ERA UNA TARDE CALUROSA DE VERANO en el Madrid de los años 70, cuando el sol se filtraba a través de las persianas entreabiertas de la vieja casa de Don Alfredo. Yo, Lucía, tenía apenas 22 años, una joven estudiante de literatura en la universidad, con el pelo negro azabache cayendo en ondas sobre mis hombros y un cuerpo curvilíneo que empezaba a descubrir su poder seductor. Don Alfredo, mi vecino viudo de 55 años, era un hombre distinguido, con esa aura de autoridad que venía de su pasado como profesor de historia en un colegio católico. Alto, con canas en las sienes y una mirada penetrante que siempre me hacía sentir expuesta, como si pudiera leer mis pensamientos más ocultos. Nuestra relación había empezado inocentemente: yo le ayudaba con las tareas del hogar a cambio de unas monedas y conversaciones profundas sobre libros y vida. Pero pronto, esas charlas se volvieron íntimas, cargadas de insinuaciones, hasta que una noche, meses atrás, me había seducido en su salón, follando por primera vez sobre el sofá de terciopelo rojo, con una pasión que me dejó temblando y adicta a su toque experto.
En esa sociedad franquista, donde la moral católica apretaba como un corsé, las mujeres como yo éramos educadas para ser recatadas, vírgenes hasta el matrimonio. Pero yo siempre había sido rebelde, curiosa, atraída por lo prohibido. El sexo con Don Alfredo era mi secreto ardiente, un escape de la rigidez familiar. Mi madre, viuda desde que mi padre murió en un accidente laboral cuando yo tenía 15, era el epítome de la decencia: devota, siempre con su rosario en mano, trabajando como costurera para sacarnos adelante. Nunca imaginé que ella tuviera un lado oculto, salvaje, hasta que encontré ese diario. Todo empezó esa tarde. Don Alfredo había salido a una reunión con viejos amigos, dejándome sola en su casa para limpiar el estudio. Mientras pasaba el plumero por los estantes repletos de libros antiguos –clásicos como "El Quijote" y tomos de historia erótica disfrazados de ensayos–, mi mano rozó un cajón entreabierto en su escritorio de caoba. Curiosa, lo abrí un poco más, y allí estaba: un cuaderno de cuero marrón, desgastado por el tiempo, con las páginas amarillentas y una caligrafía elegante que reconocí como la de él. "Diario Íntimo", decía en la portada, con una fecha que remontaba a los años 50. Mi corazón latió fuerte; sabía que no debía, pero la tentación era irresistible. Me senté en su sillón de cuero, abrí el diario y empecé a leer. Las primeras entradas eran confesiones mundanas: reflexiones sobre su matrimonio fallido, su frustración con la represión sexual de la época. Pero pronto, el tono cambió. Don Alfredo describía encuentros apasionados con mujeres del barrio, secretas amantes que desafiaban las normas sociales. "Anoche, con María, la panadera, en el sótano de su tienda. La puse a cuatro patas sobre los sacos de harina, follándola duro mientras ella gemía mi nombre. Su coño apretado me volvía loco, y cuando se corrió, su jugo empapó el suelo". Leí con los ojos muy abiertos, sintiendo un calor creciente entre mis piernas. Palabras como "follar", "coño", "correrse" saltaban de las páginas, explícitas y sin tapujos, en una era donde el sexo era tabú. Mi mano bajó instintivamente a mi falda plisada, rozando mi ropa interior, ya húmeda. Seguí pasando páginas, devorando detalles de posturas eróticas que nunca había imaginado. "Con Elena, la enfermera, en el parque al atardecer. La senté en mi regazo de espaldas, cabalgándome como una yegua salvaje, mientras yo pellizcaba sus pezones duros. Se corrió gritando, su orgasmo tan intenso que tembló durante minutos". Mi respiración se aceleró; imaginaba a Don Alfredo, con su polla dura y experimentada, dominando a esas mujeres. Pero entonces, llegó la entrada que me dejó helada: "1965, con Carmen y su marido, en su propia cama. Carmen, esa viuda devota –no, espera, en ese entonces aún casada con Pedro–. Un trío inesperado. Pedro me invitó, borracho de vino, a unirme. Folle a Carmen mientras él miraba, luego nos turnamos. La puse en misionero primero, penetrándola profundo hasta que se corrió en chorros, mojando las sábanas. Luego, a cuatro patas, con Pedro follándola por detrás mientras yo le llenaba la boca. Sus gemidos eran música, llamándome 'cabrón' y pidiendo más. El orgasmo compartido fue explosivo". Carmen. Mi madre se llamaba Carmen. El corazón me martilleaba. Revisé las fechas: 1965, yo tenía 12 años entonces, pero recordaba vagamente noches en que mi madre salía "a coser para una amiga" y volvía sonrojada, con el pelo desordenado. Y Pedro era mi padre. ¿Un trío? En nuestra sociedad hipócrita, donde la iglesia dictaba todo, esto era impensable. Pero el diario lo detallaba con crudeza: "Carmen era insaciable. Le encantaba que la llamara 'puta mía' mientras la follaba. En el trío, se corrió tres veces: una con mi lengua en su clítoris, otra con Pedro en su coño y yo en su culo, y la última cabalgando mi polla mientras Pedro la besaba". Sentí un vértigo, una mezcla de shock y excitación. Mi madre, la santa, había sido follada por Don Alfredo, en posturas salvajes, en un trío con mi padre. Imaginé la escena: nuestra casa modesta, la cama matrimonial crujiendo bajo sus cuerpos sudorosos, gemidos ahogados para no despertar a la niña en la habitación contigua. Cerré el diario, pero las palabras ardían en mi mente. Me levanté, temblando, y me miré en el espejo del estudio. Mis mejillas estaban rojas, mis pezones erectos bajo la blusa blanca. Bajé la mano a mi coño, frotándome por encima de las bragas, imaginando a Don Alfredo follándome como a mi madre. "Quiero correrme como ella", pensé. "Quiero que me enseñe, que sea mi maestro en el arte de follar". La idea de una dinámica maestro-alumna me excitó aún más: yo, la joven ingenua, aprendiendo de su experiencia, explorando posturas eróticas prohibidas. Me corrí allí mismo, de pie, con los dedos presionando mi clítoris, gimiendo su nombre en silencio. Don Alfredo volvió esa noche. Lo esperé en su salón, con una copa de vino tinto que había servido de su bodega. Él entró, cansado pero con esa sonrisa pícara al verme. "Lucía, mi niña, ¿qué haces aquí tan tarde?". Me acerqué, besándolo en la mejilla, pero mi mano rozó su entrepierna intencionalmente. "He descubierto algo, Don Alfredo. Tu diario". Su rostro palideció por un segundo, pero luego se endureció con deseo. "Deberías haberlo dejado estar, pero ahora que lo sabes... ¿qué quieres?". Lo miré a los ojos, mi voz temblorosa pero decidida. "Quiero que me folles como a ellas. Como a mi madre. Enséñame, sé mi maestro. Quiero correrme como nunca, explorar todo". Él me tomó de la mano, llevándome a su dormitorio. La habitación era un santuario de lujuria oculta: cama king size con sábanas de seda roja, espejos en las paredes para ver cada ángulo, y un armario con juguetes que solo había visto en revistas prohibidas. "Bien, alumna mía", dijo con voz grave, quitándose la camisa para revelar su pecho velloso y musculoso para su edad. "Empezaremos con lo básico, pero explícito. Desnúdate para mí". Me quité la blusa lentamente, dejando que mis tetas grandes y firmes saltaran libres, pezones rosados endurecidos. Luego la falda, quedando en bragas blancas empapadas. Él se acercó, besándome con hambre, su lengua invadiendo mi boca mientras sus manos amasaban mis tetas. "Eres como tu madre, Lucía. Tan cachonda, tan dispuesta". Lo empujé a la cama, recordando el diario. "Háblame guarro, dime lo que le decías a ella". Él rio, tirándome sobre él. "Puta mía, vas a correrme como una perra en celo". Me sentó en su regazo, de espaldas, como describía con Elena. Su polla, dura y gruesa –al menos 18 centímetros, venosa y palpitante–, presionaba contra mi culo. Bajé mis bragas, guiándola a mi entrada. "Fóllame, maestro. Enséñame a cabalgar". Me penetró lento, estirándome, y empecé a moverme arriba y abajo. "Así, joder, qué coño tan apretado tienes, Lucía. Igual que Carmen cuando la follé la primera vez". Gemí, frotando mi clítoris mientras cabalgaba. "Dime más, cuéntame cómo la hiciste correrse en el trío". Él gruñó, agarrando mis caderas. "La puse a cuatro patas, como una zorra. Pedro le metía la polla en la boca mientras yo la follaba por detrás. Se corrió gritando 'más, cabrones, folladme duro'". Sus palabras me encendieron. Cambiamos postura: me puse a cuatro patas en la cama, mirándonos en el espejo. Él se arrodilló detrás, lamiendo mi coño primero, su lengua experta en mi clítoris hinchado. "Sabe a miel, alumna. Ahora, siente esto". Me penetró de un empujón, follándome profundo. "¡Sí, joder! Fóllame como a mi madre, hazme tu puta". Él aceleró, sus huevos golpeando mi culo. "Eres mi alumna perfecta, Lucía. Di guarradas, excítame". "Tu polla es enorme, me llena el coño, voy a correrme en ella como una perra". El orgasmo me golpeó, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros de jugo salpicando las sábanas. Él no paró, girándome para el misionero, mis piernas sobre sus hombros. "Mira cómo entro en ti, puta. Igual que con Carmen, profundo hasta el fondo". Follamos durante horas, explorando posturas. En el baño, contra la pared, con el agua de la ducha cayendo sobre nosotros –él de pie, yo con una pierna levantada, su polla embistiendo mientras yo gritaba "más rápido, cabrón, hazme correr". En la cocina, sobre la mesa, en 69: yo chupando su polla venosa, saboreando su presemen salado, mientras él devoraba mi coño. "Chupa, alumna, traga mi leche como tu madre". Me corrí en su boca, temblando. Luego, el trío imaginario: usamos un consolador del armario, simulando a mi padre. Él me follaba por detrás mientras yo me penetraba con el juguete. "Imagina que es Pedro, follándote mientras yo te rompo el culo". "Sí, joder, soy vuestra puta, córremeos juntos". Cada orgasmo era más intenso, sus palabras guarras y las mías elevando la excitación. "Eres una zorra insaciable, Lucía. Tu coño me aprieta como un vicio". "Fóllame más, maestro, lléname de leche caliente". Profundizamos nuestra conexión: entre folladas, hablábamos de sus experiencias, yo preguntando detalles, aprendiendo a tocarme, a excitarlo. "Enséñame la postura del loto", le pedí. Nos sentamos enfrentados, yo en su regazo, piernas cruzadas, meciéndonos lento, su polla rozando mi punto G. "Así se corrió tu madre la última vez, gimiendo mi nombre". Me corrí mirándolo a los ojos, nuestra unión más que física –maestro y alumna, amantes prohibidos. Al amanecer, exhaustos pero saciados, yacíamos enredados. "Has aprendido bien, Lucía. Pero hay más diarios, más lecciones". Sonreí, mi mano en su polla flácida, ya endureciéndose de nuevo. "Estoy lista, maestro. Fóllame siempre así". Nuestra dinámica había cambiado: ya no era solo sexo, era una exploración erótica, sensual, ardiente, en una sociedad que nos condenaría, pero que nos hacía libres en la cama.
Días después, la obsesión creció. Volví a su casa cada tarde, ansiosa por más. Una noche, en el jardín trasero, bajo las estrellas –un lugar excitante, con el riesgo de vecinos–, me folló contra el muro de piedra. "A cuatro patas, puta, como en el diario con la jardinera". Me penetró analmente por primera vez, lubricado con aceite, lento al principio. "Relájate, alumna. Tu culo es virgen, pero lo haré tuyo". Gemí de dolor-placer. "Joder, duele pero me encanta. Fóllame el culo como a las otras tías". Él aceleró, una mano en mi coño, frotando. "Di guarradas, excítame". "Soy tu puta anal, lléname el culo de leche, cabrón". Me corrí analmente, un orgasmo nuevo, intenso, gritando ahogado.
Otra vez, en su biblioteca, sobre el escritorio. Postura del misionero invertido: yo encima, de espaldas, controlando el ritmo. "Cabálgame, Lucía, como Carmen en el trío". "Tu polla me llega al útero, joder. Imagina a mi padre mirándonos". Sus gruñidos, mis gemidos, palabras como "coño mojado", "polla dura", elevando todo. Exploramos bondage ligero: me ató las manos con su corbata, follándome de lado, cuchara. "Siente cómo te domino, alumna". "Sí, maestro, soy tuya, fóllame hasta que me corra llorando".
Cada encuentro profundizaba nuestra conexión. Hablábamos de la sociedad: cómo el franquismo reprimía el deseo, pero en privado, la gente follaba con furia. "Tu madre era así, Lucía. Devota en misa, puta en cama". Eso me excitaba más. Leí más del diario: aventuras con tías casadas, orgías en fiestas clandestinas. Quería todo: un día, simulamos un trío con espejos, viéndonos multiplicados. "Mira cómo te follo, puta. Somos tres, cuatro". Me corrí viéndome, excitada por el voyeurismo.
Pasaron semanas. Mi cuerpo cambió: más sensible, orgasmos múltiples. En el parque, un lugar público pero escondido, me folló de pie, falda arriba. "Riesgo excita, ¿verdad?". "Sí, joder, alguien podría vernos. Fóllame rápido". Corridas intensas, palabras guarras susurradas.
Finalmente, una noche en su cama, después de horas follando en todas las posturas –perrito, vaquera, loto, 69–, yacimos. "Has superado a tu madre, Lucía". "Gracias, maestro. Pero quiero más". Nuestra historia continuaba, erótica, explícita, sin fin.

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