TOLEDO, SIGLO VII. La ciudad duerme bajo un manto de estrellas, pero en el corazón de sus callejas empedradas, donde las sombras se funden con los muros de piedra, la vida palpita con un ardor que desafía la austeridad de la época visigoda. Soy Leovigildo, un joven herrero, de manos callosas y cuerpo curtido por el fuego de la fragua. Mi vida transcurre entre el martillo y el yunque, pero esta noche, mi destino se cruza con el de Ailén, la hija de un comerciante de sedas, una mujer de mirada felina y curvas que despiertan deseos prohibidos.
La encuentro en el mercado nocturno, cerca de la plaza donde los mercaderes intercambian especias y telas bajo la luz de las antorchas. Su vestido de lino, ceñido a su cintura, deja entrever la silueta de sus *pechos firmes* y sus caderas generosas. Me mira, y sus ojos oscuros brillan con una promesa silenciosa. “Leovigildo, ¿no te cansas de forjar espadas? Ven, forja algo conmigo esta noche”, susurra, su voz un hilo de miel que me envuelve. Mi sangre hierve. La sigo.
Caminamos hasta un pequeño patio trasero, oculto tras una cortina de hiedra. La luna ilumina su rostro, y el aire huele a jazmín y a tierra húmeda. Sin mediar palabra, sus manos se deslizan por mi pecho, desatando los cordones de mi túnica. “Quiero sentirte, herrero, quiero que me hagas arder como tu fragua”, dice, y su tono es un desafío. Me acerco, mi boca encuentra la suya, y el beso es feroz, un choque de *lenguas ansiosas* que saben a vino y a deseo. Sus manos bajan, atrevidas, hasta mi cinturón, y siento cómo mi *miembro duro* responde al roce de sus dedos.
La empujo contra la pared de piedra, fría contra su espalda. Levanto su vestido, y mis manos recorren la suavidad de sus *muslos tersos*. Ella gime, un sonido que resuena en la noche, y me guía hacia su *sexo húmedo*, ya listo para mí. “Fóllame, Leovigildo, aquí, ahora”, suplica, y su voz es un rugido suave que me enciende. La levanto, sus piernas se enroscan en mi cintura, y la penetro con un movimiento firme, profundo. Ella grita, un sonido que mezcla dolor y placer, y sus uñas se clavan en mi espalda. “¡Más fuerte, maldito, hazme tuya!”, exige, mientras sus caderas se mueven contra mí, buscando el ritmo.
La *posición* es salvaje, sus piernas apretándome, mi cuerpo empujando contra ella, la pared sosteniendo nuestro frenesí. El patio es nuestro santuario, un rincón donde las leyes de la iglesia y la moral visigoda no tienen poder. “Eres tan grande, me estás partiendo”, gime, y sus palabras me empujan al borde. Mis manos aprietan sus *nalgas redondas*, y cada embestida es un latigazo de *placer ardiente*. “Dime que te gusta, Ailén, dime cómo te sientes”, gruño, mi voz rota por el esfuerzo. “Me encanta, me vuelve loca… ¡No pares, por los dioses, no pares!”, responde, su voz temblando mientras su cuerpo se tensa.
Cambiamos de *postura*. La tumbo sobre un lecho de hierba, bajo la sombra de un olivo. Ella se arrodilla, ofreciéndome su *trasero perfecto*, y me pide que la tome así, como los amantes prohibidos de las historias que susurran las criadas. “Fóllame como si fuera la última noche del mundo”, dice, y su voz es puro fuego. Me coloco tras ella, mis manos en sus caderas, y la penetro de nuevo, lento al principio, luego más rápido, más profundo. El sonido de nuestros cuerpos chocando llena el aire, mezclado con sus gemidos y mis jadeos. “¡Sí, así, joder, así!”, grita, y su descaro me sorprende, pero me excita aún más. “Voy a correrme, Ailén, no aguanto más”, gruño, y ella se arquea, apretándome con su *sexo palpitante*. “¡Hazlo, lléname, quiero sentirte dentro!”, exige, y su voz se quiebra en un grito cuando el *orgasmo* la sacude.
Caemos juntos, exhaustos, sobre la hierba. Su pecho sube y baja, sus *pechos sudorosos* brillan bajo la luna. Me mira, una sonrisa traviesa en los labios. “Eres un animal, herrero. Pero quiero más”. Y sé que esta noche, en el Toledo visigodo, hemos desafiado a los dioses y a los hombres, y que este fuego no se apagará fácilmente.

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