EL CALOR DEL VERANO EN DOÑA MENCÍA aún se siente en la piel, aunque el sol ya se ha escondido tras los cerros de la Subbética cordobesa. El aroma a olivo y vid impregna el aire, y yo, Clara, camino descalza por la tierra cálida de la viña de mi familia, con una botella de tinto joven en la mano. Esta noche, la finca está silenciosa, salvo por el canto de los grillos y el susurro del viento entre las cepas. He quedado con Javier, el bodeguero que lleva semanas lanzándome miradas que queman más que el sol de agosto.
Llego al pequeño cobertizo de madera al fondo de la viña, donde guardamos las herramientas y, a veces, nos escondemos del mundo. Javier ya está allí, con su camisa blanca desabrochada, el pecho bronceado brillando bajo la luz de la luna. Me sonríe, con esa mezcla de picardía y deseo que me hace estremecer. “Clara, ¿has traído el vino o solo vienes a provocarme?”, dice, acercándose. Su voz es grave, como un trueno lejano.
No respondo con palabras. Me acerco, dejo la botella en el suelo y deslizo mi mano por su pecho, sintiendo el calor de su piel. “Provocarte es lo primero, pero no lo único”, susurro, mientras mis dedos bajan hasta el borde de sus vaqueros. Él suelta un gruñido, me agarra por la cintura y me empuja contra la pared de madera del cobertizo. El roce áspero de la madera contra mi espalda, a través de mi vestido ligero, me excita aún más.
“Joder, Clara, cómo me pones…”, murmura, mientras sus manos suben por mis muslos, levantando el vestido hasta dejar mis bragas al descubierto. Las aparta con un movimiento rápido, y sus dedos encuentran mi coño ya húmedo, ansioso por él. “Estás empapada, ¿eh? ¿Esto es por mí?”, dice con una sonrisa traviesa. “Cállate y tócame más”, le contesto, jadeando, mientras mis manos desabrochan su cinturón con urgencia.
Nos dejamos caer sobre una manta vieja que hay en el suelo, rodeados de barricas y el olor a fermentación. Me pongo a horcajadas sobre él, sintiendo su polla dura presionando contra mí a través de la tela. “Quítatelo todo, quiero verte”, le digo, y él obedece, arrancándose los vaqueros y los bóxers. Su erección queda libre, y no puedo evitar morderme el labio al verla, gruesa y lista para mí. “Joder, Javier, cómo la tienes…”, susurro, mientras me inclino para lamerlo lentamente, desde la base hasta la punta. Él gime, enredando sus dedos en mi pelo. “Clara, me vas a matar… chúpala más, joder, así…”
No me hago de rogar. Mi lengua recorre cada centímetro, saboreándolo, mientras él se retuerce bajo mis caricias. Pero no quiero que se corra aún. Me incorporo, me quito el vestido por la cabeza y dejo que vea mis pechos libres, los pezones endurecidos por la excitación. “Fóllame ya, Javier, no aguanto más”, le digo, con la voz entrecortada. Él no pierde tiempo. Me tumba de espaldas sobre la manta, me abre las piernas y se coloca entre ellas. “Te voy a follar hasta que grites mi nombre, Clara”, promete, mientras su polla se desliza dentro de mí, llenándome por completo.
El placer es inmediato, intenso, casi insoportable. Empieza a moverse, primero lento, dejándome sentir cada embestida, cada roce. “Joder, qué apretada estás… me vuelves loco”, gruñe, mientras acelera el ritmo. Mis uñas se clavan en su espalda, y mis caderas se alzan para salirle al encuentro. “Más fuerte, Javier, rómpeme…”, le pido, perdida en la lujuria. Él obedece, embistiéndome con fuerza, el sonido de nuestros cuerpos chocando resonando en el cobertizo. “Dime que te gusta, Clara, dímelo…”, exige, con la voz ronca. “Me encanta, joder, me encanta tu polla dentro de mí… no pares…”, jadeo, sintiendo cómo el orgasmo empieza a construirse, cálido y abrasador.
Cambiamos de postura. Me pone a cuatro patas, mis manos apoyadas en una barrica, el culo en alto. “Mírate, qué culazo… esto es para mí, ¿verdad?”, dice, mientras me penetra de nuevo, esta vez desde atrás. El ángulo es perfecto, profundo, y cada embestida me arranca un gemido. “Sí, joder, todo para ti… fóllame más, haz que me corra…”, le suplico, mientras una de sus manos encuentra mi clítoris y empieza a frotarlo en círculos rápidos. El placer me atraviesa como un rayo, y siento que estoy a punto de estallar. “Me corro, Javier, me corro… ¡joder, sí!”, grito, mientras el orgasmo me sacude, mis piernas tiemblan y mi cuerpo se contrae alrededor de él.
Él no se detiene. “Eso es, Clara, córrete para mí… ahora me toca a mí”, gruñe, y sus embestidas se vuelven más rápidas, más desesperadas. “Dime dónde quieres que me corra, joder, dímelo…”, jadea. “Dentro, córrete dentro… quiero sentirte”, le contesto, aún temblando por mi propio clímax. Con un último empujón, Javier se tensa, gimiendo mi nombre mientras se vacía dentro de mí, su polla palpitando con cada espasmo.
Nos quedamos allí, jadeando, sudorosos, rodeados por el olor a vino y sexo. “Joder, Clara, esto ha sido…”, empieza a decir, pero lo interrumpo con un beso lento, profundo. “Cállate y pásame la botella”, le digo, riendo. Nos sentamos en la manta, compartiendo el tinto bajo la luna de Doña Mencía, sabiendo que esta viña guarda ahora nuestro secreto más ardiente.

Comentarios
Publicar un comentario