EL SOL DE OTOÑO BAÑABA LA PARTIDA "El Higuerón" con una luz dorada, cálida, que se colaba entre los olivos y acariciaba la tierra seca. Soy Nina, de 35 años, conducía mi viejo coche por el camino polvoriento hacia la casa de Rodolfo. Soy asistente social, y mi trabajo me llevaba a los rincones más apartados del campo, donde las personas mayores, olvidadas por el tiempo y la modernidad, viven en soledad. Este es el caso de Rodolfo, un hombre de 70 años, de estatura media, con con poco pelo, como los hombres de su edad, pero con un cuerpo que aún conservaba el eco de sus años de gimnasio. Sus ojos, de un castaño profundo, tenían una chispa que se había apagado tras la muerte de su esposa, Clara, hacía apenas unos meses. Mi misión ese día no era solo comprobar que estuviera bien; quería devolverle las ganas de vivir, sacarlo de esa cama donde se había encerrado a lamer sus heridas.
Aparqué en la cuneta de su casa, una construcción rústica de paredes encaladas y tejas en una parcela de cinco mil metros. Toque al timbre de la puerta y me abrió Rodolfo, se había levantado de la cama y estaba en pijama que le sentaban mejor de lo que esperaba. Nos saludamos con una sonrisa afectuosa y me hizo pasar, pero sus ojos evitaban los míos, cargados de esa melancolía que me partía el alma.
—Nina, siempre es un placer verte —dijo, con esa voz grave que aún conservaba un matiz de seducción.
Pasamos al salón, donde el aroma a café recién hecho se mezclaba con el olor a madera vieja. "Me siento algo cansado Nina, no te importa que vallamos a mi dormitorio", dijo con voz suplicante. Nos dirigimos a su dormitorio donde se recostó hacia atrás; le prepare una tisana y se la lleve para que se reconfortara un poco y comencé con mi estrategia: sacarlo de su letargo con conversación, con vida. Pero hoy, algo en mí pedía más. Tal vez fuera el calor del día, o la forma en que sus manos, ásperas pero fuertes, sostenían la taza de café. Decidí arriesgarme. —Rodolfo, cuéntame algo de Clara —le dije, inclinándome hacia él, dejando que mi blusa dejara entrever el escote—. Siempre hablas de ella con tanto cariño… Seguro que era una mujer increíble.
Él suspiró, pero una chispa cruzó sus ojos. —Lo era. Pasional, Nina. Hasta el final. Incluso semanas antes de irse, no dejábamos de… bueno, ya sabes. Todas las semanas, como si fuéramos jóvenes otra vez.
Mire a su entre pierna y vi como aumentaba de tamaño su miembro. Me mordí el labio, sintiendo un calor subir por mi pecho. —Vaya, Rodolfo tu también eres muy ardiente. Se nota que tienes experiencia. Me encanta escuchar eso. ¿Sabes? Estoy soltera, pero soy de las que no se conforman. Soy también muy ardiente, me gusta follar, sobre todo con hombres que saben lo que hacen. Y cuando no hay nadie… bueno, me doy gusto yo misma.
"Te masturbas tu sola?", me preguntó. Clara también se masturbaba delante mía, eso me ponía muy excitado.
Sus ojos se abrieron, sorprendidos, pero no apartó la mirada. Al contrario, se acercó un poco más, y su voz bajó a un susurro. —¿De verdad, Nina? No te imaginaba así.
—¿Y por qué no? —respondí, juguetona, dejando que mi mano rozara su brazo—. La vida es para disfrutarla, Rodolfo. Y tú… tú todavía tienes mucho que dar.
El aire entre nosotros se cargó de electricidad. Sus dedos, temblorosos al principio, encontraron mi mejilla, y su roce fue como un incendio lento. Me acerqué, dejando que nuestros labios se encontraran en un beso suave, exploratorio, que pronto se volvió hambriento. Sus manos, fuertes y seguras, se deslizaron por mi cintura, atrayéndome hacia él. Sentí el calor de su cuerpo, la evidencia de su deseo presionando contra mí.—Nina… —murmuró contra mi boca—. Hace tanto que no…
—Sigue —le susurré, mi voz cargada de deseo—. Hazme sentir mujer poseída.
Nos levantamos, torpes, riendo como adolescentes, y nos dirigimos a su dormitorio. La cama, deshecha, olía a él, a hombre, a vida.
Sin pensarlo, me quité la camiseta con un movimiento lento, dejando al descubierto mis pechos, apenas cubiertos por un sujetador de encaje negro. Rodolfo dejó escapar un gruñido, y sus manos encontraron mis tetas, amasándolas con una mezcla de reverencia y urgencia. Sus labios se cerraron sobre un pezón, mordiéndolo con suavidad al principio, luego con más fuerza, arrancándome un gemido profundo.
—Muérdelos más —jadeé, enredando mis dedos en su pelo plateado—. Me encanta.
Sus manos recorrían mis curvas, y el placer me nubló la mente. Con un impulso, lo empujé hacia la cama en el pequeño dormitorio al que nos habíamos trasladado sin darme cuenta. Cayó de espaldas, y su polla, ya erecta, se marcaba contra los vaqueros. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su cinturón con dedos ansiosos. Cuando liberé su miembro, duro y palpitante, no pude evitar sonreír con lujuria. Lo lamí lentamente, desde la base hasta la punta, saboreando su calor, su sabor salado. Luego lo tomé en mi boca, chupándolo con avidez, mientras mis manos acariciaban sus huevos, apretándolos suavemente.
—Nina… eres un volcán —gimió, su voz rota por el placer.
Me quité los vaqueros, dejando caer mi ropa interior al suelo, y me posicioné sobre él, colocando mi coño justo sobre su boca mientras seguía chupando su polla con devoción. Su lengua encontró mi clítoris, lamiéndolo con una destreza que me hizo temblar. Cada lamida era un relámpago, y yo respondía chupando más fuerte, lamiendo sus huevos, perdiéndome en el placer mutuo. —Lame mi clítoris, Rodolfo —susurré, mi voz temblorosa—. Hazme sentir mujer poseída.
Su polla estaba dura como piedra, y no pude esperar más. Me incorporé, dándole la espalda, y me monté a horcajadas sobre él. Guie su polla hacia mi coño, penetrándome lentamente, sintiendo cómo me llenaba por completo. —Dame tu polla, cúbreme con ella —gemí, mientras comenzaba a moverme. El muy cabrón se movía con destreza, sus caderas acompasándose a las mías, y mi coño, acoplado a sus movimientos, rozaba justo el sitio correcto. Cada embestida era un latigazo de placer, un calor que crecía en mi interior hasta que el orgasmo me atravesó como una ola, haciéndome gritar su nombre mientras mi cuerpo temblaba.
Sin darle tregua, me di la vuelta, aún con su polla dentro de mi coño, y me puse de cara a él. Sus manos encontraron mis tetas de inmediato, amasándolas, pellizcando mis pezones con una presión que era electrizante. —Muérdelos, pellízcalos más —jadeé, arqueando la espalda para ofrecérselos. La sensación era pura electricidad, y me maravillaba cómo este hombre, con sus 70 años, tenía la energía para hacerme sentir tan viva, tan deseada. Sus dedos apretaban mis pezones, enviando descargas de placer directo a mi centro, y yo cabalgaba sobre él con más fuerza, perdida en la sensación de su polla llenándome.
—Nina, eres increíble —gruñó, sus ojos brillando con una lujuria que desmentía su edad.
Pero Rodolfo no había terminado. Con una agilidad sorprendente, me levantó y me puso a cuatro patas sobre la cama, las sábanas arrugadas bajo mis rodillas. Se colocó detrás de mí, y sentí su polla deslizarse de nuevo en mi coño, penetrándome por detrás con una fuerza que me arrancó un gemido. Sus manos agarraban mis caderas, guiándome, mientras me follaba con un ritmo implacable. Cada embestida era profunda, precisa, y mi cuerpo respondía con una intensidad que no podía controlar. —Sigue, hazme sentir poseída —grité, y él obedeció, llevándome al borde una vez más. El orgasmo me golpeó como un relámpago, mi coño apretándose alrededor de su polla mientras temblaba, jadeante, perdida en el éxtasis.
Cuando mi cuerpo aún vibraba por el clímax, Rodolfo salió de mí, y me giré rápidamente, ansiosa por más. Me arrodillé frente a él, tomando su polla, aún húmeda de mis jugos, en mi boca. La lamí con lujuria, chupándola con devoción, saboreando cada centímetro. —Dame tu polla que la chupe, disfruto comiéndola —murmuré, mis labios rozando su piel. Sus manos enredaron mi pelo, guiándome, y sus gemidos se volvieron más urgentes. De pronto, su cuerpo se tensó, y con un grito ronco, se corrió en mi boca. Sentí su leche caliente derramándose, cayendo por mis labios, un sabor salado y cálido que me hizo sonreír mientras lo lamía con avidez. —Quiero sentir tu leche —susurré, lamiendo las últimas gotas, mientras él temblaba, exhausto pero satisfecho.
Caí sobre la cama a su lado, sudorosa, con el corazón latiendo desbocado. Rodolfo me atrajo hacia él, su pecho subiendo y bajando con respiraciones pesadas. —Nina, me has devuelto la vida —murmuró, su voz cargada de gratitud y algo más, algo profundo.
Y yo, aún temblando, con su sabor en mis labios y el calor de su cuerpo contra el mío, supe que este fuego, encendido en una tarde de otoño, no se apagaría fácilmente. La partida de El Higuerón se había convertido en nuestro refugio, un lugar donde la vida, el deseo y la pasión desafiaban al tiempo.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X

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