ERA UNA NOCHE DE VIERNES en la bulliciosa Madrid de 2025, donde las apps de citas como Tinder seguían siendo el puente para conexiones rápidas y sin compromisos. Yo, **Elena**, una diseñadora gráfica de 32 años, independiente y con un apetito sexual que no ocultaba, había quedado con **Marco**, un ingeniero de software de 35, alto, moreno y con esa sonrisa pícara que prometía aventuras. Nos conocimos en la app hacía una semana, charlando de vinos y viajes, pero ambos sabíamos que el subtexto era puro **deseo**. Acordamos con la sociedad actual: consentido, sin ataduras, solo placer mutuo.
Llegué al restaurante en el centro, vestida con un vestido negro ajustado que realzaba mis curvas, sin sujetador para sentir la libertad. Marco ya estaba allí, con una camisa que marcaba sus hombros anchos. Cenamos tapas y bebimos rioja, riendo de anécdotas cotidianas, pero el **calor** entre nosotros crecía. Sus ojos devoraban mi escote, y yo rozaba su pierna bajo la mesa, sintiendo cómo su **polla** se endurecía al instante. "Elena, no aguanto más", murmuró él, pagando la cuenta con prisa. "Vamos a mi piso, aquí cerca".
Caminamos por las calles iluminadas, su mano en mi cintura, rozando mi culo con disimulo. En el ascensor de su edificio moderno, no pudimos esperar: me empujó contra la pared, besándome con **pasión** voraz, su lengua invadiendo mi boca mientras sus manos subían mi vestido, tocando mis bragas húmedas. "Joder, estás empapada", gruñó, metiendo un dedo en mi **coño** sin preámbulos. Gemí, mordiendo su labio: "Sí, Marco, fóllame ya, no pares".
Entramos a su apartamento minimalista, con vistas a la ciudad. Me quitó el vestido de un tirón, dejando mis tetas al aire, pezones duros como rocas. Él se desvistió rápido, revelando su **polla** erecta, gruesa y venosa, lista para mí. Nos tiramos en el sofá del salón, yo encima de él en posición de **vaquera**. Me senté sobre su verga, sintiendo cómo me llenaba por completo, estirándome con **placer** intenso. "Oh, dios, qué apretada estás, Elena. Cabálgame fuerte", jadeó él, agarrando mis caderas. Empecé a moverme arriba y abajo, mis tetas botando, chocando contra su pecho. "Sí, Marco, me encanta tu **polla** dentro, me hace gritar", respondí, acelerando el ritmo, sintiendo el roce en mi clítoris.
Cambiamos a **misionero** en el suelo, sobre la alfombra suave. Él me penetró profundo, embistiendo con fuerza, sus pelotas golpeando mi culo. "Dime guarradas, puta mía", le pedí, arañando su espalda. "Te voy a follar hasta que te corras como una zorra, Elena. Tu **coño** es mío esta noche", replicó él, mordiendo mi cuello. El sudor nos cubría, el olor a **sexo** impregnaba el aire. Mis gemidos se volvieron gritos: "Más duro, joder, rómpeme".
Luego, en la cocina, me apoyé en la encimera, él detrás en **perrito**. Su **polla** entraba y salía con furia, una mano en mi pelo tirando, la otra pellizcando mi clítoris. "Mira qué culazo, Elena, te lo voy a rellenar de leche", gruñó. "Sí, lléname, cabrón, hazme correr", contesté, sintiendo el **orgasmo** acercándose como una ola. Él aceleró, jadeando: "Me vengo, joder, aprieta ese **coño**". Explotamos juntos, mi cuerpo temblando en éxtasis, su semen caliente dentro de mí, gritando obscenidades al unísono: "¡Sí, córrete conmigo, puta caliente!".
Nos derrumbamos en la cama después, exhaustos pero satisfechos, riendo de lo intenso. En esta era de empoderamiento sexual, era solo una noche de **pasión** real, sin juicios, solo dos adultos disfrutando el **placer** puro.

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