ME LLAMO DOMINICA, Y EN AQUEL VERANO de 1941, cuando Antonio partió con la *División Azul* hacia el frente ruso, yo era una mujer de apenas veintidós años, recién casada y rebosante de un fuego interior que ardía como una hoguera en la noche. Él, mi esposo, un hombre fuerte y apasionado de veinticinco, me había prometido volver pronto, pero la guerra se lo llevó por catorce largos años. Me dejó sola en nuestra humilde casa en un pueblo de Andalucía, rodeada de olivos y el sol implacable que parecía avivar mi *deseo sexual* incontrolable. Aquellos primeros meses fueron un tormento; mi cuerpo joven y *ardiente* clamaba por sus caricias, por el roce de sus manos callosas en mi piel, y yo me retorcía en la cama cada noche, masturbándome con furia mientras imaginaba su *polla dura* penetrándome una y otra vez.
La sociedad de entonces era estricta, conservadora, con la Iglesia vigilando cada paso y el régimen de Franco imponiendo un pudor que asfixiaba cualquier atisbo de libertad *sexual*. Pero yo, Dominica, era una mujer *pasional*, con curvas generosas y una libido que no se doblegaba ante las normas. Sola en casa, empecé a buscar alivio en lo prohibido. Un día, mientras lavaba ropa en el río, conocí a Manuel, el jornalero del cortijo vecino, un hombre rudo de treinta años con ojos oscuros y músculos forjados por el trabajo en el campo. Nuestras miradas se cruzaron, y esa tarde, bajo un olivo centenario, nos entregamos al *sexo salvaje*. Él me levantó la falda, me apoyó contra el tronco áspero, y me folló de pie, con mis piernas envueltas alrededor de su cintura. "Joder, qué coño tan caliente tienes, Dominica", gruñó mientras embestía con fuerza, y yo respondí jadeando: "Fóllame más duro, Manuel, hazme gritar como una puta en celo".
Aquella aventura se repitió en secreto, siempre en lugares apartados para evitar los chismes del pueblo. En el granero del cortijo, por las noches, nos revolcábamos en el heno, con el olor a tierra y sudor impregnando el aire. Yo me ponía a cuatro patas, ofreciéndole mi *culo redondo*, y él me penetraba por detrás en posición de *perrito*, agarrándome las caderas con manos firmes. "Mira cómo te abro, zorra mía, sientes mi polla hasta el fondo?", me decía en el *éxtasis*, y yo, al borde del *orgasmo*, le contestaba: "Sí, cabrón, dame toda tu leche, lléname como una perra en heat". El placer era intenso, prohibido, y cada encuentro me hacía sentir viva en medio de la soledad que Antonio me había dejado.
Pasaron los años, y la guerra terminó, pero Antonio no volvía; rumores decían que estaba preso en algún campo soviético. Yo, meanwhile, seguí alimentando mi *hambre erótica* con otros hombres del pueblo. Recuerdo a Pedro, el panadero, un viudo de cuarenta con una *verga gruesa* que me volvía loca. Nos veíamos en su horno, al amanecer, cuando el pueblo aún dormía. Él me sentaba en la mesa de amasar, me abría las piernas y me lamía el *coño* con avidez, chupando mi clítoris hasta que yo me corría en su boca. Luego, en posición de *misionero* sobre el suelo polvoriento, me follaba despacio al principio, acelerando hasta el frenesí. "Dios, qué tetas tan jugosas, Dominica, voy a correrme dentro de ti", gemía, y yo, en pleno *clímax*, le susurraba guarradas: "Sí, lléname el útero con tu semen caliente, hazme tu puta personal".
La hipocresía de la época me obligaba a mantener una fachada de viuda virtuosa, yendo a misa los domingos con mi vestido negro, mientras por las noches me escabullía a los brazos de lovers ocasionales. Uno de ellos fue José, un guardia civil joven y apuesto que patrullaba el pueblo. En su cuartel, en una habitación trasera, practicábamos *sexo anal* por primera vez para mí; él me untaba con aceite de oliva y me penetraba despacio desde atrás, con yo de rodillas en la cama. El dolor inicial se convertía en placer puro, y mientras me follaba el *culo*, me decía: "Qué apretado estás, joder, voy a explotar", y yo respondía en el *éxtasis*: "Rómpeme el ojete, cabrón, haz que me corra como una guarra anal".
En 1948, durante una fiesta del pueblo por la Virgen, me enredé con dos hermanos, Miguel y Luis, jornaleros gemelos de veintiocho años. Fue en el bosque cercano, bajo la luna llena; un *trío erótico* que marcó mi vida. Me pusieron en medio, uno follándome la boca mientras el otro me penetraba el *coño* en posición de *vaquera invertida*. "Trágate mi polla, puta, mientras mi hermano te revienta", decía Miguel, y Luis agregaba: "Siente cómo te abrimos, vamos a bañarte en leche". Al llegar al *orgasmo* múltiple, yo gritaba: "Joder, sí, llenadme los dos, soy vuestra zorra insaciable".
Los años cincuenta trajeron más represión, con el Opus Dei influenciando todo, pero mi *libido ardiente* no se apagaba. Encontré consuelo en mujeres también; con Carmen, la vecina soltera de treinta, nos reuníamos en mi casa por las tardes. Nos besábamos con pasión, lamiéndonos los *pechos* y frotando nuestros *coños* en una tijera *lésbica* intensa. "Qué rica estás, Dominica, voy a hacerte squirt", me decía ella, y yo, en el pico del placer: "Chúpame el clítoris, puta, hazme correrme en tu cara".
Otro amante fue el cura del pueblo, Don Rafael, un hipócrita de cuarenta y cinco que predicaba castidad pero me follaba en la sacristía después de la misa. Me ponía contra el altar, levantándome la falda, y me penetraba en *postura de pie*, con sus manos en mis *nalgas*. "Pecadora, siente el fuego del infierno en mi verga", gruñía, y yo, cerca del *orgasmo*: "Fóllame como al demonio, padre, derrama tu semen sagrado en mi coño profano".
En 1953, durante una sequía terrible, me entregué a un viajante de comercio, Enrique, en una posada del camino. En la habitación, practicamos *sexo oral* mutuo en 69, con yo encima chupando su *polla venosa* mientras él devoraba mi *vulva*. Luego, me folló en *cucharita*, embistiendo lateralmente. "Qué mojada estás, joder, voy a explotar", decía, y yo: "Sí, cabrón, córrete dentro, hazme preñada de placer".
La soledad me endureció, pero mi cuerpo seguía *pasional*. En 1955, Antonio volvió por fin, demacrado por los campos de prisioneros rusos, pero aún con ese fuego en los ojos. Nuestra reunión fue explosiva; en nuestra cama, después de catorce años, nos desnudamos con urgencia. Él me besó todo el cuerpo, lamiendo mis *pezones erectos*, y yo le masturbé la *polla* hasta que estuvo dura como una roca. Me folló en *misionero*, mirándonos a los ojos. "Dios, cómo te he extrañado, mi amor, tu coño es un paraíso", gemía, y yo: "Fóllame fuerte, Antonio, hazme tuya de nuevo".
Pero los secretos pesaban; le confesé algunas aventuras, y en lugar de ira, avivó su *deseo*. Esa noche, invitamos a Manuel, mi primer amante, para un *trío*. En el dormitorio, me pusieron en medio: Antonio me penetraba el *coño* mientras Manuel el *culo* en una doble penetración brutal. "Siente cómo te llenamos, puta mía", decía Antonio, y Manuel: "Joder, qué apretada". Al *éxtasis*, yo gritaba: "Sí, cabrones, córreos dentro, soy vuestra guarra eterna".
Con el tiempo, Antonio y yo exploramos más; en el campo, bajo las estrellas, practicamos *sexo al aire libre*, con yo cabalgándolo en *vaquera*, rebotando sobre su *verga*. "Móntame, Dominica, hazme correrme", pedía, y yo: "Toma mi coño, amor, llénalo de semen caliente".
En la cocina, una mañana, me folló contra la mesa, en *postura de pie* desde atrás, agarrándome el pelo. "Qué culo tan perfecto, voy a explotar", gruñía, y yo en el *orgasmo*: "Rómpeme, joder, hazme tu perra sumisa".
Nuestra vida se volvió un torbellino *erótico*; invitamos a Carmen para un *cuarteto lésbico y hetero*, frotándonos y penetrándonos en un enredo de cuerpos. "Chupadme todas, putas", decía Antonio, y nosotras: "Sí, amo, córrete en nosotras".

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