cortinas entreabiertas de mi habitación, la observaba mientras ella se movía por la suya, ajena —o eso creía— a mi presencia. Pero pronto me di cuenta de que lo sabía. Lo sabía todo. Cuando se cambiaba de ropa, no corría las cortinas; se despojaba de la blusa con lentitud, dejando que sus tetas se liberaran, pesadas y firmes, con pezones oscuros que se endurecían al aire. Se quedaba desnuda, paseando por la habitación como si el mundo fuera su escenario privado, y yo, con el corazón latiendo a mil, sentía cómo mi polla se hinchaba en mis pantalones, exigiendo atención. Alguna vez, la vi masturbándose: sentada en el borde de la cama, con las piernas abiertas hacia la ventana, sus dedos deslizándose entre los pliegues húmedos de su coño, gimiendo sin pudor. No se cortaba nada en absoluto. Sus ojos, en más de una ocasión, se clavaron en los míos a través del patio, y en lugar de avergonzarse, sonreía con picardía, acelerando el ritmo hasta arquear la espalda en un clímax que me dejaba temblando.


Yo era tímido, un cobarde ante esa diosa madura. Soñaba con acercarme, con tocarla, pero el miedo me paralizaba. Hasta aquel día en el ascensor. Era una tarde calurosa de verano, el aire cargado de promesas. Entré primero, pulsando el botón de mi piso, y entonces ella apareció, con un vestido ligero que se pegaba a sus curvas como una segunda piel. El ascensor se cerró, y el espacio se volvió íntimo, opresivo. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo, y algo en mí se rompió. "Estás muy guapa hoy", balbuceé, mi voz apenas un susurro ronco.

Ella se giró hacia mí, sus ojos brillando con esa mezcla de madurez y deseo que me desarmaba. Sin decir una palabra, tomó mi mano y la colocó sobre una de sus tetas, justo encima del escote. Sentí la calidez de su piel, la suavidad mullida bajo la tela, el pezón endureciéndose contra mi palma. Mi polla dio un salto en mis vaqueros, y jadeé, incapaz de apartar la mirada. "Gracias, cariño", murmuró con una voz ronca, cargada de promesas. El ascensor se detuvo en su planta, pero en lugar de salir sola, me cogió de la mano y me arrastró consigo hacia su apartamento. El corazón me martilleaba en el pecho mientras cerraba la puerta tras nosotros.

Dentro, el aire olía a su perfume, floral y embriagador. Me empujó contra la pared del pasillo, sus labios encontrando los míos en un beso voraz, su lengua invadiendo mi boca con una urgencia que me dejó sin aliento. "He visto cómo me miras", susurró contra mis labios, sus manos bajando a mi cintura para desabrochar mis pantalones. "Sé que te pones duro viéndome. Ahora, déjame verte a ti". Tiró de mis vaqueros hacia abajo, liberando mi polla, que saltó erecta, gruesa y venosa, el glande carnoso ya brillando con una gota de presemen. Sus ojos se dilataron de placer. "Dios, qué maravilla. Me encanta, cómo disfruto solo con verte".

Me llevó al salón, donde un sofá amplio nos esperaba. Se quitó el vestido de un tirón, revelando su cuerpo desnudo, exuberante: tetas grandes con aureolas amplias, un vientre suave y un coño depilado que relucía de humedad. Me empujó al sofá y se arrodilló entre mis piernas, su boca envolviendo mi glande con una succión experta. Sentí su lengua rodeando la cabeza carnosa, lamiendo las venas, mientras sus manos masajeaban mis huevos pesados. "Mete tu polla en mi boca", ronroneó, guiándome con sus manos para que empujara más profundo. Gemí, mis caderas moviéndose instintivamente, follando su boca cálida y húmeda.

Pero ella quería más. Se levantó y se sentó a horcajadas sobre mí, frotando su coño empapado contra mi longitud. "Fóllame", exigió, su voz un mandato sensual. "Quiero sentir esa polla grande dentro de mí". La penetré despacio, sintiendo cómo sus paredes calientes y resbaladizas se abrían para mí, envolviéndome en un abrazo apretado. Ella gimió, cabalgándome con ritmo, sus tetas rebotando hipnóticas. "Muérde mis pezones", jadeó, inclinándose para ofrecérmelos. Obedecí, mordisqueando uno con delicadeza, luego con más fuerza, sintiendo cómo se endurecía en mi boca mientras ella se mecía más rápido.

Cambiamos de posición; la tumbé en el sofá, abriéndole las piernas para admirar su coño hinchado, los labios mayores separados, revelando el clítoris rosado y erecto. "Lame mi clítoris", ordenó, sus dedos enredándose en mi pelo castaño ondulado. Bajé la cabeza, mi lengua trazando círculos suaves alrededor de ese botón sensible, saboreando su jugo dulce y salado. Ella arqueó la espalda, gimiendo. "Sigue, me corro... ¡sigue!". Aumenté el ritmo, chupando y lamiendo, hasta que su cuerpo se convulsionó en un orgasmo que la dejó temblando, sus jugos empapando mi barbilla.

No pude contenerme más. La penetré de nuevo, esta vez con embestidas profundas y firmes, mi polla deslizándose hasta el fondo, golpeando ese punto que la hacía gritar. "Córrete conmigo", suplicó, sus uñas clavándose en mi espalda. "Quiero sentir tu leche dentro de mí". Sentí el clímax construyendo mi orgasmo, mis huevos contrayéndose, y con un gruñido primitivo, me derramé en ella, chorros calientes llenándola mientras sus paredes se contraían a mi alrededor en otro orgasmo compartido.

Fue una experiencia maravillosa, un despertar que borró mi timidez para siempre. Desde entonces, nuestras ventanas siguen abiertas, pero ahora, el patio es solo el preludio de lo que viene después.

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