LA GALERÍA DE ARTE ESTABA BAÑADA en una luz suave, un murmullo de voces elegantes y el tintineo de copas de vino llenaban el aire. La exposición, una muestra de esculturas abstractas y óleos vibrantes, era el escenario perfecto para que las almas curiosas se encontraran. Yo, con mi melena castaña cayendo en ondas sobre los hombros, me movía entre las piezas, fingiendo interés en las formas retorcidas del metal y los colores audaces. Pero entonces la vi. Ella. Una mujer de unos 50 años, exuberante, con un aura que quemaba como un incendio controlado. Su cabello plateado brillaba como hilos de luna, cayendo en cascada sobre sus hombros, y su cuerpo curvilíneo, esculpido como una diosa renacentista, se movía con una gracia que hacía que el mundo a su alrededor pareciera desvanecerse. Sus pechos, hermosos y sensuales, se insinuaban bajo un vestido negro ceñido que abrazaba cada curva con una promesa silenciosa.
La miré, y un cosquilleo eléctrico recorrió mi cuerpo, deteniéndose en mi entrepierna. Mi coño palpitaba, un calor húmedo se extendía, y supe en ese instante que la deseaba con una intensidad que me hacía temblar. Mis ojos se encontraron con los suyos, verdes y profundos, y algo en su mirada me dijo que ella también lo sentía. Me acerqué, mis tacones resonando suavemente contra el suelo de madera pulida, mi corazón latiendo con fuerza. Me detuve a su lado, fingiendo admirar una pintura, pero mi cuerpo estaba completamente consciente de su cercanía, del aroma a jazmín y algo más oscuro que emanaba de su piel. —Esta pieza es… provocadora, ¿no crees? —dije, mi voz baja, cargada de intención. Ella giró la cabeza, sus labios carnosos curvándose en una sonrisa que era pura seducción. —Provocadora, sí. Pero no tanto como tú —respondió, su voz aterciopelada, con un dejo juguetón que me hizo estremecer. El aire entre nosotras chispeaba. Me incliné un poco más cerca, mis labios casi rozando su oreja. —Te amaría como solo sabe amar una mujer —susurré, mi aliento cálido contra su piel. Ella no se inmutó, pero sus ojos brillaron con un fuego que me hizo apretar los muslos. Me miró de arriba abajo, evaluándome, devorándome con la mirada. —Qué oferta tan… tentadora —dijo, y su sonrisa se amplió, dejando entrever un hambre que igualaba la mía. La exposición terminó, pero el calor entre nosotras no hizo más que crecer. Cuando salimos al fresco aire de la noche, ella me tomó del brazo con una confianza que me hizo sentir débil. —Ven conmigo —dijo, señalando un elegante coche negro estacionado en la calle—. Quiero mostrarte algo. No lo pensé dos veces. Subí a su coche, el cuero frío contra mis muslos desnudos bajo la falda. El trayecto al hotel fue un torbellino de miradas robadas, sus manos rozando mi pierna al cambiar de marcha, cada toque enviando descargas de deseo a mi centro. Mi coño estaba empapado, y cada movimiento en el asiento me hacía más consciente de mi propia necesidad. Llegamos a un hotel boutique, un lugar de lujo discreto con paredes de mármol y luces tenues. Ella me guió por el vestíbulo, su mano en la parte baja de mi espalda, un gesto posesivo que me hizo jadear internamente. En el ascensor, el espacio cerrado intensificó todo. Nos miramos en silencio, pero el aire estaba cargado de promesas tácitas. Cuando las puertas se abrieron, me tomó de la mano y me llevó a su suite. La habitación era un sueño de opulencia: una cama king-size cubierta de sábanas de satén blanco, ventanales que daban a la ciudad iluminada, y una botella de champagne enfriándose en una esquina. Pero no había tiempo para admirar el escenario. Ella cerró la puerta tras nosotras y, sin mediar palabra, me empujó suavemente contra la pared. Sus labios encontraron los míos en un beso feroz, hambriento, sus manos recorriendo mi cuerpo como si quisiera memorizar cada curva. —Te deseé desde el momento en que te vi —murmuró contra mi boca, sus manos deslizándose bajo mi blusa, encontrando la piel sensible de mi cintura. —Y yo a ti —respondí, mi voz temblorosa de deseo—. Quiero sentirte… toda. Ella rió, un sonido bajo y sensual, y me guió hacia la cama. Me quitó la blusa con una lentitud torturante, sus dedos rozando mi piel, dejando un rastro de fuego. Cuando mi sostén cayó al suelo, sus ojos se oscurecieron al ver mis pechos, y antes de que pudiera reaccionar, su boca estaba sobre uno de ellos, chupando mi pezón con una intensidad que me hizo gemir. Mis manos se enredaron en su cabello plateado, tirando suavemente mientras mi cuerpo se arqueaba hacia ella. —Eres tan jodidamente hermosa —dijo, su voz ronca mientras sus manos bajaban a mi falda, deslizándola por mis caderas hasta que quedé en ropa interior—. Y estás tan mojada… puedo olerlo. Me sonrojé, pero su descaro solo me excitó más. Me empujó sobre la cama, y antes de que pudiera procesarlo, ella estaba arrodillada entre mis piernas, quitándome las bragas con una lentitud deliberada. Su aliento cálido rozó mi coño, y gemí, mis caderas elevándose instintivamente. —Mírate, toda abierta para mí —dijo, sus dedos separando mis labios, exponiéndome completamente—. Tan húmeda, tan lista… Su lengua me encontró entonces, un roce suave al principio, explorando cada pliegue con una precisión que me hizo temblar. Lamía con hambre, alternando entre movimientos lentos y rápidos, succionando mi clítoris hasta que grité su nombre, aunque no lo sabía aún. Mis manos se aferraron a las sábanas, mi cuerpo arqueándose mientras el placer me consumía. —Dime cuánto lo quieres —exigió, levantando la vista, sus labios brillantes con mi humedad. —¡Te quiero dentro de mí! —jadeé, mi voz quebrándose—. Fóllame, por favor… Ella sonrió, satisfecha, y se incorporó para quitarse el vestido. Su cuerpo era una obra de arte, curvas generosas, pechos llenos que se movían con cada respiración, y un coño perfectamente depilado que me hizo la boca agua. Se acercó a una maleta en la esquina y sacó un cinturón con un dildo negro y brillante. Mis ojos se abrieron, y mi coño palpitó ante la vista. —¿Quieres esto? —preguntó, ajustándose el arnés con una confianza que me hizo gemir. —Dios, sí —respondí, abriendo más las piernas, invitándola. Se acercó, el dildo rozando mi entrada, y me miró a los ojos mientras lo deslizaba lentamente dentro de mí. Gemí, mi cuerpo ajustándose a su grosor, el placer mezclado con una dulce presión. Ella comenzó a moverse, embistiendo con un ritmo que me volvía loca, sus manos aferrando mis caderas. —Joder, qué apretada estás —gruñó, sus movimientos haciéndose más rápidos, más profundos—. Te gusta que te folle así, ¿verdad? —¡Sí! —grité, mis uñas clavándose en sus hombros—. ¡Fóllame más duro! Ella obedeció, embistiendo con fuerza, el sonido de nuestros cuerpos chocando llenando la habitación. Mis pechos rebotaban con cada embestida, y el placer era tan intenso que sentía que iba a romperme. Me giró sin previo aviso, poniéndome a cuatro patas, y volvió a entrar en mí desde atrás, el ángulo nuevo enviando oleadas de éxtasis por mi cuerpo. —Tu culo es una maldita obra maestra —dijo, dándome una palmada que me hizo jadear—. Quiero verte venirte así. Sus palabras, su voz, el roce del dildo en mi interior, todo era demasiado. Mi orgasmo llegó como una ola, arrasándome, mi coño contrayéndose alrededor del juguete mientras gritaba, mi cuerpo temblando. Ella no se detuvo, prolongando mi placer hasta que caí exhausta sobre la cama. Pero no había terminado conmigo. Se quitó el arnés y se subió sobre mi rostro, su coño brillando con su propia excitación. —Chúpame —ordenó, y obedecí, mi lengua explorando su calor húmedo, saboreándola mientras ella gemía encima de mí. —Joder, qué buena eres con esa lengua —jadeó, sus caderas moviéndose contra mi boca—. Sigue, no pares… La lamí con devoción, succionando su clítoris, mis manos en sus muslos mientras ella se retorcía. Su orgasmo llegó con un grito, su cuerpo temblando mientras se corría en mi boca, su sabor llenándome. Cayó a mi lado, ambas jadeando, sudorosas, saciadas pero aún hambrientas. Nos quedamos allí, entrelazadas, mientras la ciudad seguía brillando afuera. No intercambiamos nombres, no hacía falta. Esa noche fue pura, cruda, real. Un encuentro que quemó como el fuego y que, incluso ahora, me hace mojarme al recordarlo.
"Yon era un hombre de 40 años, soltero, vivía en una habitación alquilada en casa de Esperanza, una señora de 75 años, viuda, hacia ya 10 años. Un tarde vio que la habitación de esperanza estaba abierta y ella se estaba acariciando su cuerpo, parado en la puerta contemplando esa escena entro en la habitación y...." Yon, vivía en casa de esperanza, una viuda de 75 años. le había alquilado una habitación hasta que le entregaran su apartamento. Una tarde Yon vio la puerta del dormitorio de Esperanza entre abierta y lo que veía le sorprendió, Esperanza estaba tocando desnuda en la cama y se masturbaba. Después de estar observando un rato entró en la habitación de Esperanza, sintió una mezcla de curiosidad y morbo. Esperanza, a sus 75 años, no solo era una mujer con una rica historia de vida, sino que también poseía una chispa de vitalidad que desafiaba su edad. Yon se tumbó en la cama al lado de ella y poniendo su brazo alrededor de su cabeza comenzó a lamerle sus tetas, comerl...

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