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Mi entrega apasionada al guía turistico en Egipto


MI NOMBRE ES LAURA, Y ESTA ES la historia de cómo un viaje a Egipto, que se suponía iba a reavivar la chispa en mi relación de toda la vida, terminó por encenderme a mí de una forma que nunca imaginé. Había estado con mi novio, Marcos, desde que teníamos 14 años. Éramos esa pareja de un pueblecito de Teruel, donde nuestros padres conservaban ahun la casa de los abuelos, aunque vivimos en Zaragoza, que todos envidiaban: inseparables, con planes de futuro y un amor que parecía eterno. Pero ahora, a los 27 años, pasaba por una crisis emocional y las cosas se estaban enfriado entre los dos. El trabajo, la rutina, las discusiones por tonterías... Estaba desorientada, atrapada en una relación que se sentía más como una costumbre que como una pasión. Decidimos hacer este viaje para reconectar, para inyectar algo de aventura en nuestras vidas. Egipto, con sus pirámides milenarias y el misterio del Nilo, parecía el lugar perfecto. Lo que no sabía era que allí me esperaba Ahmed, un guía turístico egipcio copto de 31 años, cuyo carisma me atraparía como una red invisible, llevándome a una entrega apasionada que cambiaría todo.

Llegamos a 'El Cairo' un caluroso día de mayo. El aire estaba cargado de especias y el bullicio de la ciudad nos envolvió de inmediato. Marcos estaba emocionado con el itinerario: visitas a las pirámides de Giza, un crucero por el Nilo, templos antiguos. Yo intentaba fingir entusiasmo, pero en el fondo me sentía vacía. Llegamos al aeropuerto de el Cairo y nuestro guía, Ahmed, nos recogió subimos al autobús, que nos llevaría al hotel "Ramsés Hilton". Era alto, de piel morena olivácea, con ojos oscuros que brillaban como el ébano y una sonrisa que revelaba dientes perfectos. Su acento español con toques árabes era hipnótico, y vestía una camisa blanca ajustada que marcaba sus músculos forjados por años caminando bajo el sol del desierto. Como copto, pertenecía a una de las comunidades cristianas más antiguas de Egipto, lo que le daba un aire de misterio cultural, mezclado con la hospitalidad egipcia típica.


"Bienvenidos a la tierra de los faraones", nos dijo con esa voz profunda y cálida, extendiendo la mano. Cuando la apreté, sentí un escalofrío. Marcos no notó nada; estaba demasiado ocupado con su cámara. Durante el primer día, mientras recorríamos el Museo Egipcio, Ahmed explicaba sobre las momias de los faraones Tutmosis I,  Amenofis I y II, y la reina faraón Hatshepsut, etc., etc., y sobre los jeroglíficos con una pasión contagiosa. Yo me encontré mirándolo más a él que a las reliquias. Sus manos gesticulaban con gracia, y en un momento, al ayudarme a subir unas escaleras, su toque en mi cintura fue eléctrico. "Cuidado, señorita Laura, el pasado puede ser traicionero", bromeó. Sonreí, sintiendo un cosquilleo que hacía tiempo no experimentaba.

La noche en el hotel fue tensa. Marcos y yo hicimos el amor, pero fue mecánico, sin fuego, yo fingí el orgasmo y el se corrió rapido. Él se durmió inmediatamente, ronquido incluido, mientras yo me quedaba despierta, pensando en Ahmed. Al día siguiente, partimos hacia Giza, la esfinge, sus pirámides venciendo al tiempo. El sol abrasador del desierto hacía que el sudor perlara mi piel bajo mi vestido ligero. Ahmed nos guiaba por las pirámides, contándonos historias de reinas y faraones. En un momento, mientras Marcos se alejaba para tomar fotos, Ahmed y yo nos quedamos solos junto a la Esfinge. "Egipto despierta deseos antiguos", murmuró, mirándome fijamente. Sus ojos bajaron a mi escote, donde una gota de sudor se deslizaba entre mis pechos. Sentí mis pezones endurecerse bajo la tela. "Deseos que uno no sabe que tiene hasta que los siente", respondí, sorprendida por mi audacia.

Esa tarde, durante una pausa en el tour, Ahmed me invitó a un té en una tienda beduina cerca de las pirámides. Marcos estaba exhausto y se quedó en el bus, el calor lo tenía matado. Sentados en cojines bajo una tienda de tela, el aroma a menta, clavo y cardamomo nos envolvió. Hablamos de todo: de mi vida en España, de su fe copta y cómo equilibraba la tradición con la modernidad en una sociedad egipcia conservadora pero llena de contrastes. "Aquí, las mujeres como tú son raras", dijo, rozando mi mano. "Libres, apasionadas". Su dedo trazó un círculo en mi palma, y sentí un pulso entre mis piernas. Era como si el desierto mismo, y el espíritu de Hathor me estuviera seduciendo a través de él.

Al día siguiente iniciamos el crucero por el Nilo,  fue el punto de inflexión. Navegábamos desde Luxor hacia Asuán, con paradas en templos como Karnak y Edfu. Marcos pasaba mucho tiempo en la cabina, quejándose del calor, mientras yo exploraba con el grupo. Ahmed y yo nos encontrábamos en momentos robados: un roce en el pasillo del barco, una mirada prolongada durante la cena. Una noche, después de una visita al Valle de los Reyes, el barco ancló en una zona remota. La luna iluminaba el río, y el aire estaba cargado de humedad. Marcos se había ido a dormir temprano, alegando migraña. Yo salí a la cubierta superior, vestida solo con un camisón ligero, sintiendo la brisa en mi piel.

Ahmed estaba allí, fumando un cigarrillo. "No puedes dormir?", preguntó. Negué con la cabeza. Se acercó, su cuerpo emanando calor. "El Nilo tiene magia, Laura. Despierta lo que duerme dentro". Sus manos se posaron en mis hombros, masajeando suavemente. Gemí sin querer. "Ahmed, no deberíamos...", susurré, pero mi cuerpo se inclinaba hacia él. Me giró hacia el río, pegando su pecho a mi espalda. Sentí su erección presionando contra mi trasero. "Shh, solo siente", murmuró en mi oído, su aliento caliente. Sus manos bajaron por mis brazos, luego subieron a mis pechos, apretándolos sobre la tela. Mis pezones se endurecieron al instante. "Dios, qué tetas tan perfectas", gruñó en árabe mezclado con español, su voz ronca.

Me giré y lo besé, hambrienta. Nuestras lenguas se enredaron en un baile salvaje, saboreando el tabaco y la sal de su piel. Me levantó en sus brazos y me llevó a una zona apartada de la cubierta, detrás de unas sillas. Allí, bajo las estrellas, me tumbó en una hamaca. "Quiero verte desnuda, como una diosa egipcia", dijo, quitándome el camisón. Mis pechos se expusieron al aire nocturno, y él los devoró con la boca, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. "Ah, sí... muerde más fuerte", gemí, arqueando la espalda. Sus manos bajaron a mis bragas, empapadas ya. "Estás tan mojada para mí, Laura. Tu coño me llama".

Me quitó las bragas y hundió su rostro entre mis piernas. Su lengua lamió mi clítoris prominente con maestría, palpitaba sintiendo el roce de la lengua en círculos lentos que me hicieron jadear. "Sabe a miel del Nilo", murmuró, insertando dos dedos en mi coño, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca. "Fóllame con los dedos, Ahmed... más profundo". Mis caderas se movían contra su boca, el placer construyéndose como una tormenta. "Vas a correrte en mi lengua, putita mía", gruñó, acelerando. El orgasmo me golpeó como una ola, gritando su nombre mientras mi cuerpo convulsionaba mientras me vaciaba.

No me dio tiempo a recuperarme. Se desabrochó los pantalones, revelando su polla gruesa y venosa, erecta como una columna egipcia lotiforme. "Mírala, es para ti", dijo, guiando mi mano. La acaricié, sintiendo su calor pulsante. Me arrodillé y la tomé en la boca, chupando la cabeza mientras mis manos masajeaban sus testículos. "Joder, qué boca tan caliente... trágatela toda". Empujó en mi garganta, follando mi boca con ritmo. Saliva goteaba por mi barbilla, pero no paré hasta que sentí sus venas hincharse.

Me levantó y me colocó a cuatro patas en la hamaca, el Nilo como testigo. "Voy a follarte como una reina", dijo, penetrándome de un empujón. Su polla me llenó por completo, estirándome deliciosamente. "¡Oh, Dios, qué grande eres! Fóllame duro, Ahmed". Empezó a bombear, sus caderas chocando contra mi culo. "Tu coño es tan apretado... me aprieta como una virgen". Cambiamos a misionero, mis piernas sobre sus hombros, permitiendo penetraciones profundas. "Mírame mientras te follo, dime que eres mía". "Soy tuya, Ahmed... clávamela hasta el fondo". El sudor nos cubría, y el olor a sexo se mezclaba con el río.

Luego, me sentó en su regazo, cabalgándolo. Mis pechos rebotaban, y él los chupaba. "Rebota en mi polla, zorra...encelada... hazme correr". Aceleré, sintiendo otro orgasmo acercarse. "Me vengo, Ahmed... ¡fóllame más!". Gritamos juntos, su semen caliente llenándome mientras mi coño se contraía alrededor de él. "Toma mi leche, Laura... toda dentro".

Nos vestimos rápido, jadeantes. "Esto es solo el comienzo", susurró. Y lo fue. Al día siguiente, en el Templo de Karnak, nos escabullimos a una cámara lateral, rodeados de columnas antiguas. Ahmed me pegó contra una pared, levantando mi falda. "Aquí, donde los dioses nos ven", dijo, penetrándome de pie, una pierna mía alrededor de su cintura. "Siente cómo te empalo, mi diosa Sekhmet". Folábamos rápido, sus embestidas salvajes. "Dime guarradas, Ahmed". "Tu coño es un paraíso, lo voy a destrozar". Me corrí mordiendo su hombro para no gritar.

En Asuán, durante una visita al mercado, fingimos perdernos. En un callejón estrecho, me arrodilló y le hice una mamada profunda. "Trágatela, puta española... hasta las bolas". Eyaculó en mi boca, y tragué cada gota. "Buena chica".

La culminación fue en Abu Simbel, los templos excavados en la roca. Mi novio se quedó en el hotel, enfermo del estómago, había pillado un virus estomacal. Ahmed y yo exploramos solos. En una sala oscura, me tumbó en el suelo polvoriento. "Desnúdate para mí". Lo hice, extendiendo las piernas. Me lamió el coño hasta que supliqué. Luego, en posición de cucharita, me penetró por detrás, una mano en mi clítoris. "Fóllame el culo también", pedí, excitada. Untó saliva y entró despacio. "Qué culo tan apretado... voy a rellenarlo". Dolía al principio, pero el placer fue intenso. "¡Sí, Ahmed, rómpeme el culo!". Cambiamos a vaquera invertida, yo controlando el ritmo anal. "Móntame, zorra... cabalgame hasta que me corra". Sus guarradas me encendían: "Eres como una puta de taberna de cerveza, mi puta egipcia ahora, que solo te abres para mí...correte golfa". Orgasmeé con él dentro, gritando obscenidades. Nunca mi novio me había follado así.

De vuelta en el barco, esa noche, nos encontramos en su cabina. Hicimos el amor en la cama, explorando cada postura. En 69, chupándonos mutuamente. "Lame mi polla mientras te como el coño". Luego, en perrito, azotando mi culo. "Te gusta duro, eh? Toma". En loto, cara a cara, besándonos mientras follábamos lento. "Te quiero dentro siempre, Ahmed". Culminamos en un orgasmo simultáneo, susurrando promesas sucias.

El viaje terminó, pero la pasión no. Regresé con Marcos, pero mi mente estaba en Ahmed. Nos escribimos por WhatsApp, planeando más. Esta entrega apasionada en Egipto me despertó, recordándome que la vida es para vivir sin barreras.

Al año siguiente volví sola a Egipto en una escapada de 4 días, me invitó a su casa del Cairo donde conocí a varias parejas amigas sillas de España. Ya pueden imaginarse los momentos pasionales. Venía a menudo a España, feria del turismo en Madrid y varía escapadas más; durante tres años vivimos nuestra historia, pero tenía que terminar...
... Terminó


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