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Un encuentro en la penumbra #Mary #Love


"Descubre un relato erótico lleno de pasión y deseo, donde Clara y Diego exploran sus fantasías en una noche inolvidable."

LA NOCHE ESTABA DENSA, cargada de un calor pegajoso que se metía bajo la piel. Clara entró al bar con paso firme, sus tacones resonando contra el suelo de madera gastada. Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo, dejando poco a la imaginación. Sus ojos, oscuros y hambrientos, escanearon el lugar hasta que lo vieron: Diego, sentado en una esquina, con una cerveza en la mano y esa mirada de chico malo que prometía problemas. 

—¿Te vas a quedar mirándome toda la noche o vas a venir a por lo que quieres? —dijo él, con una sonrisa torcida que le subió el calor a Clara hasta las mejillas. Ella se acercó, contoneando las caderas, sabiendo que cada paso suyo era un anzuelo. 

Se sentó frente a él, cruzando las piernas lentamente, dejando que el vestido se subiera lo justo para enseñar un trozo de muslo. —No me hagas esperar, Diego. Sabes que no soy de las que se andan con rodeos —respondió ella, con la voz baja, casi un ronroneo. Él se inclinó hacia adelante, sus dedos rozando la mesa, como si quisiera tocarla pero se estuviera conteniendo. 

—Joder, Clara, me pones burro solo con mirarte. ¿Qué quieres que haga contigo esta noche? Ella se mordió el labio, dejando que la tensión se acumulara. 

—Quiero que me folles hasta que no pueda ni caminar —susurró, sus palabras cargadas de deseo crudo. Diego dejó escapar un gruñido bajo, sus ojos brillando con lujuria. Sin decir más, se levantó, le tendió la mano y la llevó hacia el fondo del bar, donde un pasillo oscuro llevaba a los baños. No había tiempo para sutilezas. La empujó contra la pared, el olor a cerveza y perfume barato llenando el aire. Sus manos se deslizaron por debajo del vestido de Clara, subiendo por sus muslos hasta encontrar la tela húmeda de su ropa interior. 

—Joder, estás empapada —murmuró él, su aliento caliente contra el cuello de ella mientras sus dedos se colaban bajo la tela, rozando su coño con una lentitud que la hizo gemir. 

—Para de jugar y métemela ya —jadeó Clara, apretándose contra él, sintiendo la dureza de su polla presionando contra su cadera a través de los vaqueros. Diego no necesitó más invitación. Con un movimiento rápido, le bajó las bragas hasta los tobillos y se desabrochó el cinturón. El sonido de la cremallera fue como un disparo en la penumbra. La levantó, apoyándola contra la pared, y ella enredó las piernas alrededor de su cintura. Sin preámbulos, la penetró de una estocada profunda, arrancándole un grito que se mezcló con el ruido lejano del bar. 

—Así, cabrón, más fuerte —gimió Clara, clavándole las uñas en los hombros mientras él la embestía con un ritmo salvaje, cada golpe haciéndola temblar. 

—Te gusta, ¿eh? Te gusta que te folle como puta —gruñó Diego, sus manos apretando su culo con fuerza, marcándola con los dedos. Ella no respondió con palabras, solo con gemidos cada vez más altos, su cuerpo arqueándose contra él mientras el placer la consumía. El calor entre ellos era insoportable, un choque de piel sudorosa y respiraciones entrecortadas. Diego la folló con furia, como si quisiera grabarse en cada rincón de su cuerpo, y Clara se dejó llevar, perdida en la sensación de su polla llenándola una y otra vez. Cuando el orgasmo la golpeó, fue como un relámpago. Gritó su nombre, sus piernas temblando mientras se corría, apretándolo con fuerza. Diego no tardó en seguirla, gruñendo como animal mientras se derramaba dentro de ella, sus embestidas volviéndose erráticas hasta que ambos se quedaron jadeando, apoyados contra la pared. Se miraron, aún agitados, con una mezcla de satisfacción y desafío en los ojos. Clara sonrió, limpiándose el sudor de la frente. 

    CLARA Y DIEGO SALIERON del pasillo oscuro, sus cuerpos todavía vibrando por la intensidad del encuentro. El aire del bar los recibió con un zumbido de conversaciones y el tintineo de vasos, pero para ellos, el mundo se había reducido a la electricidad que aún chispeaba entre sus miradas. Clara se ajustó el vestido con un movimiento rápido, consciente de las miradas curiosas que los seguían desde las mesas cercanas. Diego, con esa arrogancia natural que lo definía, se pasó una mano por el pelo desordenado y le guiñó un ojo. 

—Vamos a mi coche —dijo él, su voz todavía ronca por el deseo—. Esto no ha terminado, ni de lejos. Clara no respondió, solo lo siguió, sus tacones marcando un ritmo firme contra el suelo. Afuera, la noche estaba más viva que nunca: el neón parpadeante del cartel del bar iluminaba el asfalto húmedo, y el olor a lluvia reciente se mezclaba con el calor que aún emanaba de sus cuerpos. Diego abrió la puerta trasera de su coche, un viejo Mustang negro que parecía gritar rebeldía, y la invitó a entrar con un gesto de la cabeza. 

—¿Aquí? —preguntó Clara, arqueando una ceja, aunque la idea ya la estaba encendiendo de nuevo. —¿Tienes algo mejor en mente, guarra? —respondió él, subiendo tras ella y cerrando la puerta con un golpe seco. El espacio era estrecho, pero eso solo aumentaba la urgencia. Diego la atrajo hacia él, sentándola a horcajadas sobre su regazo. Las manos de Clara se deslizaron por su pecho, desabrochando los botones de su camisa con una mezcla de impaciencia y deliberada lentitud. Cada botón que cedía revelaba más de su piel, bronceada y tensa, con un rastro de vello que bajaba hasta donde sus vaqueros aún estaban desabrochados. 

—Joder, eres un puto imán —murmuró ella, inclinándose para morderle el cuello, dejando una marca que sabía que él llevaría con orgullo. Diego soltó un gruñido, sus manos subiendo por los muslos de Clara, levantando el vestido hasta dejarla expuesta. 

—Y tú eres una zorra que sabe cómo ponerme a mil —replicó, sus dedos encontrando de nuevo ese lugar entre sus piernas que ya estaba húmedo y listo para él. Ella se arqueó contra su mano, gimiendo mientras él jugaba con ella, sus dedos moviéndose con una precisión que la hacía jadear. 

—No te pares, cabrón, sigue —ordenó, sus uñas clavándose en los hombros de Diego mientras él la llevaba al borde con solo sus manos. Pero Diego no estaba para juegos largos esta vez. La giró con un movimiento rápido, dejándola apoyada contra el respaldo del asiento trasero, con las rodillas en el cuero gastado. Le levantó el vestido hasta la cintura, exponiendo su culo perfecto, y se tomó un segundo para admirarla antes de inclinarse y morderle la piel, arrancándole un gemido agudo. 

—Te voy a follar hasta que grites mi nombre para todo el puto barrio —prometió, su voz cargada de una mezcla de lujuria y desafío. Clara giró la cabeza, mirándolo por encima del hombro con una sonrisa provocadora. 

—Hazlo, entonces. Quiero sentirte hasta el fondo. Necesitó más. Diego se posicionó detrás de ella, su polla dura y lista, y la penetró con una embestida que hizo que el coche se sacudiera. Clara gritó, un sonido crudo y sin filtros, mientras él la embestía con un ritmo implacable, cada golpe más profundo que el anterior. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba el espacio, mezclado con los gemidos de Clara y los gruñidos de Diego, un coro de deseo que parecía retumbar en la noche. 

—Joder, qué coño tan apretado tienes —jadeó él, sus manos agarrando sus caderas con tanta fuerza que dejarían marcas. —Y tú qué polla tan gorda, cabrón —respondió ella entre gemidos, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida, queriendo más, siempre más. El coche se convirtió en su mundo, un espacio donde no existían reglas ni límites. Diego la folló con una intensidad que rayaba en lo animal, sus manos explorando cada centímetro de su cuerpo, desde sus tetas, que apretaba con fuerza, hasta su clítoris, que frotaba con dedos expertos, llevándola al borde una y otra vez. Clara se corrió dos veces, sus gritos resonando en el interior del Mustang, su cuerpo temblando mientras olas de placer la atravesaban. Pero Diego no estaba satisfecho. La giró de nuevo, esta vez sentándola en el asiento y abriendo sus piernas de par en par. Se arrodilló entre ellas, su boca encontrando su coño húmedo y palpitante. Clara soltó un alarido cuando la lengua de Diego se deslizó por ella, lamiendo con una voracidad que la hizo arquearse contra el asiento. 

—Sigue, joder, no pares —suplicó, sus manos enredándose en el pelo de él, empujándolo más cerca. Diego obedeció, chupando y lamiendo hasta que Clara se deshizo en otro orgasmo, su cuerpo convulsionando mientras gritaba su nombre. Él se levantó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, y la besó con fuerza, dejándola saborear su propio deseo en sus labios. 

—Ahora me toca a mí —dijo, sentándose y guiándola para que se montara sobre él de nuevo. Clara no dudó. Se deslizó sobre su polla, gimiendo mientras lo sentía llenarla de nuevo. Esta vez, ella marcó el ritmo, moviendo las caderas con una lentitud tortuosa al principio, luego más rápido, más duro, hasta que ambos estaban al borde del colapso. Diego la miraba como si fuera una diosa, sus manos en sus caderas guiándola mientras ella lo cabalgaba con una ferocidad que los dejaba sin aliento. 

—Fóllame, Clara, joder, no pares —gruñó él, sus ojos fijos en los de ella, llenos de un deseo que parecía infinito. Ella se inclinó, sus tetas rozando el pecho de Diego mientras aceleraba, sus gemidos convirtiéndose en gritos. Cuando Diego se corrió, fue con un rugido que hizo temblar el coche, su cuerpo tensándose mientras se vaciaba dentro de ella. Clara lo siguió segundos después, su orgasmo arrancándole un grito final que resonó en la noche. Se quedaron allí, jadeando, sudorosos, con los cuerpos aún entrelazados. El coche olía a sexo, a deseo, a ellos. Clara se apartó el pelo húmedo de la cara y sonrió, esa sonrisa peligrosa que prometía más. 

—¿Y ahora qué, Diego? —preguntó, su voz todavía temblorosa pero llena de desafío. Él la miró, con una chispa en los ojos. —Ahora nos vamos a mi piso, y te voy a follar en cada rincón hasta que no puedas más. Clara rió, un sonido bajo y sensual. —Eso suena a un plan, cabrón. 

    SALIERON DEL COCHE, el aire fresco de la noche golpeándolos como un contraste brutal con el calor de sus cuerpos. Diego la llevó de la mano, casi arrastrándola, hasta un edificio cercano, un bloque de apartamentos con las luces tenues y un aire de decadencia que encajaba perfectamente con la vibra de la noche. Subieron las escaleras a trompicones, deteniéndose en cada rellano para besarse con una urgencia que no había disminuido. Diego la empujó contra la pared del pasillo, sus manos subiendo de nuevo bajo su vestido, mientras Clara le mordía el labio, arrancándole un gemido. 

—Joder, no llegamos ni a la puerta —dijo él, riendo entre dientes mientras buscaba las llaves en su bolsillo. —Entonces date prisa, porque te quiero dentro de mí ya —respondió ella, sus manos desabrochando de nuevo sus vaqueros, rozando su polla que ya estaba dura otra vez. Entraron al apartamento, un espacio desordenado pero con un encanto crudo: una cama deshecha en una esquina, una lámpara que apenas iluminaba, y un sofá que parecía haber visto demasiadas noches como esta. Diego no perdió el tiempo. La llevó hasta la cama, empujándola sobre el colchón con una mezcla de rudeza y deseo. Clara se quitó el vestido en un movimiento fluido, quedándose solo con las bragas, que no tardaron en desaparecer bajo las manos impacientes de Diego. 

—Mírate, joder, eres una puta obra de arte —dijo él, sus ojos recorriendo su cuerpo desnudo mientras se quitaba la camisa y los vaqueros. —Y tú habla menos y fóllame más —replicó ella, abriendo las piernas en una invitación imposible de ignorar. Diego se lanzó sobre ella, su boca encontrando sus tetas, chupando y mordiendo hasta que Clara arqueó la espalda, gimiendo con cada roce de su lengua. Sus manos estaban por todas partes, explorando, apretando, marcando. La giró boca abajo, levantándole las caderas para dejarla en una posición que la hacía vulnerable y expuesta. Clara gimió contra las sábanas, anticipando lo que venía. 

—Te gusta así, ¿verdad? —preguntó él, su voz un gruñido mientras se posicionaba detrás de ella, rozando su coño con la punta de su polla. —Joder, sí, métemela ya —suplicó ella, empujando hacia atrás, desesperada por sentirlo. Diego no la hizo esperar. La penetró con una embestida profunda, llenándola por completo, y Clara gritó, sus manos aferrándose a las sábanas mientras él la follaba con un ritmo brutal. Cada embestida era un choque de piel contra piel, un sonido obsceno que llenaba la habitación. Diego le dio una palmada en el culo, lo bastante fuerte como para dejar una marca roja, y Clara gimió más alto, el dolor mezclándose con el placer de una manera que la volvía loca. 

—Más, cabrón, dame más —jadeó, su voz rota por el deseo. Él obedeció, sus manos agarrando sus caderas con fuerza mientras la embestía sin piedad, su polla golpeando ese punto dentro de ella que la hacía ver estrellas. Clara se corrió de nuevo, su cuerpo temblando mientras gritaba, pero Diego no paró, llevándola a otro orgasmo casi sin descanso. Cuando finalmente él se corrió, fue con un gruñido que resonó en la habitación, su cuerpo colapsando sobre el de ella, ambos jadeando, sudorosos, exhaustos pero insaciables. Se quedaron allí, enredados en las sábanas, con el olor a sexo impregnado en el aire. Pero la noche aún no había terminado. Diego se levantó, aún desnudo, y fue a la cocina a por dos cervezas. Le pasó una a Clara, que se sentó en la cama, con el pelo revuelto y una sonrisa que prometía más problemas. 

—¿Crees que puedes seguirme el ritmo? —preguntó ella, tomando un sorbo de la cerveza, sus ojos brillando con desafío. Diego se rió, sentándose a su lado y rozando su muslo con los dedos. —Guarra, no tienes ni idea de lo que te espera. La noche se alargó, una maratón de deseo que los llevó del dormitorio al sofá, de la cocina al baño, donde el agua caliente de la ducha se mezcló con sus gemidos mientras Diego la follaba contra los azulejos, el vapor envolviéndolos como una cortina. Cada encuentro era más intenso, más crudo, como si estuvieran tratando de saciar un hambre que nunca se apagaba. Cuando finalmente cayeron rendidos, con el amanecer asomando por la ventana, Clara se acurrucó contra el pecho de Diego, su cuerpo dolorido pero satisfecho. 

—Esto no fue solo una noche, ¿verdad? —preguntó, su voz suave por primera vez. Diego la miró, con una sonrisa que era más promesa que respuesta. —Ni de coña, Clara. Esto es solo el principio.


por: © Mary Love

Mary Love (@tequierodori) / X

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