RECUERDO AQUELLA NOCHE en *Medina Azahara* como si el tiempo se hubiera detenido en el esplendor del *califato*. Yo, *Abderramán III*, califa de Córdoba, había construido ese palacio de ensueños para escapar de las intrigas de la corte y sumergirme en placeres que solo un soberano podía permitirse. Mi amante, **Subh**, una concubina de origen *vasco-navarro* con ojos negros como la noche andalusí y piel clara que brillaba como el mármol bajo el sol, me esperaba en los jardines perfumados. El aire estaba cargado de jazmines y rosas, y el sonido de las fuentes susurraba promesas de *éxtasis*. En el *califato omeya*, el *sexo* no era tabú entre los poderosos; era un arte refinado, un ritual que unía cuerpo y alma, acorde con las costumbres del harén donde mujeres como Subh, traída desde las tierras cristianas del norte, eran educadas en el placer.
Caminé hacia ella bajo la luz de las antorchas, mi túnica de seda rozando el suelo de mosaicos intrincados. Subh estaba recostada en un diván de terciopelo, su velo semitransparente dejando entrever las curvas de sus *senos* firmes y sus caderas anchas, ideales para el *amor*. La sociedad de nuestro *califato* valoraba la belleza femenina como un don divino, y yo, como califa, tenía el privilegio de deleitarme con ella. Me acerqué, mi mano rozando su muslo expuesto, sintiendo el calor que emanaba de su piel. "Mi señor, he esperado este momento todo el día", murmuró Subh con voz ronca, sus labios pintados de henna curvándose en una sonrisa lasciva.
La besé con pasión, mi lengua explorando su boca mientras mis dedos se deslizaban bajo su vestido, encontrando la humedad de su *sexo* ya excitado. En *Medina Azahara*, los encuentros *eróticos* se desarrollaban en lugares como este jardín secreto, rodeados de palmeras y piscinas de agua cristalina. La llevé de la mano hacia una alcoba cercana, iluminada por lámparas de aceite que proyectaban sombras danzantes en las paredes adornadas con azulejos. Allí, la desvestí lentamente, admirando cómo su *cuerpo desnudo* brillaba bajo la luz tenue, sus *pezones* endureciéndose al contacto con el aire fresco.
La tumbé en la cama de plumas, mi *miembro erecto* presionando contra su vientre. "Subh, tu *coño* me enloquece", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo mientras mis manos amasaban sus *nalgas* redondas. Ella gimió, arqueando la espalda, y respondió: "Califa mío, fóllame como solo tú sabes, hazme tuya en esta *postura* que tanto te gusta". Comenzamos con ella encima, cabalgándome en la *postura del jinete*, sus caderas moviéndose en círculos lentos y sensuales, su *clítoris* rozando contra mi pelvis mientras yo la penetraba profundamente.
El *sexo* era ardiente, nuestros cuerpos sudados fusionándose en el calor de la noche cordobesa. "Más fuerte, mi señor, siente cómo mi *vagina* te aprieta", jadeaba Subh, sus uñas clavándose en mi pecho. Yo respondía empujando hacia arriba, golpeando su punto más sensible, mientras el aroma de almizcle y sudor llenaba la alcoba. Cambiamos a la *postura del misionero*, yo encima de ella, mis embestidas rítmicas haciendo que sus *senos* rebotaran con cada empuje. "Eres una *puta* divina, Subh, tu *coño* está hecho para mi *polla*", gruñí, acelerando el ritmo.
Nos movimos al baño adjunto, un hammam privado con vapor cálido y azulejos calientes. Allí, en el agua tibia, la puse de rodillas en la *postura del perrito*, penetrándola por detrás mientras el agua salpicaba nuestros cuerpos. "¡Sí, califa, fóllame como a una esclava, dame tu *semen*!", gritaba ella en *éxtasis*, su voz resonando en las paredes. Mis manos agarraban sus caderas, tirando de ella hacia mí, sintiendo cómo su *culo* se contraía alrededor de mi *miembro*.
En el *califato*, el *placer oral* era un arte refinado en los harenes, y Subh, con su educación en las tierras del norte y su destreza en el harén, lo dominaba. Me recosté en el borde de la piscina, y ella se arrodilló entre mis piernas, tomando mi *polla* en su boca con maestría. "Chúpala toda, mi amante, trágatela hasta el fondo", le ordené, mi mano enredada en su cabello oscuro. Ella succionaba con fervor, su lengua girando alrededor del glande, mientras yo gemía de placer, el vapor envolviéndonos en una niebla *erótica*.
Volvimos a la alcoba, exhaustos pero insaciables. La puse contra la pared en una *postura de pie*, levantando una de sus piernas para penetrarla profundamente. "Tu *coño* es un paraíso, Subh, voy a correrme dentro de ti", jadeé, mis embestidas cada vez más rápidas. Ella respondía con guarradas: "¡Sí, lléname con tu *leche caliente*, califa, hazme gritar de *orgasmo*!" Nuestros cuerpos chocaban con fuerza, el sudor resbalando por nuestras pieles.
Cambiamos a la *postura de la cuchara*, acostados de lado en la cama, yo detrás de ella, mi *miembro* deslizándose en su *vagina* húmeda mientras mis dedos jugaban con su *clítoris*. "Eres mi *reina del sexo*, mi señor, no pares", susurraba Subh, su respiración entrecortada. El ritmo se aceleraba, el placer construyéndose como una tormenta en el desierto.
En el clímax, la puse en la *postura del 69*, nuestras bocas devorándose mutuamente. Yo lamía su *coño* jugoso, saboreando sus fluidos, mientras ella chupaba mi *polla* con desesperación. "¡Voy a correrme, Subh, traga todo!", grité en *éxtasis*. Ella respondía: "¡Sí, dame tu *semen*, califa, estoy explotando de placer!"
El *orgasmo* nos golpeó como una ola, nuestros cuerpos convulsionando en unísono. Subh gritaba guarradas: "¡Fóllame más, tu *polla* es divina, hazme tu *puta eterna*!" Caímos exhaustos, pero el fuego no se apagaba. En *Medina Azahara*, las noches eran eternas para el *amor*.
Después, nos recostamos en el diván del jardín, recuperando el aliento bajo las estrellas. "Mi califa, tu *sexo* es el elixir de la vida", murmuró Subh, besando mi pecho. Yo respondí: "Y tú, Subh, joya de mi *harén* traída de tierras *vasco-navarras*, eres lista para más *éxtasis*".
La mañana llegó con el canto de los pájaros, pero el recuerdo de esa noche *erótica* perduraba. En el *califato*, tales encuentros fortalecían el espíritu del soberano, un ritual acorde con nuestra idiosincrasia de lujo y pasión.
Aún hoy, evoco esos momentos en *Medina Azahara*, donde el *sexo* con Subh, mi amante *vasco-navarra*, era arte y devoción. Repetimos esas *posturas* innumerables veces, cada una más ardiente que la anterior.
Y así, en la historia de *Abderramán III*, el *placer* con Subh se convirtió en leyenda, un testamento al *erotismo* del *califato omeya*.

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