EL SOL QUEMA EN LA COSTA BLANCA, y yo, con 27 años, paso mis días como socorrista en una urbanización de bungalows individuales, cada uno con un jardín privado rodeado de setos altos que garantizan intimidad absoluta. Mido metro ochenta, rubio, ojos claros, con un cuerpo esculpido por horas de natación y gimnasio. Llevo un bañador rojo y una camiseta ajustada que se pega a mi piel con el calor. El trabajo es un lujo: el Mediterráneo brilla a lo lejos, las palmeras susurran con la brisa, y las miradas de las veraneantes son un aliciente. Pero ninguna como Marisa.
Marisa, 35 años, madrileña, es una visión que corta el aliento. Sus tetas redondas y firmes estiran la tela de sus bikinis, y su culo, redondeado y perfecto, parece desafiar la gravedad. Su cintura delgada y su piel bronceada relucen bajo el sol, como si estuviera untada en aceite. Llega cada mañana con su esposo, un tipo serio, siempre pegado al móvil con asuntos de su empresa. Ayer se fue a Madrid por un problema en su compañía. “Vuelvo en un par de días”, le dijo, dándole un beso frío. Marisa, en cambio, me miró desde el borde de la piscina con una sonrisa que me puso la piel de gallina.
Hoy, mientras nadaba, no pude quitarle los ojos de encima. Su bikini negro apenas contenía sus curvas, y al salir del agua, el tejido mojado marcaba sus pezones oscuros y el triángulo de vello que perfilaba su pubis. Me pilló mirándola, y en lugar de esquivar mi mirada, me la sostuvo con una chispa traviesa. Mi polla dio un brinco bajo el bañador. Joder, me estaba poniendo cachondo perdido.
Cuando terminé mi turno, con el cielo teñido de naranja por el atardecer, estaba recogiendo mis cosas cuando Marisa se acercó, descalza, con su bikini negro todavía húmedo.
—Álvaro, ¿te apetece una limonada en mi bungalow? —dijo, con voz melosa y una mirada que prometía problemas—. Hace calor, y no me gusta tomar sola.
Mi corazón se aceleró. Mi polla ya estaba a media asta solo de imaginar lo que podía pasar. Asentí, intentando parecer relajado.
—Claro, Marisa. Vamos.
Su bungalow era un sueño, un espacio elegante con un jardín privado rodeado de setos que nos aislaban del mundo. Nos sentamos en unas tumbonas junto a una mesa de madera, y ella sirvió limonada fría. El aire olía a jazmín y a su perfume, algo dulce que me nublaba los sentidos.
—Te he visto mirándome, Álvaro —dijo de repente, con una sonrisa incendiaria—. No disimulas nada bien.
Me reí, nervioso, pero dispuesto a seguirle el juego.
—Es que no das opción, Marisa. Eres... joder, eres puro fuego.
Ella se levantó, se acercó y, con un movimiento lento, dijo:
—Espera un segundo.
Desapareció dentro del bungalow y volvió en un instante, sin el bikini. Ahora llevaba un pareo transparente anudado al cuello, cayendo como una cortina ligera sobre su cuerpo. El tejido dejaba entrever todo: sus tetas perfectas, con pezones oscuros y duros que se marcaban como si pidieran ser tocados, sus glúteos firmes y el triángulo de vello oscuro que perfilaba su pubis. Se sentó a mi lado, más cerca de lo necesario, y tomó un sorbo de limonada antes de hablar.
—Llevo nueve años casada, Álvaro —dijo, mirando su vaso como si contuviera secretos—. No tenemos hijos. Vivimos bien, muy bien. Una casa grande en Madrid, dos coches de alta gama, este bungalow en la Costa Blanca... Todo lo que el dinero puede comprar. Pero no soy feliz.
Me quedé en silencio, sorprendido por la confesión. Ella continuó, con la voz baja, casi rota.
—Desde que mi esposo ascendió a director hace dos años, ha cambiado. Antes era fogoso, cariñoso, no podía quitarme las manos de encima. Ahora... apenas me mira. Está obsesionado con su trabajo, con sus reuniones, con su maldito teléfono. Pero no quiero dejarlo. No quiero perder esta vida, esta posición. Suena egoísta, lo sé, pero es la verdad.
Sus ojos se encontraron con los míos, y había una mezcla de vulnerabilidad y deseo en ellos.
—Entonces, cuando te veo mirarme así... —susurró, acercándose más—, siento algo que había olvidado.
No supe qué decir, pero no hizo falta. Ella se levantó y se sentó a horcajadas sobre mí. Sentí el calor de su coño contra mi bañador, y mi polla se endureció al instante, presionando contra la tela.
—Eres un descarado —dijo, deslizando sus manos por mi camiseta antes de quitármela de un tirón—. Pero me gusta. ¿Sabes cuánto tiempo llevo imaginando esto?
La agarré por la cintura y la acerqué más, hasta que su coño rozó mi polla a través del bañador. Ella gimió, un sonido que me puso aún más duro. Deslicé el pareo hacia un lado, dejando su cuerpo expuesto, y lamí sus pliegues húmedos, saboreando su dulzura.
—Joder, Álvaro... chupa mi clítoris —jadeó, agarrándome del pelo.
Succioné su clítoris con hambre, alternando con lamidas lentas que la hacían temblar. Metí dos dedos en su coño, masturbándola mientras seguía lamiendo, y sentí cómo se apretaba a mi alrededor, empapada. Sus gemidos eran puro vicio, y cada vez que mi lengua rozaba su clítoris, ella se retorcía, apretando sus muslos contra mi cara.
—Para, o me corro ya —suplicó, pero no le hice caso. Quería verla deshacerse.
—Córrete, Marisa. Quiero sentir cómo te vienes en mi boca —murmuré contra su piel.
Y se corrió. Su cuerpo se tensó, sus uñas se clavaron en mis hombros, y un gemido profundo escapó de su garganta mientras su coño palpitaba contra mis dedos y mi lengua. Me tragué su placer, saboreándola como si fuera un manjar.
Cuando recuperó el aliento, me miró con ojos encendidos. Se arrodilló entre mis piernas, bajó mi bañador y liberó mi polla, dura como el acero.
—Joder, qué polla —dijo, lamiéndose los labios antes de envolverme con su boca.
Su lengua era un incendio, lamiendo la punta, chupando con una intensidad que me hacía perder la cabeza. Mientras me la chupaba, una de sus manos se deslizó entre sus piernas, masturbándose. Ver sus tetas balanceándose, con esos pezones oscuros, y su coño brillando de humedad era demasiado.
—Marisa, me estoy corriendo... —gemí, sintiendo el calor subir por mi columna.
No se apartó. Succionó más fuerte, y cuando me corrí, lo hice en su boca, un orgasmo que me dejó temblando. Se tragó mi leche, mirándome con una sonrisa traviesa, y se lamió los labios.
—Esto no acaba aquí —dijo, subiendo de nuevo a horcajadas sobre mí. Mi polla seguía dura, lista para más—. Refriega tu polla en mi coño, Álvaro. Quiero sentirte.
Rozé mi polla contra sus pliegues húmedos, mientras ella gemía y se movía contra mí. Sus tetas estaban frente a mi cara, y succioné sus pezones oscuros, mordisqueándolos suavemente mientras ella se frotaba contra mí.
—Fóllame, joder —suplicó, y no necesité más.
La penetré de un empujón, su coño caliente y apretado envolviéndome. Me moví, primero lento, luego más rápido, mientras ella clavaba sus uñas en mi espalda y gemía sin control.
—Más fuerte... ya me viene otra vez —jadeó, y aceleré, embistiéndola con todo.
Se corrió de nuevo, su coño apretándome mientras gritaba mi nombre. Yo no aguanté más; con un gruñido, me corrí dentro de ella, llenándola mientras nuestros cuerpos temblaban juntos.
Nos quedamos jadeando, sudorosos, con el aroma del jazmín y el sexo en el aire. Marisa me besó, un beso lento y profundo, y luego se apartó ligeramente, mirándome con una mezcla de deseo y súplica.
—Álvaro, no me dejes sola esta noche —susurró, su voz temblorosa—. Quédate, cena conmigo. Necesito sentirte más, solo por esta noche. Mañana será un día normal, como si nada hubiera pasado. Será nuestro secreto.
Sus palabras me golpearon, y vi en sus ojos una necesidad que iba más allá del deseo físico. Asentí, incapaz de negarme.
—Está bien, Marisa. Me quedo.
Sonrió, aliviada, y se levantó para preparar algo de cena. Mientras ella entraba al bungalow, saqué mi móvil y llamé a mis padres, con quienes aún vivo cuando no estoy en la costa trabajando.
—Papá, mamá, no os preocupéis, esta noche me quedo con unos amigos —dije, manteniendo la voz tranquila para no levantar sospechas—. Volveré mañana.
Colgué, sintiendo una mezcla de adrenalina y culpabilidad. Pero cuando Marisa volvió, con una bandeja de comida y ese pareo transparente todavía anudado al cuello, supe que no había vuelta atrás. Esa noche, cenamos, reímos, y nos perdimos de nuevo en nuestros cuerpos, sabiendo que al amanecer todo volvería a la normalidad. Pero ese secreto, nuestro secreto, ardería en mí todo el verano.
por: © Mary Love

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