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Un volcán en la penumbra


LA OSCURIDAD DE MI CUARTO es un refugio, un lienzo negro donde mis deseos se pintan con fuego. Estoy sola, tendida sobre las sábanas, mi piel ardiendo bajo el peso de un anhelo que no descansa. Mi cuerpo es un volcán, siempre al borde de la erupción, y esta noche no hay nada que me detenga. Mis manos, inquietas, comienzan a recorrer mi piel, ansiosas por desatar la tormenta que ruge en mi interior.

Mis dedos encuentran primero mi cuello, donde el pulso late con fuerza, como un tambor que marca el ritmo de mi excitación. Descienden con lentitud, rozando la curva de mi clavícula hasta detenerse en mis pechos. Los acaricio, los aprieto con una mezcla de suavidad y urgencia, mientras mis pulgares juguetean con mis pezones, ya endurecidos, sensibles al menor roce. Un pellizco suave me arranca un gemido, y siento cómo el calor se concentra en mi centro, un cosquilleo que me hace arquear la espalda contra la cama.


Mis manos, guiadas por el deseo, bajan más, explorando la piel suave de mi vientre, deteniéndose en la curva de mi cintura antes de aventurarse hacia mi entrepierna. Mis muslos se separan, invitando al roce, y mis dedos encuentran los pliegues de mi sexo, cálidos, ya húmedos por la anticipación. Mi clítoris, hinchado y palpitante, sobresale desde mi monte de Venus, reclamando mi atención. Lo acaricio con la yema de un dedo, trazando círculos lentos, y el placer me atraviesa como un relámpago. Mi respiración se acelera, mis caderas se mueven al ritmo de mis caricias, y pronto el roce se vuelve más firme, más rápido. Cada movimiento aviva el fuego, y siento la presión crecer, un nudo delicioso que se tensa en mi interior. Mis dedos no se detienen, y de pronto, el volcán estalla. Un orgasmo me sacude, intenso, cegador, y me corro con un gemido que resuena en la penumbra, mi cuerpo temblando mientras el placer me consume.

Aún jadeante, mi cuerpo no está satisfecho. La humedad entre mis muslos es un recordatorio de mi deseo insaciable. Mis dedos, ahora lubricados por mi propio clímax, se deslizan con facilidad hacia mi entrada. Los introduzco lentamente, sintiendo cómo mis paredes me envuelven, cálidas y suaves, palpitando al ritmo de mi corazón. Busco con cuidado, explorando, hasta que encuentro ese punto mágico, el punto G, que responde con una punzada de placer cuando lo presiono. Mis dedos se mueven en un vaivén sensual, acariciando mis paredes internas, mientras mi otra mano regresa a mi clítoris, aún sensible, para complementar la danza. La sensación es abrumadora, una mezcla de plenitud y urgencia que me hace gemir más fuerte. Mis caderas se alzan, mis dedos se hunden más profundo, y siento cómo el placer crece de nuevo, diferente esta vez, más profundo, más visceral.

El segundo orgasmo llega como una ola imparable. Mi cuerpo se convulsiona, mis muslos tiemblan, y un calor líquido se derrama, empapando mis dedos, mis muslos, las sábanas debajo de mí. Grito, un sonido crudo y liberador, mientras el placer me atraviesa una y otra vez, dejándome exhausta, flotando en un mar de sensaciones. Mis manos descansan sobre mi piel, mi pecho sube y baja con respiraciones entrecortadas, y una sonrisa se dibuja en mis labios. El volcán, por ahora, descansa, pero sé que su fuego nunca se apaga del todo, listo para despertar con el próximo roce, la próxima caricia.



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