LONDRES, OTOÑO DE 2024. La ciudad estaba envuelta en una niebla densa, de esas que hacían que las luces de los pubs y los taxis negros parecieran flotar en un sueño húmedo. Martín, un joven gallego de 24 años, caminaba por las calles de Bloomsbury con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta impermeable. Había llegado a Inglaterra dos años atrás para estudiar economía en la London School of Economics, dejando atrás las rías de Galicia y su melancolía atlántica. Su acento, con ese tono suave y musical del gallego, hacía que sus compañeros de clase lo miraran con curiosidad, y él lo usaba a su favor, desplegando un encanto natural que desarmaba sin esfuerzo.
Martín era alto, de piel clara pero curtida por los vientos de la costa gallega, con ojos verdes que parecían reflejar el mar y una sonrisa que mezclaba timidez y picardía. No tenía pareja, pero su vida en Londres estaba llena de aventuras fugaces: noches en bares de Shoreditch, flirteos en las bibliotecas de la LSE, y mensajes subidos de tono que intercambiaba con desconocidos en apps de citas. Sin embargo, nada lo había preparado para Dagny Honsted. La conoció en una cafetería cerca de Russell Square, un lugar con paredes de ladrillo visto y el aroma a café recién molido flotando en el aire. Dagny estaba sentada junto a la ventana, con un libro de poesía noruega entre las manos y una taza de té humeante. Era alta, con el cabello rubio casi blanco cayendo en ondas suaves sobre sus hombros, y unos ojos azules que parecían cortar el alma. Su piel pálida contrastaba con el jersey negro que llevaba, y había algo en su postura —elegante, pero con un toque de desafío— que hizo que Martín no pudiera apartar la mirada. Ella levantó la vista, y sus ojos se encontraron. Fue un instante, pero suficiente para que Martín sintiera un cosquilleo en la nuca. Con la confianza que solo un gallego puede tener cuando se lo propone, se acercó a su mesa. —¿Puedo sentarme? —preguntó, señalando la silla vacía frente a ella. Dagny lo miró de arriba abajo, con una ceja arqueada y una sonrisa apenas esbozada. —Si no interrumpes mi lectura —respondió en un inglés impecable, con un acento noruego que sonaba como un susurro en un bosque nevado. —No prometo nada —dijo Martín, sentándose con una sonrisa traviesa. —Soy Martín, de Galicia. España. —Dagny. Noruega. —Ella cerró el libro, dejando un dedo entre las páginas. —¿Y qué hace un gallego tan lejos de su mar? —Estudiar economía, intentar no morir de frío y, ahora mismo, intentar que una noruega me dé su número. Dagny soltó una carcajada, un sonido cálido que contrastaba con su apariencia gélida. —Eres directo. Me gusta. La conversación fluyó sin esfuerzo. Hablaron de los fiordos de Noruega, de las rías gallegas, de la música que los hacía vibrar, de las noches londinenses que los mantenían despiertos. Dagny estudiaba literatura comparada en la UCL, y su pasión por las palabras era tan magnética como su presencia. Martín no podía dejar de notar cómo sus labios se movían al hablar, cómo sus dedos jugaban con el borde de la taza. Había una electricidad entre ellos, una tensión que ninguno mencionaba pero que ambos sentían. Pasaron semanas viéndose casi a diario. Estudiaban juntos en la biblioteca, compartían pintas en pubs de Camden, paseaban por Regent’s Park bajo la lluvia. Dagny mencionaba de vez en cuando a su novio, Juan, un murciano que trabajaba como tratante de naranjas en España. Hablaba de él con cariño, pero también con una distancia que Martín percibía claramente. Juan estaba en Murcia, ocupado con sus negocios, y Dagny estaba aquí, en Londres, viviendo una vida que parecía alejarse cada vez más de él. La atracción entre Martín y Dagny era innegable. Cada mirada, cada roce casual, era como una chispa en un polvorín. Martín sabía que estaba entrando en terreno peligroso, pero no podía —o no quería— detenerse. Dagny, por su parte, parecía disfrutar del juego, manteniendo siempre un equilibrio entre la provocación y la distancia. Hasta que una noche, todo estalló. Era un viernes, y Soho estaba vibrando con la energía de la ciudad. Habían quedado en un bar con luces tenues, jazz de fondo y un ambiente que invitaba a perderse. Dagny llevaba un vestido negro ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo, y Martín sintió que se le secaba la boca cuando la vio entrar. Se sentaron en una mesa apartada, con un par de cócteles frente a ellos, y la conversación pronto se volvió más íntima. —¿Nunca hablas de Juan? —preguntó Martín, dando un sorbo a su whisky sour. Dagny lo miró por encima de su gin-tonic, con una sonrisa que era mitad desafío, mitad confesión. —Está en Murcia. Lejos. Y yo estoy aquí. —Hizo una pausa, inclinándose hacia él. —¿Por qué lo preguntas? ¿Celoso? Martín rió, sintiendo el calor subir por su cuello. —No estoy celoso. Solo curioso. Una chica como tú no debería estar tan sola. —¿Sola? —Ella arqueó una ceja, acercándose más. —No estoy sola ahora, ¿verdad? El aire se volvió denso, cargado de una tensión que ya no podían ignorar. Sus manos se rozaron sobre la mesa, y el contacto fue como un relámpago. Martín sintió que su corazón latía más rápido, que el mundo se reducía a esos ojos azules, a esa boca que parecía prometer cosas prohibidas. —¿Quieres salir de aquí? —preguntó Dagny, su voz baja, casi un ronroneo. Martín no respondió con palabras. Se levantó, dejó unas libras sobre la mesa y extendió la mano. Ella la tomó, y juntos salieron al frío húmedo de la noche londinense. El piso de Dagny estaba a pocas calles, en una casa victoriana reconvertida en apartamentos. Subieron las escaleras en silencio, con el único sonido de sus pasos y el latido acelerado de sus corazones. Cuando entraron, Dagny cerró la puerta y, sin mediar palabra, se lanzó sobre Martín, besándolo con una urgencia que lo pilló desprevenido. El beso fue feroz, hambriento, como si ambos hubieran estado conteniendo ese deseo durante semanas. Sus labios se devoraban, sus lenguas se enredaban, y Martín la empujó contra la pared, sus manos deslizándose por su cintura, subiendo hasta el borde de su vestido. Ella gimió contra su boca, un sonido que lo encendió aún más. —Joder, Dagny... —murmuró él, su voz ronca mientras besaba su cuello, saboreando el calor de su piel. —¿Por qué tienes que ser tan jodidamente irresistible? Ella rió, un sonido entrecortado mientras sus manos tiraban de su camisa. —Cállate y bésame, gallego. Quiero sentirte. La ropa empezó a caer al suelo: la chaqueta de Martín, el vestido de Dagny, que se deslizó como una cascada de tela negra. Sus cuerpos se encontraron, piel contra piel, en un torbellino de caricias y susurros. Martín la levantó en brazos, llevándola hasta el sofá del pequeño salón, y la tumbó con una mezcla de delicadeza y urgencia. —Dios, mírate... —dijo él, recorriendo con los ojos su cuerpo desnudo, pálido bajo la luz ámbar de una lámpara. —Eres una puta fantasía. Dagny se mordió el labio, sus manos tirando de él para que se acercara. —Deja de hablar y cómeme, Martín. Quiero tu lengua en mí. Lame mi clítoris. Esas palabras, crudas y directas, fueron como un incendio. Martín se arrodilló frente a ella, sus manos abriendo sus muslos mientras sus labios encontraban su piel. Ella arqueó la espalda, gimiendo cuando él la tocó, su lengua explorando con una precisión que la hacía temblar. —Joder, sí... justo ahí... —jadeó Dagny, sus dedos enredándose en el pelo de Martín. —No pares, gallego, no pares... Él obedeció, perdiéndose en su sabor, en sus gemidos, en la forma en que su cuerpo respondía a cada movimiento. Cuando ella estuvo al borde del éxtasis, lo empujó hacia atrás, con una mirada salvaje en los ojos. —Ahora yo —dijo, su voz temblando de deseo. —Deja que te coma tu polla. Martín se recostó en el sofá, su respiración entrecortada mientras Dagny se inclinaba sobre él, sus labios y su lengua trabajando con una habilidad que lo hizo gruñir. —Joder, Dagny... eres una maldita diosa... —murmuró, sus manos en su pelo mientras ella lo llevaba al límite. No podían esperar más. Dagny se subió a horcajadas sobre él, sus ojos clavados en los suyos mientras lo guiaba dentro de ella. —Péntrame, español —susurró, su voz cargada de urgencia. —Fóllame hasta que no pueda más. Martín la agarró por las caderas, moviéndose con un ritmo que era a la vez feroz y deliberado. Cada embestida era un desafío, cada gemido una rendición. —Joder, eres tan apretada... —gruñó él, sus manos apretando su piel mientras ella se movía encima de él. —Me estás volviendo loco... —Córrete en mi coño, Martín —jadeó Dagny, sus uñas clavándose en su pecho mientras el placer la desbordaba. —Quiero sentirte dentro de mí. Esas palabras fueron el detonante. El clímax los golpeó como una ola, sus cuerpos tensándose, sus respiraciones convirtiéndose en gritos ahogados. Dagny gritó su nombre, y Martín se perdió en ella, en el calor, en la intensidad de ese momento. Cuando todo terminó, se quedaron allí, en el sofá, con los cuerpos aún pegados, sudorosos y temblando. Dagny apoyó la cabeza en el pecho de Martín, y él la rodeó con un brazo, sintiendo el latido de su corazón contra el suyo. —Esto no debería haber pasado —dijo él, aunque su tono carecía de arrepentimiento. Dagny levantó la cabeza, mirándolo con una mezcla de diversión y desafío. —¿Por qué no? Somos adultos. Sabemos lo que queremos. —Juan... —empezó Martín, pero ella lo interrumpió. —Juan está en Murcia. Yo estoy aquí. Contigo. —Su voz era firme, pero había una vulnerabilidad en sus ojos que lo desarmó. Martín no respondió. Sabía que esto no sería algo de una noche. Dagny no era solo una aventura; era un torbellino que lo estaba arrastrando a un lugar del que no quería salir. Los días siguientes fueron una vorágine de encuentros clandestinos. Se veían en el piso de Dagny, en el de Martín, en hoteles baratos de King’s Cross. Cada vez que estaban juntos, era como si el mundo desapareciera. Hablaban, reían, follaban con una intensidad que los dejaba exhaustos pero siempre queriendo más. —Quiero que me folles hasta que no pueda caminar —le susurró Dagny una noche, mientras estaban enredados en las sábanas de su cama. Martín, con una sonrisa pícara, respondió: —Cuidado con lo que pides, noruega, porque soy muy bueno cumpliendo. Pero no todo era sexo. Había momentos de calma, de conversaciones profundas sobre sus vidas, sus miedos, sus sueños. Dagny le hablaba de los inviernos en Oslo, de las auroras boreales que parecían hablarle. Martín le contaba sobre las noches en la costa gallega, sobre el olor a sal y las gaitas que resonaban en las fiestas. Se estaban enamorando, y ambos lo sabían, aunque ninguno lo decía en voz alta. Mientras tanto, las videollamadas con Juan se volvían más esporádicas. Dagny hablaba con él, pero sus palabras eran cada vez más distantes. Martín, por su parte, sentía una mezcla de culpa y alivio cada vez que ella mencionaba a su novio. Sabía que esto no podía durar para siempre, que tarde o temprano tendrían que enfrentarse a la realidad. Una noche, después de otra sesión de pasión desenfrenada, Dagny rompió el silencio. —¿Qué vamos a hacer, Martín? —preguntó, su voz suave pero cargada de seriedad. Él la miró, con el corazón en un puño. —No lo sé. Pero no quiero que esto termine. Ella se giró hacia él, apoyándose en un codo. —Entonces no dejes que termine. Pero tenemos que ser honestos. Con nosotros. Con Juan. Martín cerró los ojos, sintiendo el peso de sus palabras. Sabía que tenía razón. Sabía que estaban en una encrucijada, y que cualquier decisión cambiaría sus vidas para siempre. Pero en ese momento, con Dagny a su lado, con su calor envolviéndolo, no quería pensar en el futuro. Solo quería vivir el presente, ese instante de pura conexión, de deseo, de amor. Y así, entre las sábanas revueltas y el frío de Londres, Martín y Dagny siguieron perdiéndose el uno en el otro, sabiendo que el mundo real, con todas sus complicaciones, los alcanzaría tarde o temprano. Pero por ahora, eran solo ellos, dos almas ardientes en una ciudad que nunca dormía.El fuego que no se apaga
Londres, finales de Noviembre. Martín y Dagny vivían en una burbuja, un mundo propio donde el tiempo parecía detenerse cada vez que sus cuerpos se encontraban. Pero fuera de esa burbuja, la realidad seguía su curso, y la sombra de Juan, el novio de Dagny en Murcia, se cernía sobre ellos como una nube que amenazaba con estallar.
Los encuentros entre Martín y Dagny se volvieron más frecuentes, más intensos, como si cada uno intentara grabar en su piel el recuerdo del otro. Sus días estaban llenos de rutinas compartidas: mañanas estudiando en la biblioteca de la UCL, tardes paseando por las calles de Covent Garden, y noches que terminaban inevitablemente en uno de sus pisos, con las sábanas revueltas y el aire cargado de gemidos.
Una de esas noches, en el pequeño apartamento de Martín en Finsbury Park, la tensión entre ellos alcanzó un nuevo nivel. Habían pasado la tarde en un mercado de comida callejera, riendo mientras compartían un taco de pulled pork y una cerveza artesanal. Dagny llevaba una bufanda de lana que se le deslizaba constantemente del cuello, y Martín no podía dejar de mirarla, fascinado por cómo el frío rosaba sus mejillas pálidas. Cuando volvieron al piso, el ambiente estaba cargado de una energía que no necesitaba palabras.
Apenas cruzaron la puerta, Dagny lo empujó contra la pared, sus manos rápidas desabrochando su chaqueta. —Te deseo ahora, gallego —susurró, su voz temblando de urgencia mientras sus labios rozaban los de él. —No puedo esperar más.
Martín respondió con un gruñido, sus manos deslizándose bajo el jersey de Dagny, sintiendo el calor de su piel. —Joder, noruega, me vuelves loco... —dijo, levantándola en brazos y llevándola hasta la cama deshecha en el rincón de su pequeño estudio. La ropa voló en cuestión de segundos: el jersey de ella, la camiseta de él, los vaqueros que cayeron al suelo con un sonido sordo.
Dagny se tumbó en la cama, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y deseo. —Lame mi clítoris, Martín —ordenó, su voz baja pero firme, mientras abría las piernas con una lentitud deliberada. —Quiero sentir tu lengua hasta que no pueda más.
Martín no necesitó que se lo pidiera dos veces. Se arrodilló frente a ella, sus manos sujetando sus muslos mientras exploraba su cuerpo con una devoción que la hizo arquear la espalda. —Dios, sabes tan bien... —murmuró contra su piel, perdiéndose en sus gemidos, en la forma en que sus dedos se enredaban en su pelo. —Voy a hacer que te corras tan fuerte que te olvides de todo.
Ella rió, un sonido entrecortado que se convirtió en un gemido cuando él intensificó sus movimientos. —Joder, sí... justo ahí... —jadeó, sus uñas clavándose en sus hombros. —No pares, gallego, no pares...
Cuando Dagny alcanzó el clímax, su cuerpo tembló bajo él, y Martín sintió una oleada de satisfacción al verla deshacerse. Pero ella no estaba dispuesta a dejarlo tomar el control por completo. Lo empujó hacia atrás, subiéndose encima de él con una sonrisa traviesa. —Ahora me toca a mí —dijo, su voz cargada de promesas. —Deja que te coma tu polla.
Martín gruñó, su cabeza cayendo hacia atrás mientras los labios de Dagny lo envolvían, llevándolo al borde de la locura. —Joder, Dagny... eres una maldita experta... —dijo, su voz entrecortada mientras sus manos se aferraban a las sábanas. Ella lo miró a los ojos, con una intensidad que lo desarmó, y siguió hasta que él estuvo a punto de perder el control.
—Péntrame, español —susurró ella, guiándolo dentro de ella mientras se sentaba a horcajadas sobre él. —Fóllame hasta que no pueda pensar.
Martín la agarró por las caderas, moviéndose con un ritmo que era puro instinto. Cada embestida era una declaración, cada gemido una rendición. —Eres tan jodidamente perfecta... —gruñó, sus manos apretando su piel mientras ella se movía encima de él. —Me estás matando, noruega.
—Córrete en mi coño, Martín —jadeó Dagny, sus ojos clavados en los suyos mientras el placer los consumía. —Quiero sentirte dentro de mí.
El clímax los golpeó como un relámpago, sus cuerpos tensándose, sus respiraciones convirtiéndose en gritos ahogados. Dagny se derrumbó sobre él, su piel sudorosa pegándose a la suya, y por un momento, el mundo entero desapareció. Solo estaban ellos, enredados, temblando, completamente entregados.
Pero la intensidad de sus encuentros no podía ocultar la realidad. Dagny seguía hablando con Juan por videollamada, aunque cada vez con menos frecuencia. Martín, por su parte, intentaba ignorar la culpa que lo asaltaba cada vez que veía el nombre de Juan en la pantalla del móvil de Dagny. Sabían que estaban jugando con fuego, pero ninguno quería apagarlo.
Una tarde, mientras paseaban por South Bank, con el Támesis reflejando las luces de la ciudad, Dagny rompió el silencio. —Juan viene a Londres en dos semanas —dijo, su voz neutra, como si estuviera hablando del tiempo.
Martín sintió un nudo en el estómago. —¿Y qué vas a hacer? —preguntó, intentando sonar casual aunque su corazón latía con fuerza.
Ella se detuvo, mirando el río. —No lo sé. Lo quiero, pero... —Hizo una pausa, girándose hacia él. —No es lo mismo que contigo. Esto que tenemos... es diferente. Es como si me quemara por dentro.
Martín la miró, dividido entre el deseo de besarla y la necesidad de alejarse. —Dagny, esto no puede seguir así. No es justo para nadie.
Ella asintió, pero sus ojos brillaban con una mezcla de tristeza y determinación. —Lo sé. Pero no estoy lista para dejarlo. No todavía.
Esa noche, en el piso de Dagny, se entregaron el uno al otro con una intensidad casi desesperada, como si supieran que el tiempo se les escapaba. —Fóllame como si fuera la última vez —susurró ella, sus manos tirando de él mientras se besaban con fiereza. —Quiero recordarte siempre.
Martín obedeció, perdiéndose en su cuerpo, en sus gemidos, en las palabras subidas de tono que ella le susurraba al oído. —Lame mi clítoris otra vez —pidió, y él lo hizo, llevándola al borde una y otra vez hasta que ella gritó su nombre. Luego, cuando ella se subió encima de él, susurró: —Córrete en mi coño, gallego, hazme tuya. —Y él lo hizo, con una intensidad que los dejó temblando.
Los días siguientes fueron un torbellino de emociones. Se veían en cada momento libre, aprovechando cada rincón de Londres para alimentar su deseo. Una noche, en un hotel barato cerca de Euston, se encerraron en una habitación con vistas a la ciudad y se entregaron a una sesión que duró horas. —Deja que te coma tu polla —dijo Dagny, con una sonrisa traviesa mientras lo empujaba contra la cama. Martín rió, pero su risa se convirtió en un gemido cuando ella cumplió su promesa.
—Péntrame, español —susurró ella después, guiándolo dentro de ella mientras se miraban a los ojos. —Fóllame hasta que no pueda más. —Y él lo hizo, con una pasión que parecía consumirlos a ambos.
Pero no todo eran encuentros físicos. Había momentos de calma, de conexión profunda. Una tarde, mientras compartían un café en un puesto callejero en Borough Market, Dagny le habló de su infancia en Noruega, de las noches en las que se sentaba en el tejado de su casa a mirar las estrellas. Martín le contó sobre las caminatas por los acantilados gallegos, sobre el sonido del mar que lo hacía sentir en casa. Esas conversaciones los unían tanto como sus cuerpos, y cada una hacía más difícil imaginar un futuro sin el otro.
A medida que se acercaba la fecha de la llegada de Juan, la tensión entre ellos creció. Martín notaba que Dagny estaba más callada, más pensativa. Una noche, mientras yacían en la cama después de otro encuentro ardiente, ella rompió el silencio.
—Voy a hablar con Juan cuando llegue —dijo, su voz apenas un susurro. —No puedo seguir así. No es justo para él. Ni para nosotros.
Martín sintió una mezcla de alivio y miedo. —¿Y qué le vas a decir?
Ella lo miró, sus ojos azules brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. —La verdad. Que estoy enamorada de ti.
Esas palabras lo golpearon como un puñetazo. No esperaba oírlas, no tan pronto, no con tanta claridad. —Dagny... —empezó, pero ella lo interrumpió con un beso suave, casi tierno.
—No digas nada —susurró contra sus labios. —Solo quédate conmigo esta noche.
Y así lo hicieron. Se amaron una vez más, con una intensidad que mezclaba deseo y ternura. —Lame mi clítoris, Martín —pidió ella, y él obedeció, llevándola al éxtasis con una paciencia que contrastaba con la urgencia de sus encuentros anteriores. Luego, cuando ella lo montó, susurró: —Córrete en mi coño, gallego, quiero sentirte una última vez. —Y él lo hizo, perdiéndose en ella como si el mundo estuviera a punto de acabarse.
La llegada de Juan marcó un punto de inflexión. Era un hombre robusto, con la piel bronceada por el sol de Murcia y una sonrisa que desprendía confianza. Cuando Dagny lo presentó en un pub cerca de Trafalgar Square, Martín sintió una punzada de celos al ver cómo Juan la abrazaba, cómo sus manos se posaban en su cintura con familiaridad. Pero también notó la distancia en los ojos de Dagny, la forma en que su sonrisa no llegaba del todo a su rostro.
Esa noche, mientras Juan hablaba de sus planes para llevar a Dagny a España, Martín apenas podía concentrarse. Sabía que el momento de la verdad estaba cerca, y la idea de perderla lo aterrorizaba. Pero también sabía que no podía seguir viviendo en esa burbuja de pasión y engaño.
Dos días después, Dagny lo llamó. Su voz temblaba al otro lado del teléfono. —He hablado con Juan —dijo. —Le he dicho todo.
Martín sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. —¿Y qué ha pasado?
Ella hizo una pausa, y él pudo imaginarla mordiéndose el labio, como hacía cuando estaba nerviosa. —Se ha ido. No podía quedarse después de eso. Me ha dicho que necesita tiempo, pero... creo que se acabó.
Martín no sabía si sentirse aliviado o culpable. —¿Estás bien? —preguntó, aunque la pregunta sonaba vacía.
—No lo sé —admitió ella. —Pero quiero verte. Ahora.
Esa noche, en el piso de Dagny, se entregaron el uno al otro con una intensidad que era casi dolorosa. —Fóllame, Martín —susurró ella, sus manos tirando de él mientras se besaban con desesperación. —Hazme olvidar todo. —Y él lo hizo, perdiéndose en su cuerpo, en sus gemidos, en las palabras crudas que ella le susurraba al oído. —Péntrame, español —jadeó, y él obedeció, llevándola al límite una y otra vez. Cuando ella alcanzó el clímax, gritó: —Córrete en mi coño, gallego, quiero sentirte dentro de mí. —Y él lo hizo, con una pasión que los dejó temblando.
Pero esta vez, cuando terminaron, no hubo risas ni bromas. Se quedaron en silencio, abrazados, con la certeza de que algo había cambiado. La burbuja se había roto, y ahora tenían que enfrentarse al mundo real.
Los días siguientes fueron un torbellino de emociones. Dagny y Martín intentaron construir algo nuevo, algo más allá de la pasión desenfrenada. Pasaban horas hablando, planeando un futuro que parecía frágil pero lleno de posibilidades. Una noche, mientras caminaban por Primrose Hill, con la ciudad extendida ante ellos como un mar de luces, Dagny tomó su mano.
—No sé si esto va a funcionar —dijo, su voz suave pero firme. —Pero quiero intentarlo. Contigo.
Martín la miró, sintiendo que su corazón latía con fuerza. —Yo también quiero intentarlo, noruega.
Se besaron bajo las estrellas, un beso lento, profundo, que prometía más que solo deseo. Era una promesa de algo real, algo que podía durar. Pero en el fondo, ambos sabían que el camino no sería fácil. La culpa, la distancia, las heridas de Juan... todo seguía ahí, acechándolos.
Y sin embargo, en ese momento, con Londres a sus pies y el calor de sus manos entrelazadas, nada de eso importaba. Solo estaban ellos, dos almas ardientes en una ciudad que nunca dormía, dispuestos a enfrentarse al mundo juntos.

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