"Este cuento erótico victoriano en primera persona captura la esencia sensual y explícita de la era, con situaciones excitantes y diálogos ardientes para una experiencia inmersiva."
ME LLAMO ALIZABETH HAWTHORNE, y en el año del Señor 1885, en las brumosas calles de Londres, mi vida se entretejía con los hilos invisibles de una sociedad que exigía decoro en cada suspiro. Era una dama de linaje noble, viuda a los veinticinco años tras un matrimonio arreglado que me dejó más fría que las nieblas del Támesis. Mi esposo, el difunto Lord Hawthorne, había sido un hombre de negocios distante, cuya pasión se limitaba a sus libros de contabilidad. Pero yo, con mi cabello castaño recogido en elaborados moños y mis corsés que ceñían mi figura como una jaula de seda, anhelaba algo más profundo, más ardiente. Este es mi cuento erótico victoriano, narrado en primera persona, un relato vivido de deseos ocultos que rompieron las barreras de la época, donde el erotismo se filtraba a través de las grietas de la moral estricta.
Vivía en una mansión georgiana en Mayfair, rodeada de sirvientes que se movían como sombras silenciosas. Entre ellos destacaba James, el mayordomo, un hombre de treinta y dos años con ojos verdes penetrantes y una mandíbula cuadrada que sugería fuerza contenida. Alto y fornido, con manos callosas de quien había conocido el trabajo manual antes de ascender en la jerarquía doméstica, James encarnaba la tentación prohibida. En la sociedad victoriana, donde las clases se separaban como el aceite y el agua, un romance entre una dama y su sirviente era un escándalo impensable. Pero el deseo no entiende de rangos; se enciende en la oscuridad, sensual y ardiente, como una llama que consume todo a su paso.
Todo comenzó una noche de otoño, cuando la niebla envolvía la ciudad como un velo de secretos. Había regresado de un baile en casa de los Kensington, donde las damas susurraban sobre maridos infieles y las debutantes coqueteaban con miradas veladas. Mi vestido de seda verde, con escote bajo que rozaba los límites del decoro, se adhería a mi piel humedecida por el sudor del vals. Al entrar en la mansión, encontré a James esperándome en el vestíbulo, su uniforme negro impecable, pero con un brillo en los ojos que me hizo pausar.
—Milady, ¿ha sido una velada placentera? —preguntó, su voz grave como el tañido de una campana lejana.
Asentí, quitándome los guantes con lentitud deliberada, sintiendo cómo su mirada se posaba en mis dedos esbeltos. —Placentera, pero exhaustiva, James. Ayúdame con el corsé esta noche; mi doncella ha caído enferma.
Era una excusa audaz, pero el pulso en mi cuello latía con anticipación. En la época victoriana, tales intimidades eran raras, pero la viudez me otorgaba ciertas libertades. Subimos las escaleras en silencio, el crujido de la madera bajo nuestros pies como un preludio erótico. En mi dormitorio, iluminado por la luz parpadeante de las velas, me posicioné frente al espejo de cuerpo entero. James se acercó por detrás, sus dedos hábiles desatando los lazos de mi vestido. Sentí su aliento cálido en mi nuca, y un escalofrío sensual recorrió mi espina dorsal.
—Su piel es como la porcelana fina, milady —murmuró, mientras el vestido caía al suelo, dejando al descubierto mi chemise de lino y el corsé que aprisionaba mis pechos generosos.
Giré ligeramente, mirándolo a los ojos. —Y tus manos, James, son fuertes como las de un escultor. ¿Alguna vez has deseado moldear algo más que el servicio de plata?
Sus labios se curvaron en una sonrisa pícara, y en ese momento, el aire se cargó de electricidad erótica. Me atrajo hacia él, sus manos rodeando mi cintura, y me besó con una pasión que contradecía toda norma social. Su boca era exigente, su lengua explorando la mía con un hambre voraz. Me presioné contra su cuerpo, sintiendo la dureza de su excitación a través de los pantalones. Era explícito, ardiente; mis pezones se endurecieron bajo la tela fina, anhelando su toque.
Nos movimos hacia la cama de cuatro postes, un santuario de sábanas de satén y almohadas de plumas. James me despojó del corsé con urgencia, liberando mis senos que se derramaron libres, rosados y turgentes. —Dios, Elizabeth, tus tetas son perfectas —gruñó, usando un lenguaje vulgar que me excitó aún más, rompiendo el velo de la decencia victoriana.
Me arrodillé ante él en el suelo alfombrado, un lugar inesperado para una dama, pero el erotismo de la sumisión me embriagaba. Desabroché sus pantalones, liberando su miembro erecto, grueso y venoso, palpitante de deseo. Lo tomé en mi boca, chupando con lentitud al principio, saboreando su salinidad. —Mmm, sabe a pecado prohibido —susurré, mirándolo desde abajo mientras mi lengua rodeaba la cabeza hinchada.
James jadeó, enredando sus dedos en mi cabello. —Chúpame más fuerte, puta mía, hazme gemir como un animal.
Sus palabras guarras me encendieron; aceleré el ritmo, tragándolo profundo hasta que tocaba el fondo de mi garganta. Él empujaba sus caderas, follando mi boca con un vaivén rítmico. El sonido de mis succiones llenaba la habitación, sensual y explícito. Cuando sentí que se acercaba al clímax, me aparté, queriendo prolongar el placer.
Me levantó y me tendió en la cama, en la postura del misionero clásico, pero con un giro victoriano: mis piernas envueltas en medias de seda se abrieron para él. Se posicionó entre mis muslos, su polla rozando mi entrada húmeda. —Estás empapada, Elizabeth. Tu coño me llama como una sirena.
—Fóllame, James —rogué, mi voz ronca de lujuria—. Métemela toda, hazme gritar.
Entró en mí de un empujón, estirándome con su grosor. El dolor inicial se transformó en placer ardiente mientras embestía, profundo y lento al principio. Mis paredes internas lo apretaban, y gemí alto, olvidando el decoro. —Sí, así, más duro... tu polla me llena como nada antes.
Él aceleró, sus caderas chocando contra las mías con un slap-slap erótico. —Toma mi verga, milady. Eres una zorra en secreto, ¿verdad? Gimiendo como una puta de Whitechapel.
El orgasmo me golpeó como una ola, mi cuerpo convulsionando alrededor de él. —¡Me corro, James! ¡Fóllame más, cabrón!
Él gruñó, eyaculando dentro de mí con chorros calientes. —Toma mi semen, puta... lléname de ti.
Nos derrumbamos, sudorosos y satisfechos, pero eso fue solo el comienzo. En las semanas siguientes, nuestro affair se volvió una adicción sensual. Nos encontrábamos en lugares inesperados, siempre con el riesgo de ser descubiertos, lo que añadía un filo excitante a nuestro erotismo victoriano.
Una tarde, en el invernadero de la mansión, rodeados de orquídeas exóticas y el aroma húmedo de la tierra, James me sorprendió mientras regaba las plantas. Vestida con un sencillo vestido de muselina, sin corsé por el calor, sentí sus manos rodearme desde atrás. —He soñado con follarte aquí, entre las flores —susurró, pellizcando mis pezones a través de la tela.
Me giré y lo besé con fiereza, nuestras lenguas danzando en un tango prohibido. Me levantó sobre una mesa de madera, rodeada de macetas, y levantó mi falda. Sin ropa interior —una osadía en esa época—, mi sexo expuesto relucía de anticipación. Se arrodilló, su lengua lamiendo mi clítoris con maestría. —Tu coño sabe a miel, Elizabeth. Déjame beberte.
Gemí, mis manos en su cabello, guiándolo. —Lame más profundo, James... hazme correrme en tu boca.
Su lengua se hundía en mí, chupando y mordisqueando, mientras sus dedos exploraban mi interior. El placer era intenso, sensual; mis jugos fluían, y él los devoraba con avidez. —Eres una diosa sucia —murmuró contra mi piel—. Corrida para mí, puta.
El clímax me sacudió, mis caderas arqueándose contra su rostro. —¡Sí, me corro! ¡Bebe mi jugo, cerdo!
Luego, me volteó, poniéndome en cuatro patas sobre la mesa —la postura del perro, animal y primal—. Entró por detrás, su polla embistiendo mi coño empapado. —Toma esto, Elizabeth. Te follo como a una perra en celo.
—Más fuerte, James... rompe mi coño con tu verga dura —grité, el vidrio del invernadero empañándose con nuestro calor.
Sus embestidas eran salvajes, sus bolas golpeando mi clítoris. Alcanzamos el orgasmo juntos, él llenándome con su semen caliente mientras yo convulsionaba. —¡Lléname, cabrón! ¡Dame todo!
Pero no todo era en interiores. Una noche, en un carruaje alquilado para un viaje secreto a los suburbios, el traqueteo de las ruedas sobre los adoquines amplificaba nuestra pasión. Sentados uno frente al otro, James extendió su mano bajo mi falda, sus dedos encontrando mi humedad. —Estás lista para mí, milady —dijo, frotando mi clítoris en círculos sensuales.
Me incliné hacia adelante, desabrochando sus pantalones. Monté sobre él en la postura de la vaquera, mis faldas arremolinadas alrededor. Su polla se deslizó dentro de mí fácilmente, y comencé a cabalgarlo al ritmo del carruaje. —Fóllame así, James... siente cómo te aprieto.
Él agarró mis caderas, empujando hacia arriba. —Cabalga mi verga, puta. Haz que rebote tus tetas.
El movimiento nos llevaba al éxtasis; mis senos saltaban libres, y él los chupaba con hambre. —¡Me corro sobre ti! —grité, mi orgasmo mojando sus muslos.
—Lléname con tu corrida, zorra... ahora yo —gruñó, eyaculando profundo.
Nuestros encuentros se multiplicaron: en la biblioteca, donde me tomó contra las estanterías, libros cayendo mientras embestía en misionero sobre el escritorio; en el jardín trasero bajo la luna, en postura de cucharita, su cuerpo envolviéndome mientras susurraba guarradas al oído. —Tu culo es perfecto para follar —decía, aunque aún no habíamos explorado eso, reservándolo para noches más audaces.
Una vez, en una fiesta de máscaras en una mansión vecina, nos escabullimos a un salón privado. Vestida como una ninfa, con máscara veneciana, James me levantó contra la pared, mis piernas alrededor de su cintura en la postura de pie. —Te follo aquí, donde cualquiera podría entrar —susurró, penetrándome con urgencia.
—Hazlo, James... métemela profundo, hazme gritar —respondí, mis uñas clavándose en su espalda.
Sus embestidas eran rápidas, el riesgo excitándonos. —Eres mi puta secreta, Elizabeth. Corrida en mi polla.
El orgasmo nos sorprendió, ahogado en besos para no alertar a los invitados.
Pero el clímax de nuestra historia llegó en una tormenta de verano. Refugiados en el ático de la mansión, rodeados de baúles polvorientos y el rugido de la lluvia, nos despojamos de toda ropa. Exploramos cada postura imaginable: oral mutuo en 69, yo chupando su polla mientras él lamía mi coño; anal por primera vez, lubricado con aceites, él entrando despacio en mi culo virgen. —Relájate, puta... toma mi verga en tu culo apretado.
—Duele, pero es tan bueno... fóllame el culo, James —gemí, el placer mezclándose con el dolor en un éxtasis ardiente.
Cambiamos a doggy para anal, luego misionero para vaginal, y finalmente ella sobre él, cabalgando su polla mientras él pellizcaba mis pezones. Los diálogos fluían: —¡Dame más, cerdo! Lléname los dos agujeros si puedes.
—Eres insaciable, zorra... te follaré hasta que no puedas caminar.
El orgasmo múltiple nos dejó exhaustos, nuestro amor prohibido sellado en sudor y semen.
En esta época victoriana, donde la represión reinaba, nuestro erotismo era una rebelión. Viví cada momento con intensidad, sensual y realista, hasta que el escándalo nos separó. Pero en mis recuerdos, James y yo seguimos follando en la eternidad, guarradas eternas en nuestros labios.

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