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La entrega inesperada, Elena y Javier


ELENA HABÍA PEDIDO UN VIBRADOR nuevo por Amazon, uno de esos discretos que prometían orgasmos intensos sin hacer ruido. Su matrimonio con Marcos llevaba años en piloto automático: él trabajando hasta tarde en la oficina, ella en casa teletrabajando como diseñadora gráfica, sintiéndose invisible. A sus 38 años, Elena aún se sentía deseable –con sus curvas suaves, pelo castaño ondulado y ojos verdes que brillaban cuando sonreía–, pero Marcos apenas la tocaba. La sociedad actual la bombardeaba con mensajes de empoderamiento femenino: "Toma el control de tu placer", decían los influencers en TikTok. Así que, ¿por qué no? El paquete llegó un viernes por la tarde, justo cuando el sol de verano entraba por las ventanas de su casa suburbana en las afueras de Madrid.

El repartidor era un tipo joven, de unos 28 años, con el uniforme azul de Amazon ajustado a su cuerpo atlético. Se llamaba Javier, según la placa en su pecho. Alto, moreno, con una barba incipiente y una sonrisa fácil que hacía que sus ojos marrones parecieran juguetones. Tocó el timbre y Elena abrió la puerta en leggings y una camiseta holgada, sin sujetador porque estaba sola en casa. El paquete era pequeño, envuelto en discreto cartón marrón.

—Buenas tardes, señora. Entrega para Elena Ruiz —dijo él, escaneando el código con su dispositivo.

Ella firmó en la pantalla táctil, rozando accidentalmente sus dedos. Sintió un cosquilleo inesperado. Javier la miró un segundo de más, notando cómo su camiseta se pegaba ligeramente a sus pechos por el calor.

—Gracias. ¿Quieres un vaso de agua? Hace un calor infernal ahí fuera —ofreció ella, sorprendida de su propia audacia. En la era de las apps de citas y el #MeToo, sabía que debía ser cuidadosa, pero algo en su mirada la hizo sentir viva.


Javier dudó un momento, pero aceptó. Entró en la cocina, donde el aire acondicionado zumbaba suavemente. Elena le sirvió agua fría, y mientras bebía, charlaron. Él contó que era repartidor para pagar sus estudios de ingeniería, que odiaba el tráfico de la ciudad pero amaba el ejercicio que le daba el trabajo. Ella confesó que su marido viajaba mucho y que se sentía sola. La conversación fluyó natural, como en esas series de Netflix donde todo empieza inocente.

De pronto, el paquete en la encimera se abrió un poco al moverlo, revelando el vibrador envuelto en plástico. Elena se sonrojó, pero Javier soltó una risa suave.

—No te preocupes, veo de todo en este trabajo. La gente pide cosas más raras.

Ella lo miró fijamente. "¿Por qué no?", pensó. En un mundo donde las mujeres reclaman su sexualidad en redes sociales, donde el poliamor y las aventuras casuales son tema de podcasts, ¿por qué no tomar lo que quería? Se acercó un paso.

—¿Sabes? Mi marido no me hace sentir... deseada. ¿Tú qué harías si fueras él?

Javier dejó el vaso, sus ojos oscureciéndose con deseo. La besó primero en la cocina, contra la encimera. Sus labios eran firmes, hambrientos, y Elena respondió con una pasión reprimida. Sus manos subieron por su espalda, bajando hasta apretar su culo redondo a través de los leggings. Ella gimió, sintiendo su erección presionando contra su vientre.

—Joder, eres preciosa —murmuró él, mordisqueando su cuello—. ¿Quieres que te muestre lo que te estás perdiendo?

—Sí... por favor —susurró ella, tirando de su camiseta para quitársela.

Se movieron a la sala de estar, donde el sofá amplio invitaba. Javier la empujó suavemente contra los cojines, arrodillándose entre sus piernas. Le bajó los leggings y las bragas de un tirón, exponiendo su coño depilado, ya húmedo de anticipación. Besó su muslo interior, subiendo lento, torturándola.

—Mira lo mojada que estás —dijo él, separando sus labios con los dedos—. Voy a comerte hasta que grites.

Elena arqueó la espalda cuando su lengua la tocó, lamiendo su clítoris en círculos expertos. Ella agarró su pelo, jadeando.

—Oh, dios... sí, justo ahí. Mi marido nunca hace esto... come mi coño, Javier.

Él succionó con más fuerza, metiendo dos dedos dentro de ella, curvándolos para golpear su punto G. Elena se retorció, sus pechos subiendo y bajando con cada respiración. El orgasmo la golpeó rápido, como una ola, haciendo que sus piernas temblaran.

—Me corro... ¡joder, me corro en tu boca! —gritó, apretando sus muslos alrededor de su cabeza.

Javier se levantó, quitándose los pantalones. Su polla era gruesa, venosa, erecta y lista. Elena la miró con hambre, arrodillándose para chuparla. La tomó en la boca, saboreando el precum salado, moviendo la cabeza arriba y abajo mientras él gemía.

—Así, chúpamela profunda... eres una guarra casada, ¿verdad? —dijo él, agarrando su pelo.

Ella levantó la vista, con la boca llena.

—Mmm, sí... soy tu puta por hoy. Fóllame la boca.

Pero no duró mucho; Javier la quería dentro. La puso en el sofá en posición misionera, con las piernas abiertas. Entró en ella de una embestida, llenándola por completo. Elena gritó de placer, sintiendo cómo la estiraba.

—Dios, qué apretada estás... tu coño me aprieta como una virgen —gruñó él, bombeando lento al principio.

—Más fuerte... fóllame como si fuera tuya —suplicó ella, clavando las uñas en su espalda.

Aceleró el ritmo, sus caderas chocando contra las de ella. El sofá crujía bajo ellos. Cambiaron a doggy style: Elena de rodillas en el sofá, Javier detrás, agarrando sus caderas. Le dio una nalgada juguetona, viendo cómo su culo rebotaba con cada embestida.

—Mira ese culo... voy a follarte hasta que no puedas caminar —dijo él, metiendo un dedo en su ano para añadir más placer.

— Sí, métemelo todo... soy una zorra infiel, hazme correr otra vez —gimió ella, empujando hacia atrás.

El sudor les cubría la piel, el aire olía a sexo. Javier la volteó de nuevo, poniéndola encima en cowgirl. Elena cabalgó su polla, sus tetas rebotando, frotando su clítoris contra él.

—Voy a correrme... llena mi coño de leche, Javier... ¡dame tu semen! —gritó ella, alcanzando el clímax, su cuerpo convulsionando.

Él la siguió segundos después, eyaculando dentro de ella con un rugido.

—Joder, toma todo... ¡me corro en ti, puta!

Se derrumbaron juntos, jadeando. Minutos después, Javier se vistió, besándola una última vez.

—Esto fue... increíble. ¿Repetimos?

Elena sonrió, sintiéndose empoderada.

—Tal vez. Pero ahora, vete antes de que vuelva mi marido.

Mientras él salía, ella guardó el vibrador sin abrir. Por primera vez en años, se sentía viva en esta sociedad donde el placer propio –o compartido– no era tabú, sino un derecho.

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