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Una convención de deseo desenfrenado

EL SOL DE MARBELLA LAMÍA MI PIEL como una lengua de fuego mientras llegaba al hotel Costa del Sol Palace, un santuario de lujo donde la convención anual de *GlobalSuccess*, la multinacional de marketing multinivel, estaba a punto de desatar un torbellino de lujuria desenfrenada. Era septiembre de 2025, y el aire vibraba con una mezcla embriagadora de ambición, poder y deseo carnal que me hacía estremecer. Soy Carla, 32 años, mi cuerpo esculpido por el yoga y noches de pasión sin fin, con curvas que se arquean como un desafío sensual bajo un vestido negro que se pegaba a mi piel como un amante posesivo. Mi cabello castaño caía en ondas voluptuosas hasta mi cintura, mis ojos verdes brillaban con una promesa de pecados inconfesables, y cada paso que daba por el vestíbulo de mármol resonaba como una invitación a la lujuria. Las miradas de los asistentes me devoraban, y yo las devolvía con una sonrisa cargada de intenciones obscenas.

La convención era un crisol de almas hambrientas de éxito, pero también de placeres prohibidos. Aquí, las normas se desmoronaban bajo el peso del champán helado, el reguetón pulsante y la libertad de estar lejos de las cadenas de la vida cotidiana. El primer día transcurrió entre charlas motivacionales y roces furtivos, pero mi cuerpo solo ardía por Javier, un español de 38 años, líder regional con un magnetismo que me hacía mojarme con solo mirarlo. Su piel bronceada, su mandíbula cincelada y esa sonrisa que prometía follarme hasta el olvido me habían perseguido desde el año pasado, cuando un baile cargado de roces nos dejó al borde de la locura. Esta vez, no habría frenos.


La fiesta de bienvenida, en el salón con vistas al Mediterráneo, era un festín de sensualidad. Las luces tenues bañaban los cuerpos en un resplandor dorado, el aroma de perfumes caros se mezclaba con el sudor y el deseo, y el reguetón hacía vibrar el suelo como un latido erótico. Javier se acercó, una copa de champán en la mano, su camisa blanca desabrochada revelando un pecho musculoso cubierto de vello oscuro. Sus ojos me desnudaron sin piedad, deteniéndose en mis tetas, que se marcaban bajo el vestido, los pezones duros traicionando mi excitación. —Carla, estás para follarte hasta que supliques clemencia —susurró, su voz grave con un acento andaluz que me lamía los sentidos como una lengua experta. —Y tú estás para que te chupe hasta dejarte seco —respondí, acercándome hasta que el calor de su cuerpo me envolvió. Mis dedos rozaron su brazo, sintiendo la firmeza de sus músculos, mientras mi vestido dejaba entrever el contorno de mi coño palpitante. Bailamos, nuestros cuerpos fusionados en un roce pecaminoso. Sus manos, ardientes y posesivas, se deslizaron por mi cintura, apretando mi culo con una fuerza que me arrancó un gemido. Su polla, dura como el mármol, rozaba mi pelvis, encendiendo un incendio en mi entrepierna. Su aliento en mi cuello era una caricia infernal, y cuando sus labios rozaron mi oreja, mi coño se contrajo de pura necesidad. —Vamos a mi suite, quiero destrozarte ese coño mojado —gruñó, su voz cargada de promesas sucias. —Llévame y fóllame hasta que no pueda caminar —respondí, mi voz temblando de lujuria cruda. El ascensor fue nuestro primer altar de placer. Apenas se cerraron las puertas, Javier me estampó contra la pared de espejos, levantando mi vestido con un movimiento salvaje mientras su boca devoraba la mía, su lengua follando mi boca con una hambre voraz. Sus dedos encontraron mi tanga de encaje negro, arrancándolo con un tirón que me hizo jadear. Mi coño estaba empapado, chorreando de deseo, y cuando deslizó dos dedos dentro de mí, mi cuerpo se arqueó, mis caderas follándose su mano con una urgencia animal. —Joder, Carla, estás empapada, eres una zorra en celo —gruñó, sus dedos moviéndose con una precisión que me hacía ver estrellas. Mis uñas se clavaron en sus hombros, mis gemidos resonando como una sinfonía obscena. —¡Fóllame con los dedos, cabrón, hazme correrme! —jadeé, mi cuerpo temblando mientras él me llevaba al borde. El ding del ascensor nos arrancó de la locura, pero mis piernas temblaban mientras corríamos por el pasillo hasta su suite. La puerta apenas se cerró cuando Javier me levantó en sus brazos, mis piernas rodeando su cintura, mi coño rozando su polla dura a través de la tela. Me dejó caer sobre la cama king-size, las sábanas de satén negro frías contra mi piel ardiente. Me arrancó el vestido con un gruñido, dejando mi cuerpo expuesto, mis tetas hinchadas, los pezones duros como piedras bajo el encaje. Javier se despojó de su camisa, revelando un torso esculpido, tatuajes serpenteando como promesas de placer. Desabroché su cinturón con manos temblorosas, liberando su polla, gruesa, venosa, palpitante, una obra maestra que me hizo salivar. —Quiero chupártela hasta que me folles la garganta —susurré, arrodillándome frente a él. Tomé su miembro en mi boca, mi lengua lamiendo la punta, saboreando su sabor salado, antes de tragarlo entero, mi garganta acogiendo cada centímetro. Sus gemidos eran un afrodisíaco, sus manos enredándose en mi cabello mientras lo mamaba con devoción, mi mano acariciando sus bolas pesadas. —Joder, Carla, qué boca tan sucia tienes, trágatela toda —gruñó, su voz quebrándose mientras yo aceleraba, mi lengua danzando sobre su polla. Pero no quería que terminara así. Me levanté, arrancándome el sujetador y el tanga, dejándolos caer como trofeos. Me subí a horcajadas sobre él, mi coño chorreando rozando su polla antes de deslizarme lentamente, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo con una presión deliciosa. —Dios, qué coño tan apretado y empapado —jadeó, sus manos apretando mis tetas, sus pulgares torturando mis pezones hasta hacerme gritar. Cabalgué con un ritmo sensual, mis caderas ondulando como una danza erótica, mi clítoris rozando contra él, cada movimiento una explosión de placer. —¡Fóllame más duro, Javier, rómpeme el coño! —supliqué, mis uñas marcando su pecho. Él me giró con un movimiento feroz, poniéndome a cuatro patas. Entró en mí desde atrás con una estocada brutal, mi culo rebotando contra sus caderas mientras me follaba con una ferocidad que me hacía gritar. —Te gusta así, ¿verdad, zorra? —gruñó, sus manos apretando mi culo, un dedo lubricado con mi propia humedad deslizándose en mi ano. La doble penetración me volvió loca, mi cuerpo temblando mientras me follaba por ambos lados, su polla y su dedo moviéndose en sincronía. —¡Sí, joder, méteme todo, destroza mi culo! —grité, perdida en la lujuria. El orgasmo me golpeó como un tsunami, mi coño contrayéndose alrededor de su polla, mi ano apretando su dedo mientras gritaba su nombre. Javier se corrió con un rugido animal, su semen caliente llenándome mientras colapsábamos, sudorosos y jadeantes, sobre las sábanas. La noche no terminó ahí. En la ducha, el agua caliente lamía nuestros cuerpos mientras me follaba contra los azulejos, mis piernas alrededor de su cintura, su polla entrando y saliendo con un ritmo frenético. —Eres una diosa sucia, Carla, quiero follarte hasta que te desmayes —susurró, mordiendo mi cuello mientras otro orgasmo me desgarraba, mi coño palpitando alrededor de su polla. La segunda noche, en la piscina privada, el deseo se volvió líquido. Era pasada la medianoche, y el agua tibia acariciaba mi piel como un amante. Javier me llevó a un rincón oscuro, arrancando mi bikini con dedos expertos. Me apoyé contra el borde, mis tetas flotando mientras él chupaba mis pezones, su lengua trazando espirales que me hacían gemir. —Quiero follarte en el agua, quiero sentir tu coño apretarme —susurró, su polla dura rozando mi entrada. Me penetró lentamente, el agua amplificando cada roce, cada embestida. Mis piernas lo rodearon, mis uñas clavándose en su espalda mientras me follaba con un ritmo hipnótico. —Joder, Javier, me vas a partir en dos —jadeé, mi clítoris palpitando mientras él aceleraba. —Eres mi puta favorita, córrete para mí —gruñó, y el orgasmo me atravesó como un relámpago, mis gritos ahogados por el agua mientras él se derramaba dentro de mí, su semen caliente mezclándose con el agua. La tercera noche fue un banquete de lujuria. En una suite compartida, la fiesta se convirtió en una orgía silenciosa. Cuerpos desnudos, gemidos y el aroma del sexo llenaban el aire. Javier me llevó al balcón, las luces de Marbella brillando como un eco de nuestro deseo. Me inclinó sobre la barandilla, levantando mi falda y arrancándome el tanga. Su polla entró en mí desde atrás, cada embestida haciéndome gemir mientras el viento cálido lamía mi piel. —Eres una guarra deliciosa, Carla, quiero follarte hasta que no puedas más —susurró, sus manos apretando mi culo mientras me follaba sin piedad. —¡Fóllame hasta que me rompas, joder! —grité, mi cuerpo temblando mientras el orgasmo me consumía. Él se corrió con un rugido, su semen caliente llenándome mientras nos desplomábamos, jadeantes, contra la barandilla. La convención terminó, pero el fuego de Marbella sigue ardiendo en mi piel. Javier y yo prometimos repetir, y sé que la próxima vez será aún más sucia, más salvaje, más nuestra.

por: © Mary Love

Mary Love (@tequierodori) / X

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