ME TUMBO EN LA CAMA, el sol de la tarde filtrándose a través de las cortinas, calentando mi piel desnuda. Soy una joven con muchas ganas de sexo, una voracidad que me consume desde dentro, como un fuego lento que nunca se apaga. Me encanta masturbarme pensando en que me follan varios chicos, imaginándolos rodeándome, sus cuerpos fuertes y ansiosos, sus manos explorando cada curva de mi figura. Es mi ritual secreto, mi escape delicioso, donde me pierdo en fantasías que me hacen temblar de anticipación.
Cierro los ojos y dejo que mis dedos deslicen por mi vientre, bajando despacio hacia el calor húmedo entre mis muslos. Mi respiración se acelera mientras visualizo la escena: estoy en una habitación tenue, rodeada por tres hombres, sus miradas cargadas de deseo. Uno de ellos, el más alto, se acerca primero, su mano rozando mi mejilla antes de bajar a mi cuello. "Me encanta cómo me miras", susurro en mi mente, sintiendo el pulso acelerado en mi clítoris. Mis dedos lo encuentran, hinchado y sensible, y comienzo a frotarlo en círculos suaves, como si fuera su lengua la que me acaricia.
En mi fantasía, me arrodillo ante ellos, mis pechos expuestos, los pezones endurecidos por la excitación. "Muerde mis pezones", les digo al primero, guiando su cabeza hacia mí. Siento el pinchazo delicioso de sus dientes, un mordisco juguetón que envía ondas de placer directo a mi centro. Cómo disfruto de esto, de la mezcla de dolor y éxtasis que me hace arquear la espalda. Mis dedos aceleran el ritmo sobre mi clítoris, lubricados por mi propia humedad, mientras imagino al segundo chico arrodillándose detrás de mí, sus manos separando mis nalgas.
"Lame mi clítoris", le ordeno en voz baja, mi voz ronca de necesidad. Su lengua es cálida y experta, lamiendo con lentitud al principio, luego con más urgencia, explorando cada pliegue. En la realidad, mis caderas se mueven contra mi mano, imitando el movimiento, el placer acumulándose como una tormenta. El tercero se une, su polla dura y palpitante ante mi rostro. "Mete tu polla", le digo, abriendo la boca para recibirlo, sintiendo cómo me llena, el sabor salado en mi lengua. Me encanta esta plenitud, ser el centro de su atención, sus gemidos resonando en el aire.
Ahora, en mi cama, introduzco dos dedos en mi interior, curvándolos para rozar ese punto sensible que me hace jadear. En la fantasía, me levantan entre los tres, uno penetrándome por delante mientras otro lo hace por detrás, el tercero besando mi cuello y pellizcando mis pezones. "Fóllame", les suplico, mi voz entrecortada. "Fóllame más fuerte". Sus embestidas son rítmicas, profundas, cada una enviando ondas de placer que me acercan al borde. Cómo disfruto de esta sinfonía de cuerpos, de sudores mezclados y respiraciones agitadas.
"Sigue, me corro", gimo en mi mente, sintiendo el clímax acercarse. Mis dedos se mueven con frenesí, frotando y penetrando, mi otra mano pellizcando un pezón para intensificar la sensación. En la escena imaginaria, acelero el ritmo con ellos. "Córrete conmigo", les digo al que me penetra, sintiendo su polla hincharse dentro de mí. "Quiero sentir tu leche", susurro, imaginando el calor de su liberación inundándome, mientras los otros se unen, sus fluidos calientes sobre mi piel.
El orgasmo me golpea como una ola, mi cuerpo convulsionando en la cama, un gemido escapando de mis labios. Me encanta esto, cómo disfruto de cada pulso de placer que me recorre. Quedo allí, jadeante, con una sonrisa satisfecha, sabiendo que esta fantasía solo aviva mi hambre por más. Mañana, quizás, la haga realidad.

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