LA COMARCA DE LA CARLOTA, en el corazón del siglo XVIII, era un mosaico de olivares, casas de adobe y secretos susurrados bajo la luz de las antorchas. Yo, Clara, una joven de veinticinco años, hija de un comerciante de aceite, vivía en una hacienda rodeada de campos dorados y aromas de tierra húmeda. Mi vida, aparentemente recatada, escondía un **deseo ardiente** que me consumía en las noches cálidas, cuando el aire se llenaba de murmullos y promesas prohibidas.
Esa noche, el cielo estaba tachonado de estrellas, y el calor del verano hacía que mi camisón de lino se pegara a mi piel. Había oído rumores sobre Diego, el nuevo capataz de la hacienda vecina, un hombre de manos fuertes y mirada penetrante que había llegado desde Sevilla. Su reputación de **amante fogoso** corría como pólvora entre las criadas, y yo, aunque intentaba mantener mi compostura, no podía evitar imaginarlo. Decidí escaparme al granero, donde la luna se colaba por las rendijas de madera, buscando un momento de soledad para calmar el **calor** que me recorría.
Al entrar, el aroma a heno y madera vieja me envolvió. Me senté sobre un montón de sacos, dejando que mi camisón se deslizara por mis hombros. Mis dedos, inquietos, comenzaron a recorrer mi piel, imaginando que eran otras manos. De pronto, un crujido me sobresaltó. Era Diego, con su camisa desabrochada, el pecho bronceado brillando bajo la luz plateada. Sus ojos me recorrieron con una intensidad que me hizo estremecer.
—¿Qué haces aquí sola, Clara? —preguntó, su voz grave y cargada de intenciones.
No respondí. En cambio, me levanté, dejando que el camisón cayera un poco más, revelando la curva de mis **pechos**. Él dio un paso hacia mí, y el aire entre nosotros se volvió denso, cargado de **deseo**.
—No deberías tentar a un hombre como yo —dijo, acercándose hasta que su aliento rozó mi cuello—. Podría devorarte.
—Devórame, entonces —susurré, desafiante, sintiendo cómo mi cuerpo se rendía al **placer** anticipado.
Sin mediar más palabras, Diego me tomó por la cintura y me empujó contra una pila de heno. Su boca encontró la mía en un **beso salvaje**, sus labios ásperos y hambrientos. Mientras nuestras lenguas se entrelazaban, sus manos recorrieron mi cuerpo, arrancándome el camisón con un movimiento brusco. Quedé expuesta, vulnerable, pero ardiendo de **excitación**. Él se arrodilló frente a mí, y sus labios trazaron un camino de **besos ardientes** desde mi ombligo hasta el interior de mis muslos.
—Eres tan **mojada**, Clara —murmuró, su voz vibrando contra mi piel mientras sus dedos exploraban mi **sexo**, abriéndome con una mezcla de rudeza y delicadeza—. ¿Esto es lo que quieres, verdad? Que te haga mía aquí, en el granero.
—¡Sí, Diego, sí! —jadeé, aferrándome a su cabello mientras su lengua se deslizaba por mi **clítoris**, provocándome oleadas de **placer** que me hacían arquear la espalda—. ¡No pares, por Dios, no pares!
Él gruñó, y el sonido me volvió loca. Me levantó con facilidad, apoyándome contra la pared de madera. Mis piernas se enroscaron en su cintura mientras él desabrochaba sus calzones, liberando su **erección**, dura y palpitante. Me miró a los ojos, y con un movimiento lento pero firme, me penetró, arrancándome un gemido que resonó en el granero.
—Joder, Clara, estás tan **apretada** —dijo entre dientes, moviéndose dentro de mí con un ritmo que me hacía perder la razón—. Dime cuánto te gusta esto.
—¡Me encanta, Diego! —grité, clavando mis uñas en sus hombros mientras él embestía con fuerza, cada **empujón** haciéndome temblar—. ¡Fóllame más duro, por favor!
Sus manos apretaron mis caderas, y el **placer** se intensificó cuando cambió el ángulo, golpeando un punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. El granero se llenó de nuestros gemidos, de palabras subidas de tono que en cualquier otro momento me habrían hecho sonrojar.
—¡Eres una **diabla**, Clara! —gruñó, acelerando el ritmo, su respiración entrecortada—. Voy a hacerte **correrte** hasta que no puedas más.
Y lo hizo. El **orgasmo** me golpeó como una tormenta, mi cuerpo convulsionando mientras gritaba su nombre. Diego no se detuvo, prolongando mi éxtasis hasta que él también llegó al clímax, derramándose dentro de mí con un rugido que hizo temblar las paredes de madera.
Nos quedamos allí, jadeantes, sudorosos, con el aroma del **sexo** mezclado con el heno. Diego me besó suavemente, una promesa de más noches como aquella. En **La Carlota**, bajo las estrellas del siglo XVIII, el **deseo** era nuestro único amo, y nosotros, sus fieles sirvientes.
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