EN LA VIBRANTE CÓRDOBA DEL SIGLO X, bajo el esplendor del *califato* omeya, yo, una joven concubina de origen bereber llamada Zaynab, vivía en los opulentos jardines del Alcázar. El sol de Al-Ándalus calentaba mi piel aceitunada mientras me preparaba para el encuentro secreto con mi amante, el poeta y guardia del califa, llamado Tariq. En esa época, las *relaciones eróticas* florecían en la sombra de los hammams y los patios perfumados con jazmines, donde el deseo se entretejía con la poesía y el misterio de las noches estrelladas. Mi corazón latía con anticipación, sabiendo que nuestro *amor prohibido* desafiaba las normas, pero el fuego de la pasión era más fuerte que cualquier velo de decoro.
Aquella tarde, nos encontramos en el hammam privado del palacio, un lugar de vapor y mosaicos relucientes donde el agua caliente caía en cascadas sobre nuestros cuerpos. Tariq me tomó de la mano y me llevó a una sala apartada, rodeada de azulejos con motivos florales que evocaban la fertilidad de nuestra tierra. Desnudé mi túnica de seda, revelando mis pechos firmes y mis caderas curvas, mientras él admiraba mi forma con ojos hambrientos. "Zaynab, tu belleza es como el oasis en el desierto", murmuró, acercándose para besarme con labios ardientes. El *beso* fue el preludio de nuestra *pasión erótica*, un roce que encendió el fuego en mi vientre.
Nos sumergimos en la piscina tibia, donde el agua lamía nuestra piel como un amante invisible. Tariq me levantó contra el borde de mármol, mis piernas envolviendo su cintura en una *postura de pie*, permitiendo que su *miembro erecto* rozara mi intimidad húmeda. "Siente cómo te deseo, mi flor del sur", dijo con voz ronca, mientras sus manos exploraban mis senos, pellizcando los pezones hasta hacerlos endurecer. Yo gemí, arqueando la espalda, y respondí: "Tariq, tu *polla dura* me vuelve loca, penétrame ya". El vapor nos envolvía, haciendo que el *sexo* pareciera un ritual ancestral.
En esa *postura acuática*, él empujó con fuerza, entrando en mí con un movimiento fluido que me llenó por completo. El agua salpicaba con cada embestida, y yo clavaba mis uñas en su espalda musculosa. "¡Más rápido, mi guerrero, fóllame como si fuera la última vez!", le grité, sintiendo cómo su *pene* golpeaba mi interior con ritmo salvaje. Él jadeaba: "Tu *coño* es un paraíso caliente, Zaynab, apriétame más". Nuestros cuerpos se unían en un baile *erótico* y frenético, el hammam testigo de nuestro éxtasis prohibido.
Cambiamos de lugar, saliendo del agua hacia un diván cubierto de cojines bordados con hilos de oro. Tariq me colocó a cuatro patas, en la clásica *postura del perro*, admirando mi trasero redondo antes de penetrarme desde atrás. Sus manos agarraban mis caderas, tirando de mí con cada thrust profundo. "Mira cómo entro en ti, mi esclava del placer", gruñó, y yo respondí con gemidos: "Sí, amo, tu *verga* me parte en dos, no pares". El sudor perlaba nuestra piel, mezclándose con el aroma de aceites perfumados que usábamos en el *califato* para realzar el deseo.
En el clímax de esa *posición animal*, sentí el orgasmo aproximarse como una tormenta en el desierto. "¡Tariq, estoy a punto, fóllame más duro, cabrón!", exclamé en éxtasis, mi voz quebrada por el placer. Él aceleró, diciendo guarradas: "Córrete en mi *polla*, puta mía, siente cómo te lleno de semen caliente". Oleadas de placer me invadieron, mi cuerpo temblando mientras él eyaculaba dentro de mí con un rugido primal.
Después de ese arrebato, nos recostamos en el diván, pero el fuego no se apagaba. Tariq me giró boca arriba, en la *postura misionera*, con mis piernas sobre sus hombros para una penetración más profunda. Sus ojos clavados en los míos, susurró: "Eres mi diosa *erótica*, Zaynab". Yo lo abracé, guiando su *miembro* de nuevo a mi entrada resbaladiza. "Entra despacio al principio, hazme sufrir de placer", le pedí, y él obedeció, moviéndose con lentitud tortuosa.
A medida que el ritmo aumentaba, nuestros diálogos se volvieron más obscenos. "Tu *coño mojado* me succiona, amor", dijo él, y yo respondí: "Fóllame como un animal, Tariq, quiero sentir tu *polla* hasta el fondo". El diván crujía bajo nosotros, el palacio ajeno a nuestro secreto en la *Córdoba califal*.
Nos movimos al jardín adyacente, bajo la luna creciente que iluminaba las fuentes murmurantes. Allí, en una alfombra de pétalos, Tariq se sentó y yo me monté sobre él en la *postura de vaquera*, controlando el ritmo con mis caderas ondulantes. "Mírame rebotar en tu *verga*, mi poeta", le dije, y él agarró mis pechos: "Sí, cabalga, zorra mía, hazme explotar". El aire nocturno refrescaba nuestra piel ardiente, haciendo el *sexo al aire libre* aún más excitante.
En el éxtasis, grité: "¡Estoy corriéndome otra vez, joder, no pares!", y él replicó: "Lléname con tu jugo, puta del *califato*, voy a eyacular dentro". Nuestros orgasmos se sincronizaron en una explosión de placer, cuerpos convulsionando bajo las estrellas.
Agotados pero insaciables, regresamos al hammam para un último encuentro. Tariq me levantó contra la pared, en una *postura de pie elevada*, mis piernas envueltas en su torso mientras me penetraba con fuerza. "Eres adictiva, Zaynab", murmuró. Yo respondí: "Tu *polla* es mi vicio, fóllame hasta que amanezca".
Finalmente, en el clímax final, nuestras voces se unieron en guarradas: "¡Córrete conmigo, cabrón, lléname!", grité yo. Él: "Toma mi semen, perra *erótica*, eres mía". El *orgasmo* nos dejó exhaustos, pero en la *Córdoba* del siglo X, sabíamos que el deseo renacería con el alba.


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