El salón del Emperador era un torbellino de vida. Apenas habían pasado treinta minutos desde que cruzamos el umbral, y ya el aire estaba cargado de serpentinas que caían como lluvia de colores, mientras el suelo crujía bajo una alfombra de confeti. La gente, desconocida pero unida por la euforia, se lanzaba papelillos o entrelazaba mesas con cintas brillantes. La orquesta tocaba un vals sensual, y los cuerpos se movían al ritmo de una libertad que parecía recién descubierta. El aire olía a perfume caro, a tabaco y a deseo contenido.
La temperatura fue subiendo, no solo por el calor de los cuerpos apiñados, sino por algo más primal. Las parejas se besaban en los rincones, sus labios húmedos brillando bajo las luces tenues. Carmina y yo, con un acuerdo tácito, nos dejamos llevar por la noche. Nos separamos, ella riendo en los brazos de un caballero desconocido, yo perdido en la marea de cuerpos que bailaban. Las botellas de reserva salieron a la mesa antes de lo previsto, y pronto aceptamos copas de desconocidos: whisky, ginebra pura, combinados que quemaban la garganta. En la barra, alguien siempre pagaba la siguiente ronda, y la noción del tiempo se desvanecía entre risas y roces furtivos.
Fue entonces cuando la vi. Entre el tumulto, destacaba como una estatua viviente: Valeria, la mujer que vivía con el propietario de mi casa, un hombre de negocios turbios llamado Don Álvaro. Ella, en cambio, era un enigma. Más alta que él, con una melena rubia que caía en ondas sobre sus hombros, llevaba un vestido negro escotado que apenas contenía sus tetas generosas, dejando entrever el borde oscuro de sus aureolas. Sus ojos, grandes y negros, tenían una mirada cansada pero magnética, como si guardaran secretos que no estaba dispuesta a confesar. La había encontrado muchas veces en el portal del edificio donde yo vivía, y siempre me miraba de una manera que me desarmaba, un destello de lascivia que me hacía bajar la vista. Ella, entonces, alzaba la cabeza con un aire de desafío, como si supiera el efecto que causaba.
Esa noche, sin embargo, no hubo espacio para la timidez. Me encontró en la barra, con un vaso de ginebra en la mano, y su voz, grave y cálida, me envolvió. “Baila conmigo, Antonio”, dijo, sin preguntar, pronunciando mi nombre con una familiaridad que me erizó la piel. Acepté, y cuando su cuerpo se apretó contra el mío, sentí el calor de su piel a través del vestido. Bailamos un tango lento, sus caderas rozando las mías con una cadencia que era más que un simple baile. Su perfume, una mezcla de jazmín y algo más oscuro, me nubló los sentidos. “Te he visto antes”, susurró, su aliento cálido contra mi oído. “Siempre bajas la mirada. Pero esta noche no, ¿verdad?”.
No respondí. No hacía falta. Sus manos se deslizaron por mi espalda, y la mía encontró la curva de su cintura, atrevida, descendiendo hasta el borde de sus nalgas. La pista de baile se volvió un borrón, y el mundo se redujo a su cuerpo contra el mío. Sentí mi polla endurecerse bajo los pantalones, y ella lo notó, porque sonrió con una mezcla de triunfo y deseo. “Vamos a un lugar más tranquilo”, me dijo, y me llevó de la mano hacia un pasillo oscuro que conducía a unos reservados.
Nos detuvimos en un rincón donde la luz apenas llegaba, y ella me empujó contra la pared con una fuerza que no esperaba. Sus labios encontraron los míos, urgentes, hambrientos, y su lengua se deslizó en mi boca, explorando con una mezcla de dulzura y ferocidad. Entonces poniendo su boca en mi oreja exclamo “Fóllame, Antonio”, su voz ronca, mientras sus manos desabrochaban mi cinturón con una destreza que delataba experiencia. Bajé la cremallera de su vestido, dejando que cayera al suelo, y sus tetas, liberadas, se alzaron ante mí, los pezones oscuros y erectos. “Lame y muerde mis pezones”, me imploró, y obedecí, chupando con avidez, sintiendo cómo se endurecían bajo mi lengua. Ella gimió, un sonido gutural que me encendía mas y más.
Entonces, metió su mano por mis calzoncillos y encontró mi polla, ya dura, y la acarició con una lentitud tortuosa, la lamio y disfruto con ella chupando y succionando su glande. Así estuvo un buen rato, yo jadeaba y gemía. Cuando se arto de jugar con mi polla me dijo: “Penétrame, necesito sentirla dentro de mi coño”, levantó una pierna guiándome hacia su coño, húmedo y caliente, que parecía llamarme. La levanté contra la pared, y ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura. Entré en ella con un movimiento firme, y su gemido resonó en el pasillo. “Sigue, quiero correrme, sentirte dentro de mi”, jadeó, mientras sus uñas se clavaban en mi espalda. El ritmo se volvió frenético, sus caderas moviéndose contra las mías, su coño apretándome con una intensidad que me hacía perder la razón. “Estoy apunto Antonio, córrete conmigo y dame tu leche”, dijo con un grito contenido, y sus palabras fueron el disparador. Sentí el clímax subir como una ola, y me derramé dentro de ella, mientras su cuerpo temblaba, sus gemidos ahogados contra mi cuello.
Nos quedamos allí, jadeando, con el eco de la música lejana recordándonos dónde estábamos. Mire para donde estaba Valeria y vi como sonreía, me guiño un ojo. Ajustándose el vestido con una calma que contrastaba con la tormenta que acabábamos de desatar. “Feliz Año Nuevo, Antonio”, dijo dándome un beso en los labios, antes de desaparecer entre la multitud, dejándome con el sabor de su piel y el recuerdo de una noche que nunca olvidaría.
El reloj dio las doce, y el salón estalló en vítores. Carmina, Rodolfo, Clara y yo nos reunimos en nuestra mesa para tomar las uvas, riendo mientras intentábamos no atragantarnos con las prisas. El champán seguía fluyendo, y la euforia colectiva nos envolvía. Carmina, con las mejillas sonrojadas, con complicidad me guiñó un ojo e inclino su cabeza, y supe que ella también había vivido su propia aventura en algún rincón del Emperador, pensarlo solamente me excitaba. Rodolfo y Clara, igualmente radiantes, parecían compartir el mismo brillo de quienes habían saboreado la libertad de la noche.
Sobre las dos de la madrugada, cuando el ambiente en el Emperador comenzaba a alcanzar su punto álgido, Don Álvaro, el empresario, y Valeria, se acercaron a nuestra mesa con una sonrisa pícara. Valeria se puso a mi lado y me lanzó una mirada que aún ardía con el recuerdo de nuestro encuentro. “Amigos”, dijo Don Álvaro, su voz grave cortando el bullicio, “os propongo un plan, ¿por qué no seguimos la fiesta en mi casa de Somosaguas? Un ambiente más… privado, hay camas suficientes, y a quien le apetezca puede dar rienda suelta a sus deseos más primitivos”. Sus ojos brillaron con una promesa tácita, y Valeria, que rozaba mi pierna con la suya, sonrió con complicidad. Carmina me miró consintiendo con sus ojos, mordiéndose sus labios en una expresión de curiosidad y deseo. Rodolfo y Clara asintieron con entusiasmo, y sin necesidad de discutirlo, aceptamos.
Subimos a un Mercedes-Benz de seis plazas que Don Álvaro traía, y el trayecto hasta Somosaguas fue un preludio cargado de tensión. Carmina, sentada a mi lado, deslizó su mano por mi muslo, sus dedos rozando peligrosamente cerca de mi entrepierna. “Esta noche no tiene fin, Antonio”, susurró, y su risa suave me hizo estremecer. En el otro coche, imaginé a Rodolfo y Clara en una danza similar de anticipación.
La casa de Don Álvaro en Somosaguas era un palacio discreto, rodeado de jardines oscuros que parecían guardar secretos. El interior estaba iluminado por candelabros que proyectaban sombras danzantes en las paredes. La sala principal, decorada con muebles de caoba y alfombras persas, tenía un aire de decadencia lujosa. Don Álvaro nos recibió con una bandeja de copas de coñac y un gramófono que llenaba el aire con una melodía lenta y envolvente. “Esta noche no hay reglas”, dijo, alzando su copa. “Solo donde el deseo y el placer quisiéramos que nos lleve”.
La casa estaba con una calefacción confortable. El ambiente se volvió más íntimo, más relajado. Todos nos pusimos cómodos. Entonces Valeria tomó la iniciativa, se acercó a Carmina, susurrándole algo al oído que la hizo reír y sonrojarse. Rodolfo y Clara se habían instalado en un sofá, sus cuerpos ya entrelazados en un abrazo que no dejaba lugar a dudas. Don Álvaro me ofreció un puro, pero sus ojos estaban fijos en Carmina, y supe que la noche estaba a punto de cruzar un nuevo umbral, ese primitivo que todos llevamos dentro.
Valeria tomó mi mano y la de Carmina, guiándonos hacia una habitación contigua, decorada con cortinas de terciopelo y una cama inmensa cubierta de sábanas de seda. “Quiero que hagamos un trio juntos”, dijo Valeria, su voz un susurro cargado de deseo. Carmina, con una audacia que no le conocía, se acercó a mí y me besó con una intensidad que me dejó sin aliento. “Fóllame, Antonio quiero que Valeria vea como haces que me corra”, murmuró contra mis labios, mientras sus manos desabrochaban mi camisa. Valeria, a nuestro lado, se deshizo de su vestido, revelando su cuerpo desnudo, sus tetas firmes y sus pezones erectos. “Lame mi clítoris”, le dijo a Carmina, y mi esposa, con una mezcla de sorpresa y excitación, Carmina no lo dudó, arrodillándose frente a ella, y abriendo sus muslos introdujo su boca en su coño y lamia su clitoris con deseo primal.
La habitación se llenó de gemidos. Carmina, con su lengua explorando el coño de Valeria, me miró con ojos encendidos. Yo me acerqué, mi polla dura y lista, y Valeria me atrajo hacia ella. “Penétrame mientras ella me lame”, me imploró; dirigí mi polla a su vagina y la penetre llegando hasta el fondo de su coño, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía bajo el doble asalto. Carmina, con una mano entre sus propias piernas, gemía contra Valeria. “Seguir, no paréis que me coy a correr”, Valeria gemía, jadeó y se retorcía de placer, sus caderas moviéndose contra nosotros. Yo aceleré los movimientos, perdido en la sensación de su coño apretándome, mientras Carmina se incorporaba para besarme, su boca con el sabor de Valeria.
En la sala principal, los sonidos de Rodolfo y Clara se mezclaban con los nuestros. Don Álvaro, que había estado observando desde la puerta, se unió, sus manos recorriendo el cuerpo de Clara mientras Rodolfo la penetraba. La habitación se convirtió en un torbellino de cuerpos, de susurros y órdenes. “Lame y muerde mis pezones”, le dijo Clara a Don Álvaro, y él obedeció con una devoción casi reverente. “Córrete conmigo y dame tu leche”, gritó Valeria, y su clímax desencadenó el mío, un estallido que me dejó temblando mientras Carmina, a mi lado, alcanzaba su propio orgasmo, sus gemidos resonando en la habitación.
Entonces, Carmina, con el rostro aún encendido por el placer, se acercó a mí, sus labios rozando mi oído. Su voz, un susurro cargado de una determinación que nunca le había oído, me erizó la piel. “Antonio, llevo tiempo con una fantasía”, dijo, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y desafío. “Ahora que estamos aquí, Don Álvaro, Rodolfo y tú, quiero que los tres me folléis, uno a uno. Primero Don Álvaro, y que se corra en mi coño. Luego Rodolfo, y que se corra también. Y después tú, Antonio, quiero que recorras mi coño lleno del semen de ellos. Y cuando termines, quiero que Valeria y Clara laman mi coño y se traguen el semen”.
El silencio que siguió fue eléctrico, cargado de expectación. Don Álvaro, con una sonrisa lobuna, fue el primero en moverse. “Querida Carmina, será un placer”, dijo, desabrochándose la camisa con una calma deliberada. Carmina se tendió en la cama, su vestido ya descartado, su cuerpo expuesto como una ofrenda. Don Álvaro se acercó, su polla dura y prominente, y se posicionó entre sus piernas. “Fóllame”, murmuró Carmina, y él la penetró con un movimiento lento pero firme, arrancándole un gemido que resonó en la habitación. Sus caderas se movían con un ritmo experto, y Carmina, con las manos aferrando las sábanas, gemía cada vez más alto. “Córrete dentro, dame tu leche”, jadeó, y Don Álvaro, con un gruñido, se derramó en ella, su cuerpo temblando mientras la llenaba.
Rodolfo tomó su lugar, sus ojos encendidos por la escena que acababa de presenciar. Sin preámbulos, se hundió en el coño de Carmina, que aún palpitaba con el calor del clímax anterior. “Sigue, Rodolfo, fóllame duro”, ordenó ella, y él obedeció, embistiéndola con una fuerza que hacía temblar la cama. Carmina, perdida en el placer, clavó sus uñas en los hombros de Rodolfo. “Córrete, lléname”, suplicó, y él, con un gemido gutural, se vació en ella, añadiendo su semen al de Don Álvaro.
Llegó mi turno. Me acerqué a Carmina, mi polla dolorosamente dura ante la visión de mi esposa, su coño brillante y lleno, invitándome. “Penétrame, Antonio”, susurró, sus ojos clavados en los míos. Entré en ella, sintiendo la calidez resbaladiza del semen de los otros hombres mezclándose con su propia humedad. Era una sensación abrumadora, casi pecaminosa, que me llevó al borde de inmediato. “Sigue, me corro”, gimió Carmina, sus caderas alzándose para encontrarme. “Córrete conmigo, dame tu leche”, suplicó, y me dejé ir, mi clímax explotando dentro de ella, mezclándose con los demás en un éxtasis compartido.
Carmina, jadeando, se volvió hacia Valeria y Clara, que observaban desde el borde de la cama, sus rostros encendidos por la excitación. “Ahora vosotras”, dijo, su voz firme a pesar del temblor de su cuerpo. “Lamed mi coño y tragaos el semen”. Valeria fue la primera, arrodillándose entre las piernas de Carmina, su lengua explorando con avidez, lamiendo la mezcla de semen y fluidos con una delectación casi reverente. Clara se unió, sus labios rozando los de Valeria mientras ambas se turnaban, sus lenguas danzando sobre el coño de Carmina, arrancándole gemidos que llenaban la habitación. “Sigue, lame mi clítoris”, ordenó Carmina, y las dos mujeres obedecieron, sus bocas trabajando en sincronía hasta que Carmina alcanzó un nuevo clímax, su cuerpo arqueándose mientras gritaba de placer.
Exhaustos, los seis nos desplomamos sobre la cama, nuestros cuerpos entrelazados en un mosaico de piel sudorosa y respiración agitada. Las cortinas de terciopelo estaban entreabiertas, y a través de ellas, los primeros rayos del amanecer se colaban, tiñendo la habitación de un resplandor dorado. El mundo exterior parecía lejano, como si el tiempo se hubiera detenido en esa burbuja de placer. Nos besamos, unos labios encontrando otros en una danza lenta y tierna, y nos abrazamos, las manos acariciando pieles aún sensibles, los cuerpos relajados pero cargados de la memoria de la noche.
Don Álvaro, con el rostro sereno pero con un brillo travieso en los ojos, rompió el silencio. “Amigos míos”, dijo, su voz grave resonando en la quietud del amanecer, “¿y si hiciéramos de esto una tradición? Un encuentro como este, una vez al mes, aquí, en mi casa. Podríamos invitar a otras personas con la misma… disposición, almas libres dispuestas a explorar sin límites”. Su mirada recorrió a cada uno de nosotros, y Valeria, a su lado, asintió con una sonrisa cómplice.
Carmina, aún apoyada en mi pecho, alzó la vista hacia mí, sus ojos brillando con una mezcla de satisfacción y curiosidad. Rodolfo y Clara intercambiaron una mirada, y una risa suave escapó de los labios de Clara. “Por mí, perfecto”, dijo Rodolfo, su voz ronca pero firme. Yo apreté la mano de Carmina, sintiendo cómo el pacto silencioso que habíamos forjado esa noche se expandía, prometiendo nuevas noches de deseo y complicidad.
“Por un año de placeres sin fin”, brindó Don Álvaro, levantando una copa imaginaria. Y mientras el sol terminaba de alzarse sobre Somosaguas, supe que aquella noche en el Emperador, y lo que siguió en esa cama, había abierto una puerta que ninguno de nosotros quería cerrar.

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