EN EL AÑO 700, BAJO EL CIELO ESTRELLADO de una fría noche nórdica, el campamento vikingo de Bjornvik bullía de vida. El aire olía a madera quemada, cuero curtido y el salobre aroma del fiordo cercano. Las hogueras crepitaban, lanzando chispas al cielo, mientras los guerreros y sus mujeres celebraban una incursión exitosa contra un asentamiento vecino. Yo, Astrid, hija de un herrero y conocida por mi cabello rojo como el fuego y mi espíritu indomable, me encontraba entre las sombras de las tiendas, con el corazón latiendo tan fuerte como los tambores que resonaban en la distancia.
Los vikingos no éramos ajenos al deseo. En nuestra sociedad, el placer era un regalo de los dioses, una forma de honrar la vida misma. Las normas cristianas que más tarde invadirían nuestras tierras aún no habían llegado, y el sexo era tan natural como el combate o el festín. Hombres y mujeres compartíamos el ardor de la carne sin tapujos, y esa noche, con la luna llena iluminando el campamento, el aire estaba cargado de promesas carnales.
Me había fijado en Erik, un guerrero de hombros anchos y mirada penetrante, cuya barba trenzada y cicatrices contaban historias de batallas ganadas. Esa noche, él me observaba desde el otro lado de la hoguera principal, sus ojos oscuros brillando con un hambre que no tenía nada que ver con la comida. Yo llevaba un vestido de lino ceñido, con un cinturón de cuero que resaltaba mis caderas y dejaba entrever la curva de mis pechos. Sabía que mi figura atraía miradas, y no me importaba. Al contrario, disfrutaba del poder que me daba.
—Astrid, ven aquí —me llamó Erik, su voz grave resonando por encima del bullicio. Me acerqué, sintiendo el calor de la hoguera en mi piel y el cosquilleo del deseo en mi vientre. Él estaba sentado en un tronco, con una jarra de hidromiel en la mano, sus muslos abiertos en una postura que destilaba confianza.
—¿Qué quieres, Erik? —pregunté, con una sonrisa provocadora, apoyando una mano en mi cadera.
Él se inclinó hacia mí, su aliento cálido rozando mi oído. —Quiero que esta noche seas mía, Astrid. Que los dioses sean testigos de cómo te hago gritar.
Un escalofrío recorrió mi espalda, pero no era de miedo, sino de anticipación. En nuestro campamento, las palabras subidas de tono eran tan comunes como las canciones de guerra. Asentí, dejando que mi mano rozara su pecho, duro como el roble bajo su túnica de lana.—Entonces, guerrero, llévame a tu tienda y demuéstrame que tus palabras no son solo bravatas —respondí, mi voz baja y cargada de desafío.
Erik se levantó, su altura imponente eclipsando la luz de la hoguera. Me tomó de la mano y me guió entre las tiendas, pasando por guerreros borrachos y mujeres que reían, algunas ya entregadas a sus propios placeres bajo las pieles o al aire libre, sin importarles las miradas. Los vikingos no escondíamos nuestra pasión; era un acto sagrado, un ritual tan antiguo como los dioses.
Llegamos a su tienda, una estructura robusta de madera y cuero, con un lecho de pieles de oso en el centro. Una lámpara de aceite proyectaba sombras danzantes en las paredes, y el olor a cuero y sudor llenaba el aire. Erik cerró la entrada con una cortina de lana, aislándonos del mundo exterior. Me miró, sus ojos recorriendo mi cuerpo como si ya estuviera desnudándome.
—Quítate ese vestido, Astrid —ordenó, su voz ronca de deseo. —Quiero verte como Freyja te trajo al mundo.
Sonreí, disfrutando del juego. Lentamente, desaté el cinturón y dejé que el lino cayera al suelo, revelando mi piel pálida, salpicada de pecas, y mis pechos firmes, con los pezones endurecidos por el frío y la excitación. Erik gruñó, un sonido gutural que hizo que mi cuerpo respondiera con un calor líquido entre mis muslos.
—Eres un regalo de los dioses —dijo, acercándose. Sus manos, ásperas por años de empuñar hachas, recorrieron mi cintura, subiendo hasta mis pechos. Los apretó con firmeza, haciendo que jadeara. —Voy a devorarte esta noche, mujer.
—Hazlo —susurré, mi voz temblando de deseo. Lo empujé hacia el lecho de pieles, y él se dejó caer, tirando de mí para que cayera sobre él. Nuestros cuerpos chocaron, piel contra piel, y sentí su dureza presionando contra mi muslo. Me incliné para besarlo, un beso feroz, lleno de dientes y lenguas, mientras mis manos desataban su cinturón y liberaban su hombría.Erik era grande, como correspondía a un guerrero vikingo, y su miembro palpitaba bajo mi toque. Lo acaricié con firmeza, arrancándole un gemido profundo. —Por Odín, Astrid, sigue así y no duraré —dijo, su voz entrecortada.
—No quiero que dures —respondí, subiendo a horcajadas sobre él. Me posicioné sobre su erección, dejando que la punta rozara mi entrada, húmeda y ansiosa. —Quiero que me tomes como si fuéramos a Valhalla esta misma noche.
Sin esperar más, me dejé caer sobre él, sintiendo cómo me llenaba por completo. Un gemido escapó de mis labios, y Erik gruñó, sus manos aferrando mis caderas con fuerza. —¡Por los dioses, qué apretada estás! —jadeó, comenzando a moverme contra él, marcando un ritmo salvaje.
El lecho de pieles crujía bajo nosotros, y el calor de nuestros cuerpos llenaba la tienda. Me incliné hacia adelante, mis pechos rozando su pecho, mientras cabalgaba con furia, mis caderas girando en círculos para intensificar el placer. —¡Más fuerte, Erik! —exigí, mi voz cargada de lujuria. —¡Fóllame como si fuera tu última noche en Midgard!
Él rugió, un sonido animal, y me giró con un movimiento rápido, poniéndome de rodillas sobre las pieles. Entró en mí desde atrás, sus embestidas profundas y brutales, haciendo que mi cuerpo temblara de placer. —¡Eres mía, Astrid! —gruñó, su mano enredándose en mi cabello mientras tiraba de él, arqueando mi espalda. —Voy a llenarte, a marcarte con mi semilla.
—Hazlo —jadeé, empujando mis caderas contra él, buscando cada centímetro de su longitud. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la tienda, mezclado con nuestros gemidos y las obscenidades que salían de nuestras bocas. —¡Por Freyja, no pares! ¡Dame más, maldito guerrero!
El orgasmo se acercaba, un incendio que crecía en mi interior. Sentí cómo mi cuerpo se tensaba, mis músculos apretándose alrededor de él. —¡Erik, voy a correrme! —grité, mis uñas clavándose en las pieles.
—¡Córrete para mí, Astrid! —rugió él, acelerando sus embestidas. —¡Quiero sentir cómo te deshaces!
El clímax me golpeó como una tormenta, un relámpago de placer que me hizo gritar su nombre. Mi cuerpo tembló, y él no se detuvo, prolongando mi éxtasis hasta que sentí su propio orgasmo llegar. —¡Por Thor, aquí viene! —gruñó, y con un último empujón, se derramó dentro de mí, su calor llenándome mientras jadeaba mi nombre.
Nos desplomamos sobre las pieles, sudorosos y jadeantes, con el eco de nuestros gritos aún resonando en la tienda. Erik me atrajo hacia su pecho, su respiración entrecortada contra mi oído. —Eres una diosa, Astrid —murmuró, besando mi cuello. —Ninguna incursión me ha dado tanto placer como tú.
Sonreí, agotada pero satisfecha, mi cuerpo aún vibrando por el éxtasis. —Y tú, guerrero, has honrado a los dioses esta noche.
Nos quedamos allí, envueltos en pieles, mientras el campamento seguía su fiesta. Afuera, otros amantes compartían sus propios rituales, y el aire se llenaba de risas, gemidos y el crepitar de las hogueras. En Bjornvik, el deseo era tan libre como el viento, y esa noche, bajo la mirada de los dioses, Erik y yo habíamos celebrado la vida con la pasión que solo un vikingo podía entender.

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