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Deseche de mi mente el miedo a quedar embarazada


SOY LUCI, Y AUNQUE HACE SOLO dos semanas os conté mi ardiente encuentro con Nati, la novia de mi tía Cintia, que me abrió las puertas a un mundo de placer lésbico que no esperaba, he descubierto que mi curiosidad no tiene límites. Me gustan los chicos, siempre me han gustado, pero el miedo al embarazo me ha frenado tantas veces. No puedo tomar pastillas por razones médicas, y los otros métodos siempre me dejan con esa sombra de duda. Con las chicas, todo es más libre, más intenso; los orgasmos llegan como olas imparables, sin preocupaciones. Pero el otro día, todo cambió de una forma que aún me hace temblar al recordarlo.

Era un día cualquiera en la universidad. Mi profesor de literatura, el señor Vargas —un hombre de 55 años, con esa madurez que desprende confianza, cabello salpicado de gris y una mirada profunda que parece leer tus pensamientos—, me piropeó al salir de clase. "Luci, tu ensayo sobre los deseos reprimidos en la literatura era... provocador", dijo con una sonrisa que me hizo sonrojar. Se ofreció a llevarme a casa en su coche, y acepté sin pensarlo mucho. Pero antes de llegar, sugirió parar en una cafetería del centro de la ciudad para tomar un refresco. El sol de la tarde filtrándose por las ventanas, el aroma a café y vainilla en el aire... todo parecía inocente al principio.


La conversación fluyó con naturalidad, pero pronto derivó hacia temas más íntimos. Le conté, con un rubor que no podía ocultar, sobre mis experiencias recientes con chicas. "Es por la tranquilidad", le expliqué, "no hay riesgo de embarazo, y el placer es... abrumador". Él me miró con esos ojos experimentados y preguntó: "¿No has estado con algún hombre que haya tenido una vasectomía?". Negué con la cabeza, intrigada. Siguió hablando de sexo, de placeres compartidos, de las formas en que el cuerpo se entrega al éxtasis. Describía con voz grave cómo los orgasmos pueden construirse capa a capa, como una sinfonía. Y entonces, en un momento de confidencia, me confesó: "Yo la tengo hecha, Luci. Hace años". Sus palabras me golpearon como una corriente eléctrica. Sentí un calor ascendente entre mis piernas, mis pezones endureciéndose bajo la blusa. Él lo notó, por supuesto; un hombre con su experiencia lee el lenguaje del cuerpo como un libro abierto.

"Me excitas con solo mirarte", murmuró, y me invitó a su apartamento alquilado, a solo dos calles de allí. Acepté, el pulso acelerado, el deseo ya latiendo en mi vientre. Al entrar, el lugar era sencillo pero acogedor: libros apilados en estanterías, una luz tenue de lámpara, y una cama grande que parecía invitarnos. Nos besamos en la puerta, sus labios firmes contra los míos, su lengua explorando con una maestría que me dejó sin aliento. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con delicadeza, mientras yo tiraba de su camisa, ansiosa por sentir su piel.

Me levantó en brazos y me llevó a su dormitorio tumbándome con delicadeza sobre la cama. Se puso a horcajadas sobre mí, sujetándome los brazos hacia arriba  besaba mi cuello, bajando hacia mis pechos. Mordía con delicadeza mis pezones haciendo círculos con sus dientes "Así sigue, me haces sentir, muérdelos", le susurré, arqueando la espalda. Él obedeció, su boca cálida envolviendo uno, succionando con gentileza al principio, luego mordisqueando justo lo suficiente para enviar chispas de placer por todo mi cuerpo. "Me encanta, cómo me haces disfrutar", gemí, enredando mis dedos en su cabello. Sus manos descendieron, despojándome de la falda y las braguitas, exponiendo mi coño ya húmedo y ansioso.

Exploró con los dedos primero, trazando círculos suaves alrededor de mi clítoris, introduciéndose con lentitud en mi interior. "Estás tan mojada, Luci", murmuró contra mi piel. Yo me retorcía bajo él, el placer construyéndose como una tormenta. Luego, su boca descendió, lamiendo mi intimidad con una experticia que me hizo jadear. "Oh, sí, justo ahí... no pares", le imploré, mis caderas elevándose para encontrarse con su lengua. Me llevó al borde una y otra vez, deteniéndose justo antes del clímax, prolongando la agonía dulce.

Cuando no pude más, me incorporé y lo empujé sobre la cama. Desnudé su cuerpo maduro, fuerte, con esa virilidad que me fascinaba. Su polla bien formada de un tamaño medio erecta, y dura como una estaca lista para mí, sin el miedo que siempre me había acompañado. La tomé en mi mano, acariciándola con lentitud, sintiendo su calor pulsante. "Me abro para ti, penétrame suave", le dije y le pedí, montándome sobre él. Me penetró despacio, suave, centímetro a centímetro, mi coño adaptándose a su tamaño me llenaba por completo. Notaba el roce en mis paredes por dentro. El placer era intenso, puro, sin barreras. "Eres tan apretada, tan perfecta", gruñó él, sus manos en mis caderas guiándome en un ritmo hipnótico.

Follamos con una pasión que me sorprendió, como nunca había sentido con ningún chico, aunque mi experiencia con hombres era bastante escasa, solo habían sido tres, un primo mío, mi vecino y el novio de mi amiga Azucena, con los cuales hice un trio. Cambiamos posiciones: él encima, embistiendo con control, profundo y firme; yo de espaldas, sintiendo su pecho contra mi espalda mientras me susurraba al oído. "Sigue, estoy a punto de venirme", jadeé cuando el orgasmo se acercaba, mis paredes internas contrayéndose alrededor de él. "Me corro", grité al fin, el clímax explotando en oleadas que me dejaron temblando, mi cuerpo convulsionando de éxtasis. Él no se detuvo, prolongando mi placer hasta que sentí que me corría otra vez. "Dame más, hazme gritar tu nombre", le rogué, y él aceleró, su propia liberación acercándose.

Al final, se corrió dentro de mí con un gemido ronco, el calor de su esencia sin riesgos, solo placer compartido. Nos quedamos entrelazados, sudorosos y satisfechos, mi cabeza en su pecho. Fue impresionante, como decís: el follar con él fue excitante y placentero más allá de lo imaginable. Su experiencia, la ausencia de preocupaciones, todo se unió en una sinfonía de sensaciones que me ha dejado anhelando más. ¿Quién sabe qué vendrá después? Por ahora, solo sé que el deseo no discrimina, y yo estoy dispuesta a explorarlo todo.

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