"Este relato erótico explícito explora temas de sexo con profesor, posturas sensuales como doggy style, cowgirl y misionero, en lugares como sofá, cocina y cama, con diálogos guarrados durante el orgasmo, todo en un contexto moderno y liberal."
MI NOMBRE ES ELENA, TENGO 22 AÑOS y soy estudiante de literatura en la universidad. En este mundo acelerado de 2025, donde las apps de citas y las redes sociales dominan todo, todavía hay espacio para lo inesperado en la vida real. Nunca imaginé que unas simples clases particulares de escritura creativa se convertirían en el relato erótico más intenso de mi vida. Todo comenzó cuando decidí mejorar mis habilidades para un proyecto final. Mi profesor, Marcos, un hombre de 35 años, divorciado y con esa aura de intelectual sexy que me atraía desde el primer mensaje en la app de tutores. Alto, con barba incipiente, ojos oscuros y un cuerpo atlético que se notaba bajo sus camisas ajustadas. Vivía en un apartamento moderno en el centro de la ciudad, y acordamos clases en su domicilio para mayor comodidad. "Será más relajado", me dijo por chat. Yo, con mi moral liberal y sin barreras, no vi problema. Al fin y al cabo, en esta sociedad abierta, el deseo no tiene muros.
Llegué a su puerta un viernes por la tarde, vestida con una falda corta negra que realzaba mis piernas tonificadas del gimnasio, y una blusa blanca semitransparente que dejaba entrever mi sujetador de encaje. Llevaba el pelo suelto, cayendo en ondas sobre mis hombros, y un perfume sutil de vainilla que siempre me hace sentir sensual. Marcos abrió la puerta con una sonrisa cálida, vestido con jeans ajustados y una camiseta que marcaba sus pectorales. "Pasa, Elena. Bienvenida a mi humilde morada", dijo, guiándome a la sala de estar. El lugar era acogedor: un sofá amplio de cuero gris, una mesa baja con libros esparcidos, y una ventana grande que daba a la ciudad bulliciosa. Olía a café recién hecho y a su colonia masculina, una mezcla que ya me ponía nerviosa.
Nos sentamos en el sofá, con la mesa entre nosotros al principio. Empezamos con la lección: analizar un texto erótico de Anais Nin, irónicamente. "El erotismo en la literatura es sobre detalles sensoriales", explicó, su voz grave resonando en la habitación. Mientras hablaba, noté cómo sus ojos se desviaban a mis piernas cruzadas, y un calor sutil comenzó a subir por mi cuerpo. Yo respondía, inclinándome hacia adelante, dejando que mi blusa se abriera un poco más. Era realista: en esta era de empoderamiento femenino, no hay nada malo en flirtear un poco. Pero lo inesperado llegó cuando, al pasar una página, nuestras manos se rozaron. Un chispazo eléctrico. Él se quedó quieto, mirándome fijamente. "Elena, ¿sabes que eres increíblemente distractora?", murmuró, su aliento cálido cerca de mi oreja al inclinarse para señalar una frase.
No pude resistir. Mi moral liberal me impulsaba: "¿Distractora en qué sentido, profesor?", respondí con una sonrisa juguetona, cruzando las piernas de nuevo para que mi falda subiera un poco. Él se rió suavemente, pero sus ojos ardían. "En el sentido de que me haces pensar en cosas que no debería con una alumna". El aire se cargó de tensión sexual. Sin palabras, me acerqué más, y él no se apartó. Nuestros labios se encontraron en un beso inesperado, suave al principio, pero rápidamente ardiente. Su lengua exploraba la mía con urgencia, y mis manos se enredaron en su pelo. "Dios, Elena, llevas semanas volviéndome loco", confesó entre besos, mientras sus manos bajaban a mi cintura, atrayéndome hacia él.
Nos levantamos del sofá, aún besándonos, y él me guio hacia la pared de la sala. Mi espalda contra el muro fresco, sus manos subiendo por mis muslos bajo la falda. "Eres tan suave", gruñó, mordisqueando mi cuello. Yo gemí, sintiendo mi excitación crecer. "Tócame, Marcos. No pares", le supliqué, mi voz ronca de deseo. Sus dedos encontraron mi ropa interior, apartándola con maestría, y comenzaron a acariciar mi clítoris hinchado. Era sensual, ardiente; cada roce enviaba ondas de placer por mi cuerpo. Me arqueé contra él, frotándome contra su mano. "Estás tan mojada, joder", dijo, su voz llena de lujuria. "Me encanta cómo respondes".
Lo empujé hacia el sofá, tomando el control. En esta sociedad moderna, las mujeres no esperamos; actuamos. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su erección dura presionando contra mí a través de los jeans. "Quítate la camiseta", ordené, y él obedeció, revelando un torso definido con vello justo en el pecho. Besé su cuello, bajando por su pecho, lamiendo sus pezones endurecidos. Él jadeaba, sus manos en mis caderas, guiándome para que me frotara contra él. "Elena, eres una diosa. Sigue así, me estás matando". Desabroché su pantalón, liberando su polla gruesa y venosa, palpitante de deseo. La tomé en mi mano, acariciándola lentamente, sintiendo cómo se endurecía más. "Mira lo que me haces", murmuró, mirándome con ojos oscuros.
Me arrodillé frente al sofá, en el suelo alfombrado de la sala, y lo tomé en mi boca. Era explícito, sensual: lamí la punta, saboreando el liquido preseminal (precum salado, luego lo succioné profundo, mi lengua girando alrededor. Él gemía fuerte, sus manos en mi pelo. "Joder, Elena, chúpamela así. Eres una experta en esto". Yo respondía con gemidos vibrantes, acelerando el ritmo, sintiendo mi propia humedad empapando mis bragas. "Me encanta tu polla, Marcos. Tan dura para mí". Subí y bajé, tomándolo hasta la garganta, mientras él empujaba suavemente sus caderas.
No pudimos esperar más. Me levantó, quitándome la blusa y el sujetador en un movimiento fluido. Mis pechos libres, pezones erectos, y él los devoró con su boca, succionando uno mientras pellizcaba el otro. "Tus tetas son perfectas, tan firmes", dijo entre lamidas. Yo me quité la falda y las bragas, quedando desnuda ante él. Él se despojó de los jeans, y nos tumbamos en el sofá amplio. Empezamos en misionero: yo debajo, piernas abiertas, él penetrándome lentamente. "Dios, estás tan apretada", gruñó al entrar, centímetro a centímetro, llenándome por completo. El placer era intenso, ardiente; cada embestida golpeaba mi punto G. "Fóllame más fuerte, profesor. Quiero sentirte profundo", le dije, clavando mis uñas en su espalda.
Hablábamos sin parar, guarradas que aumentaban el fuego. "Eres una puta alumna caliente, Elena. Te voy a follar hasta que grites". Yo respondía: "Sí, soy tu puta. Dame esa polla grande, hazme correr". Cambiamos de postura: me puse de espaldas en el sofá, a cuatro patas, y él me penetró por detrás, estilo perrito (doggy style). Sus manos en mis caderas, embistiendo con fuerza, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. "Mira ese culo perfecto. Te voy a rellenar", decía, azotándome suavemente. Yo empujaba hacia atrás, sintiendo cada golpe. "Más, Marcos. Fóllame el coño como si fuera tuyo". El orgasmo se acercaba; mis gemidos se volvieron gritos. "Me vengo, joder, me vengo en tu polla". Él aceleró: "Córrete para mí, puta. Siente cómo te lleno".
Después del primer clímax, nos movimos a la cocina, que estaba adyacente a la sala. Era excitante, realista: en el mundo de hoy, el sexo no se limita a la cama. Me sentó en la encimera de granito fría, piernas abiertas, y me lamió el coño con avidez. Su lengua experta en mi clítoris, dedos dentro de mí curvados hacia arriba. "Sabes deliciosa, Elena. Tu jugo es adictivo". Yo gemía, tirando de su pelo: "Come mi coño, profesor. Hazme eyacular (squirtear)". Él succionaba, lamiendo rápido, y yo exploté de nuevo, mi cuerpo temblando.
Luego, en la encimera misma, me penetró de pie, mis piernas alrededor de su cintura. Postura del misionero elevado: él sosteniéndome, embistiendo profundo. "Te voy a follar aquí mismo, en mi cocina", gruñía. "Sí, fóllame como una perra en celo", respondí, besándolo con pasión. Sus embestidas eran potentes, el sudor cubriéndonos. Cambiamos: me dio la vuelta, de espaldas contra la encimera, y me folló por detrás, mis tetas presionadas contra el granito. "Tu coño aprieta tanto, Elena. Voy a correrme dentro". "Hazlo, lléname de leche caliente", supliqué.
Nos dirigimos al dormitorio, el lugar más íntimo. Su cama king size con sábanas suaves de algodón egipcio. Me tumbé boca arriba, y él se posicionó en 69: su polla en mi boca, su lengua en mi coño. Era sensual, mutuo placer. "Chúpame mientras te como, guarra". Yo succionaba voraz: "Tu polla sabe a mí, me encanta". Lamíamos y chupábamos, gimiendo al unísono. Luego, en posición vaquera (cowgirl): me monté sobre él, cabalgando su polla, mis manos en su pecho. Subía y bajaba, girando las caderas. "Mira cómo reboto en tu verga, profesor". Él pellizcaba mis pezones: "Cabalga más fuerte, puta. Siente cómo te estiro".
Reverse la postura vaquera: de espaldas, mi culo hacia él, rebotando. Sus manos azotando mis nalgas. "Ese culo es mío. Fóllate en mi polla". "Sí, soy tu zorra, dame más". El orgasmo llegó en oleadas; yo gritaba: "Me corro, joder, me corro tanto". Él se unió: "Toma mi semen, Elena. Llénalo todo".
Pero no terminamos ahí. En el baño, bajo la ducha caliente, el agua cayendo sobre nosotros. Me apoyó contra los azulejos, penetrándome de pie, mis piernas levantadas. "Te voy a follar bajo el agua, mojada por dentro y por fuera". "Sí, métemela profunda, hazme gritar". Hablábamos guarradas: "Eres un profesor sucio, follándote a tu alumna". "Y tú una alumna cachonda, pidiendo verga".
Volvimos a la cama para el final. En spooning: él detrás de mí, penetrándome lateralmente, su mano en mi clítoris. "Siente cómo te lleno, Elena". "Más, no pares, voy a explotar". Orgasmo simultáneo: "Me vengo, puta, toma todo". "Sí, córrete dentro, lléname".
Agotados, nos tumbamos, riendo. "Esto fue inesperado, pero increíble", dije. Él sonrió: "La mejor clase particular". En esta sociedad liberal de 2025, el deseo no tiene barreras. Y así terminó mi relato erótico realista, lleno de pasión ardiente.

Comentarios
Publicar un comentario