CORDOBA, VERANO DE 2025. La ciudad respira historia en cada esquina, con sus callejuelas estrechas que aún parecen susurrar ecos de la Córdoba mora, judía y cristiana. Soy Leyla, una restauradora de arte de 32 años, piel morena y curvas que se adivinan bajo mi vestido ligero, que se pega a mi cuerpo por el calor sofocante. Trabajo en la restauración de un mosaico en la Mezquita-Catedral, un encargo que me tiene fascinada. Pero no es solo el arte lo que me enciende estos días. Es él. Samuel, un arqueólogo de 38 años, cabello oscuro desordenado, barba de tres días y unos ojos verdes que parecen atravesarme cada vez que me miran.
Nos conocimos en el Patio de los Naranjos, bajo la sombra de los árboles que perfuman el aire con azahar. Él estaba explicando a un grupo de estudiantes la fusión de culturas en la arquitectura cordobesa, y yo no podía dejar de mirarlo. Su voz, grave y pausada, me envolvió como una caricia. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí un *calor* que no tenía nada que ver con el sol de mediodía. Desde entonces, nuestras charlas sobre arte y pasado se volvieron encuentros furtivos, cargados de *tensión sexual* que ninguno de los dos podía ignorar.
Esa noche, la ciudad estaba viva. El festival de las tres culturas llenaba las calles de música, risas y el aroma de especias. Samuel me había citado en una casa antigua en el barrio de la Judería, un lugar que él estaba estudiando, con paredes de adobe y un patio interior donde una fuente borboteaba suavemente. La luz de las velas titilaba, proyectando sombras que danzaban como amantes en las paredes. Yo llevaba un vestido negro ceñido, con un escote que dejaba poco a la imaginación, y él no pudo disimular cómo sus ojos recorrieron mi cuerpo cuando llegué.
—Leyla, pareces un poema de Ibn Zaydún —dijo, acercándose. Su mano rozó mi cintura, y el contacto fue como una chispa.
—¿Y tú? —respondí, con una sonrisa pícara—. ¿Eres el poeta o el guerrero que conquista?
No hubo más palabras. Sus labios encontraron los míos, y el *beso* fue profundo, hambriento, con un sabor a vino y deseo. Nos deslizamos al interior de la casa, hacia una sala con cojines esparcidos sobre una alfombra persa. La luz de la luna se filtraba por una celosía, dibujando arabescos en nuestra piel. Me empujó suavemente contra la pared, y sentí la dureza de su cuerpo contra el mío. Sus manos subieron por mis muslos, levantando mi vestido, mientras sus labios bajaban por mi cuello.
—Te deseo tanto que duele —susurró, su voz ronca, mientras sus dedos se colaban bajo mi ropa interior, encontrando mi *humedad*. Gemí, arqueando la espalda, y él sonrió contra mi piel.
—Tócame más, Samuel… no pares —le pedí, mi voz entrecortada. Sus dedos eran expertos, explorando cada rincón de mi *sexo*, mientras yo me aferraba a sus hombros, clavando mis uñas. La *excitación* me hacía temblar, y él lo sabía.
Me giró con un movimiento rápido, apoyando mis manos contra la pared. Sentí el roce de su *erección* contra mi trasero mientras levantaba mi vestido hasta la cintura. La tela de mi tanga cedió bajo sus manos, y pronto estaba expuesta, vulnerable y *ardiendo* de deseo. Su boca recorrió mi espalda, mordiendo suavemente, mientras sus manos apretaban mis caderas.
—Joder, Leyla, eres puro fuego —gruñó, y sentí cómo se desabrochaba el cinturón. El sonido del cuero deslizándose me hizo estremecer. Cuando entró en mí, lento al principio, llenándome por completo, solté un gemido que resonó en la sala. La *penetración* era profunda, rítmica, y cada embestida me hacía perder el control.
—Más fuerte… —jadeé, empujando mis caderas hacia atrás para encontrarlo—. Fóllame como si no hubiera mañana.
—Así, ¿eh? —respondió, su voz cargada de lujuria. Aumentó el ritmo, sus manos apretando mi cintura mientras me *follaba* con una intensidad que me hacía ver estrellas. La fricción era deliciosa, cada movimiento un choque de *placer* que me llevaba más cerca del borde.
Nos movimos al suelo, sobre los cojines, sin romper el contacto. Me puse a horcajadas sobre él, montándolo con una urgencia casi salvaje. Mis manos se apoyaban en su pecho, y él me miraba con esos ojos verdes que parecían devorarme. Mis caderas se movían en círculos, sintiendo cada centímetro de su *polla* dentro de mí. Él agarró mis pechos, liberándolos del vestido, y sus pulgares jugaron con mis *pezones* hasta hacerme gritar.
—Dios, Leyla, me vas a volver loco… —dijo, su voz entrecortada mientras sus manos guiaban mis movimientos—. Sigue así, joder, no pares.
—Voy a correrme, Samuel… —gemí, sintiendo cómo el *orgasmo* se construía, intenso, imparable—. Dime que tú también…
—Joder, sí… córrete conmigo, nena —gruñó, sus manos apretando mi culo mientras sus embestidas se volvían frenéticas. El *éxtasis* nos alcanzó al mismo tiempo, un estallido de *placer* que me hizo gritar su nombre mientras él se derramaba dentro de mí, su cuerpo temblando bajo el mío.
Nos quedamos allí, jadeando, sudorosos, con la ciudad vibrando afuera. La Córdoba mora, judía y cristiana parecía aplaudir nuestro encuentro, como si el pasado y el presente se fundieran en ese instante de pura *pasión*. Samuel me atrajo hacia él, besándome suavemente, y supe que esta no sería la última vez que exploraríamos los secretos de esta ciudad… ni los nuestros.

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