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Un deseo prohibido #Mary #Love

    

EL CALOR DEL VERANO EN en el pequeño pueblo costero era insoportable, pero no tanto como el fuego que crecía en mi pecho cada vez que la veía. Mi nombre es Adrián, tengo 23 años, y desde que llegué a casa de mi tío Roberto para pasar unas semanas, mi mundo se había reducido a un solo nombre: Valeria, su nueva esposa. Ella 48 años, una mujer de curvas generosas, con una piel bronceada que parecía brillar bajo el sol, unos labios carnosos que prometían pecados y una mirada que, juro, podía desnudarme en segundos. Era la fantasía de cualquier hombre, pero para mí, era más que eso: era una obsesión.

La casa de mi tío era una villa rústica cerca de la playa, con paredes blancas y un patio trasero que olía a jazmín y sal marina. Valeria pasaba los días en bikinis diminutos, moviéndose con una gracia que me dejaba sin aliento. Mi tío, un hombre de negocios de 51 años, estaba siempre ocupado, viajando o encerrado en su estudio, lo que dejaba a Valeria con demasiado tiempo libre… y a mí, con demasiadas ideas. El Primer Encuentro Todo comenzó una tarde en la que el calor era tan denso que apenas se podía respirar. Estaba en la piscina, nadando para refrescarme, cuando la vi salir al patio con un vestido blanco semitransparente. El tejido se adhería a su cuerpo, marcando cada curva, cada rincón que mi mente ya había imaginado mil veces. Me miró desde el borde de la piscina, con una sonrisa traviesa que me hizo tragar saliva. —¿No te cansas de nadar, Adrián? —preguntó, su voz suave pero cargada de algo que no podía descifrar. —Solo intento no derretirme —respondí, apoyándome en el borde de la piscina, con el agua goteando por mi pecho. Ella se acercó, descalza, y se sentó en una tumbona cercana, cruzando las piernas de una manera que hizo que mi corazón diera un vuelco. El vestido se subió un poco, dejando ver la piel suave de sus muslos. —Roberto está en una videollamada, como siempre —dijo, con un dejo de aburrimiento—. A veces siento que estoy casada con un fantasma. No supe qué responder. Había algo en su tono, en la forma en que sus ojos se detuvieron en mí, que me hizo sentir que estaba caminando por el borde de un precipicio. Me impulsé fuera de la piscina, el agua resbalando por mi cuerpo, y me acerqué a ella. Sentí su mirada recorrer mi torso, deteniéndose en los músculos que había trabajado duro en el gimnasio. —¿Y tú qué haces para no aburrirte, Valeria? —pregunté, mi voz más baja de lo que pretendía. Ella se inclinó hacia adelante, y el escote de su vestido dejó entrever el contorno de sus pechos. Mi respiración se aceleró. —Encuentro formas de entretenerme —susurró, y juro que su voz era puro terciopelo. Esa noche, no pude dormir. La imagen de Valeria en ese vestido, su risa, su mirada, se repetía en mi cabeza como una película erótica que no podía pausar. Me masturbé pensando en ella, imaginando cómo sería tocar su piel, besar esos labios, perderme en su cuerpo. Pero no era solo lujuria; había algo más, algo que me hacía quererla de una manera que no podía explicar.
La Chispa que Lo Cambió Todo Unos días después, mi tío anunció que debía viajar por trabajo durante una semana. Valeria apenas disimuló su frustración, pero cuando me miró, vi un destello de algo en sus ojos: oportunidad. Esa misma noche, después de la cena, me ofreció un vaso de vino en el patio. La luna estaba llena, bañando todo en una luz plateada que hacía que su piel pareciera irreal. —Adrián, ¿alguna vez has sentido algo que sabes que no deberías sentir? —preguntó de repente, girando el vino en su copa. Mi corazón se detuvo. Sabía exactamente a qué se refería, pero no estaba seguro de si debía cruzar esa línea. —Todo el tiempo —respondí, mirándola fijamente. Ella se acercó, su cuerpo a solo unos centímetros del mío. El aroma de su perfume, una mezcla de vainilla y algo más oscuro, me envolvió. Sentí el calor de su piel antes de que siquiera me tocara. —Dime qué sientes ahora —susurró, su aliento rozando mi mejilla. No pude contenerme más. La tomé por la cintura y la atraje hacia mí, nuestros labios chocando en un beso hambriento, desesperado. Su boca era cálida, suave, y sabía a vino y deseo. Sus manos se deslizaron por mi espalda, arañándome ligeramente, mientras yo exploraba sus curvas, sintiendo cómo su cuerpo respondía al mío. —Esto está mal —murmuré contra sus labios, pero no me detuve. —Entonces por qué se siente tan bien —respondió ella, su voz ronca, mientras deslizaba una mano por mi pecho hasta el borde de mi pantalón. Nos movimos hacia el interior de la casa, a su habitación, un lugar que siempre había sido un territorio prohibido. La cama era enorme, con sábanas de seda que se sentían frías contra mi piel ardiente. Valeria me empujó contra el colchón y se subió encima de mí, su vestido subiendo por sus muslos hasta revelar un tanga negro que apenas cubría lo esencial. —Te he deseado desde el primer día que llegaste —confesó, inclinándose para besar mi cuello, sus dientes rozando mi piel. —Joder, Valeria, no tienes idea de lo que me haces —gemí, mis manos encontrando sus caderas, apretándola contra mí. Ella se rio, un sonido bajo y sensual, mientras desabrochaba mi camisa con dedos ágiles. Cada roce de su piel contra la mía era una descarga eléctrica. Cuando por fin estuvimos desnudos, su cuerpo era aún más perfecto de lo que había imaginado: pechos llenos, pezones oscuros y erectos, una cintura que se curvaba en un arco perfecto hacia sus caderas. La Pasión Desatada Valeria se inclinó sobre mí, su cabello cayendo como una cortina alrededor de nuestros rostros. Me besó con una intensidad que me dejó sin aliento, mientras sus manos exploraban cada centímetro de mi cuerpo. Bajó por mi pecho, dejando un rastro de besos húmedos hasta llegar a mi erección. Cuando sus labios se cerraron alrededor de mí, gemí tan fuerte que temí que alguien nos escuchara, aunque la casa estaba vacía. —Dios, qué rico sabes —murmuró, mirándome con esos ojos que prometían todo lo que un hombre podía desear. No pude soportarlo más. La levanté y la puse de espaldas contra la cama, mis manos separando sus muslos. Su sexo estaba húmedo, brillante bajo la luz tenue de la habitación, y cuando la toqué, ella arqueó la espalda, soltando un gemido que me volvió loco. —Fóllame, Adrián —susurró, su voz cargada de urgencia—. Quiero sentirte dentro de mí. No necesité que me lo pidiera dos veces. La penetré lentamente al principio, sintiendo cómo su cuerpo se amoldaba al mío, cálido y apretado. Ella clavó sus uñas en mi espalda, animándome a ir más rápido, más profundo. —Joder, qué grande eres —gimió, sus piernas envolviéndome, atrayéndome más cerca. —Dime cuánto te gusta —le dije, mi voz ronca mientras me movía dentro de ella, cada embestida arrancándole un nuevo gemido. —¡Me encanta! ¡Fóllame más fuerte, por favor! —gritó, sus palabras crudas y sin filtro, encendiendo aún más mi deseo. Cambiamos de posición, ella se puso a cuatro patas, su trasero perfecto alzándose hacia mí. La vista era tan erótica que casi me corro en ese instante. La tomé por las caderas y la penetré de nuevo, esta vez con más fuerza, el sonido de nuestros cuerpos chocando llenando la habitación. —¡Sí, así, justo así! —gritó Valeria, su voz temblando mientras empujaba contra mí—. ¡Me vas a hacer venir, Adrián! —Quiero que te corras para mí —le dije, inclinándome para besar su espalda, mis manos apretando sus pechos. Cuando su orgasmo llegó, fue como una explosión. Su cuerpo se tensó, sus gemidos se convirtieron en gritos, y sentí cómo se contraía alrededor de mí, llevándome al borde. No pude contenerme más y me corrí dentro de ella, un placer tan intenso que casi me desmayo. Los Días Siguientes Durante los días que siguieron, no podíamos mantener las manos quietas. Cada rincón de la casa se convirtió en nuestro playground: el sofá del salón, la mesa de la cocina, incluso la ducha, donde el agua caliente resbalaba por nuestros cuerpos mientras nos entregábamos al placer. Cada encuentro era más intenso, más desesperado, como si supiéramos que nuestro tiempo era limitado. Una noche, en la playa, bajo un cielo lleno de estrellas, la tomé contra una roca, el sonido de las olas mezclándose con nuestros gemidos. Ella me montó con una furia salvaje, sus uñas marcando mi piel, sus palabras sucias llenando el aire. —Eres un vicio, Adrián —jadeó mientras se movía sobre mí—. No puedo parar de quererte. —Y tú eres mi maldita perdición —respondí, embistiendo hacia arriba, haciéndola gritar. El Final Inevitable Cuando mi tío regresó, la realidad nos golpeó como un balde de agua fría. Valeria y yo sabíamos que lo nuestro no podía continuar, no sin destruir todo a nuestro alrededor. La última noche, antes de que yo regresara a la ciudad, nos despedimos en su habitación, un último encuentro lleno de pasión y tristeza. Nos amamos con una intensidad que sabía a despedida, susurrándonos promesas que ambos sabíamos que no cumpliríamos. —Siempre te voy a desear —me dijo, con lágrimas en los ojos, mientras yacíamos exhaustos en la cama. —Y yo a ti —respondí, besándola por última vez. Regresé a mi vida, pero una parte de mí se quedó en esa villa, con ella. Valeria fue mi amor prohibido, mi fantasía hecha realidad, y aunque nunca más volvimos a cruzar esa línea, su recuerdo sigue quemándome por dentro.



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