MI NOMBRE ES ROSAURA, Y VIVO en Barcelona, una ciudad que vibra con esa mezcla de libertad y caos que define nuestra era. Tengo 32 años, trabajo como supervisora en el departamento de calidad y supervisión de 'LimpiaGlobal', una empresa multinacional de limpieza, y mi vida amorosa no es lo que la mayoría espera. Estoy en una relación poliamorosa con Alex, mi pareja principal desde hace cuatro años, y con Mia, quien entró en nuestras vidas hace dos. No es un capricho; es algo que hemos construido con conversaciones interminables, límites claros y un respeto mutuo que hace que todo fluya. En esta sociedad actual, donde las apps de citas normalizan la no-monogamia ética y los podcasts hablan de poliamor como si fuera el nuevo brunch (desayuno) dominical, nos sentimos en casa. Pero lo que realmente nos une no son las teorías: es el fuego que encendemos cuando estamos juntos.
Todo empezó una noche de viernes en nuestro apartamento del Eixample, ese barrio con balcones llenos de plantas y vecinos que fingimos no oír. Alex y yo habíamos invitado a Mia a cenar. Ella llegó con una botella de vino rosado orgánico, vestida con un top ajustado que dejaba ver el piercing en su ombligo y unos shorts vaqueros que acentuaban sus curvas. Alex, con su camiseta negra y jeans, ya estaba en la cocina preparando una paella improvisada, el aroma a azafrán y marisco llenando el aire. Yo llevaba un vestido ligero de verano, sin sujetador, sintiendo cómo el tejido rozaba mis pezones endurecidos por la anticipación.
Cenamos en la mesa del salón, riendo sobre el último meme viral en Tik Tok y hablando de cómo el poliamor nos ha liberado de celos tóxicos. "Es como tener lo mejor de dos mundos", dijo Mia, guiñándome un ojo mientras su mano rozaba mi muslo por debajo de la mesa. Alex sonrió, su mirada oscura fija en nosotras. "Y esta noche, vamos a celebrarlo". El vino fluía, y el calor subía. Pronto, las conversaciones se volvieron más íntimas: Mia confesó que había fantaseado con nosotras todo el día en el trabajo, Alex admitió que se había masturbado pensando en vernos juntas.
No sé quién empezó, pero de repente, Mia se inclinó sobre la mesa y me besó. Sus labios eran suaves, con sabor a vino y deseo, su lengua explorando la mía mientras Alex nos observaba, su mano ya en su entrepierna. Nos levantamos, y nos dirigimos al sofá del salón, un mueble amplio y mullido donde tantas veces habíamos jugado. Mia me empujó contra los cojines, subiéndose el top para revelar sus pechos firmes, los pezones rosados y erectos. "Tócame, Rosaura", murmuró, guiando mi mano a su seno. Lo apreté, pellizcando el pezón mientras ella gemía. Alex se unió, arrodillándose entre nosotras, besando el cuello de Mia mientras yo le bajaba los shorts.
Estábamos desnudos en minutos. Mia se colocó a cuatro patas en el sofá, su culo perfecto alzado hacia mí. "Lámeme, por favor", suplicó, y yo obedecí, hundiendo mi lengua en su coño húmedo, su clítoris prominente palpitaba sintiendo el roce de la lengua saboreando su excitación salada y dulce. Alex se posicionó detrás de mí, su polla dura rozando mi entrada. "Estás empapada, amor", gruñó, empujando dentro de mí en una postura de perrito que nos conectaba a los tres. Follaba con ritmo lento al principio, cada embestida enviando ondas de placer a través de mi cuerpo mientras yo devoraba a Mia.
"Oh, joder, Rosaura, tu lengua es mágica", jadeó Mia, empujando sus caderas contra mi boca. "Más profundo, haz que me corra". Alex aceleró, sus manos en mis caderas, golpeando contra mí. "Sientes cómo te lleno, ¿verdad? Eres nuestra puta perfecta". Sus palabras sucias me encendieron más, y respondí: "Fóllame más fuerte, Alex, quiero sentirte romperme". Cambiamos posiciones: Mia se tumbó de espaldas en el sofá, las piernas abiertas, y yo me senté en su cara en un 69 invertido, mi coño sobre su boca mientras lamía el suyo. Alex se arrodilló frente a nosotras, metiendo su polla en la boca de Mia, follándole la garganta mientras ella me comía.
"Mmm, sabe a ti, Rosaura", dijo Alex, mirando cómo Mia chupaba con avidez. "Trágatela toda, Mia, como la guarra que eres". Mia gemía alrededor de su polla, vibraciones que subían a mi clítoris. "Joder, sí, chúpamelo así... me vas a hacer explotar". Yo me mecía contra su lengua, mis tetas rebotando. "Mia, no pares, estoy tan cerca... lame mi clítoris, hazme correrme en tu boca". El éxtasis nos envolvía; Mia fue la primera, su cuerpo temblando bajo mí mientras gritaba: "¡Me corro, joder, me corro tan fuerte! ¡Bebe mi jugo, Rosaura!".
Nos movimos al dormitorio, la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Allí, Alex me tumbó de espaldas en misionero, penetrándome profundo mientras Mia se sentaba en mi cara, posicionada encima para que pudiera lamer su culo y coño. "Mira cómo te follo, Mia", dijo Alex, embistiendo con fuerza. "Su coño aprieta tanto... es adictivo". Mia se inclinaba adelante, besando a Alex mientras yo la devoraba. "Fóllala más duro, Alex, haz que grite". Yo jadeaba: "Sí, destrózame el coño, amor... quiero tu semen dentro". Mia añadió: "Y después, yo te chuparé hasta la última gota".
El clímax llegó en una cadena: Alex aceleró, sus bolas golpeando mi culo. "Joder, me corro... ¡toma mi leche, Rosaura!" Gritó, llenándome con chorros calientes. Eso me empujó al borde: "¡Sí, Alex, lléname! ¡Me corro, oh dios, me corro!" Mia, frotándose contra mi lengua, explotó segundos después: "¡Fóllame la boca con tu lengua, Rosaura... soy tu puta, me corro tan guarro!". Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, besos y risas, el aire cargado de sexo y cariño.
En esta vida poliamorosa, no hay drama de telenovela; hay honestidad, placer y conexión. Y noches como esta nos recuerdan por qué lo elegimos.

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