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Luisa y la noche que lo cambio todo #Mary #Love

EL AIRE DE LA NOCHE MADRILEÑA ERA ESPESO, cargado de un calor húmedo que se adhería a la piel como una caricia indiscreta. Luisa, de 47 años, se contemplaba en el espejo de su dormitorio, la luz suave de la lámpara de mesa acariciando cada curva de su cuerpo. No era una mujer de portada de revista, y lo sabía. Sus caderas anchas, sus muslos gruesos y su culo voluptuoso eran un desafío a los cánones de belleza que inundaban las redes sociales en 2025. Pero Luisa había aprendido a amar su cuerpo: sus pechos llenos, su vientre suave y, sobre todo, su coño carnoso, un secreto que guardaba con orgullo, aunque pocos hombres habían tenido el privilegio de descubrirlo. “No saben lo que se pierden”, murmuró, deslizando las manos por sus caderas, sintiendo la carne cálida bajo sus dedos. Se puso una bata de satén negro, tan fina que apenas ocultaba las formas que la hacían sentir poderosa, y dejó que el tejido resbalara contra su piel como una promesa. Hacía dos días que había acogido a Dawit en su casa. Dawit, un joven de 21 años originario de Eritrea, había llegado a España buscando un futuro mejor, huyendo de la rigidez de un país donde la juventud a menudo se ve atrapada en el servicio militar indefinido. Eritrea, esa tierra antigua asociada en las leyendas con la Reina de Saba, la mítica Maqueda cuya belleza y sabiduría habían cautivado a Salomón, parecía haberle dado a Dawit un eco de ese legado: una presencia magnética, profunda, como si llevara en su sangre los secretos de reinas olvidadas. Luisa, con su corazón grande y su piso vacío desde que sus hijos se fueron a estudiar fuera, se había apuntado a un programa de acogida para migrantes. No lo hacía solo por altruismo; quería vida en su hogar, risas, alguien con quien compartir el café de la mañana. Pero cuando vio a Dawit por primera vez, descargando su maleta en la entrada del edificio, algo dentro de ella se agitó. Era alto, con un cuerpo de ébano que parecía esculpido por un artista: pectorales definidos que se marcaban bajo su camiseta ajustada, brazos fuertes y una presencia que exudaba una mezcla de fuerza y dulzura. Sus ojos oscuros, profundos como las cuevas de Axum donde se decía que reposaban los arca de la Alianza, la miraron con una calidez que la desarmó. “Gracias, Luisa, por darme un hogar”, dijo, y su voz, grave y ligeramente áspera con el acento tigrinya que aún persistía, le provocó un cosquilleo que no sentía desde hacía años.


La primera noche fue tranquila, casi formal. Luisa le mostró el piso, le explicó cómo usar la cafetera y le dijo que podía moverse por la casa con libertad. Dawit, educado y algo reservado, le agradeció con una sonrisa que la hizo sentir como si fuera la única mujer en el mundo. Habló un poco de su tierra, de las montañas escarpadas de Eritrea, de las historias que su abuela le contaba sobre la Reina de Saba, esa figura legendaria que, según las tradiciones locales, había gobernado desde las tierras altas de lo que hoy es su país. Luisa escuchaba fascinada, imaginando a Dawit como un descendiente de esos guerreros y reinas, con una herencia que lo hacía aún más irresistible. Pero la segunda noche… la segunda noche fue un incendio. Luisa estaba en la cocina, cortando patatas para una tortilla, cuando Dawit entró. Llevaba una camiseta sin mangas que dejaba al descubierto sus hombros anchos y unos pantalones de chándal grises que marcaban cada línea de su cuerpo. Sus ojos traicioneros se deslizaron hacia la entrepierna de Dawit, donde la tela se adhería a algo que prometía ser imponente, una protuberancia que sugería la potencia de un linaje antiguo. “Contrólate, Luisa”, se reprendió en silencio, apretando el cuchillo con más fuerza de la necesaria, pero su mente ya vagaba hacia fantasías prohibidas, hacia la idea de que ese cuerpo, forjado en las duras tierras eritreas, pudiera reclamar el suyo. —¿Te ayudo? —preguntó él, su voz como un ronroneo que vibró en el aire, evocando los ecos de cantos tradicionales que había mencionado la noche anterior. —No, tranquilo, ya casi termino —respondió ella, sintiendo un calor subirle por el cuello. Se giró para ocultar el rubor, pero no pudo ignorar la forma en que él la miraba, con una intensidad que no era descarada, sino profundamente curiosa, como si estuviera desentrañando un misterio, tal vez comparándola en secreto con las mujeres fuertes y curvilíneas de su tierra natal. Cenaron juntos, la mesa llena de pequeños roces accidentales: sus dedos al pasarse el pan, sus rodillas rozándose bajo la madera. Cada contacto era una chispa, y Luisa sentía que su cuerpo despertaba de un letargo que había durado demasiado. Dawit hablaba de su pueblo, de las playas del Mar Rojo donde las leyendas de la Reina de Saba se entretejían con el oleaje, de los colores del mercado de Asmara, y ella se perdía en su voz, en la forma en que sus labios se movían, carnosos y tentadores, imaginando cómo se sentirían contra su piel. La tensión entre ellos era palpable, un hilo invisible que se tensaba con cada mirada, con cada risa, como si el aire mismo estuviera cargado de la mística eritrea que él traía consigo. Cuando terminaron, Luisa recogió los platos, pero Dawit insistió en lavar. Ella se quedó apoyada en la encimera, observándolo. El agua resbalaba por sus manos fuertes, y los músculos de sus antebrazos se tensaban con cada movimiento, recordándole las historias de guerreros etíopes y eritreos que había leído una vez. Su cuerpo era un mapa de fuerza y suavidad, y Luisa sintió un calor líquido crecer entre sus piernas, humedeciendo sus bragas con una anticipación que la avergonzaba y excitaba. No podía seguir negándolo. Lo quería. Lo quería con una urgencia que la asustaba y la excitaba a partes iguales, como si el espíritu de Maqueda misma la impulsara a reclamar lo que deseaba. —Dawit —dijo, su voz temblando pero decidida—. Quiero decirte algo. Él se giró, secándose las manos, y la miró con esos ojos que parecían atravesarla, ojos que guardaban los secretos de un desierto ancestral. —¿Qué pasa, Luisa? Ella respiró hondo, sintiendo el corazón martillearle en el pecho. —Sé que soy mayor que tú. Sé que no tengo el cuerpo de una modelo. Pero no puedo fingir más. Te deseo. Quiero que me hagas tuya. Quiero que me folles como nunca me han follado, que me hagas sentir como una reina en tu tierra perdida. El silencio que siguió fue eléctrico. Luisa sintió que el suelo se abría bajo sus pies, que su confesión había sido demasiado cruda, demasiado expuesta en un mundo donde las mujeres como ella rara vez se atrevían a reclamar su deseo. Pero entonces Dawit sonrió, una sonrisa lenta y ardiente que le derritió las entrañas, una sonrisa que parecía heredada de los labios de la Reina de Saba en las ilustraciones antiguas. —Luisa —dijo, acercándose hasta que sus cuerpos casi se tocaban, su aliento cálido contra su rostro—, no tienes idea de cuánto te deseo. Eres una mujer real, hermosa, llena de vida, como las diosas de mi tierra. Y voy a hacer que lo sientas, como si fueras Maqueda renacida en mis brazos. Antes de que ella pudiera responder, él la besó. Sus labios eran cálidos, firmes, y el beso comenzó suave, exploratorio, pero pronto se volvió voraz, sus lenguas entrelazándose en una danza húmeda y urgente. Luisa gimió contra su boca, sus manos deslizándose por los hombros de Dawit, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la piel suave como terciopelo, piel que olía a jabón y a un leve aroma de tierra roja, evocando las colinas eritreas. Él la atrajo hacia sí, sus manos grandes y seguras en su cintura, apretando su carne suave, y ella sintió su erección presionando contra su vientre, dura y prometedora, una vara de ébano que latía con vida propia. —Vamos a mi habitación —susurró ella, su voz ronca de deseo, tirando de su mano como si no pudiera esperar un segundo más. Dawit asintió, sus ojos brillando con un hambre que la hizo estremecer, un fuego primal que parecía arder desde las profundidades de su herencia africana. En el dormitorio, la luz de la luna se colaba por la ventana, bañando la habitación en un resplandor plateado que hacía que la piel de Dawit pareciera brillar como obsidiana pulida. Luisa desató su bata, dejándola caer al suelo con un susurro de tela. Quedó en un conjunto de encaje negro, las bragas ajustadas marcando la curva de su coño carnoso, ya hinchado y húmedo por la anticipación. Por un instante, la inseguridad la pinchó —sus estrías, su vientre redondo—, pero la mirada de Dawit la disolvió. Sus ojos recorrían su cuerpo como si fuera una obra de arte, deteniéndose en sus muslos gruesos, en el arco de su culo, en el bulto de su entrepierna. Cuando habló, su voz era un gruñido suave, cargado de acento. —Eres perfecta, Luisa. Cada curva, cada centímetro. Eres una diosa, como la Reina de Saba que mis ancestros veneraban. Déjame adorarte. Ella se sonrojó, pero su deseo era más fuerte que cualquier vergüenza. Se tumbó en la cama, el colchón cediendo bajo su peso generoso, y lo miró con una mezcla de desafío y súplica, abriendo ligeramente las piernas para invitarlo. Dawit se quitó la camiseta con un movimiento fluido, revelando un torso que parecía esculpido en obsidiana: pectorales definidos, con pezones oscuros y erectos; abdominales marcados que formaban una V perfecta descendiendo hacia su cintura; una línea de vello negro y rizado que bajaba como una flecha hacia lo prohibido. Con una lentitud que la torturaba, se despojó de los pantalones y la ropa interior, dejando al descubierto su polla: larga, al menos 20 centímetros de grosor venoso, la cabeza bulbosa y morada brillando con una gota de precúm, pulsante como un corazón vivo. Era magnífica, imponente, y Luisa apretó los muslos, sintiendo su coño contraerse de anhelo. Se arrodilló entre sus piernas, sus manos recorriendo sus muslos con una reverencia que la hizo temblar, sus palmas ásperas por el trabajo manual contrastando con la suavidad de su piel. —En mi pueblo, en las tierras de Eritrea donde se dice que nació Maqueda —dijo, su voz baja y cargada de intención, sus dedos trazando círculos en la cara interna de sus muslos—, los hombres aprendemos a dar placer como un ritual. Es un arte, una danza entre cuerpos, transmitida de generación en generación, para honrar a las mujeres como tú. Déjame mostrártelo, déjame hacerte mía con el fuego de mi tierra. Luisa asintió, su respiración entrecortada, el pecho subiendo y bajando con agitación. Dawit comenzó con besos, primero en su boca, chupando su labio inferior hasta que ella gimió; luego en su cuello, mordisqueando la piel sensible hasta dejar marcas rojas; descendiendo hasta sus pechos. Desabrochó su sujetador con dedos hábiles, liberando sus tetas pesadas, los pezones ya duros como guijarros. Las besó, lamió los aureolas amplias con la lengua plana, succionó los pezones con una succión rítmica que enviaba descargas directas a su clítoris, arrancándole gemidos que resonaban en la habitación como plegarias. Sus manos amasaban sus tetas, pellizcando suavemente, mientras su boca bajaba por su vientre, besando cada estría como si fueran runas sagradas. Pero fue cuando llegó a su entrepierna que Luisa entendió lo que él quería decir con “ritual ancestral”. Dawit deslizó sus bragas hacia abajo con delicadeza, exponiendo su coño: labios mayores hinchados y rosados, cubiertos de un vello oscuro y rizado, el clítoris asomando como una perla erecta, y un hilo de humedad que brillaba en la luz lunar. Lo miró con una mezcla de adoración y hambre, inhalando su aroma almizclado, terroso y dulce. —Hermosa —murmuró, antes de inclinarse, su aliento cálido contra su piel sensible. Su lengua trazó círculos lentos alrededor de su clítoris, sin prisa, lamiendo con la punta plana como si saboreara miel de las colmenas de las highlands eritreas. Luisa arqueó la espalda, sus manos aferrando las sábanas, las uñas clavándose en la tela. Él alternaba entre lamidas suaves y succiones precisas, metiendo la lengua en su entrada para saborear su jugo, sus dedos —dos gruesos y callosos— explorando su interior, curvándose para presionar el punto G con una maestría que la hacía jadear. Cada movimiento era deliberado, como si estuviera tejiendo un hechizo, alternando ritmos rápidos y lentos, succionando su clítoris mientras sus dedos follaban su coño con un vaivén hipnótico. La llevaba al borde del orgasmo y se detenía, soplando aire fresco sobre su carne hinchada, dejándola temblando, suplicando, su coño palpitando vacío. —Dawit, por favor… fóllame, no aguanto más —gimió, su voz rota de deseo, las caderas elevándose en busca de su boca. Él levantó la mirada, sus labios brillando con su humedad, la barbilla húmeda de sus jugos. —Paciencia, mi reina. Esto es solo el comienzo. Siente el ritmo de mi tierra, siente cómo te despierto. Volvió a ella con renovado fervor, introduciendo un tercer dedo para estirarla, mientras su lengua azotaba su clítoris en círculos furiosos. Luisa sintió el orgasmo construir, un nudo apretado en su vientre que se expandía como una tormenta del Sahel. Gritó cuando llegó, su coño contrayéndose alrededor de sus dedos, chorros de placer escapando en pulsos calientes que empaparon las sábanas y la mano de Dawit. Pero él no se detuvo; prolongó el clímax con lamidas suaves, sus dedos moviéndose en ondas suaves, hasta que el placer se convirtió en una ola interminable. Cuando finalmente la penetró, Luisa estaba al borde de la locura, su cuerpo un arco tenso de necesidad. Dawit se colocó sobre ella, su polla erguida como una lanza real, guiándola con una mano mientras con la otra le acariciaba el rostro, apartando un mechón de cabello sudoroso. —Mírame —ordenó, su voz un mando suave, y ella obedeció, perdiéndose en sus ojos mientras él se deslizaba dentro de ella, centímetro a centímetro, su grosor estirándola hasta el límite delicioso. Su coño, húmedo y ardiente, lo acogió con avidez, los labios envolviéndolo como un guante carnoso, y la sensación de plenitud fue tan intensa que Luisa gritó, sus paredes internas palpitando alrededor de su longitud. Dawit se movía con una cadencia hipnótica, profunda, como si estuviera siguiendo un ritmo ancestral, tal vez el pulso de tambores tigray que resonaban en las fiestas de su infancia. Cada embestida tocaba un punto dentro de ella que la hacía estremecer —el fondo de su coño, donde el placer se acumulaba como un río desbordado—, sus manos aferradas a sus hombros anchos, sus uñas clavándose en su piel, dejando surcos rojos. Él variaba el ángulo, saliendo casi por completo para volver a hundirse con fuerza, sus bolas pesadas golpeando su culo con un sonido húmedo y obsceno. El placer crecía, un incendio que se expandía desde su centro hacia cada rincón de su cuerpo: sus pezones rozando su pecho velludo, sus muslos envolviendo sus caderas estrechas, su clítoris frotándose contra su pubis en cada thrust. Y entonces, el orgasmo la golpeó. No fue un clímax breve, sino una ola interminable, un placer que iba y venía en pulsaciones que la hacían convulsionar como poseída. Gritó, su voz resonando en la habitación como un lamento de diosa, mientras su coño se contraía alrededor de él en espasmos rítmicos, ordeñándolo, empapándolo con una inundación de jugos que corrían por sus muslos. Durante más de cuatro minutos, el éxtasis la poseyó: oleadas que subían y bajaban, haciendo que sus ojos se pusieran en blanco, su cuerpo arquearse en arcos imposibles, gimiendo como una perra en celo, suplicando más incluso mientras lágrimas de placer rodaban por sus mejillas. Era como si Dawit hubiera desatado algo primordial en ella, un torrente de sensaciones que la dejaba sin aliento, su coño palpitando en ecos interminables. Dawit no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su orgasmo con embestidas lentas y profundas, susurrando en tigrinya palabras que sonaban como encantamientos —“N’gella, n’gella”, repetía, que Luisa más tarde aprendería que significaba “mía, mía”—. Cuando finalmente él alcanzó su clímax, gruñó como un león de las sabanas, su cuerpo tensándose, los músculos de su espalda ondulando bajo sus manos, mientras se derramaba dentro de ella, chorros calientes y abundantes que llenaban su coño hasta rebosar, goteando por su culo en riachuelos pegajosos. Colapsaron juntos, sudorosos, jadeantes, sus cuerpos entrelazados, su polla aún semi-dura dentro de ella, pulsando con las réplicas. Luisa, con lágrimas de placer en los ojos, lo miró, su pecho agitado. —Nunca… nunca había sentido algo así. Me has vuelto loca, Dawit. Como si hubieras invocado a esa reina tuya en mí. Él sonrió, besándola suavemente en los labios hinchados, su lengua lamiendo el sudor de su cuello. —Esto es solo el comienzo, Luisa. Hay mucho más que quiero darte, rituales que te harán gritar hasta el amanecer. En mi tierra, el placer es un viaje, no un destino. La noche se alargó, un torbellino de deseo que parecía no tener fin. Dawit la tomó de nuevo, poniéndola a cuatro patas sobre la cama, sus rodillas hundiéndose en el colchón empapado. Agarró sus caderas anchas con manos firmes, separando sus nalgas para admirar su culo redondo y carnoso, el ano rosado guiñando entre ellos. Escupió en su mano y lubricó su polla antes de hundirse en su coño desde atrás, el ángulo profundo golpeando su cervix con cada embestida brutal. Luisa gritó, empujando hacia atrás, su culo rebotando contra su pubis, el sonido de carne contra carne llenando la habitación. Él azotó suavemente sus nalgas, dejando huellas rojas que ardían deliciosamente, mientras una mano se deslizaba bajo ella para frotar su clítoris hinchado. Otro orgasmo la sacudió, más corto pero feroz, haciendo que su coño chorree sobre sus bolas. Luego, la montó sobre él, sentándose en el borde de la cama. Luisa cabalgó su polla con avidez, sus muslos gruesos flexionándose, sus tetas rebotando pesadamente mientras subía y bajaba, su coño tragándoselo entero hasta la base. Dawit chupaba sus pezones, mordiéndolos suavemente, sus manos guiando sus caderas en un ritmo frenético. Ella se corrió de nuevo, clavando las uñas en su pecho, su jugo empapando sus muslos unidos. Él la volteó, follándola de lado, una pierna sobre su hombro para penetrarla más hondo, sus dedos explorando su ano en círculos tentadores, prometiendo placeres futuros. Horas después, exhaustos pero insaciables, se tumbaron en un enredo de sábanas revueltas. Dawit la penetró una vez más, lento y tierno esta vez, sus cuerpos moviéndose en una sincronía perfecta, culminando en un clímax compartido donde él se derramó en su interior con un gemido gutural, y ella se estremeció en ondas suaves, su coño ordeñándolo hasta la última gota. A la mañana siguiente, mientras preparaban el café en la cocina soleada, Luisa lo miró, su cuerpo aún vibrando con los ecos de la noche, moretones suaves en sus caderas como medallas de su rendición. —No sé qué me hiciste, Dawit, pero quiero más. Mucho más. Quiero aprender todos tus rituales, sentir esa Eritrea en mi piel cada noche. Él rió, su mano rozando la suya sobre la encimera, sus dedos entrelazándose con una promesa tácita. —Y lo tendrás, mi reina. Todo lo que desees. Como Maqueda, gobernarás mi deseo. Y así, en el corazón de Madrid, bajo el cielo de septiembre de 2025, Luisa descubrió que las leyendas antiguas podían cobrar vida en la carne, en el sudor y en el placer compartido con un hombre que llevaba el fuego de Eritrea en sus venas.

por: © Mary Love

Mary Love (@tequierodori) / X

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