ERA UNA FRIA EN LA *era paleolítica*, cuando el viento aullaba entre las rocas de nuestra cueva en las colinas. Yo, una mujer fuerte de la tribu de los Cazadores del Río, me acurrucaba junto al fuego crepitante, envuelta en pieles de mamut que olían a humo y tierra. Mi nombre era Lira, y en aquellos tiempos, el *sexo* era tan natural como cazar o recolectar bayas; no había tabúes, solo el instinto primal que nos unía para sobrevivir y procrear. Esa noche, el grupo se había reunido tras una exitosa caza: habíamos abatido un bisonte enorme, y la adrenalina aún corría por nuestras venas. Los hombres y mujeres bailaban alrededor del fuego, sus cuerpos pintados con ocre rojo, celebrando la vida en esta dura existencia.
De repente, sentí la mirada ardiente de Kael, el guerrero más fuerte de nuestra tribu. Sus ojos, oscuros como la noche sin luna, me devoraban mientras masticaba un trozo de carne asada. En la *sociedad paleolítica*, las uniones eran fluidas; no había matrimonios eternos, solo alianzas temporales para fortalecer el grupo. Me acerqué a él, mi corazón latiendo como un tambor de piel estirada. "Lira, tu cuerpo brilla como el sol en el río", murmuró, su voz ronca por el esfuerzo de la caza. Lo tomé de la mano y lo llevé a un rincón apartado de la cueva, donde las sombras danzaban sobre las paredes irregulares, grabadas con dibujos de animales que habíamos cazado.
Allí, en el suelo cubierto de hojas secas y pieles suaves, nos despojamos de nuestras túnicas de cuero. Su *pene* ya estaba erecto, grueso y venoso, como una lanza lista para la batalla. Me arrodillé frente a él, sintiendo el calor del fuego lejano en mi espalda desnuda. "Tócame, Kael, hazme tuya como el bisonte que abatiste hoy", le susurré, mi voz temblando de deseo. Él gruñó, sus manos callosas agarrando mis *senos* firmes, pellizcando los pezones endurecidos por el frío y la excitación. El *sexo oral* era instintivo en nuestra tribu; lo tomé en mi boca, lamiendo la longitud de su miembro con la lengua, saboreando el salado de su piel sudada por la caza.
Kael jadeaba, sus dedos enredados en mi cabello largo y enmarañado. "Oh, Lira, tu boca es como una cueva caliente que me engulle", dijo, empujando suavemente sus caderas. Me incorporé, empujándolo al suelo para montarlo en la postura del jinete, como si cabalgara un caballo salvaje. Mi *vagina* húmeda se deslizó sobre su *pene*, envolviéndolo en un calor apretado. Empecé a moverme arriba y abajo, mis caderas girando en círculos, sintiendo cada vena pulsando dentro de mí. El lugar era perfecto: la cueva nos protegía del viento, y el eco de nuestros gemidos se mezclaba con los sonidos de la tribu al fondo.
"¡Fóllame más fuerte, perra salvaje!", gritó Kael en éxtasis, sus manos apretando mis nalgas mientras yo aceleraba el ritmo. En la *era paleolítica*, las palabras crudas eran parte del ritual, liberando la tensión de la supervivencia diaria. Respondí con un gemido: "Sí, guerrero, clava tu lanza en mi cueva profunda, hazme gritar como una bestia en celo". Cambiamos de posición; me puse a cuatro patas sobre las pieles, mi trasero elevado hacia él, imitando a los animales que observábamos en el bosque. Kael se arrodilló detrás, penetrándome con fuerza, sus embestidas resonando en la cueva como golpes de piedra contra piedra.
El placer era intenso, mi cuerpo temblando con cada empuje. "Tu coño es tan apretado, Lira, voy a llenarte de mi semilla como el río inunda la tierra", jadeaba él, su voz entrecortada. Yo arqueaba la espalda, empujando contra él: "¡Sí, dame todo, cabrón fuerte, hazme correrme como una tormenta!". En ese momento de *éxtasis*, el mundo se reducía a nuestros cuerpos sudorosos, el olor a musgo y sexo impregnando el aire. Sentí el orgasmo acercándose, mis músculos contrayéndose alrededor de su *pene*.
De pronto, otra figura se acercó: era Mira, una recolectora ágil de nuestra tribu, atraída por nuestros sonidos. En la *sociedad paleolítica*, los tríos eran comunes para fortalecer lazos grupales. "Únete, Mira, comparte este fuego con nosotros", invité, mi voz ronca. Ella se desnudó rápidamente, su cuerpo esbelto y marcado por cicatrices de espinos. Se arrodilló frente a mí mientras Kael seguía follándome por detrás. Besé sus labios, mi lengua explorando su boca mientras mis manos acariciaban sus *senos* pequeños y firmes.
Mira gimió: "Lira, tu lengua es como una serpiente astuta". Cambiamos: ahora yo yacía de espaldas en las pieles, con Mira sentada sobre mi rostro, su *vagina* húmeda presionando contra mi boca. Lamí su clítoris hinchado, saboreando su jugo dulce como bayas maduras. Kael, excitado por la vista, penetró a Mira desde atrás, en una cadena de placer. "¡Fóllanos a las dos, guerrero, haznos tuyas!", grité yo, mis palabras ahogadas por su carne.
Kael embestía con furia: "Sois mis perras en celo, os voy a inundar con mi leche caliente". El lugar se llenaba de gemidos; la cueva parecía vibrar con nuestra energía primal. Mira se corrió primero, su cuerpo convulsionando sobre mi rostro: "¡Oh, diosa de la tierra, me vengo como un río desbordado!". Yo la seguí, mi orgasmo explotando mientras lamía sus jugos, ondas de placer recorriendo mi espina.
Pero no paramos; en la *era paleolítica*, la resistencia era clave para la supervivencia, y el *sexo* prolongado fortalecía nuestros cuerpos. Kael nos giró: ahora Mira y yo nos besábamos de lado, mientras él alternaba entre nosotras, penetrando primero mi *vagina* y luego la de ella. "Cambiad de postura, putas salvajes, dejadme follaros como merecéis", ordenó, su voz enronquecida por el deseo. Nos pusimos en misionero doble, una al lado de la otra, piernas abiertas como flores en primavera.
Él se turnaba, embistiendo con fuerza: "Vuestros coños son cuevas de placer, voy a explotar". En el *éxtasis* final, gritamos al unísono: "¡Sí, llénanos, cabrón, dame tu semilla ardiente!". Kael se corrió con un rugido, eyaculando primero dentro de mí, caliente y espeso, luego en Mira. Nuestros cuerpos temblaban, cubiertos de sudor y pintura ocre corrida.
Después, exhaustos, nos acurrucamos juntos junto al fuego moribundo. En esa *sociedad paleolítica*, el *sexo grupal* era un ritual de unión, no de posesión. Mira susurró: "Ha sido como cazar juntos, Lira, fuerte y vivo". Yo asentí, sintiendo la calidez de sus cuerpos contra el mío, el pulso de la vida latiendo en nosotros.
Al amanecer, salimos de la cueva al bosque cercano, donde el sol filtraba entre las hojas. El *sexo* al aire libre era común; nos tumbamos en un claro cubierto de musgo suave. Kael me tomó de pie contra un árbol antiguo, mis piernas envueltas alrededor de su cintura. "Fóllame aquí, guerrero, bajo el cielo", exigí. Él empujaba: "Tu cuerpo es mi territorio, Lira".
Mira se unió, lamiendo mis *senos* mientras Kael me penetraba. "Sois diosas del placer", jadeaba él. Cambiamos a una postura en el suelo: yo sobre Kael, cabalgándolo inverso, mi trasero hacia él, mientras Mira lamía donde nos uníamos. "¡Come mi coño mientras me folla, perra!", grité en éxtasis.
El clímax llegó de nuevo: "¡Me vengo, putas, tomad mi carga!", rugió Kael. Nos corrimos juntos, cuerpos entrelazados en el bosque, eco de nuestra pasión resonando como llamadas de aves. En la *era paleolítica*, el *sexo erótico* era la esencia de la vida, crudo y eterno.

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