ME LLAMO ANA, TENGO 28 AÑOS, Y ESTE fin de semana de septiembre de 2025 ha sido el más ardiente de mi vida. En una sociedad donde el poliamor y el amor libre ya no son tabúes, sino una forma de vida para muchos de nosotros, decidí celebrar mi cumpleaños de una manera que reflejara exactamente quiénes somos: un grupo de amigos liberados, sin ataduras monógamas, explorando el placer en todas sus formas. Alquilamos una casa rural en las afueras de Madrid, un lugar idílico con jardín amplio, piscina climatizada y habitaciones amplias que invitaban a la intimidad compartida. Éramos seis en total: tres chicas y tres chicos, todos en nuestros veintitantos y treintantos, con relaciones poliamorosas que se entrecruzaban como hilos en una red de deseo mutuo. Yo era la cumpleañera, con mi melena castaña suelta y un vestido ligero que apenas ocultaba mis curvas; Lucía, mi mejor amiga de 26 años, rubia y atlética, siempre la más juguetona; Marta, 30, morena con ojos penetrantes y un cuerpo voluptuoso que volvía locos a todos. Los chicos: Javier, 29, moreno y musculoso, mi pareja principal pero abierto a todo; Carlos, 27, delgado y tatuado, el bromista del grupo; y Diego, 31, alto y con barba, el más intenso y dominante en la cama.
Llegamos el viernes por la tarde, el sol aún calentaba el aire otoñal, y la casa nos recibió con su aroma a madera y flores silvestres. Descargamos las maletas, abrimos una botella de cava y nos reunimos en la sala de estar, con sofás mullidos y una chimenea que pronto encenderíamos. "¡Feliz cumpleaños, Ana! Este fin de semana va a ser legendario", dijo Lucía, abrazándome con fuerza, su perfume floral mezclándose con el mío. Todos sabíamos lo que implicaba: no había reglas más allá del consentimiento y el respeto. En nuestro círculo, el sexo en grupo era común, una extensión natural del poliamor que practicábamos. Hablábamos abiertamente de fantasías, de tríos pasados, de cómo el placer compartido nos unía más. "¿Quién tomará la iniciativa esta vez?", bromeé, sirviendo copas. Javier me guiñó un ojo: "Seguro que tú, cumpleañera. O quizás yo te sorprenda".
La cena fue ligera: ensaladas, carnes a la parrilla en el jardín, y vino tinto que nos soltó las lenguas. Nos sentamos alrededor de la mesa de madera bajo las estrellas, riendo sobre anécdotas. Marta contó cómo en su última cita poliamorosa había explorado un cuarteto con dos chicos y una chica, y todos nos excitamos solo con la descripción. "El amor libre es libertad total", dijo Diego, su voz grave resonando. "Aquí no hay celos, solo deseo". Yo sentía un cosquilleo en el estómago, mi piel erizándose ante la promesa del fin de semana. Después de cenar, nos cambiamos a trajes de baño y nos metimos en la piscina. El agua estaba tibia, iluminada por luces suaves, y el vapor subía como un velo sensual. Flotábamos, salpicándonos, y las conversaciones se volvieron más íntimas. Lucía se acercó a mí, sus pechos rozando mi brazo bajo el agua. "¿Lista para tu regalo, Ana?", susurró, y me besó en el cuello, un beso juguetón que me hizo jadear.
Fue Lucía quien tomó la iniciativa esa noche, fiel a su naturaleza impulsiva. Mientras todos charlábamos en la piscina, ella se subió al borde y se quitó el bikini superior, dejando sus pechos firmes al aire libre. "¡Vamos, gente! Este es el cumpleaños de Ana, hagamos que sea inolvidable. ¿Quién se une?". Su piel brillaba bajo la luna, pezones endurecidos por el fresco. Javier fue el primero en reaccionar, saliendo del agua y acercándose a ella. La besó con hambre, sus manos grandes cubriendo sus senos, amasándolos mientras ella gemía. "Joder, Lucía, siempre tan directa", murmuró él, y ella rio: "Sabes que me encanta verte así, cachondo por mí". Yo observaba desde el agua, mi coño palpitando de excitación, el agua lamiendo mis muslos. Marta se unió, nadando hacia Diego y Carlos, que ya estaban duros bajo sus shorts. "Venid aquí, chicos", dijo ella, tirando de Diego hacia ella. Él la levantó contra el borde de la piscina, en una postura clásica de misionero adaptada al agua: sus piernas alrededor de su cintura, el agua chapoteando mientras él la penetraba despacio.
El aire se llenó de gemidos. Yo salí del agua, mi bikini empapado pegado a mi piel, y me acerqué a Javier y Lucía. Ella estaba de rodillas ahora en el césped junto a la piscina, chupando la polla de Javier con avidez, su boca deslizándose arriba y abajo, saliva brillando en la luz tenue. "Mmm, qué rica sabe tu verga, Javi. Ana, ven, prueba", me invitó ella, y yo me arrodillé a su lado, nuestras lenguas uniéndose en la punta de su glande. Él gruñó, sus manos en nuestras cabezas: "Hostias, chicas, sois unas putas expertas. Chupadme más fuerte". El sabor salado de su pre-semen me volvió loca, y mientras lamía sus bolas, Lucía me besaba, nuestras lenguas compartiendo su esencia. Era real, crudo, como en esas noches de poliamor donde el placer es colectivo.
Diego y Marta ya estaban en el jardín, ella a cuatro patas en el césped húmedo, en postura de perrito. Él la embestía desde atrás, sus caderas chocando contra su culo redondo, el sonido de piel contra piel resonando. "¡Sí, Diego, fóllame más profundo! Tu polla me llena tanto", gritaba ella, arqueando la espalda. Carlos se acercó, ofreciéndole su miembro a su boca, y ella lo tomó ansiosa, mamando mientras era follada. "Joder, Marta, qué boca de zorra tienes. Trágatela toda", le ordenó Carlos, y ella obedeció, gorgoteando. Yo sentía el calor subiendo por mi cuerpo, mi clítoris hinchado pidiendo atención. Javier nos levantó a Lucía y a mí, llevándonos al sofá de la sala de estar, ahora iluminada solo por la chimenea que crepitaba. Me tumbó boca arriba en posición misionero, mi vestido de baño quitado, piernas abiertas. Entró en mí de un empujón, su polla gruesa estirándome deliciosamente. "Ana, estás tan mojada por verlos... ¿Te gusta ver cómo follamos en grupo?", me preguntó, follándome lento al principio. "Sí, joder, me encanta. Fóllame fuerte, amor, hazme gritar", respondí, clavando uñas en su espalda.
Lucía se sentó en mi cara, en una variante de 69 invertida, su coño depilado rozando mis labios. Lamí su clítoris, saboreando su jugo dulce y salado, mientras ella se mecía. "¡Oh, Ana, qué lengua tan buena! Chúpame el coño, sí, así... Voy a correrme en tu boca". Javier aceleró, sus embestidas profundas haciendo que mi cuerpo se arqueara. "Eres mi putita poliamorosa, Ana. Siente cómo te follo mientras comes a Lucía". El orgasmo me golpeó primero, un tsunami de placer que me hizo convulsionar, gritando contra el sexo de Lucía: "¡Me corro, joder! No pares, folladme más!". Ella se corrió segundos después, su fluido inundándome la boca, gimiendo: "¡Sí, Ana, bébete mi orgasmo, zorra!". Javier se retiró, eyaculando en mis tetas, chorros calientes que Lucía lamió juguetona.
La noche avanzó hacia la medianoche, y nos movimos a las habitaciones. La casa rural tenía un dormitorio principal grande con una cama king size, perfecta para nuestro amor libre. Todos nos reunimos allí, cuerpos sudorosos y jadeantes. Carlos tomó la iniciativa ahora, tumbando a Marta en la cama en postura de vaquera invertida. Ella cabalgaba su polla, su culo rebotando mientras giraba las caderas. "¡Carlos, tu verga es adictiva! Fóllame el coño así, hazme rebotar", le pedía ella, sus pechos balanceándose. Diego se colocó detrás, lubricando su ano con saliva y jugos, y la penetró en doble penetración anal-vaginal. "¡Joder, sí! Llenadme los dos agujeros, chicos. Soy vuestra puta del poliamor", chillaba Marta, el placer duplicado haciendo que su cuerpo temblara. Yo observaba, masturbándome, hasta que Javier me levantó y me puso contra la pared, en postura de pie perrito. Sus manos en mis caderas, me follaba con fuerza, mi mejilla contra la madera fría. "Ana, tu coño aprieta tanto... Dime guarradas, cumpleañera". "¡Fóllame como una perra, Javi! Quiero tu semen dentro, lléname", respondí, el orgasmo construyéndose de nuevo.
Lucía se unió a Carlos y Marta, lamiendo el clítoris de esta mientras era follada por ambos. "Marta, qué rico verte así, doble follada. ¿Te gusta ser nuestra ninfómana grupal?". Marta gemía: "¡Sí, Lucía, lame mi clítoris mientras me follan! Me corro, hostias, me corro con vuestras pollas dentro!". Su clímax fue explosivo, chorros de squirt mojando la cama, y los chicos eyacularon en ella, semen goteando de sus orificios. Diego, aún duro, me apartó de Javier y me tumbó en la cama en misionero profundo, piernas sobre sus hombros. "Ana, es tu noche. Te voy a follar hasta que supliques", dijo, penetrándome hasta el fondo. Su barba rozaba mi cuello mientras me besaba, su polla golpeando mi punto G. "¡Diego, eres un semental! Rompe mi coño, hazme tuya en este poliamor salvaje". Él gruñó: "Eres una guarra deliciosa, Ana. Siente cómo te lleno". El placer era intenso, real, con el olor a sexo impregnando la habitación.
El sábado amaneció con resaca placentera. Desayunamos en la cocina, desnudos o semidesnudos, riendo sobre la noche anterior. "Anoche fue épico, pero hoy subimos la apuesta", propuso Carlos, y nadie discutió. Pasamos la mañana en el jardín, tumbados en hamacas, untándonos protector solar con manos lascivas. Yo estaba con Javier y Lucía en una hamaca doble, ella masajeando mi espalda mientras él lamía mis pezones. "Ana, tu piel es tan suave... Quiero comerte entera", murmuró Lucía, bajando su mano entre mis piernas. Sus dedos entraron en mi coño aún sensible, frotando mi clítoris en círculos. "Joder, Lucía, sí... Mastúrbame así, hazme mojarme para ti". Javier se unió, chupando mi sexo mientras ella me besaba, un trío matutino suave que culminó en mi orgasmo, gritando: "¡Me vengo en tu boca, Javi! Bebe mi jugo, amor!".
Por la tarde, jugamos al verdad o dar en la sala, pero rápidamente derivó en erotismo. La iniciativa la tomó Marta esta vez: "dar para todos: sexo libre en la piscina, posturas creativas". Nos metimos al agua, y pronto era un enredo de cuerpos. Yo acabé en una postura de loto con Diego, sentada en su regazo, su polla dentro de mí mientras el agua nos mecía. Nuestros pechos pegados, besándonos con lengua, follamos lento. "Diego, qué profundo entras... Tu polla me toca el alma", gemí. Él mordió mi oreja: "Ana, muévete en mi verga, cabálgala como la puta que eres en nuestro amor libre". Aceleré, el agua salpicando, y me corrí apretándolo fuerte: "¡Sí, me corro en tu polla! Lléname de semen, cabrón!". Él eyaculó dentro, caliente y abundante, mezclándose con el agua.
Lucía y Carlos experimentaron con flotadores, ella en 69 acuático: él debajo, lamiendo su coño mientras ella mamaba su polla. "¡Carlos, chúpame el clítoris, sí! Tu lengua es mágica", jadeaba ella. Javier y Marta se unieron en el borde, ella en puente –espalda arqueada, piernas abiertas– mientras él la penetraba desde arriba. "¡Javi, fóllame en esta postura, estira mi coño!", pedía ella. El grupo entero se sincronizó, gemidos resonando: "¡Me corro, joder!", "¡Lléname!", "¡Qué guarra eres!". Fue un orgasmo colectivo, cuerpos temblando en la piscina.
La noche del sábado fue la cima. Cena ligera, luego directamente al dormitorio principal. Empezamos con un círculo de oral: yo chupando a Javier, él a Lucía, ella a Carlos, él a Marta, ella a Diego, y Diego lamiéndome a mí. Lenguas y labios trabajando, el aire cargado de gemidos. "Ana, qué boca tan caliente... Trágatela, zorra", me dijo Javier. Pasamos a una orgía total: yo en el centro, follada por Javier en misionero mientras Diego me penetraba el culo en doble, y Lucía sentada en mi cara. "¡Sí, folladme los dos agujeros! Soy vuestra puta del cumpleaños", grité, el placer abrumador. Marta y Carlos follaban al lado en cucharita, sus cuerpos entrelazados. "¡Carlos, embísteme así, lento y profundo! Me encanta tu polla en mi coño", susurraba ella. Los diálogos eran crudos: "¡Córrete dentro, joder!", "¡Chúpame mientras me follan!", "¡Qué rico tu semen en mi boca!".
Mi orgasmo fue el más intenso: doble penetrada, lengua en Lucía, el cuerpo convulsionando. "¡Me vengo, hostias! No paréis, llenadme de pollas y orgasmos!". Todos culminamos en cadena, semen y jugos por todas partes. Nos derrumbamos exhaustos, abrazados en la cama, riendo. "Este poliamor es vida", dije, besando a Javier.
El domingo fue de recuperación: desayunos tardíos, caricias perezosas en el jardín. Hicimos un último encuentro suave en la ducha compartida de la casa rural: yo y Marta lavándonos mutuamente, dedos en coños, besos bajo el agua. "Ana, qué rico ha sido este fin de semana. Amor libre para siempre", me dijo ella, y nos corrimos juntas, gemidos ahogados por el vapor.
Regresamos a la ciudad renovados, con promesas de más escapadas. Mi cumpleaños de 2025 fue un relato erótico vivo, real, donde el placer grupal y el poliamor nos unieron en éxtasis puro. Si buscas inspiración en sexo en grupo, posturas eróticas o amor libre, esta es la esencia: consensual, ardiente y sin límites.

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