ANA Y CARLOS HABÍAN PASADO más de cuarenta años juntos, navegando por las aguas de un matrimonio convencional en una pequeña ciudad costera de España. Ahora, con 68 y 70 años respectivamente, jubilados y con los hijos ya independientes, sentían que la rutina había apagado la chispa que una vez los unió. Ana, con su cabello plateado y curvas suaves que el tiempo había moldeado con gracia, propuso la idea una noche mientras veían un documental sobre relaciones abiertas en Netflix. "Cariño, ¿y si probamos el poliamor? No para reemplazarnos, sino para avivar el fuego", dijo ella, con una sonrisa pícara. Carlos, con su barba gris y cuerpo aún atlético de sus días como profesor de educación física, se sorprendió al principio, pero la curiosidad lo invadió. Investigaron en foros online, leyeron libros sobre no-monogamia ética y se unieron a una app de citas para mayores de 50.
Al principio, fue todo charlas. Se crearon un perfil conjunto en la app, destacando su deseo de explorar con respeto y comunicación. Conocieron a Marta, una viuda de 65 años con ojos vivaces y una energía contagiosa, que vivía a solo una hora de distancia. Marta había descubierto el poliamor tras perder a su esposo, y compartía anécdotas de sus aventuras en grupos de apoyo para jubilados liberales. Ana y Carlos la invitaron a un café en un bar con vistas al mar, donde la conversación fluyó con naturalidad. "No busco compromiso eterno, solo conexiones reales y placenteras", dijo Marta, rozando accidentalmente la mano de Ana. Carlos sintió un cosquilleo de celos mezclado con excitación, y esa noche, en casa, folló a Ana con una pasión renovada, imaginando a Marta uniéndose.
Decidieron dar el paso. Organizar un encuentro en su casa de playa, un lugar íntimo con terraza al atardecer. Ana preparó una cena ligera: tapas, vino y velas. Cuando Marta llegó, vestida con un vestido floreado que acentuaba sus pechos generosos, el aire se cargó de anticipación. Charlaron sobre límites: "Todo con consentimiento, y si alguien dice stop, paramos", acordó Carlos. Ana, sintiendo el pulso acelerado, besó primero a Marta en los labios, un beso suave que se intensificó rápidamente. Carlos observaba, su polla endureciéndose bajo los pantalones, mientras las mujeres se exploraban con manos curiosas.
En el salón, con las cortinas corridas y música suave de fondo, Ana se arrodilló frente a Marta, quien se sentó en el sofá. "Déjame probarte", murmuró Ana, subiendo el vestido de Marta y apartando sus bragas. La lengua de Ana lamió el clítoris hinchado de Marta, quien gemía: "Oh, sí, lame mi coño mojado, Ana, hazme sentir viva". Carlos se unió, besando el cuello de Marta mientras se masturbaba, su mano apretando su verga dura. "Mira cómo te come, puta caliente", le dijo Carlos a Marta, excitado por el nuevo rol. Marta arqueó la espalda, sus jugos fluyendo, y alcanzó un orgasmo rápido, gritando: "¡Me corro, joder, me corro en tu boca!".
Ana, empapada de excitación, se levantó y besó a Carlos, compartiendo el sabor de Marta. "Ahora fóllame mientras ella mira", le ordenó Ana. Carlos la empujó contra la pared, bajando sus pantalones y penetrándola de pie, en una postura profunda y animal. Su polla entraba y salía con fuerza, golpeando su punto G. "Toma mi verga, zorra, sientes cómo te lleno", gruñó Carlos, mientras Ana jadeaba: "Sí, dame más, cabrón, haz que me corra como una perra en celo". Marta se masturbaba viéndolos, sus dedos frotando su coño aún sensible.
Cambiar de escenario avivó el fuego. Se movieron al dormitorio, donde la cama king size los esperaba con sábanas suaves. Marta se colocó a cuatro patas, invitando a Carlos. "Fóllame por detrás, quiero sentir tu polla dura en mi culo", dijo ella, guarra y directa. Carlos lubricó su verga y entró despacio en el ano apretado de Marta, quien gemía de placer-dolor. "¡Joder, qué apretado, puta, me vas a hacer explotar!", exclamó él, embistiendo rítmicamente. Ana, a un lado, se frotaba el clítoris mientras besaba a Marta: "Mírame, zorra, mientras mi marido te rompe el culo".
El trío se intensificó. Ana se tumbó boca arriba, y Marta se sentó en su cara, cabalgando su lengua. "Come mi coño, Ana, lame hasta que me corra otra vez", ordenó Marta, moviendo las caderas. Carlos, detrás, follaba a Ana en misionero, su polla deslizándose en su vagina empapada. "Sientes mi verga y su sabor al mismo tiempo, ¿eh, mi puta?", le dijo Carlos a Ana, quien respondía entre lamidas: "Sí, amor, fóllame fuerte, haz que explote". Los gemidos llenaban la habitación, el sudor perlaba sus cuerpos maduros.
Marta alcanzó otro orgasmo, sus jugos chorreando en la boca de Ana: "¡Me vengo, joder, traga todo, guarra!". Carlos, sintiendo el clímax cerca, cambió de postura: sacó su polla de Ana y la metió en la boca de Marta, quien la chupó con avidez. "Chupa, puta, saborea el coño de mi mujer en mi verga", gruñó él. Ana se unió, lamiendo las bolas de Carlos mientras Marta mamaba.
En un arrebato, se reorganizó. Carlos se acostó, y Ana se montó sobre él en vaquera inversa, su culo rebotando en su polla. "Cabálgame, zorra, aprieta ese coño alrededor de mí", le dijo Carlos, azotando sus nalgas. Marta, a horcajadas sobre la cara de Carlos, frotaba su coño contra su lengua: "Lame, cabrón, hazme correr de nuevo". Los tres se movían en sincronía, el placer construyéndose como una ola.
Ana fue la primera en romperse. "¡Oh, dios, me corro, Carlos, tu polla me mata!", gritó, su vagina contrayéndose en espasmos, tan mojada que mojaba las sábanas. Carlos, estimulado, empujó más fuerte: "Toma mi leche, puta, la voy a soltar toda dentro". Eyaculó con un rugido, llenando a Ana mientras Marta observaba, frotándose frenéticamente.
No pararon ahí. Descansaron un momento, bebiendo agua y riendo sobre lo liberador que era. Luego, en la terraza bajo las estrellas, con el sonido del mar de fondo, Marta se arrodilló y chupó la polla semierecta de Carlos, reviviéndola. "Mira cómo se pone dura para nosotras", dijo Ana, uniéndose a la mamada doble. Alternaban lenguas, lamiendo el glande y el tronco. "Chupad, guarras, haced que me corra en vuestras bocas", ordenó Carlos, excitado por la brisa nocturna.
Ana se inclinó sobre la barandilla, ofreciendo su coño a Carlos. Él la penetró por detrás, estilo perrito, con vistas al océano. "Fóllame como un animal, amor, rompe mi coño", suplicó ella. Marta, debajo, lamió los huevos de Carlos y el clítoris de Ana: "Sabéis deliciosos, putos calientes". El ritmo aumentó, el placer crudo y primal.
Carlos sintió el orgasmo inminente. "¡Me vengo, joder, toma mi semen!", bramó, eyaculando dentro de Ana, quien gemía: "Sí, lléname, cabrón, hazme tuya y de ella". Marta, masturbándose, alcanzó su clímax simultáneo: "¡Corriéndome viéndoos, putas!".
Después, exhaustos pero radiantes, se acurrucaron en la cama. Hablaron de futuros encuentros, quizás con más personas en un club swinger para jubilados que habían encontrado online. "Esto es lo que necesitábamos", susurró Ana, besando a ambos. Carlos asintió: "El poliamor nos ha devuelto la juventud".
La mañana siguiente, desayunaron desnudos, planeando el próximo paso. Marta se despidió con promesas de volver, y Ana y Carlos se follaban de nuevo en la cocina, recordando la noche. "Piensa en su coño mientras me follas", dijo Ana. "Sí, zorra, y en cómo te comió", respondió él. Su vida había cambiado, más viva y erótica que nunca en esta sociedad abierta y exploradora.

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