MI VIDA EN ALICANTE TIENE UN ritmo peculiar, una mezcla de calma mediterránea y un calor que parece despertar los instintos más profundos. Mi esposa, Clara, lleva años trabajando como empleada del hogar, limpiando apartamentos en un edificio elegante del centro, donde las vistas al mar y los balcones llenos de geranios dan un aire de postal. Allí fue donde conoció a Paca, una mujer de setenta años, viuda de un médico famoso en la ciudad, que vivía en un ático decorado con gusto exquisito y recuerdos de una vida plena. Nunca imaginé que aquella mujer, de cabello plateado y mirada traviesa, cambiaría nuestra vida de una manera tan inesperada.
Todo comenzó un sábado por la mañana en el Carrefour de la Gran Vía. Clara y yo hacíamos la compra semanal, empujando el carrito lleno de frutas, yogures y alguna botella de vino tinto para las noches tranquilas. Mientras ella revisaba la lista, noté que una mujer mayor, elegante, con un vestido azul ajustado que marcaba sus curvas sorprendentemente firmes para su edad, nos observaba desde el pasillo de los congelados. Sus ojos, grandes y oscuros, se detuvieron en mí, en mi barba larga y desaliñada, en mi camiseta ajustada que dejaba ver los tatuajes en mis brazos. Sentí su mirada como un roce, un cosquilleo que me hizo girarme.
Clara, siempre atenta, se dio cuenta y sonrió. “Esa es Paca”, me susurró, acercándose. “Vive en el edificio donde limpio. Ven, te la presento”. Caminamos hacia ella, y Paca nos recibió con una sonrisa cálida, pero con un brillo en los ojos que delataba algo más. “Así que tú eres el famoso marido de Clara”, dijo, extendiendo una mano suave pero firme. Su voz tenía un tono grave, seductor, que contrastaba con su apariencia de señora respetable. “No esperaba que fueras tan… imponente”. Clara rió, y yo, algo descolocado, murmuré un “gracias” mientras sentía cómo me estudiaba de arriba abajo.
El encuentro fue breve, pero algo en el aire quedó suspendido, como una promesa tácita. Al día siguiente, mientras Clara limpiaba el ático de Paca, esta le confesó algo que me dejó boquiabierto cuando mi esposa me lo contó esa noche, en la intimidad de nuestra cama. “Paca no paraba de hablar de ti”, dijo Clara, con una mezcla de diversión y picardía. “Dice que tu barba le volvió loca, que no esperaba que yo tuviera un marido tan ‘salvaje’. Y luego… me propuso algo”. Hizo una pausa, sus ojos brillando bajo la luz tenue de la lámpara. “Quiere un encuentro con nosotros. Los tres. Dice que desde que murió su marido no ha… bueno, ya sabes, no ha estado con nadie. Y que nosotros le despertamos algo”.
Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Clara y yo siempre hemos tenido una relación abierta, sin tabúes, pero aquello era nuevo, inesperado. Paca, con sus setenta años, no era la típica mujer que uno imagina en un escenario así, pero había algo en su seguridad, en su forma de moverse, que me intrigaba. “¿Y tú qué piensas?”, le pregunté a Clara, mientras mi mano recorría su cintura. Ella se acercó, sus labios rozando mi oído. “Me excita la idea. Paca es… diferente. Tiene una energía que no explica su edad. ¿Te animas?”
No hizo falta mucho para convencerme. La idea de explorar algo nuevo, con una mujer que claramente sabía lo que quería, era un reto que mi cuerpo ya estaba aceptando antes que mi mente. Acordamos vernos con Paca el viernes siguiente, en su ático, bajo la excusa de una cena informal. Clara y yo pasamos la semana hablando de ello, imaginando, dejando que la anticipación encendiera nuestras noches. Cada vez que hacíamos el amor, el nombre de Paca se colaba en nuestros susurros, avivando el fuego.
---
Llegó el viernes, y el aire de Alicante estaba cargado de ese calor pegajoso de finales de verano. Clara se puso un vestido negro ceñido, con un escote que dejaba poco a la imaginación, y yo opté por una camisa blanca ajustada y unos vaqueros que, según ella, marcaban lo suficiente. Subimos al ático de Paca con una botella de vino en la mano y el corazón latiendo rápido. Cuando la puerta se abrió, Paca nos recibió con una bata de seda roja que se adhería a su cuerpo como una segunda piel. Su cabello plateado caía en ondas suaves, y su maquillaje sutil resaltaba unos labios carnosos que no esperaba en una mujer de su edad. “Pasad, queridos”, dijo, con esa voz que parecía acariciar cada palabra.
El ático era un espectáculo: ventanales enormes con vistas al puerto, muebles de diseño y una mesa puesta con velas y copas de cristal. Cenamos ligero, ensalada, algo de marisco, y el vino tinto que fluía como si fuera parte de la conversación. Paca era encantadora, contando anécdotas de su vida con su marido, un médico que había sido su gran amor, pero también un hombre que le había enseñado a no tener miedo de sus deseos. “Después de él, no encontré a nadie que me encendiera”, dijo, mirándonos fijamente. “Hasta que os vi en el Carrefour. Hay algo en vosotros… una química que me despertó”.
Clara, siempre directa, apoyó la mano en la mía y dijo: “Paca, nos halaga. Y… bueno, nosotros también sentimos curiosidad”. La tensión en el aire era palpable, como un cable eléctrico a punto de estallar. Paca se levantó, se acercó a nosotros y, sin mediar palabra, puso una mano en mi mejilla, acariciando mi barba. “Me vuelve loca esto”, murmuró, y luego se inclinó para besar a Clara, un beso lento, profundo, que hizo que mi sangre se acelerara.
Nos levantamos, casi sin darnos cuenta, y seguimos a Paca hasta su dormitorio. La habitación era un reflejo de ella: elegante, sensual, con una cama king-size cubierta de sábanas de satén negro y un espejo enorme en una pared. La luz de las velas danzaba sobre los muebles, creando sombras que parecían invitar al pecado. Paca se desató la bata, dejándola caer al suelo. Su cuerpo, aunque marcado por los años, tenía una sensualidad cruda: curvas suaves, pechos aún firmes, y una confianza que era más erótica que cualquier perfección física.
Clara se acercó a ella, y pronto sus manos estaban explorando su piel, mientras yo observaba, hipnotizado. “Ven aquí, barbudo”, dijo Paca, con una sonrisa traviesa. Me quité la camisa, dejando que sus ojos recorrieran mi pecho, mis tatuajes. Me acerqué, y sus manos se deslizaron por mi torso, descendiendo hasta el cinturón de mis vaqueros. “Llevo días imaginando esto”, susurró, mientras desabrochaba el botón con una lentitud deliberada.
Clara, que ya se había quitado el vestido, se unió a nosotros, y pronto los tres estábamos en la cama, un enredo de manos, bocas y piel. Paca era puro fuego, sus movimientos seguros, su voz cargada de deseo. “Tócame aquí”, me ordenó, guiando mi mano hacia su entrepierna, húmeda y cálida, mientras Clara besaba su cuello y sus pechos. “Joder, cómo me gusta esto”, gruñó Paca, su voz ronca, mientras se arqueaba contra mis dedos.
La llevé al borde del orgasmo con mis caricias, pero ella me detuvo. “Quiero sentirte dentro”, dijo, mirándome con una intensidad que me hizo estremecer. Me coloqué entre sus piernas, mientras Clara se sentaba a su lado, acariciándola y besándola. Entré en Paca lentamente, sintiendo cómo su cuerpo me acogía, cálido y apretado. “Dios, qué polla tan rica”, gimió, sus manos clavándose en mis hombros. Clara rió, excitada, y se inclinó para besarme mientras yo me movía dentro de Paca, cada embestida arrancándole gemidos más fuertes.
“Fóllame más duro, barbudo”, exigió Paca, su voz entrecortada. “Quiero sentirte hasta el fondo”. Obedecí, aumentando el ritmo, mientras Clara se tocaba, sus ojos brillando de placer al vernos. Paca no paraba de hablar, de soltar guarradas que nos encendían aún más. “Joder, qué gusto, me vas a partir en dos”, gritó, mientras su cuerpo temblaba bajo el mío. Cuando llegó al orgasmo, fue como una explosión: su cuerpo se tensó, sus uñas se hundieron en mi piel, y un grito gutural llenó la habitación. “¡Sí, sí, me corro, joder!”
No pude contenerme más. Sentí el calor subiendo por mi cuerpo, y con un gruñido, me dejé ir dentro de ella, mientras Clara, que se había corrido al mismo tiempo, nos abrazaba, jadeando. Nos quedamos allí, enredados, sudando, con el aroma del sexo impregnando el aire. Paca, con una sonrisa satisfecha, nos miró. “Hacía años que no follaba así”, dijo, riendo. “Pero esto no se queda aquí, ¿eh? Quiero más”.
Pasamos la noche explorando cada rincón de nuestros cuerpos, cambiando posiciones, probando todo lo que la imaginación y el deseo nos pedían. En un momento, Paca se puso a cuatro patas, pidiéndome que la tomara por detrás mientras Clara se colocaba frente a ella, dejando que Paca la devorara con su boca. “Qué coño tan dulce”, murmuró Paca entre lamidas, mientras yo la embestía, sintiendo cómo su cuerpo respondía a cada movimiento. Clara, perdida en el placer, gemía sin control. “Sigue, Paca, no pares, me corro”, gritó, mientras su cuerpo se convulsionaba.
La noche fue un torbellino de sensaciones, de risas, de gemidos y de palabras subidas de tono que nos llevaban al límite una y otra vez. Cuando amaneció, estábamos exhaustos, pero felices. Paca, con su energía inagotable, nos preparó un café en su cocina, todavía en bata, como si nada hubiera pasado. “Esto hay que repetirlo”, dijo, guiñándonos un ojo. Clara y yo nos miramos, cómplices, sabiendo que nuestra vida había dado un giro inesperado, pero deliciosamente excitante.

Comentarios
Publicar un comentario