MI NOMBRE ES LUCI, Y AYER cumplí dieciocho años. Desde que entré en la adolescencia, mi cuerpo ha sido un torbellino de deseo incontrolable, como si cada célula estuviera impregnada de una lujuria constante que me hace palpitar. Mi coño cosquillea sin descanso, pidiendo ser calmado, y me encanta tocarme, correrme una y otra vez. Soy fácil de vaciarme, como si mi placer estuviera siempre al borde, listo para desbordarse con el más mínimo roce.
Mi tía Cintia es lesbiana, tiene treinta años y un cuerpo que irradia confianza sensual, con curvas que se mueven como una promesa prohibida. Hace poco se echó una novia, Nati, que tiene solo dos años más que yo: veinte primaveras llenas de fuego. El otro día, en una comida familiar, no podía dejar de notar cómo Nati me miraba. Sus ojos, oscuros y juguetones, se clavaban en mí con una intención que me erizaba la piel, como si estuviera midiendo cada centímetro de mi cuerpo bajo la mesa. Yo fingía no darme cuenta, pero mi pulso aceleraba, y sentía ese familiar hormigueo entre mis piernas.
Esa noche, estaba tumbada en mi cama, leyendo un libro que apenas retenía mi atención, cuando sonó una notificación en WhatsApp. Era ella, Nati. El mensaje era simple: un video adjunto, seguido de un texto que decía "¿Te gusta?". Lo abrí con el corazón latiendo fuerte, y allí estaba: Nati y mi tía Cintia, entrelazadas en una danza de pasión. Cintia lamía el cuello de Nati con deleite, sus manos explorando cada curva, mientras Nati gemía, arqueando la espalda. El sonido de sus cuerpos chocando, húmedos y urgentes, llenó mi habitación. Noté cómo mi coño comenzaba a mojarse al instante, un calor líquido que se extendía desde mi interior.
Me encanta cómo mi cuerpo responde así, como si estuviera siempre lista para el placer. Me toqué las tetas por encima de la camiseta, pellizcando los pezones que se endurecían bajo mis dedos. Pero paré un momento, solo para encender la cámara del otro móvil que tengo. Quería grabarme, capturar este momento de abandono y enviárselo a ella, como una invitación silenciosa. Volví a empezar: me pellizqué los pezones con más fuerza, sintiendo el pinchazo dulce que me hacía jadear. Metí la mano por debajo de mis nalgas, introduciendo un dedo en mi ano, que se contraía alrededor de él con avidez. Con la otra mano, acaricié mi coño, los labios hinchados y resbaladizos, recreándome en cada roce lento, en la forma en que mi clítoris palpitaba bajo mis yemas.
Me encanta masturbarme así, como disfruto de cada segundo de esta tortura deliciosa. Veía el video una y otra vez: Nati montando a Cintia, sus caderas girando en un ritmo hipnótico, sus gemidos diciendo "sigue, me corro". Mi excitación crecía, un volcán a punto de erupcionar. Paraba justo cuando el orgasmo me rozaba, sintiendo esa sensación indescriptible de contención, el placer acumulado como una ola que se retiene antes de romper. Pero no podía más; el video me empujaba al límite. Me corrí como una perra, con el coño desecho y empapado, los jugos fluyendo por mis muslos mientras mi cuerpo se convulsionaba en espasmos de éxtasis.
Envíe el video a Nati sin pensarlo dos veces, mi respiración aún entrecortada. Su respuesta no tardó: "Qué caliente estás, Luci. Quiero verte en persona". Mi corazón dio un vuelco. Al día siguiente, quedamos en un café discreto, pero el aire entre nosotras era eléctrico, cargado de promesas. Terminamos en su apartamento, donde mi tía Cintia nos esperaba con una sonrisa cómplice. "Ven aquí, sobrinita", murmuró Cintia, atrayéndome a su regazo. Sus labios se posaron en los míos, suaves y demandantes, mientras Nati se arrodillaba frente a mí, apartando mi falda con manos expertas.
"Lame mi clítoris", le supliqué a Nati, mi voz ronca de deseo, y ella obedeció, su lengua trazando círculos lentos y precisos alrededor de mi botón hinchado, enviando ondas de placer a todo mi ser. Cintia, mientras tanto, mordía mis pezones con delicadeza, sus dientes rozando la piel sensible hasta hacerme arquear.
"Muérdelos más fuerte", gemí, y lo hizo, un dolor placentero que se mezclaba con el éxtasis. Me encanta cómo disfruto de esto, cómo mi cuerpo se rinde por completo.
Nati sacó 'un arnés con un pene de silicona realista' de algún cajón oculto, ajustándolo a sus caderas con una mirada traviesa. "Mete esa polla por mi coño", le dije, ansiosa, abriéndome para ella. Se deslizó dentro de mí con facilidad, llenándome con un ritmo profundo y constante. "Fóllame", jadeé, mis uñas clavándose en sus hombros mientras embestía, cada empujón enviaba chispas a mi núcleo. Cintia se unió, sus dedos jugueteando con mi ano, sincronizándose con los movimientos de Nati. "Sigue, me corro", grité, el clímax construyéndose de nuevo, imparable.
"Córrete conmigo", murmuró Nati, acelerando, su propio placer evidente en sus gemidos. Imaginaba su "leche" llenándome, aunque fuera fantasía; "Quiero sentir tu leche", susurré, y eso la empujó al borde. Nos corrimos juntas, un torbellino de sensaciones: mi coño contrayéndose alrededor del juguete, sus cuerpos temblando contra el mío. Quedamos exhaustas, entrelazadas en un abrazo sudoroso, pero sabía que esto era solo el comienzo. Mi deseo, insaciable como siempre, ya pedía más.

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