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Una historia anónima relatada por Mary Love


SOY MARY LOVE, UNA TEJEDORA DE RELATOS que dan vida a los deseos más profundos. El relato de Maia Simons, una joven de 21 años atrapada en su propia pasión, me llegó como un incendio que pedía ser narrado. Su historia con Elías, un médico en la cincuentena, de cuerpo atlético y barba plateada que destila experiencia y magnetismo, es una danza de anhelo y entrega. Con su permiso, la reescribo con la intensidad que merece, haciendo que cada roce, cada susurro, cobre vida en estas líneas.

Todo comenzó en un supermercado abarrotado un sábado por la tarde, la ciudad de Denia, Alicante. Maia estaba con su novio, Luis, llenaba su carrito con la compra para la semana, cuando de repente el mundo se volvió borroso, sus piernas cedieron y cayó entre los pasillos con anaqueles. Un mareo repentino la invadió, y antes de que pudiera reaccionar, sus rodillas flaquearon y cayó al suelo entre los pasillos de conservas. Su novio entró en pánico, gritando por ayuda, mientras la gente se arremolinaba. Fue entonces cuando él apareció: el doctor Elías, un hombre carismático con un aspecto de guerrero de la edad media emergió con una presencia imponente: hombros anchos, torso esculpido bajo una camisa ajustada, y una barba poblada y plateada que le daba un aire de autoridad seductora. Estaba comprando vino cuando oyó el alboroto y se arrodilló a su lado, tomándole el pulso con manos firmes y cálidas.

"Respira hondo, tranquila", dijo el doctor con voz grave, como un ronroneo que calmaba el caos. Sus dedos largos presionaban su muñeca, y Maia, al abrir los ojos, lo vio por primera vez: ojos grises que parecían desnudarla, la barba rozando su brazo al inclinarse. Le ofreció agua de su propia botella, estabilizándola en unos minutos. "Podría ser un bajón de azúcar o estrés", dijo Elías, "pero seria conveniente que fueras a urgencias para un chequeo completo". Ella y Luis, su novio, le agradecieron su intervención, y antes de despedirse, intercambiaron números –"por si necesitas orientación médica"–, y Maia sintió un cosquilleo que le altero todo su cuerpo.


Esa noche, Elías la llamó para verificar su estado. "Solo quiero asegurarme", dijo, su tono envolvente sintiendo la misma sensación que cuando le conoció. Las llamadas se hicieron frecuentes, primero semanales, a medida que empatizaban se hicieron diarias. Hablaban de los sucesos que ocurrían en día a día, de sus estudios, y del trabajo a media jornada en el bufete de abogados, de sus sueños, y así iba forjándose una confianza e intimidad que crecía con cada conversación. Una noche, cuando hablaban surgió el tema de su relección sentimental con su novio, Luis. Maia dejó caer las barreras: "Elías, siento mucha tensión sexual acumulada, me siento desbordada, no soy del todo feliz y eso me crea estrés". Él, la escuchaba la calma que da la madurez, respondió: "Ten confianza conmigo, Maia. Cuéntame qué te pasa". Ella se abrió a él y se sinceró, la voz entre cortada y temblorosa, le decía: "Cuando Luis y yo hacemos el amor, nunca culmino, se ha convertido en una rutina. Él eyacula rápido, a veces solo con rozarme, no aguanta la erección; y sabes qué, me quedo echa polvo y con unas ganas enormes. La tensión me consume, y tengo que masturbarme para calmarme cuando el se va, pero no es lo mismo. Echo de menos sentir el sexo de un hombre varonil, que me llene de verdad y me haga sentir". Un silencio cargado llenó la línea, seguido de su voz grave: "Ufff, entiendo, Maia, me imagino que la situación no es nada agradable. Eres una chica muy linda y mereces sentirte plena" "Volverías loco al hombre mas completo de la tierra". Esa confesión encendió una chispa, y las charlas posteriores vibraban con una tensión tácita, un deseo que crecía como brasas.

Al cabo de unos de unos días después de esa revelación, Elías le envió un mensaje: "Maia, me gustaría hacerte un chequeo a fondo en mi consulta privada para descartar cualquier complicación. Ven el próximo viernes; ese día no tengo consulta con ningún paciente, y así podré dedicarte todo mi tiempo y atención, si te parece bien.". El corazón de Maia dio un vuelco y se aceleró. "Si, me parece estupendo, eres muy amable", le contesto ella al cabo de diez minutos. El viernes llegó, y ella fue sola a la consulta de Elías, en un Bungaló en una colonia de alemanes. Llevaba un vestido ligero tipo ibicenco que abrazaba sus curvas juveniles, dejando entre ver sus pechos, el cabello castaño suelto en ondas que caían sobre sus hombros. Elías la recibió con una sonrisa que iluminaba su barba plateada, cerrando la puerta tras ella.

El examen comenzó con profesionalismo, tumbada en la camilla: midió su presión, escuchó los sonidos del pecho y de su corazón con el estetoscopio frío contra su piel. Pero sus manos se demoraban, rozando su brazo, su cadera, con una intención apenas disimulada. "Estás perfecta", susurró, sus ojos grises encontrando los de ella. El aire se volvió denso, eléctrico. "Elías, me haces sentir cosas que no debería", admitió Maia, entonces él la besó, un beso profundo y hambriento, la barba sedosa tocaba su mejilla en un roce que encendía su piel.

Sn pensárselo dos veces la llevó al dormitorio, un refugio íntimo con sábanas de seda negra y luz tenue que filtraba el crepúsculo a través de cortinas ligeras. La desvistió con lentitud experta, admirando su cuerpo joven: pechos firmes con aureola café con leche y pezones sonrosados, caderas suaves, piel pálida que contrastaba con su bronceado atlético. "Eres un sueño", murmuró, besando y lamiendo su cuello mientras sus manos rozaban cada curva de sus caderas. Maia se arqueaba, jadeaba y gemía, sentía  el calor subir por su vientre, y como se humedecía su coño. "Me encanta, me haces disfrutar", susurró, enredando los dedos en su cabello largo plateado. Él descendió a sus tetas, lamiendo y mordisqueando con precisión. "Muerde mis pezones... hazme sentir ese dolor placentero", suplicó  ella con urgencia, y él obedeció con su maestría, sus dientes enviando chispas de placer que la hicieron gemir y gritar. Sus labios bajaron más, rozando su vientre, mojando con su saliva el monte de venus, hasta su intimidad húmeda. "Lame mi clítoris", suplicó Maia, y Elías se sumergió, su lengua trazando círculos lentos, la barba cosquilleando sus muslos internos mientras la devoraba con experiencia y maestría.

Maia se retorcía, uñas clavadas en sus hombros definidos. "Sigue chupando rítmicamente, no pares que me llevas al orgasmo, me corroooo", exclamó con un grito gutural, el orgasmo construyéndose como una tormenta. Él se incorporó, despojándose de su bóxer dejando su pene erecto expuesto, grueso y pulsante, una promesa de lo que ella había anhelado. "Mete tu polla", suplicó Maia, guiándolo con urgencia. Él entró despacio, llenándola con una intensidad que respondía a su confesión de deseo insatisfecho. "Fóllame, por favor, hazme sentir", jadeó ella, piernas envolviéndolo, el colchón cediendo bajo su ritmo. Cada movimiento era profundo, controlado, su cuerpo atlético moviéndose con experiencia, la barba rozando sus pechos con cada movimiento. Ella sentía cada pulso, cada roce, un placer que borraba la frustración de sus noches incompletas.

"Córrete conmigo", susurró él, voz ronca de urgencia, acelerando su ritmo hasta el clímax compartido. "Si, amor, si, quiero sentir tu leche caliente derramándose en mi coño desbordando mi orgasmo", gimió Maia, y él se derramaba en ella con un gruñido primal, cálido y abundante, mientras su propio orgasmo la sacudía en oleadas interminables. Durante unos minutos los dos convulsionaron quedando entrelazados sin despegarse, respiraciones entrecortadas, el dormitorio impregnado del aroma de su unión, las sábanas revueltas como testigo de su entrega.

Ese viernes marcó el inicio de varios encuentros, aunque ella seguía con Luis, cada encuentro liberando la tensión que Maia había confesado con crudeza. Pero la historia no termina ahí. Al escribir este relato, yo, Mary Love, me encontré atrapada en su intensidad. Cada palabra que tecleaba avivaba un calor en mi interior, dejándome excitada y muy mojada. Incapaz de contenerlo, en ese instante sonó el timbre de la puerta, era Lucas, un amigo íntimo que vivía en mi misma urbanización, un hombre de confianza con quien compartía momentos pasionales cuando la situación se encartaba. Nos dimos un beso de saludo. El me dijo: "Mary, hoy se te ve el guapo subido", yo me reí, guiñándole un ojo. "Ven, tengo algo que leerte", le digo, con mi voz picara y cargada de urgencia.

Le preparo su bebida favorita, un 'Gin Tonic con Bombay Sappihre', su ginebra preferida,  y sentado en el sofá, le leo el relato que acababa de escribir sobre Maia, dejando que las palabras de deseo y entrega llenaran el aire. Sus ojos comienzan a brillar, y pronto sus manos estaban en mi cintura, mi cuerpo respondiendo al suyo. Nos desnudamos con prisa, la ropa cayendo al suelo como un eco de la historia. Yo me acomodé en mi postura favorita, la que siempre me lleva al orgasmo desbordante, es a cuatro patas, con él detrás de mí penetrándome con su polla de 21 centímetros, esculpida y venosa, sus manos agarrando mis caderas con fuerza. Me encanta sentirlo entrar profundamente, como empuja, cada movimiento golpeando justo donde lo necesito, y mi coño acoplándose a su polla, fundiéndose en el placer orgásmico que emana de nuestros órganos sexuales, como la lengua degusta los sabores, la nariz los olores o la piel sensaciones. Mi cuerpo meciéndose contra el suyo. El placer crece rápido en mis zonas sensoriales, un nudo ardiente que se deshace en mi interior. "Sigue amor, que estoy a punto de correrme", le susurro al oído, mientras él aceleraba, su ritmo implacable, hasta que el orgasmo me atraviesa el cuerpo como un relámpago, tiemblo y grito su nombre, ondas de placer recorriéndome sin fin. Entonces, su polla crece más dentro de mi y agarrando mis caderas atrayéndome hacia él, noto como se derrama en las paredes dentro de mi coño, y nos colapsamos juntos, sudorosos y satisfechos.

La historia de Maia, y mi propia reacción al escribirla, son prueba de cómo el deseo puede encenderse desde las palabras. Espero que tú, lector o lectora, sientas ese mismo fuego. ¿Tienes una confesión que arde en ti, esperando ser contada? 

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