Ir al contenido principal

Cuentos eróticos en la España de 2125 #Mary #Love


MI NOMBRE ES DOMINICA —nací en República Dominicana—de padres españoles, y vivo en el Madrid de 2125, una ciudad que ha evolucionado tanto que parece sacada de un sueño cibernético. Las calles flotantes, suspendidas por campos magnéticos, conectan los rascacielos ecológicos donde la gente como yo pasa los días entre hologramas laborales y noches de placer sin límites. En esta España futurista, la sociedad ha abrazado una moral liberal absoluta: el sexo es arte, es conexión, es vida. No hay tabúes, solo consensos fluidos y deseos explorados con la ayuda de nanotecnología que amplifica sensaciones. Yo, con mis 28 años, soy una diseñadora de experiencias sensoriales, y mi vida está llena de cuentos eróticos que podrían hacer sonrojar a las generaciones pasadas. Pero este relato, vivido en carne propia, es uno de los más ardientes que he experimentado. Fue una noche donde el erotismo se mezcló con la adrenalina de lo prohibido, aunque en 2125, nada es realmente prohibido.

Todo empezó en el Mercado Aéreo de Sol, ese bullicioso concentrador flotante donde los drones entregan afrodisíacos orgánicos y las pantallas holográficas proyectan anuncios de implantes placenteros. Era un viernes de verano, con el sol artificial iluminando la ciudad para combatir el cambio climático que ha hecho de España un paraíso templado todo el año. Yo llevaba un vestido nanoajustable, de esos que cambian de transparencia según tu pulso cardíaco, revelando curvas cuando la excitación sube. Mi piel morena, heredada de mis ancestros andaluces, brillaba bajo las luces LED. Estaba allí comprando esencias eróticas –mezclas de feromonas sintéticas que hacen que el tacto sea eléctrico– cuando lo vi a él: Marcos, un piloto de drones de reparto, con su uniforme ceñido que marcaba cada músculo forjado por gimnasios virtuales.

Nuestras miradas se cruzaron en medio del gentío. Él era alto, con ojos verdes modificados genéticamente para brillar en la oscuridad, y una sonrisa que prometía aventuras. "Hola, guapa. ¿Buscas algo que te haga volar sin alas?" me dijo, con ese acento madrileño que en 2125 se mezcla con jerga cibernético. Yo respondí juguetona: "Depende. ¿Tú vienes con el paquete?" Fue el inicio de un flirteo explícito, como es común en nuestra sociedad liberal. En España de 2125, los cuentos eróticos comienzan así: directos, sensuales, sin rodeos.

Caminamos por las pasarelas flotantes, charlando sobre implantes que sincronizan orgasmos. El aire estaba cargado de aromas afrodisíacos de los puestos callejeros. "Quiero mostrarte algo", me dijo, tomándome de la mano. Su tacto era cálido, electrizante gracias a mis nanosensores cutáneos. Subimos a su drone personal, un vehículo levitante que nos llevó a las alturas de la ciudad. Desde allí, Madrid se veía como un tapiz de luces: los barrios antiguos restaurados con techos solares, los parques verticales donde la gente practica sexo grupal al aire libre sin que nadie parpadee.

Aterrizamos en un balcón privado de un rascacielos en La Latina, un distrito que en 2125 es un laberinto de clubes eróticos flotantes. El lugar era un ático con vistas panorámicas, decorado con muebles inteligentes que se adaptan a las posturas. "Aquí es donde vivo mis fantasías", murmuró Marcos, acercándose. Su aliento en mi cuello me erizó la piel. Yo, excitada ya por las feromonas que habíamos inhalado en el mercado, lo besé con pasión. Nuestros labios se fundieron en un beso ardiente, lenguas danzando como en un baile flamenco modernizado.

"Quítate ese vestido, Elena. Quiero verte toda", dijo él, con voz ronca. Mi nanoajustable se volvió transparente al instante, revelando mis pechos firmes y mi sexo depilado con láser permanente, una moda en esta era. Él se despojó de su uniforme, mostrando un cuerpo atlético, con un pene erecto que latía visiblemente gracias a sus mejoras vasculares. Nos tumbamos en el sofá adaptable, que se moldeó a nuestros cuerpos. Empecé a tocarlo, mi mano envolviendo su miembro duro, masturbándolo lentamente mientras él gemía: "Joder, qué bien lo haces. Sigue, puta mía, hazme sufrir de placer".

El erotismo subió cuando me puse a horcajadas sobre él, en la postura de la vaquera invertida. Mi coño húmedo se frotaba contra su polla, lubricado por los jugos naturales amplificados por mis implantes. "Métemela ya, coño", gruñó él, y yo descendí, sintiendo cómo me llenaba por completo. El movimiento era rítmico, mis caderas girando en círculos sensuales. Hablábamos sucio, como es costumbre en estos cuentos eróticos futuristas: "Sí, cabrón, fóllame más fuerte. Siente cómo mi coño te aprieta". Él respondía: "Eres una zorra caliente, Elena. Tu coño es un puto paraíso". El orgasmo se acercaba, pero lo retrasamos con controles neurales, prolongando el placer.

Cambiamos de lugar: nos movimos al balcón, donde el viento cálido de Madrid nos azotaba. La sociedad de 2125 permite el sexo público en zonas designadas, y este balcón era una. Me apoyé en la barandilla flotante, con vistas a la ciudad, y él me penetró por detrás en estilo perrito. Sus manos agarraban mis caderas, embistiendo con fuerza. "Mira la ciudad mientras te follo, guarra. Imagina que todos nos ven", dijo, y yo gemí: "Sí, que nos vean. Quiero que sepan lo puta que soy contigo". El vaivén era intenso, su polla golpeando mi punto G, haciendo que chorros de placer salpicaran. Cuando el clímax llegó, gritamos: "Me corro, joder, sííí" y "Toma mi leche, puta caliente". Nuestros cuerpos convulsionaron en un orgasmo sincronizado, gracias a la ecnología que une pulsos.

Pero la noche no acababa. En España de 2125, los cuentos eróticos son maratones. Bajamos a un club subterráneo en las profundidades de la ciudad, accesible por ascensores antigravedad. El lugar se llamaba "El Fuego Eterno", un antro donde hologramas proyectan fantasías y la música bass-heavy vibra en tus genitales. Allí conocimos a Lucia, una bailarina con implantes luminosos en los pezones. Era bisexual, como la mayoría en esta era liberal, y se unió a nosotros sin palabras, solo con una mirada lasciva.

En una habitación privada con paredes sensoriales que responden al tacto, nos desnudamos los tres. Lucia era rubia, con curvas voluptuosas y un piercing en el clítoris que vibraba al ritmo de la música. Empezamos con un trío oral: yo chupando la polla de Marcos mientras Lucia lamía mi coño. "Sabe a miel futurista", dijo ella, y yo respondí: "Chupa más profundo, zorra. Hazme mojar". Marcos gemía: "Sois dos putas perfectas. Seguid así".

Pasamos a posturas complejas: primero, el 69 con Lucia encima de mí, nuestras lenguas explorando mutuamente mientras Marcos nos follaba alternadamente. "Cambia, cabrón, fóllame a mí ahora", exigía Lucia, y él obedecía, su polla resbaladiza entrando en su culo apretado en una variante anal del misionero. Yo me masturbaba viéndolos, mis dedos en mi clítoris hinchado. Luego, en la postura del puente, yo me arqueé sobre la cama adaptable, con Marcos penetrándome vaginalmente y Lucia sentada en mi cara. "Come mi coño, Elena. Sé mi lesbiana guarra", decía ella, y yo lamía con fruición: "Sí, ama, tu jugo es adictivo".

El diálogo era explícito, ardiente: "Me vais a matar de placer, joder. Correros conmigo", gritaba Marcos cuando el orgasmo grupal se aproximaba. Usamos vibradores nano que se insertan solos, amplificando todo. En el clímax, Lucia squirteó sobre mi rostro: "Toma, puta, bébetelo todo". Yo corrí gritando: "Sí, sí, me rompo en pedazos". Marcos eyaculó dentro de mí: "Llenándote, zorra mía".

Salimos del club al amanecer, exhaustos pero eufóricos. Caminamos por las calles flotantes de Gran Vía, donde parejas y grupos practicaban sexo casual bajo las auroras artificiales. En 2125, España es un edén erótico: la idiosincrasia social valora el placer como derecho humano, con leyes que protegen el consentimiento vía apps neurales. Nos detuvimos en un parque vertical, un oasis verde suspendido.

Allí, en un banco ergonómico que se calienta al tacto, revivimos el fuego. Marcos me levantó en la postura del loto flotante –gracias a la baja gravedad en esas zonas–, mi piernas envolviendo su cintura mientras me penetraba de pie. "Siente cómo te levanto y te follo, guapa", dijo. Yo: "Más profundo, cabrón. Rompe mi coño". Lucia se unió, besándonos a ambos, sus manos en mis tetas. Cambiamos a un anal grupal: yo de rodillas, chupando a Lucia mientras Marcos me sodomizaba. "Tu culo es un vicio, Elena. Apriétame más", gemía él. "Sí, fóllame el culo como un animal", respondía yo.

El orgasmo final fue catártico: "Me corro en tu culo, puta", gritó él, y yo: "Lléname, sí, joder". Lucia se masturbó hasta el éxtasis: "Miradme, zorras, estoy en llamas".

Esa noche definió mis cuentos eróticos en la España de 2125: realista, sensual, sin barreras. Palabras: 1.200 (continúo para llegar a 2.500).

Regresamos a mi apartamento en las torres ecológicas de Chamartín. Mi hogar es un espacio minimalista con paredes que proyectan paisajes eróticos: playas nudistas de Costa Brava virtuales, donde hologramas de amantes pasados reviven recuerdos. Encendimos el sistema de aromaterapia, liberando feromonas que nos volvieron locos de nuevo. "No puedo parar contigo, Elena. Eres adictiva", dijo Marcos, tumbándome en la cama flotante.

Empezamos con un masaje sensual: sus manos aceitadas recorriendo mi espalda, bajando a mis nalgas. "Abre las piernas, guarra. Quiero lamerte todo", murmuró. Su lengua exploró mi ano y coño, haciendo que me arqueara. "Sí, come mi culo, cabrón. Hazme sucia". Lucia se unió, chupando mis pezones endurecidos. "Tus tetas son perfectas, puta. Muerde si quieres".

Pasamos a la postura de la cucharita invertida: yo de lado, Marcos detrás penetrándome analmente mientras Lucia frotaba su clítoris contra mi muslo. "Siente mi polla en tu culo, Elena. ¿Te gusta ser mi sodomita?", preguntaba él. "Me encanta, joder. Fóllame hasta que duela de placer". El ritmo era lento al principio, sensual, luego ardiente. Cuando el orgasmo llegó, gritamos guarradas: "Me corro en tu interior, zorra" y "Sí, lléname el culo de semen caliente".

No contentos, probamos juguetes: un dildo doble con vibración neural. Lucia y yo lo compartimos en scissoring, nuestras coños frotándose alrededor del juguete. "Frota más fuerte, lesbiana mía. Hazme squirtear", decía ella. Marcos nos follaba la boca alternadamente: "Chupad, putas. Sois mis esclavas orales".

En el baño, con duchas sensoriales que masajean con agua ionizada, nos enjabonamos. Postura de pie: yo contra la pared, piernas abiertas, Marcos embistiendo en misionero vertical. "Agárrame el cuello, cabrón. Fóllame como si me odiaras". Él: "Te odio de lo caliente que eres, puta". Lucia se masturbaba viéndonos, uniéndose para un dedo en mi coño mientras él me follaba.

El clímax en la ducha fue explosivo: chorros de agua mezclados con nuestros fluidos. "Corrámonos juntos, joder", gritamos.

Amaneciendo, en la terraza con vistas a un Madrid despierto, hicimos un último round. En la postura del águila: piernas entrelazadas, penetración profunda. "Esto es puro erotismo futurista", dije. Hablamos sucio hasta el final: "Toma mi orgasmo, guarra" y "Sí, dame todo".

Esta experiencia, vivida en la España liberal de 2125, es uno de mis cuentos eróticos favoritos. Realista, ardiente, sin límites. La sociedad nos permite explorar deseos, con tech que hace cada toque inolvidable. Si buscas cuentos eróticos en España 2125, esta es la esencia: placer puro, explícito, sensual.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Esperanza mujer de setenta y cinco años se siente aun viva

  "Yon era un hombre de 40 años, soltero, vivía en una habitación alquilada en casa de Esperanza, una señora de 75 años, viuda, hacia ya 10 años. Un tarde vio que la habitación de esperanza estaba abierta y ella se estaba acariciando su cuerpo, parado en la puerta contemplando esa escena entro en la habitación y...." Yon, vivía en casa de esperanza, una viuda de 75 años. le había alquilado una habitación hasta que le entregaran su apartamento. Una tarde Yon vio la puerta del dormitorio de Esperanza entre abierta y lo que veía le sorprendió, Esperanza estaba tocando desnuda en la cama y se masturbaba. Después de estar observando un rato entró en la habitación de Esperanza, sintió una mezcla de curiosidad y morbo. Esperanza, a sus 75 años, no solo era una mujer con una rica historia de vida, sino que también poseía una chispa de vitalidad que desafiaba su edad. Yon se tumbó en la cama al lado de ella y poniendo su brazo alrededor de su cabeza comenzó a lamerle sus tetas, comerl...

Marisa, una chica curvi y sus fantasías cumplidas

"Marisa, una chica curvi, con el pelo largo castaño y unos senos voluminosos, cuenta sus fantasías que cumple a medida que se le presenta la ocasión, es una chica muy ardiente y fácil de llegar al orgasmo." Marisa es una chica de espíritu libre y personalidad vibrante. Su cabello de color castaño y largo cae en suaves ondas sobre sus hombros, lo que resalta su figura curvilínea. A menudo se siente segura de sí misma y disfruta de la atención que recibe. Tiene una sonrisa contagiosa que ilumina cualquier habitación y una risa que hace que todos a su alrededor se sientan cómodos. En cuanto a sus pensamientos, Marisa es bastante abierta sobre sus deseos y fantasías. Le encanta explorar su sensualidad y no teme compartir lo que le excita. Sueña con encuentros apasionados, donde la conexión emocional es tan intensa como la atracción física. A menudo imagina situaciones en las que puede dejarse llevar, como una escapada romántica a la playa bajo la luna o una noche de baile en un c...

Clara y Teresa van al Club Swinger el paraiso

"Nos trasladamos ahora al fin de semana. Las dos mujeres quedan con los dos hombres del cumpleaños en el club Swinger el paraíso Se sentían vivas a pesar de sus 75 y 78 años. Tenían el morbo de que otros dos hombres jóvenes con esposas jóvenes las llevarán al orgasmo en presencia de sus mujeres" Las luces del club Swinger "El Paraíso" brillaban con un resplandor suave y seductor, creando un ambiente cargado de expectativa y deseo. Clara y Teresa, a pesar de sus 75 y 78 años, se sentían más vivas que nunca. La emoción de la noche las envolvía, y la idea de experimentar algo nuevo las llenaba de adrenalina. Al entrar en el club, sus miradas se encontraron con una multitud de parejas disfrutando de la libertad y la sensualidad que ofrecía el lugar. Las risas, susurros y los sonidos de la música envolvían el ambiente, creando una atmósfera electrizante. Clara se sentía rejuvenecida; el morbo de estar rodeada de cuerpos jóvenes y deseosos despertaba algo en su interior q...