EL AIRE DE LA NOCHE ERA CÁLIDO, con ese toque pegajoso que se adhiere a la piel como una caricia insistente. Mi apartamento, un loft de techos altos en el corazón de la ciudad, vibraba con la energía de una velada que prometía desbordarse en algo inolvidable. Las luces tenues de las lámparas de sal proyectaban un resplandor ámbar sobre las paredes, y el aroma de sándalo flotaba en el ambiente, mezclado con el toque dulce del vino tinto que reposaba en nuestras copas.
Estaba sentada en el sofá de terciopelo, con las piernas cruzadas, sintiendo el roce de mi vestido de seda negra contra la piel. Frente a mí, mi pareja, Lucas, me miraba con esa chispa en los ojos que siempre me hacía temblar. Su camisa blanca, desabrochada en los primeros botones, dejaba entrever el contorno de su pecho firme. Habíamos estado hablando durante horas, riendo, coqueteando, dejando que la tensión sexual se acumulara como una tormenta a punto de estallar. Pero esa noche, yo tenía un plan. Algo que llevaba días rondándome la cabeza, algo que quería explorar con él, sin límites, sin miedos. —Lucas —dije, inclinándome hacia él, dejando que mi voz se volviera un susurro ronco—. ¿Alguna vez has pensado en llevar esto… más allá? Él alzó una ceja, intrigado, mientras tomaba un sorbo de su copa. —¿Más allá? —respondió con una sonrisa pícara—. Cariño, contigo ya siento que estoy en el borde del universo. Pero dime, ¿qué tienes en mente? Me mordí el labio, sintiendo un calor subir por mi pecho. Era el momento. Había hablado con mi amiga Sofía semanas atrás, una mujer fascinante, experta en tantra, cuya presencia destilaba sensualidad y misticismo. Sofía no solo conocía el arte de conectar cuerpo y alma, sino que tenía una forma de moverse, de hablar, que encendía los sentidos de cualquiera que estuviera cerca. Le había propuesto mi idea, y ella, con una sonrisa cómplice, había aceptado sin dudarlo. Ahora, solo necesitaba convencer a Lucas. —Quiero que probemos algo nuevo —dije, apoyando mi mano en su muslo, sintiendo la firmeza de su cuerpo bajo mis dedos—. Un trío. Con Sofía. Ella sabe cosas… cosas que podrían llevarnos a un nivel de placer que no hemos tocado antes. Lucas parpadeó, sorprendido, pero no apartó la mirada. Su sonrisa se ensanchó, y vi cómo sus pupilas se dilataban, como si la idea ya estuviera encendiendo algo en él. —¿Sofía? ¿La del curso de tantra? —preguntó, inclinándose hacia mí, su voz cargada de curiosidad—. ¿Y qué exactamente tiene en mente esa experta en tantra? Me reí suavemente, dejando que mi mano subiera un poco más por su pierna. —Sofía sabe cómo usar la energía, el toque, la respiración… todo para que el placer sea más intenso, más profundo. Quiero que lo experimentemos juntos. Los tres. Sin límites, solo nosotros explorando. Lucas dejó su copa en la mesa y se acercó hasta que su rostro estuvo a centímetros del mío. Su aliento cálido rozó mi piel, y sentí un escalofrío recorrer mi columna. —Eres una caja de sorpresas, ¿lo sabías? —murmuró, antes de besarme con una intensidad que me hizo jadear. Su lengua exploró mi boca con hambre, y su mano se deslizó por mi cintura, apretándome contra él. Cuando se apartó, sus ojos brillaban con deseo—. Estoy dentro. Llama a Sofía. Una hora después, el timbre sonó. Abrí la puerta, y allí estaba Sofía, radiante como siempre. Su cabello largo y oscuro caía en ondas sobre sus hombros, y llevaba un vestido ceñido de color burdeos que abrazaba cada curva de su cuerpo. Sus ojos, de un marrón profundo, parecían guardar secretos antiguos, y su sonrisa era una invitación silenciosa a perderse en ella. —Hola, amor —dijo, abrazándome con una calidez que me hizo sentir un cosquilleo inmediato—. ¿Lista para esto? —Más que lista —respondí, guiñándola un ojo mientras la invitaba a pasar. Lucas se levantó del sofá, y noté cómo sus ojos recorrieron a Sofía de arriba abajo, deteniéndose en la forma en que el vestido marcaba su figura. Ella, por su parte, le dedicó una mirada que era pura seducción, sin prisas, como si estuviera midiendo cada centímetro de él. —Lucas, un placer —dijo Sofía, extendiendo una mano que él tomó con una sonrisa. —El placer es mío —respondió él, y su voz tenía ese tono grave que usaba cuando estaba excitado. Nos sentamos los tres en el sofá, con una botella de vino fresco y música suave de fondo, una mezcla de jazz y ritmos orientales que Sofía había traído en una lista de reproducción. Ella explicó cómo funcionaría la experiencia: el tantra no era solo sexo, sino una conexión profunda, un juego de energía, respiración y contacto que podía llevarnos a un estado de éxtasis prolongado. Nos pidió que nos relajáramos, que nos entregáramos al momento, que dejáramos de lado cualquier expectativa. —Vamos a empezar con algo simple —dijo Sofía, su voz suave pero autoritaria—. Quiero que os miréis a los ojos. Sin hablar. Solo sentid la presencia del otro. Lucas y yo nos giramos para enfrentarnos. Sus ojos verdes se clavaron en los míos, y por un momento, el mundo se desvaneció. Sentí su energía, su deseo, como si estuviera tocándome sin usar las manos. Sofía se acercó, colocándose detrás de mí, y sus dedos comenzaron a trazar círculos lentos en mi nuca. Su toque era eléctrico, y un gemido suave escapó de mis labios. —Respira profundamente —susurró Sofía, su aliento rozando mi oreja—. Siente cómo el aire entra y sale, cómo conecta vuestros cuerpos. Seguí sus instrucciones, inhalando lentamente, dejando que el calor en mi interior creciera. Lucas hizo lo mismo, y vi cómo su pecho subía y bajaba, sus labios entreabiertos, su mirada fija en mí. Sofía se movió hacia él, sus manos deslizándose por sus hombros, masajeando con una precisión que parecía desarmarlo. —Quítate la camisa —le dijo ella, y Lucas obedeció sin dudar, dejando al descubierto su torso definido. Sofía sonrió, inclinándose para besar suavemente su clavícula, mientras sus manos recorrían su pecho. Yo observaba, fascinada, sintiendo cómo mi propio deseo crecía al verlos. —Ven aquí —me dijo Sofía, extendiendo una mano hacia mí. Me acerqué, y ella me guió para que me sentara entre los dos. Sus manos encontraron el borde de mi vestido, y con un movimiento lento, lo deslizó por mis hombros, dejándome en ropa interior. Lucas soltó un gruñido bajo, su mirada devorándome. —Eres jodidamente perfecta —dijo, su voz cargada de deseo. Sofía se inclinó hacia mí, sus labios rozando mi cuello mientras sus manos exploraban mi espalda. —Déjate llevar —susurró, antes de besarme. Su boca era suave, cálida, y su lengua se deslizó contra la mía con una sensualidad que me hizo gemir. Lucas nos observaba, su respiración cada vez más pesada. —Joder, esto es increíble —dijo, acercándose para unirse. Sus manos encontraron mis pechos, acariciándolos sobre el encaje de mi sujetador, mientras Sofía seguía besándome, sus dedos deslizándose por mi cintura hasta llegar al borde de mis bragas. —Vamos a la cama —sugirió Sofía, y los tres nos levantamos, casi tambaleándonos de deseo. El dormitorio estaba iluminado por velas, y la cama, cubierta con sábanas de satén, parecía un altar para lo que estaba por venir. Sofía nos guió para que nos sentáramos en un círculo, enfrentados. —Vamos a sincronizar nuestras respiraciones —dijo, quitándose el vestido con una gracia que me dejó sin aliento. Su cuerpo era una obra de arte, curvas suaves y piel bronceada que brillaba bajo la luz de las velas. Lucas no podía apartar los ojos de ella, y yo tampoco. Respiramos juntos, inhalando y exhalando al unísono, mientras nuestras manos comenzaban a explorar. Sofía tomó mi mano y la llevó a su pecho, guiándome para que sintiera el latido de su corazón. Lucas, siguiendo su ejemplo, colocó su mano en mi muslo, subiendo lentamente hasta rozar mi sexo por encima de la tela. —Oh, mierda, estás tan mojada —murmuró, su voz ronca mientras sus dedos se deslizaban bajo mis bragas. Sofía sonrió, acercándose para besar a Lucas mientras yo gemía bajo su toque. Sus labios se encontraron en un beso profundo, y yo aproveché para deslizar mis manos por el cuerpo de Sofía, explorando la suavidad de su piel, la curva de sus caderas. —Quítate todo —le dije a Lucas, y él obedeció, dejando al descubierto su erección. Me incliné hacia él, besando su pecho, lamiendo su piel mientras Sofía se colocaba detrás de mí, sus manos masajeando mis hombros, sus labios rozando mi nuca. —Vamos a probar algo —dijo Sofía, guiándonos para que nos tumbáramos en la cama. Ella se colocó entre nosotros, su cuerpo como un puente que nos conectaba. Me indicó que me sentara sobre Lucas, y mientras lo hacía, sentí cómo su miembro se deslizaba dentro de mí, llenándome por completo. —Joder, sí… —gemí, moviéndome lentamente, sintiendo cada centímetro de él. Sofía se acercó, sus manos acariciando mis pechos mientras besaba mi cuello, susurrándome palabras que me hacían arder. —Siente cada movimiento, cada respiración —dijo, mientras sus dedos se deslizaban hacia mi clítoris, acariciándolo con una precisión que me hizo gritar. Lucas gruñó debajo de mí, sus manos apretando mis caderas mientras me movía más rápido. —Eres tan jodidamente sexy —dijo, su voz entrecortada—. Me vuelves loco. Sofía se inclinó hacia él, besándolo profundamente mientras yo cabalgaba, sus dedos trabajando en mí con una maestría que me llevaba al borde del abismo. Luego, ella se movió, colocándose a horcajadas sobre el rostro de Lucas. Él no dudó, lamiéndola con avidez mientras ella gemía, sus manos enredadas en mi cabello mientras me besaba con furia. —Oh, Dios, sí… —gimió Sofía, su voz temblando mientras se movía contra la boca de Lucas—. Sigue así, no pares… El placer era abrumador, una corriente que nos conectaba a los tres. Cambiamos de posición, y ahora era Sofía quien estaba debajo de mí, sus piernas abiertas mientras yo exploraba su sexo con mi lengua, saboreándola, sintiendo cómo se estremecía bajo mis caricias. Lucas se colocó detrás de mí, penetrándome con fuerza, cada embestida arrancándome gemidos que se mezclaban con los de Sofía. —Joder, qué rico… —dije, mi voz apenas audible entre jadeos—. No pares, Lucas, por favor… —Eres una diosa —gruñó él, sus manos apretando mi trasero mientras se movía con más intensidad—. Quiero verte venirte. Sofía alcanzó su clímax primero, su cuerpo temblando bajo mi boca mientras gritaba mi nombre. Eso me empujó al límite, y el orgasmo me golpeó como una ola, haciéndome gritar mientras Lucas seguía moviéndose, prolongando el placer hasta que él también se dejó ir, gimiendo mi nombre con una intensidad que me hizo estremecer. Nos desplomamos en la cama, sudorosos, jadeando, con las risas entrecortadas llenando el aire. Sofía nos abrazó a ambos, su cuerpo cálido contra el nuestro, y nos quedamos allí, enredados, sintiendo la energía que aún vibraba entre nosotros. —Esto —dijo Sofía, con una sonrisa satisfecha— es solo el comienzo. Y supe, en ese momento, que nuestra danza de los sentidos apenas había empezado.
"Yon era un hombre de 40 años, soltero, vivía en una habitación alquilada en casa de Esperanza, una señora de 75 años, viuda, hacia ya 10 años. Un tarde vio que la habitación de esperanza estaba abierta y ella se estaba acariciando su cuerpo, parado en la puerta contemplando esa escena entro en la habitación y...." Yon, vivía en casa de esperanza, una viuda de 75 años. le había alquilado una habitación hasta que le entregaran su apartamento. Una tarde Yon vio la puerta del dormitorio de Esperanza entre abierta y lo que veía le sorprendió, Esperanza estaba tocando desnuda en la cama y se masturbaba. Después de estar observando un rato entró en la habitación de Esperanza, sintió una mezcla de curiosidad y morbo. Esperanza, a sus 75 años, no solo era una mujer con una rica historia de vida, sino que también poseía una chispa de vitalidad que desafiaba su edad. Yon se tumbó en la cama al lado de ella y poniendo su brazo alrededor de su cabeza comenzó a lamerle sus tetas, comerl...

Comentarios
Publicar un comentario