LA NOCHE ERA CALIDA, con ese tipo de calor pegajoso que se adhiere a la piel y despierta los sentidos. Era viernes, y la ciudad vibraba con la energía de un mundo que celebraba la libertad sin restricciones. Las luces de neón parpadeaban en las calles, y el aire olía a perfume caro, sudor y promesas. Yo, Clara, tengo 29 años, un cuerpo que sabía cómo mover y un deseo que ardía como un incendio imposible de apagar. Siempre había sentido atracción por las mujeres, pero nunca había dado el paso. Hasta esa noche.
Estaba en un bar de moda en el corazón de la ciudad, un lugar con paredes de cristal, luces tenues y una pista de baile donde los cuerpos se rozaban sin pedir permiso. Llevaba un vestido negro ajustado, con un escote que dejaba poco a la imaginación y una abertura en la pierna que invitaba a miradas furtivas. Mis tacones resonaban contra el suelo mientras me movía entre la multitud, con una copa de vino tinto en la mano, buscando algo, o más bien, a alguien. Entonces la vi, una mujer mayor que yo, pero muy sensual. Se llama Sofía, aunque eso lo supe después. Estaba apoyada en la barra, con un vestido rojo que parecía pintado sobre su piel. Su cabello oscuro caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos, grandes y profundos, parecían devorarme desde el otro lado del bar. Había algo en su postura, en la forma en que sostenía su copa de Martini, que gritaba confianza y deseo.Me acerqué, atraída como un imán, sintiendo cómo mi corazón latía más rápido y un calor comenzaba a trepar por mi vientre.
—Te he visto mirándome —dijo ella, sin rodeos, cuando me detuve a su lado. Su voz era suave, pero con un toque ronco que me hizo estremecer.
—¿Y si lo estaba? —respondí, inclinándome ligeramente hacia ella, dejando que mi perfume de vainilla y jazmín llegara hasta su nariz. Sonrió, una sonrisa traviesa que prometía problemas deliciosos.
—Entonces diría que tenemos algo en común —susurró, acercándose un poco más. Su aliento olía a ginebra y algo dulce, y su cercanía hizo que mi piel se erizara.
Charlamos durante un rato, coqueteando sin disimulo.
Cada palabra que salía de su boca era una provocación, cada roce accidental de su mano contra la mía encendía una chispa. Hablamos de todo y de nada: del calor de la noche, de la música que vibraba en el aire, de los deseos que no decíamos en voz alta pero que estaban escritos en nuestras miradas. Cuando me preguntó si quería ir a otro lugar, no lo dudé.
—Conozco un sitio —dijo, tomando mi mano con una seguridad que me hizo temblar—. Es más... íntimo.
Salimos del bar y caminamos unas calles hasta llegar a un hotel boutique, uno de esos lugares discretos pero lujosos, con luces suaves y una atmósfera que parecía diseñada para el pecado. Sofía había reservado una suite, y cuando entramos, el mundo exterior dejó de existir. La habitación era amplia, con una cama king cubierta de sábanas de satén negro, un espejo de cuerpo entero en una esquina y una ventana que daba a la ciudad iluminada.
El aire estaba cargado de electricidad, y mi cuerpo ya estaba vibrando de anticipación.
—Eres preciosa —dijo Sofía, cerrando la puerta detrás de nosotras y apoyándose contra ella, mirándome como si quisiera comerme entera—. Ese vestido... Dios, no he podido dejar de imaginar cómo se vería en el suelo.
Me reí, nerviosa pero excitada, y di un paso hacia ella. —Tú tampoco estás mal —respondí, dejando que mis ojos recorrieran su cuerpo, deteniéndome en la curva de sus caderas y el brillo de su piel bajo la luz tenue—. Ese vestido rojo es una maldita provocación.
Se acercó lentamente, como un felino acechando a su presa, y cuando estuvo a centímetros de mí, sentí su calor. Sus manos encontraron mis caderas, y sus dedos se deslizaron sobre la tela de mi vestido, subiendo lentamente hasta mi cintura. —Quiero verte sin esto —susurró, y antes de que pudiera responder, sus labios estaban sobre los míos.
El beso fue eléctrico, hambriento, un choque de lenguas y dientes que me dejó sin aliento. Sus labios eran suaves pero exigentes, y cuando sus manos subieron por mi espalda y encontraron el cierre de mi vestido, no pude evitar gemir contra su boca. El vestido cayó al suelo con un susurro, dejándome en ropa interior de encaje negro, y sus ojos se oscurecieron de deseo.
—Joder, Clara —dijo, su voz baja y cargada de lujuria—.
Eres aún más perfecta de lo que imaginé.
No me dio tiempo a responder. Me empujó suavemente hacia la cama, y caí sobre las sábanas, sintiendo cómo el satén acariciaba mi piel. Sofía se quitó su vestido con una lentitud deliberada, dejando al descubierto un conjunto de lencería rojo que contrastaba con su piel bronceada. Su cuerpo era una obra de arte: curvas generosas, piernas largas y un abdomen firme que invitaba a tocar.
Se subió a la cama, gateando hacia mí con una sonrisa que prometía todo tipo de placeres prohibidos. —Voy a hacer que te olvides de todo lo que no sea esto —dijo, y sus manos comenzaron a explorar mi cuerpo. Sus dedos trazaron círculos lentos sobre mis muslos, subiendo hasta el borde de mi ropa interior, mientras sus labios se deslizaban por mi cuello, dejando un rastro de besos húmedos que me hicieron arquear la espalda.
—Sofía... —gemí, sintiendo cómo mi cuerpo respondía a cada caricia, a cada roce de su piel contra la mía.
Ella se rió suavemente, un sonido que era puro pecado, y sus manos encontraron mis pechos, liberándolos del encaje. Sus pulgares jugaron con mis pezones, endureciéndolos al instante, y cuando su boca se cerró sobre uno de ellos, solté un gemido que resonó en la habitación.
—Te gusta esto, ¿verdad? —murmuró contra mi piel, su lengua trazando círculos lentos y tortuosos—. Quiero escucharte, Clara. Quiero que me digas lo que sientes.
—Joder, me estás volviendo loca —jadeé, mis manos enredándose en su cabello mientras ella seguía lamiendo y mordisqueando, enviando oleadas de placer directo a mi entrepierna. Sentía cómo mi ropa interior estaba empapada, y cuando sus dedos finalmente se deslizaron bajo la tela, un gemido gutural escapó de mi garganta.
—Estás tan mojada —dijo, su voz cargada de satisfacción mientras sus dedos exploraban mi sexo, deslizándose con facilidad entre mis pliegues—. Me encanta lo lista que estás para mí.
No pude responder, solo gemir, mientras sus dedos encontraban mi clítoris y comenzaban a acariciarlo en círculos lentos y precisos. Mi cuerpo se tensó, mis caderas se movieron instintivamente contra su mano, buscando más, necesitándola.
Ella se inclinó y me besó de nuevo, su lengua imitando los movimientos de sus dedos, y sentí que iba a explotar.
—Quiero probarte —susurró, y antes de que pudiera procesar sus palabras, se deslizó hacia abajo, quitándome la ropa interior con un movimiento rápido. Sus labios encontraron mi sexo, y cuando su lengua rozó mi clítoris, grité su nombre. Era una mezcla de suavidad y firmeza, de calor y humedad, que me llevó al borde de la locura.
—Joder, Sofía, no pares —supliqué, mis manos apretando las sábanas mientras ella lamía y chupaba, sus dedos entrando en mí con un ritmo perfecto. Sentí cómo mi cuerpo se tensaba, cómo el placer crecía en oleadas imparables, y cuando el orgasmo me golpeó, fue como un incendio que arrasó con todo. Grité, mi cuerpo temblando bajo su boca, y ella no se detuvo, prolongando mi placer hasta que no pude más.
—Dios, eres increíble cuando te corres —dijo, subiendo para besarme, dejándome probar mi propio sabor en sus labios.
Estaba jadeando, mi cuerpo aún temblando, pero quería más. Quería darle lo mismo que ella me había dado.
—Ahora me toca a mí —dije, empujándola suavemente para que se acostara. Me coloqué entre sus piernas, admirando su cuerpo antes de bajar mi boca hasta su sexo. Estaba tan húmeda como yo, y el primer roce de mi lengua contra ella la hizo gemir fuerte.
—Clara, sí, justo ahí —jadeó, sus manos en mi cabello, guiándome mientras exploraba cada centímetro de ella. Su sabor era adictivo, y me perdí en la sensación de darle placer, en sus gemidos, en la forma en que sus caderas se movían contra mi boca. Cuando introduje dos dedos en ella, curvándolos justo donde sabía que la haría gritar, su cuerpo se arqueó y sus gemidos se volvieron más desesperados.
—Joder, sigue, no pares, me voy a correr —gritó, y cuando el orgasmo la atravesó, sus muslos temblaron alrededor de mi cabeza, su voz quebrándose en un gemido que era puro éxtasis.
Nos quedamos allí, jadeando, riendo, besándonos, hasta que el deseo volvió a encenderse. Nos movimos al borde de la cama, ella sentada en mi regazo, nuestras piernas entrelazadas mientras nos frotábamos la una contra la otra, piel contra piel, calor contra calor.
Hablábamos entre gemidos, diciéndonos cosas sucias, cosas que harían sonrojar a cualquiera, pero que en ese momento eran puro combustible para nuestro deseo.
—Quiero sentirte dentro de mí otra vez —susurró ella, y la complací, usando mis dedos mientras ella se movía contra mí, sus uñas clavándose en mi espalda. Nos corrimos juntas esa vez, un enredo de gritos y temblores, y cuando finalmente caímos exhaustas sobre las sábanas, el mundo entero parecía desvanecerse.
Esa noche, en esa habitación, no había barreras, no había reglas. Solo éramos dos mujeres perdidas en el placer, celebrando la libertad de nuestros cuerpos y nuestros deseos. Y mientras el amanecer comenzaba a filtrarse por la ventana, supe que esto era solo el comienzo.

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