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El despertar de los domingos en la tercera edad



ME DESPIERTO CON ESA LENTITUD que solo los años traen, los domingos por la mañana en nuestra casita de las afueras de Madrid. Es septiembre de 2025, y el mundo ha cambiado tanto desde que nos jubilamos hace una década: las calles están llenas de coches eléctricos zumbando suaves, las apps nos traen la compra a la puerta sin esfuerzo, y la sociedad, por fin, celebra el amor en todas sus edades sin tabúes. Tengo 70 años, soy Antonio, un exprofesor de historia que ahora pasa los días leyendo en el jardín o viendo documentales sobre el cambio climático en la tele inteligente. Mi esposa, María, de 65, es una enfermera retirada que aún camina con esa energía que me enamora desde que nos casamos hace 45 años. Vivimos en un chalecito modesto en las afueras, con un balcón que da a un parque donde otros jubilados como nosotros charlan sobre nietos y pensiones. Pero los domingos... los domingos son nuestros, un ritual erótico que nos mantiene vivos, vibrantes, recordándonos que el deseo no se apaga con las arrugas.

Siento su mano antes de que mis ojos se ajusten a la luz tamizada por las persianas. Es cálida, un poco temblorosa por la artritis que la molesta en las mañanas frías, pero firme cuando se desliza por mi pecho, cubierto de canas y vello plateado. Dormimos desnudos la mayoría de las noches, porque el calor de nuestros cuerpos es la mejor manta. La habitación huele a nosotros: a loción de lavanda que ella usa, a sábanas de algodón fresco que lavamos con la lavadora nueva que nos regalaron los hijos. No hay prisa. A nuestra edad, el tiempo es un lujo; los domingos son para saborear, para el despertar sensual que nos hace sentir jóvenes otra vez.

—Buenos días, mi viejo —murmura María con esa voz ronca del sueño, su aliento cálido contra mi oreja. Se acurruca más cerca, su cuerpo suave y curvilíneo presionándose contra mi costado. Siento sus pechos, aún firmes bajo la piel que ha visto décadas de vida, rozando mi brazo. Sus pezones, sensibles como siempre, se endurecen con el roce.

Abro los ojos y la miro. María tiene el pelo blanco corto, peinado con ondas suaves, y sus ojos azules brillan con esa picardía que me ha vuelto loco desde que nos conocimos en una fiesta de la universidad en los 70. Es una mujer de curvas generosas, con caderas anchas de parir tres hijos y un vientre marcado por la vida, pero para mí, es la diosa del deseo. En esta sociedad de 2025, donde el envejecimiento activo y la sexualidad senior son temas de podcasts y terapias, nosotros no necesitamos consejos; lo vivimos a pleno.

—Dime que no has soñado conmigo chupándotela de nuevo —le digo, sonriendo mientras mi mano, con sus nudillos hinchados por los años, sube por su muslo, sintiendo la suavidad de su piel, marcada por alguna que otra vena variz, pero tan cálida y real.

Ella ríe bajito, un sonido que me eriza el poco vello que me queda en la nuca. —Soñé que te mamaba la polla hasta volverte loco, Antonio. Y aquí estoy, con ganas de hacerlo realidad. A nuestra edad, ¿por qué no empezar el día con placer?

Sus palabras me golpean directo en la ingle. Siento cómo mi polla, que ya no es tan rápida como en la juventud pero aún responde con vigor gracias a las pastillas que el médico nos recomendó sin sonrojo, se despierta lentamente, endureciéndose bajo las sábanas. María es así: directa, sin filtros. En esta era post-pandemia, donde las clínicas de salud sexual para mayores son tan comunes como los gimnasios, ella abraza su libido con orgullo. Nos hemos follado en la playa de la Costa del Sol durante vacaciones, en el coche aparcado en un mirador, y siempre hablando guarro, porque eso nos enciende, nos hace sentir conectados en lo más profundo.

Se incorpora un poco, apoyándose en el codo con cuidado para no forzar su hombro operado el año pasado, y su mano ya está bajando por mi abdomen, pasando por la barriguita que los años y las buenas comidas han formado. Envuelve mi polla con dedos expertos, acariciándola despacio, de arriba abajo, sintiendo cómo gana firmeza en su palma. —Mmm, ya se está poniendo dura para mí. ¿Te gusta cómo te la toco, amor? Dime, que me moja solo de pensarlo.

—Joder, sí, María. Tus manos son magia —gruño, arqueando la espalda con un leve crujido de mis vértebras. Su tacto es perfecto: suave pero insistente, sabiendo el ritmo que me hace gemir sin prisas. La habitación está en una penumbra acogedora, y puedo ver el contorno de su cuerpo bajo la sábana: sus tetas caídas pero pesadas de deseo, su culo redondo que aún rebota cuando la embisto, y esa boca... su boca es mi vicio eterno.

Ella se lame los labios, bajando la mirada hacia mi entrepierna. —Quiero mamarla ahora, Antonio. Solo eso. Quiero volver loco a mi hombre con mi boca. ¿Me dejas? A los 65, sé exactamente cómo hacerte suplicar.

No respondo con palabras; la beso con hambre contenida, mi lengua explorando su boca mientras mi mano aprieta su nalga, sintiendo la carne suave y madura. Ella gime en el beso, acelerando el movimiento de su mano en mi polla, que ahora está completamente erecta, venosa y gruesa por la experiencia de los años. Nos separamos jadeando, y ella se desliza hacia abajo con movimientos fluidos, ayudada por la cama articulada que instalamos para comodidad.

—Mira qué polla tan rica tienes aún, viejo. Gruesa y lista para mí —dice ella, admirándola como si fuera un tesoro. Se posiciona entre mis piernas, arrodillándose con cuidado en la cama, su culo alzado hacia mí. La vista es excitante: su coño, con labios mayores hinchados por la edad y la excitación, asomando húmedo, invitándome. Pero hoy, ella manda. Es su ritual dominical: ella solo quiere mamar, chupar hasta que yo pierda el control, recordándonos que el placer oral es el mejor afrodisíaco para la tercera edad.

Baja la cabeza y roza la punta con sus labios arrugaditos pero suaves. Siento el calor de su aliento primero, luego el roce de su lengua, que ha perdido un poco de agilidad pero gana en precisión. Lametea el glande despacio, saboreando el líquido preseminal que brota lento pero constante. —Sabe a ti, amor. A nuestro sexo de toda la vida.

—María... joder, no pares —suplico, mi mano enredándose en su pelo blanco, suave como la nieve.

Ella sonríe contra mi piel y abre la boca, engullendo la cabeza. Su succión es inmediata, fuerte pero controlada, mientras su lengua gira alrededor con maestría. Baja más, tomando la mitad de mi polla en su boca caliente y húmeda, que aún produce saliva abundante gracias a los trucos que aprendimos en un taller de sexualidad senior online. El sonido es obsceno pero íntimo: el pop de sus labios, el slurping cuando succiona. Yo gimo bajo, mis caderas moviéndose con cuidado para no forzar mi espalda.

—Así, nena, chúpamela toda. Eres una puta maestra en esto, incluso a los 65 —le digo, y ella responde con un gemido vibrante que me recorre el cuerpo como una corriente eléctrica.

Acelera el ritmo con paciencia, su cabeza subiendo y bajando, saliva goteando por mi polla y mojando las sábanas. Una mano masajea mis huevos, arrugados pero sensibles, apretándolos suavemente, mientras la otra bombea la base con firmeza. Es puro éxtasis: la sensación de su garganta apretándome, el calor envolvente que me hace olvidar las rodillas doloridas. La miro, hipnotizado por cómo sus mejillas se hunden con cada succión, sus ojos alzados hacia mí, llenos de lujuria madura.

—Dios, me encanta tu polla en mi boca. Es tan gruesa, me llena como siempre —murmura ella al sacarla un momento, jadeando con un hilo de saliva conectando sus labios con la punta. Luego la lame de abajo arriba, como un caramelo, deteniéndose en las venas prominentes que los años han marcado.

—Sigue, María, no te pares. Quiero correrme en tu boca, llenarte de mi leche vieja pero caliente —le digo, mi voz ronca de placer acumulado.

Ella ríe, un sonido gutural y juguetón, y vuelve a tragársela, más profundo esta vez. Siento la punta tocar el fondo de su garganta, y ella no se atraganta; hemos practicado durante décadas, lo sabemos los dos. Sus tetas rebotan con el movimiento, pesadas y balanceantes, y yo estiro la mano para pellizcar un pezón oscuro y endurecido. Ella gime alrededor de mi polla, la vibración intensificando todo, haciendo que mi próstata palpite.

El cuarto se llena de nuestros sonidos: mis gemidos ahogados, sus chupadas húmedas y pausadas, el crujir suave de la cama. Afuera, Madrid despierta con el gorjeo de pájaros en el parque y el zumbido lejano de un dron entregando paquetes, pero aquí estamos en nuestro mundo erótico privado. Pienso en cómo empezó esto: nuestro primer domingo después de la jubilación, cuando ella me despertó igual, con la boca en mi polla, y desde entonces es tradición. En esta era de 2025, con campañas de salud sexual para seniors en las redes y apps de citas para maduros, María abraza su deseo sin vergüenza. Solo quiere mamar, volverme loco, y yo se lo doy todo, porque a los 70, cada erección es un milagro compartido.

Siento el orgasmo construyéndose lento, un calor profundo en las bolas que sube por mi espina dorsal con la calma de la experiencia. —Me vengo, nena... joder, trágatela toda, como siempre.

Ella acelera lo que su ritmo permite, succionando con fuerza amorosa, su mano bombeando con cuidado. —Córrete, amor, dame tu semen caliente. Quiero saborearte, tragarme todo lo que me das.

Exploto en su boca, chorros espesos y calientes golpeando su garganta con la intensidad de años reprimidos. Gimo su nombre, mi cuerpo temblando ligeramente, mientras ella traga todo con deleite, lamiendo hasta la última gota con ternura experta. No se aparta hasta que estoy sensible, besando la punta flácida con labios suaves.

Pero los domingos no acaban con un solo round. A nuestra edad, recuperamos el aliento con calma. Ella se sube encima de mí con ayuda de mis manos en su cintura, quitándose cualquier prenda imaginaria —estamos desnudos—, sus tetas libres balanceándose pesadas. —Ahora me toca a mí, Antonio. Quiero que me folles despacio pero profundo. Hazme sentir viva.

La beso, saboreando mi propio sabor salado en sus labios arrugados pero apasionados. —Como tú quieras, mi puta madura. Te voy a llenar.

La volteo con cuidado, poniéndola a cuatro patas en la cama, apoyada en almohadas para su rodillas. Su culo alzado es una invitación irresistible, redondo y suave, con estrías de la vida que me excitan por su autenticidad. Me arrodillo detrás, mi polla endureciéndose de nuevo gracias al Viagra de fin de semana que tomamos sin complejo, al ver su coño húmedo, labios mayores hinchados y jugosos, su clítoris asomando rosado palpita sintiendo el roce de mi lengua.

Le doy una nalgada suave, y ella jadea con placer. —Fóllame ya, métemela toda. Quiero sentirte profundo, como en nuestros mejores años.

Empujo dentro de ella con lentitud, su coño apretado y cálido envolviéndome como un guante experimentado, resbaladizo por sus jugos y mi saliva residual. Es resbaladizo, listo para mí después de mamarme. Empiezo a bombear, lento al principio, sintiendo cada centímetro, cada contracción de sus paredes que han parido pero aún ordeñan con maestría.

—Joder, qué coño tan rico tienes, María. Tan mojado y apretado para mí a los 65 —gruño, agarrando sus caderas anchas con manos que tiemblan de emoción.

Ella empuja hacia atrás con ritmo pausado, cabalgando mis embestidas. —Más profundo, Antonio. Quiero que me rompas suave. Dime guarradas, hazme correrme como una zorra.

Acelero lo que mi corazón permite, el contacto de mi pelvis contra su culo llenando la habitación con un eco maduro. Le meto un dedo en el ano, lubricado por sus jugos, y ella grita de placer puro. —Sí, métemelo por el culo también. Eres un cabrón sucio, me encanta cómo me follas a esta edad.

Cambiamos de postura con cuidado: la pongo de lado, una pierna alzada sobre mi cadera para no forzar articulaciones, penetrándola profundo en esa posición que nos permite vernos a los ojos. Sus tetas rebotan con cada empuje lento pero potente, y yo las chupo, mordiendo los pezones con dientes que aún muerden bien. Ella se toca el clítoris con dedos nudosos, círculos lentos pero precisos.

—Voy a correrme, amor... fóllame más, lléname de tu polla gorda —gime ella, su voz entrecortada por el placer.

—Corrétete en mi polla, nena. Quiero sentir cómo te aprietas alrededor de mí.

Su orgasmo llega primero, profundo y tembloroso: su coño se contrae en espasmos largos, gritando mi nombre, "¡Antonio, joder, sí! Me corro, me corro en tu polla vieja pero dura!". Yo la sigo, eyaculando dentro de ella con chorros calientes y abundantes, mezclándose con sus jugos en un clímax compartido.

Nos derrumbamos con jadeos suaves, sudorosos pero satisfechos. Descansamos un rato, hablando de los nietos y el tiempo, pero el deseo no se apaga. Después de un café descafeinado en la cocina —desnudos bajo batas ligeras, riendo sobre lo guarro que fue el despertar—, volvemos al salón. En el sofá reclinable que compramos para nuestras siestas, ella se pone a horcajadas encima mía, con sus tetas al alcance de mis manos, cabalgándome despacio, su coño deslizándose sobre mi polla mientras me besa el cuello. Hablamos sucio todo el tiempo: "Chúpame las tetas, viejo, mientras te monto como una yegua en celo".

Horas después, exhaustos pero felices, nos movemos a la ducha adaptada con barras de apoyo. Allí, ella contra la pared antideslizante, agua tibia cayendo sobre nuestros cuerpos envejecidos, la penetro en misionero de pie, sus piernas alrededor de mi cintura. —Lléname el coño de leche otra vez, hazme tu zorra dominical —gime ella mientras el vapor nos envuelve.

Exploramos más: en el balcón, ocultos por las plantas, al atardecer, en la posición de perrito con cojines para rodillas, el viento de Madrid acariciando nuestra piel. Ella mama de nuevo, arrodillada en una silla, volviéndome loco con su boca experta. Cambiamos a 69 en la cama, yo comiéndole el coño maduro mientras ella succiona mi polla, gimiendo guarradas: "Lámeme el clítoris, cabrón, y yo te trago todo".

En la cocina, sobre la mesa, la follo ella encima de mi, su culo rebotando contra mí mientras dice: "Me encanta tu polla en mi coño arrugado, fóllame hasta que duela de placer". Cada postura es adaptada: misionero con almohadas bajo su espalda, en cuchara para intimidad, ella encima para control. Diálogos sucios fluyen: "Eres mi puta senior, trágate mi semen", "Córrete dentro, lléname como en la juventud".

El día termina con la entrega de una pizza  —pedida por app, claro— y un último polvo en la cama, lento y tierno, pero ardiente. A los 70 y 65, nuestro sexo es realista: con pausas, cremas lubricantes, pero explícito y sensual. En 2025, donde la sociedad celebra el erotismo maduro, somos prueba de que el fuego no se extingue; solo arde más profundo.



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