SOY LUCIA, UNA ASESORA FINANCIERA de 29 años, con una vida que alterna entre limites imposibles y noches de copas con amigos en el corazón de Madrid. Vivo en un loft moderno, con ventanales que dan a la ciudad, un espacio que grita libertad y deseo. Mi cabello castaño cae en ondas desordenadas, y mis ojos verdes siempre parecen buscar algo más, algo que sacuda mi rutina. Esa noche, lo encontré.
Conocí a Marcos en una exposición de arte urbano. Él, un fotógrafo freelance de 32 años, tenía esa vibra despreocupada pero magnética: barba recortada, camiseta ajustada que marcaba sus hombros definidos y unos vaqueros que dejaban poco a la imaginación. Hablamos durante horas, entre risas y copas de vino, hasta que la química entre nosotros era tan palpable que casi podía tocarse. “¿Te vienes a mi loft?”, le dije, con una sonrisa que no escondía mis intenciones. Él asintió, con una mirada que prometía problemas del mejor tipo.
Al llegar, la ciudad brillaba tras los ventanales. Encendí una lámpara de luz tenue, y la música de R&B llenó el espacio, creando una atmósfera cargada de sensualidad. Marcos se acercó, sus manos encontraron mi cintura, y su aliento cálido rozó mi cuello. “Llevo toda la noche imaginando esto”, susurró, mientras sus labios rozaban mi piel. Sentí un escalofrío, mi cuerpo ya respondiendo antes de que mi mente pudiera procesarlo.
Lo empujé suavemente hacia el sofá, un mueble de cuero negro que parecía hecho para noches como esta. Me senté a horcajadas sobre él, mis manos deslizándose por su pecho mientras desabrochaba su camiseta. “Joder, Lucía, eres puro fuego”, dijo, con una voz grave que me encendió aún más. Mis dedos encontraron su cinturón, y lo desabroché con una lentitud deliberada, disfrutando de cómo sus ojos se oscurecían de deseo.
Me incliné para besarlo, un beso profundo, hambriento, con nuestras lenguas danzando en un ritmo que prometía más. Sus manos subieron por mis muslos, levantando mi falda de cuero hasta que quedó arrugada en mi cintura. “Quiero sentirte toda”, gruñó, mientras sus dedos se colaban bajo mi ropa interior. Gemí, arqueando la espalda, cuando sus caricias encontraron mi clítoris, húmedo y ansioso por él.
“Fóllame ya, Marcos”, le dije, sin filtros, mi voz cargada de urgencia. Él no se hizo de rogar. Me levantó como si no pesara nada y me llevó hasta la mesa de comedor, un mueble de madera robusta que nunca había tenido un uso tan… interesante. Me sentó en el borde, y en un movimiento rápido, arrancó mi ropa interior. “Joder, qué coño tan perfecto”, dijo, mientras se arrodillaba frente a mí. Su lengua me exploró con una precisión que me hizo temblar, lamiendo y succionando hasta que mis gemidos llenaron el loft. “Sigue, joder, no pares”, le rogué, mis manos enredadas en su cabello.
Pero yo quería más. Lo empujé hacia atrás y lo hice sentarse en una silla. Me quité la blusa, dejando mis tetas al descubierto, y me arrodillé frente a él. Desabroché sus vaqueros, liberando su polla, dura y lista para mí. “Mírame”, le dije, antes de tomarlo en mi boca. Su sabor salado, su calor, me volvieron loca. Marcos gruñó, sus manos apretando los reposabrazos. “Joder, Lucía, qué bien lo haces… me vas a matar”. Chupé con más intensidad, disfrutando de cada sonido que escapaba de su boca, hasta que sentí que estaba al borde.
“Para, quiero follarte ahora”, dijo, levantándome con urgencia. Me giró contra la mesa, mi pecho contra la madera fría, y entró en mí desde atrás con una embestida profunda. Grité de placer, sintiendo cómo me llenaba por completo. “Dime cuánto te gusta, Lucía”, gruñó mientras me embestía, su ritmo implacable. “Me encanta, joder, no pares, fóllame más duro”, respondí, mi voz entrecortada por los gemidos. Sus manos apretaron mis caderas, y cada empuje era una explosión de placer.
Cambiamos de posición. Me subió a la mesa, mis piernas abiertas, él de pie frente a mí. “Quiero verte cuando te corras”, dijo, mientras volvía a entrar en mí. Mis uñas se clavaron en sus hombros, y nuestros cuerpos encontraron un ritmo perfecto, sudorosos, desesperados. “Joder, Marcos, me voy a correr…”, gemí, sintiendo cómo el orgasmo crecía en mi interior. “Córrete conmigo, nena”, respondió, su voz rota por el deseo. Y entonces exploté, mi cuerpo temblando mientras él se dejaba ir dentro de mí, sus gemidos mezclándose con los míos en una sinfonía de éxtasis.
Nos quedamos allí, jadeando, con la ciudad como testigo silencioso. “Esto no termina aquí, ¿verdad?”, dijo Marcos, con una sonrisa pícara. Yo reí, todavía temblando. “Ni de coña”, respondí, sabiendo que esa noche era solo el principio.

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