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La chispa del taller #Mary #Love


SOY CLARA, 29 AÑOS, DISEÑADORA gráfica freelance, con el pelo castaño siempre en un moño deshecho y una vida que oscila entre plazos y pequeños placeres culpables. Trabajo en un coworking en el corazón de Madrid, rodeada de creativos y sus egos, pero esta historia no va de diseño gráfico ni de mi MacBook. Va de Diego, el mecánico que convirtió un día de mierda en el polvo más ardiente de mi vida.

Todo empezó cuando mi Seat Ibiza decidió morir en la M-30 un viernes por la tarde. El calor de verano me tenía sudando mientras esperaba la grúa, maldiciendo mi suerte. El taller al que llevaron mi coche era un garaje polvoriento en un polígono industrial, con olor a gasolina y metal. Allí estaba Diego, 35 años, con una camiseta ajustada que marcaba sus bíceps tatuados y una sonrisa de chico malo que me desarmó. Sus manos, ásperas y manchadas de grasa, sostenían una llave inglesa con una confianza que me hizo imaginarlas en otros sitios.
—Clara, ¿no? —dijo, limpiándose el sudor con un trapo—. El coche está fastidiado, pero mañana lo tendrás. Pásate por la tarde.

Asentí, intentando no fijarme en cómo sus ojos oscuros me recorrían. Al día siguiente volví, con una falda ligera que se pegaba a mis muslos y una camiseta de tirantes que dejaba ver el encaje de mi sujetador. No lo planeé… o tal vez sí. El taller estaba casi vacío, solo el zumbido de un ventilador y un reguetón suave en la radio. Diego estaba inclinado sobre mi coche, con la camiseta subiendo lo justo para mostrar la piel bronceada de su cintura.

—¿Listo mi pequeño? —pregunté, apoyándome en el capó con una sonrisa coqueta.
Diego se enderezó, me miró de arriba abajo y dejó escapar una risa grave. —¿El coche? Sí. Pero tú, Clara… tú pareces querer algo más que un arreglo.
El aire se cargó de electricidad. Me acerqué, desafiante, sintiendo el calor subir por mi pecho. —¿Y si así fuera? ¿Qué me das, mecánico?
No respondió con palabras. Se acercó hasta que nuestros cuerpos casi se rozaban, el olor a gasolina, sudor y su colonia barata envolviéndome. Me agarró por la cintura con esas manos fuertes y me empujó contra una mesa llena de herramientas, haciendo caer un destornillador al suelo.

—Te doy un polvo que no vas a olvidar —susurró contra mi oído, su aliento caliente haciéndome temblar—. Pero dime que lo quieres, Clara, porque no juego a medias.
—Quiero —respondí, mi voz apenas un jadeo, el deseo ya empapándome.

Me alzó sobre la mesa con un movimiento firme, mis piernas abiertas instintivamente mientras él levantaba mi falda hasta las caderas. La postura era cruda, expuesta: yo sentada al borde, con los muslos separados y él de pie entre ellos, dominando el espacio. Tiré de su camiseta, arrancándosela con dedos torpes, revelando un pecho cubierto de vello y tatuajes que me volvieron loca. Me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca mientras desabrochaba mi sujetador y lo tiraba a un lado. Sus manos encontraron mis pezones, pellizcándolos suavemente, y gemí contra sus labios.

—Joder, Clara, qué tetas tienes —gruñó, bajando la boca para chupar uno mientras sus dedos se colaban bajo mi tanga, encontrándome ya mojada. —Mira esto… estás empapada para mí, ¿eh?

—S-sí… —jadeé, aferrándome a sus hombros mientras sus dedos me exploraban, entrando y saliendo con una lentitud tortuosa—. Fóllame, Diego, ya.
Se rió, un sonido sucio que me encendió aún más. Se desabrochó los vaqueros, dejando caer su ropa interior al suelo. Su polla estaba dura, gruesa, y al verla me mordí el labio, ansiosa. Me bajó la tanga de un tirón y, sin preámbulos, me penetró en una sola estocada profunda. La postura era perfecta: yo en la mesa, con las piernas abiertas y él de pie, embistiéndome con fuerza. Cada movimiento hacía temblar la mesa, y el sonido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con mis gemidos.

—Joder, cómo me aprietas —gruñó, agarrándome por las caderas para marcar el ritmo—. ¿Te gusta así, eh? Dime, Clara, ¿te gusta mi polla dentro?
—S-sí, me encanta… —respondí, clavándole las uñas en los brazos—. Fóllame más fuerte, por favor…

Me dio la vuelta con un movimiento rápido, poniéndome en una postura que me hizo jadear: de pie, inclinada sobre la mesa, con las manos apoyadas en el metal frío y mi culo en el aire. Diego me dio una palmada que resonó en el taller, haciéndome gemir. —Mira este culazo —dijo, su voz cargada de deseo mientras me acariciaba antes de entrar de nuevo. Esta vez, la penetración era más profunda, cada embestida golpeando justo donde lo necesitaba. Me agarró del pelo, tirando ligeramente, y yo arqueé la espalda, entregándome por completo.

—Joder, Clara, eres una putita cachonda —gruñó, acelerando el ritmo mientras una de sus manos bajaba para frotar mi clítoris en círculos rápidos—. Dime cuánto te gusta.

—Joder, Diego, me vuelve loca… —jadeé, sintiendo el orgasmo acercándose—. Sigue, no pares, me voy a correr…

Pero él tenía otros planes. Me levantó de la mesa y, sin salir de mí, me llevó hasta un banco cercano. Me sentó a horcajadas sobre él, en una postura de vaquera que me dio el control. Sus manos en mis caderas me guiaban mientras yo subía y bajaba, sintiendo cada centímetro de su polla dentro de mí. Él me miraba, con los ojos oscuros llenos de lujuria, mientras chupaba mis pezones con avidez.

—Córrete, Clara, quiero verte —dijo, su voz ronca mientras me apretaba el culo. —Córrete en mi polla, venga.

El placer me atravesó como una corriente eléctrica. Me corrí con un grito, temblando sobre él, mis uñas clavadas en su pecho. Diego no aguantó más; con un gruñido gutural, se corrió dentro de mí, sus manos apretándome con fuerza mientras su cuerpo se tensaba.
Nos quedamos allí, jadeando, con el sudor pegándonos la piel. Él me dio un beso en el cuello, todavía dentro de mí, y se rió. —Joder, Clara, esto no entra en la factura.

Me reí, todavía temblando, y le di un empujón juguetón. —Añádelo como extra, mecánico.
Recogimos la ropa, riéndonos como si hubiéramos hecho una travesura. Mi coche estaba listo, pero algo me decía que volvería a ese taller muy pronto. Y no precisamente por el coche.

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