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El templo del éxtasi #Mary #Love

EL CREPÚSCULO ENVOLVÍA la ciudad en un manto de tonos ámbar y púrpura, mientras en el corazón del centro, nuestro santuario, "Edén Spa", cobraba vida. Clara y yo, un matrimonio unido por la pasión y el deseo, habíamos convertido nuestra lujuria en un arte: masajes eróticos exclusivos para mujeres, donde nos transformábamos en médico y enfermera para desatar fantasías prohibidas. Cada sesión era una sinfonía de piel, gemidos y éxtasis, un ritual donde las clientas se rendían al placer sin restricciones, y nosotros, sus guías, las llevábamos al borde del abismo.

El spa era un oasis de sensualidad, diseñado para excitar los sentidos. Las paredes, pintadas en un rojo profundo con detalles dorados, parecían palpitar bajo la luz tenue de las velas aromáticas, que desprendían fragancias de vainilla, jazmín y un toque de oud, evocando un erotismo ancestral. El suelo de madera oscura, pulido hasta brillar, contrastaba con la camilla central, cubierta de cuero negro y lo suficientemente amplia para que dos, o incluso tres cuerpos, se entrelazaran en una danza de deseo. Una mesa auxiliar albergaba aceites calientes, plumas de avestruz, antifaces de seda, vibradores de diseño y lubricantes con sabores exóticos. Un sistema de sonido envolvía la sala con una música electrónica sensual, con bajos profundos que resonaban en el pecho como un latido. Clara, mi esposa, era una diosa de la seducción. Su uniforme de enfermera, un conjunto de látex blanco que se ceñía a sus curvas como una segunda piel, dejaba poco a la imaginación: el escote profundo revelaba el contorno de sus pechos llenos, la falda apenas cubría sus muslos, y las medias de rejilla negras terminaban en tacones que hacían eco en la sala. Yo, en mi papel de médico, llevaba una bata blanca abierta que dejaba entrever mi torso definido y unos pantalones ajustados que marcaban mi erección contenida. Éramos la fantasía perfecta, un dúo que sabía cómo despertar cada terminación nerviosa. Esa noche, nuestra musa era Valeria, una ejecutiva de 34 años con un cuerpo esculpido por el yoga y una mirada de ojos verdes que destilaba hambre contenida. Había llegado al spa tras leer reseñas en línea que susurraban sobre nuestras "manos mágicas" y "sesiones inolvidables". Vestía un traje negro ajustado que abrazaba sus caderas y acentuaba sus pechos, y cuando nos saludó, su sonrisa nerviosa delataba su curiosidad por lo que estaba por venir. —Bienvenida, Valeria —ronroneó Clara, ofreciéndole una copa de champán rosado, sus dedos rozando los de Valeria con intención—. Aquí no hay reglas, solo placer. ¿Estás lista para rendirte? Valeria asintió, sus labios entreabiertos, su respiración ya acelerada. La guiamos a la sala principal, donde el aire cálido y perfumado la envolvió. Le indiqué que se desvistiera detrás de un biombo de seda negra, dejando que su imaginación comenzara a arder. Cuando salió, cubierta solo por una sábana fina, su piel bronceada brillaba bajo la luz púrpura, y sus curvas eran una invitación al pecado. Se recostó boca abajo en la camilla, y Clara y yo intercambiamos una mirada cargada de complicidad. Esta noche sería una obra maestra. Comencé vertiendo un chorro de aceite caliente sobre la espalda de Valeria, el líquido resbalando por su piel como miel líquida, trazando caminos brillantes que resaltaban la curva de su columna. Mis manos, fuertes y precisas, se deslizaron por sus hombros, deshaciendo la tensión con movimientos profundos. Clara, a su lado, tomó una pluma y la pasó por la parte interna de sus muslos, un roce tan ligero que hizo que Valeria se estremeciera. —Relájate, cariño —susurré, mi voz grave y deliberadamente lenta, inclinándome para que mi aliento rozara su nuca—. Vamos a hacer que cada centímetro de tu cuerpo arda. Valeria dejó escapar un gemido suave, su cuerpo relajándose bajo nuestras manos. Clara, con una sonrisa traviesa, deslizó la sábana hacia abajo, exponiendo los glúteos redondos y firmes de Valeria. Vertió más aceite, esta vez directamente sobre sus nalgas, y comenzó a masajearlas con movimientos lentos y profundos, sus dedos hundiéndose en la carne suave. Cada roce era una provocación, un juego para despertar su deseo. —Joder, eso se siente… increíble —jadeó Valeria, arqueando la espalda para ofrecernos más de su cuerpo. —¿Quieres más, amor? —preguntó Clara, su voz un susurro pecaminoso mientras sus dedos se deslizaban entre los muslos de Valeria, rozando apenas los labios de su coño, ya húmedos de anticipación. —S-sí… tócame ahí —suplicó Valeria, su voz temblando de lujuria. Clara no se hizo esperar. Sus dedos encontraron el clítoris de Valeria, masajeándolo en círculos lentos y firmes, mientras yo me quitaba la bata, dejando mi polla dura a la vista. Me acerqué a la camilla, mis manos reemplazando las de Clara en las nalgas de Valeria, abriéndolas suavemente para exponer su sexo reluciente. Me incliné y lamí su entrada, mi lengua explorando cada pliegue mientras Clara seguía trabajando su clítoris. —Oh, mierda… ¡lame mi coño, por favor! —gritó Valeria, sus caderas moviéndose contra mi boca. —Así, amor, déjate ir —murmuró Clara, sus labios rozando la oreja de Valeria mientras sus dedos aceleraban el ritmo. Le pedimos a Valeria que se diera la vuelta. Obedeció, sus ojos brillando con un deseo salvaje. Sus pechos, redondos y coronados por pezones duros, subían y bajaban con cada respiración. Clara se inclinó sobre ella, sus labios capturando un pezón mientras sus manos masajeaban el otro, arrancándole gemidos cada vez más fuertes. Yo, mientras tanto, me deshice de los pantalones, mi polla palpitando de deseo. Me acerqué a Clara, levanté su falda y bajé su tanga de encaje negro, exponiendo su coño empapado. —Chúpala, Clara, hazla gritar —le ordené, mi voz ronca mientras deslizaba un dedo dentro de ella, sintiendo cómo se contraía a mi alrededor. Clara obedeció, su lengua trazando un camino desde los pechos de Valeria hasta su sexo. Lamió su clítoris con una mezcla de suavidad y voracidad, mientras Valeria se retorcía, sus manos aferrándose al cabello de Clara. —Joder, Clara, pasa tu lengua por mi clítoris… ¡más fuerte! —gritó Valeria, sus piernas temblando. Me posicioné detrás de Clara, mi polla dura rozando su entrada. La penetré de un solo movimiento, profundo y lento, sintiendo cómo su coño me apretaba. Clara gimió contra el sexo de Valeria, el sonido vibrando contra su piel, intensificando su placer. Mis embestidas eran rítmicas, cada una más fuerte que la anterior, mientras Clara lamía y chupaba con una intensidad febril. —Fóllame duro, Diego… ¡lléname con tu leche! —gruñó Clara, sus caderas empujando contra mí mientras su lengua no dejaba de devorar a Valeria. Valeria alcanzó su primer orgasmo con un alarido, su cuerpo convulsionando en la camilla, los jugos de su placer cubriendo la barbilla de Clara. Yo, incapaz de contenerme, aceleré el ritmo, follando a Clara con fuerza hasta que ella también se corrió, su coño apretándome mientras gemía mi nombre. Me dejé ir dentro de ella, mi semen llenándola mientras gruñía de placer. Valeria, aún temblando, nos miró con ojos nublados por el éxtasis. Pero el fuego en su mirada nos dijo que quería más. La guiamos al sofá de terciopelo rojo en una esquina de la sala, un escenario perfecto para lo que venía. Clara se quitó el uniforme, quedando solo con las medias de rejilla y el liguero, sus pechos rebotando libres. Yo me deshice de toda mi ropa, mi polla aún dura y lista para más. —Quiero ver cómo follas con tu marido —dijo Valeria, su voz ronca de deseo—. Quiero ver cómo te llena. Clara se subió a mi regazo, de espaldas a mí, su coño resbaladizo deslizándose sobre mi polla con facilidad. Comenzó a cabalgarme, sus caderas moviéndose en círculos lentos y sensuales, mientras sus manos acariciaban sus propios pechos, pellizcando sus pezones para excitar a Valeria. —Mírame, Valeria —jadeó Clara, sus ojos fijos en nuestra clienta—. Mira cómo me folla… ¿quieres probarlo? Valeria se arrodilló frente a nosotros, su lengua encontrando el clítoris de Clara mientras yo la penetraba. Lamía con avidez, sus dedos deslizándose dentro de su propio coño, masturbándose mientras nos observaba. La escena era pura lujuria: Clara gimiendo, su cuerpo atrapado entre mi polla y la lengua de Valeria; Valeria, devorándonos con los ojos mientras se tocaba. —Chúpame la polla cuando salga de ella —le ordené a Valeria, mi voz cargada de autoridad. Ella obedeció, lamiendo mi longitud cada vez que Clara se levantaba, saboreando la mezcla de nuestros fluidos. El contraste entre el calor húmedo de Clara y la lengua voraz de Valeria me llevaba al borde de la locura. —¡Fóllame más duro, Diego! ¡Quiero sentirte hasta el fondo! —gritó Clara, sus movimientos volviéndose frenéticos. Valeria, sin dejar de lamer, se tocaba con desesperación, sus gemidos mezclándose con los nuestros. Los tres alcanzamos el clímax en un estallido de placer: Clara gritando mi nombre, su coño apretándome mientras se corría; Valeria gimiendo contra nosotros, su propio orgasmo sacudiéndola; y yo, descargándome de nuevo, esta vez en la boca de Valeria, que tragó con avidez. Exhaustos pero saciados, nos recostamos en el sofá, nuestros cuerpos entrelazados, sudorosos y resplandecientes. Ayudamos a Valeria a levantarse, ofreciéndole una ducha caliente y una bata de seda. Nos agradeció con una sonrisa pícara, sus ojos prometiendo un regreso. Cuando la puerta se cerró, Clara y yo nos besamos, nuestros labios saboreando la lujuria compartida. Sus dedos trazaron mi pecho, y su voz, aún temblorosa, susurró: —Hacemos que valga la pena, ¿verdad? —Cada maldito segundo —respondí, atrayéndola para un último beso ardiente. En "Edén Spa", el placer era nuestro arte, y cada noche, una nueva obra maestra.

por: © Mary Love

Mary Love (@tequierodori) / X

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