MI VIDA CON ALEJANDRO SE HABIA se había transformado en un tapiz de secretos y deseos, una novela erótica viviente que se desplegaba en las sombras del poder político de Madrid. A mis 45 años, como viuda influyente en los círculos políticos y las embajadas, había encontrado en él, el joven atractivo de 25 años que una vez lavaba coches en una gasolinera periférica, un amante que encendía mi fuego interior como nadie antes. Nuestro amor prohibido, teñido de misterio por su pasado familiar entrelazado con el de mi difunto esposo, nos mantenía en un equilibrio precario entre la pasión ardiente y el riesgo de exposición. Pero en esta época, en una España donde las redes sociales y los paparazzi acechaban cada movimiento, esa adrenalina solo avivaba nuestro erotismo. Alejandro ahora formaba parte de mi equipo como asistente personal –un ascenso que disfracé como favoritismo profesional–, permitiéndonos encuentros robados en medio del caos político. Esta continuación de mi historia relata más vivencias sensuales, situaciones excitantes en lugares misteriosos, donde nuestros cuerpos se fundían en un torbellino de placer picante y ardiente.
Todo comenzó a intensificarse unas semanas después de nuestra reconciliación en aquella mansión abandonada. Era finales de agosto, y yo tenía una agenda repleta: una cumbre europea sobre energía renovable en Bruselas, seguida de negociaciones en Barcelona con inversores catalanes. Invité a Alejandro a acompañarme, disfrazándolo como "apoyo logístico". En el vuelo privado, un jet discreto alquilado por un aliado político, el misterio ya se palpaba. La cabina era un capullo de lujo, con asientos de cuero suave y luces tenues que invitaban a la intimidad. Mientras el avión surcaba el cielo nocturno, nos sentamos uno frente al otro, fingiendo revisar documentos. Pero sus ojos oscuros, esos que me habían cautivado en la gasolinera, devoraban mi figura envuelta en un traje sastre ajustado.
"¿Nerviosa por la cumbre?", preguntó, su voz ronca cortando el zumbido de los motores. Sonreí, cruzando las piernas para que mi falda subiera ligeramente, revelando el encaje de mis medias. "No tanto como excitada por este viaje contigo", respondí, mi tono cargado de insinuación. Él se levantó, cerrando la cortina que separaba nuestra sección del piloto, y se arrodilló ante mí. Sus manos, aún con un rastro de callos del trabajo manual, subieron por mis pantorrillas, masajeando con lentitud sensual. "Déjame aliviar esa tensión, Elena", murmuró, besando el interior de mis muslos. El avión vibraba ligeramente, añadiendo un ritmo erótico a sus caricias. Desabrochó mi blusa, exponiendo mis senos maduros, y los devoró con hambre, su lengua girando alrededor de mis pezones endurecidos. Gemí, mis dedos enredándose en su cabello negro, mientras sus dedos se colaban bajo mi falda, rozando mi intimidad ya húmeda a través de la tela fina de mis bragas.
Era un encuentro apasionado en las alturas, un amor misterio que desafiaba la gravedad. Lo empujé hacia el asiento opuesto, montándome a horcajadas sobre él. Sentí su miembro endurecido presionando contra mí, y lo liberé con urgencia, guiándolo dentro de mí en un movimiento fluido. Cabalgué con pasión, mis caderas ondulando en un baile ardiente, mientras el jet se inclinaba en una turbulencia que intensificaba cada embestida. "Estás tan apretada, tan caliente", jadeó Alejandro, sus manos aferrando mis glúteos. Alcanzamos el clímax juntos, mis gritos ahogados por el rugido de los motores, un orgasmo que me dejó temblando en sus brazos. Ese vuelo fue el preludio de un viaje lleno de vivencias eróticas, donde el poder y el placer se entretejían.
En Bruselas, nos alojamos en un hotel histórico cerca del Parlamento Europeo, un lugar misterioso con pasillos laberínticos y habitaciones con techos altos pintados al fresco. La cumbre era un torbellino de discursos y reuniones, pero por las noches, escapábamos a la suite. Una noche, después de una cena con diplomáticos donde fingí indiferencia hacia mi "asistente", regresamos ebrios de vino y deseo. Alejandro me empujó contra la puerta apenas entramos, besándome con fiereza. "Te he deseado todo el día, viuda seductora", gruñó, arrancando mi vestido de cóctel. Me levantó en vilo, llevándome al balcón oculto que daba a un jardín secreto del hotel. El aire fresco de la noche belga contrastaba con el calor de nuestros cuerpos. Me colocó sobre la barandilla, mis piernas envolviéndolo, y me penetró con urgencia, el riesgo de ser vistos añadiendo un picante irresistible.
Sus embestidas eran profundas, rítmicas, mientras sus labios mordisqueaban mi cuello. "Mírame, Elena, siente cómo te lleno", susurró, y yo obedecí, mis ojos clavados en los suyos mientras ondas de placer me invadían. Me corrí primero, mi cuerpo convulsionando contra el suyo, seguido por su liberación caliente dentro de mí. Pero el misterio no tardó en emerger: esa misma noche, mientras yacíamos en la cama del hotel, Alejandro recibió una llamada anónima. "Es sobre mi padre", dijo, su rostro ensombrecido. Alguien de su pasado, quizás un contacto político, le había enviado documentos digitales que vinculaban más directamente a mi esposo con la desaparición. El amor misterio se profundizaba, pero en lugar de separarnos, nos unía en una pasión más intensa.
De Bruselas volamos a Barcelona, donde la idiosincrasia catalana –con su mezcla de independencia política y vitalidad mediterránea– encajaba perfectamente con nuestra relación prohibida. Nos instalamos en una villa privada en las colinas de Montjuïc, un lugar misterioso con vistas al mar y jardines laberínticos que recordaban laberintos antiguos. Durante el día, negociaba con inversores en energías solares, mi mente distraída por recuerdos de Alejandro. Por la tarde, lo encontré en la piscina infinita de la villa, su cuerpo bronceado reluciendo bajo el sol catalán. "Ven aquí", lo llamé, quitándome el bikini con lentitud sensual. Nadamos desnudos, nuestros cuerpos rozándose en el agua tibia, un preludio erótico.
Salimos del agua y nos tendimos en una hamaca oculta entre olivos centenarios. Alejandro me untó con aceite solar, sus manos masajeando mis senos, bajando por mi vientre hasta mi sexo. "Eres tan suave, tan receptiva", murmuró, introduciendo dos dedos en mí mientras su pulgar estimulaba mi clítoris. Gemí, arqueándome, el sol calentando mi piel mientras el placer me invadía. Lo volteé, besando su torso musculoso, bajando hasta su miembro erecto. Lo tomé en mi boca, succionando con devoción picante, saboreando cada pulgada. Luego, me posicioné sobre él en posición de vaquera invertida, guiándolo dentro de mí. El movimiento de mis caderas era ardiente, mis glúteos rebotando contra sus muslos, hasta que ambos explotamos en un éxtasis compartido.
Pero Barcelona trajo más vivencias misteriosas. Una noche, exploramos las Ramblas, disfrazados con gafas de sol y gorras para evitar reconocimiento. Entramos en un club subterráneo, un speakeasy oculto detrás de una librería antigua, conocido solo por iniciados políticos y bohemios. El lugar era un laberinto de salas con luces rojas y música jazz sensual. En una habitación privada, con espejos en las paredes que multiplicaban nuestras imágenes, nos entregamos a un trío de sensaciones: besos, caricias y exploración mutua. Alejandro me ató suavemente las manos con una bufanda de seda, un juego erótico que me excitaba. Besó cada centímetro de mi cuerpo, su lengua trazando patrones en mi piel, hasta llegar a mi intimidad, lamiendo con maestría hasta hacerme suplicar. Luego, me penetró desde atrás, mirándonos en los espejos, el reflejo de nuestra unión ardiente multiplicado infinitamente.
Al día siguiente, el misterio político resurgió. En una reunión con un exministro catalán, mencionó casualmente el nombre del padre de Alejandro. "Un activista valiente, desaparecido en extrañas circunstancias". Mi corazón latió con fuerza; ¿era una pista o una amenaza? Confronté a Alejandro esa noche en la villa, pero en lugar de discutir, nos fundimos en un amor apasionado. Sobre la terraza, bajo la luna llena, me tomó con ternura al principio, sus embestidas lentas y profundas, acelerando hasta un ritmo frenético. "Te amo, Elena, más allá de los secretos", jadeó, y yo respondí con mi cuerpo, envolviéndolo en un orgasmo que nos dejó exhaustos.
Regresamos a Madrid con más secretos a cuestas. En septiembre de ese año, con las elecciones generales aproximándose, mi rol en el círculo político se intensificaba. Alejandro, ahora mi sombra constante, participaba en estrategias de lobby. Nuestros encuentros en la oficina eran situaciones excitantes: en mi despacho del Congreso, con vistas al patio interior, cerrábamos la puerta durante "reuniones privadas". Una tarde, mientras revisábamos informes, sus manos subieron por mi falda bajo el escritorio. "No podemos, alguien podría entrar", susurré, pero el riesgo me excitaba. Sus dedos juguetearon con mi ropa interior, introduciéndose en mí mientras yo fingía leer. Mordí mi labio para contener gemidos, alcanzando un clímax silencioso que me dejó sonrojada.
Otro lugar misterioso fue el sótano del Palacio Real, accesible solo para eventos privados. Durante una gala benéfica, nos escabullimos a las catacumbas olvidadas, un laberinto de piedra fría y ecos históricos. Allí, en la penumbra, Alejandro me presionó contra una pared antigua, levantando mi vestido de gala. Sus labios devoraron mis senos, mientras sus dedos exploraban mi humedad. "Eres mía en estos lugares prohibidos", gruñó, penetrándome con fuerza. El eco de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con el silencio milenario, culminando en un orgasmo que reverberó en las sombras.
El otoño trajo más vivencias. Un fin de semana, escapamos a Toledo, una ciudad misteriosa con su mezcla de culturas y leyendas. En una posada medieval oculta en el casco antiguo, con habitaciones de piedra y camas con dosel, nos perdimos en noches de pasión. Alejandro me vendó los ojos, un juego sensorial que avivaba el erotismo. Sus caricias eran impredecibles: besos en mi cuello, mordiscos en mis muslos, su lengua en mi clítoris hasta hacerme explotar. Luego, lo até yo, cabalgándolo con salvajismo, mis uñas arañando su pecho mientras alcanzábamos el éxtasis.
Pero el misterio familiar escaló. En noviembre, Alejandro encontró más pruebas: correos electrónicos antiguos que implicaban a mi esposo en un encubrimiento. Confrontamos a un viejo aliado mío en una cena privada en un restaurante subterráneo de Madrid, un lugar misterioso con bóvedas de ladrillo. La tensión era palpable, pero esa noche, de regreso en mi ático, transformamos el estrés en deseo. Sobre el sofá de terciopelo, Alejandro me tomó por detrás, sus manos en mis caderas, embistiendo con una mezcla de ira y pasión. "Juntos lo resolveremos", jadeé, corriéndome en ondas intensas.
Diciembre trajo fiestas navideñas en círculos políticos, oportunidades para encuentros robados. En una mansión en las afueras, durante una fiesta de élite, nos escondimos en el invernadero, un oasis misterioso de plantas exóticas y vapor cálido. Desnudos entre las hojas, hicimos el amor en el suelo mullido, sus labios explorando cada curva mía, mi boca devorando su miembro hasta la liberación mutua.
En enero de 2026, un viaje a Sevilla por una conferencia andaluza nos llevó a la Alhambra de noche, un tour privado en sus jardines misteriosos. Bajo las estrellas, en un pabellón oculto, Alejandro me levantó contra una columna nazarí, penetrándome con devoción sensual. El perfume de las flores se mezclaba con nuestro sudor, un clímax que nos unió más.
La primavera trajo resolución al misterio: descubrimos que mi esposo había sido manipulado, no el culpable principal. En una biblioteca antigua de Salamanca, un lugar misterioso de tomos polvorientos, sellamos nuestra victoria con un encuentro apasionado entre estanterías, mis gemidos ahogados por besos.
Hoy, nuestra novela erótica continúa: encuentros en yates en Ibiza, hoteles en París, siempre con misterio y pasión ardiente. Soy la viuda que encontró el amor prohibido, y cada vivencia nos hace más fuertes.
Continuara
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